Autonosuyas


Se oyen muchas voces pidiendo (exigiendo) una reforma constitucional o incluso, una nueva Constitución. Porque sepan ustedes que los españoles somos así: cuando algo no nos gusta o «no funciona», optamos por la solución radical: «¡Hay que cambiarlo! ¡Al diablo con todo! ¡Hay que reformar el sistema de arriba abajo!». Poco importa que quien lo dice no sepa en realidad de qué habla cuando menciona «el sistema». O que cuando ustedes le pregunten, no sepa por qué hay que reformarlo «todo». O incluso, si se trata de una «reforma parcial», por qué hay que reformar «eso» y no otra cosa.

No obstante es probable que, si la furia de su interlocutor se dirige contra el llamado Estado de las Autonomías, tenga buena parte de razón. A los españolitos de a pie nos vendieron eso del Estado autonómico como una especie de tertium genus, un estado intermedio entre el unitario (modelo francés) y el federal (modelo alemán). Sin embargo, después de 30 años y viendo cómo se han desarrollado las cosas, resulta que la denominación «Estado autonómico» fue un camelo dirigido al bunker político-militar franquista y a la todavía llamada «derecha cavernaria», para que éstos no pusieran pegas a la descentralización política. Por otro lado, hubo otro engaño, esta vez de los nacionalistas: hicieron creer a Madrid que por el momento quedaban contentos, mientras en su fuero interno consideraron el «Estado autonómico» como un hito más del camino hacia la independencia, a separarse de la odiosa España que les dio de comer desde que nacieron y contra la que hasta ahora han vivido más que bien.

La parte más explosiva de la Constitución, que hoy viene a ser el reflejo de los Pactos de la Transición resumidos en el consexo, es precisamente este Título VIII. Reza pomposamente en su frontispicio «De la organización territorial del Estado», si bien debería rezar «De la invertebración de la Nación española». Ésa fue la parte del consexo en la que se decidió que las élites regionales tuvieran su chiringuito, libres ya de la odiosa tutela estatal. Y así, lo que hubiera debido ser una obra de concordia y solidaridad entre españoles se convirtió en el germen de la división y el odio entre ellos, multiplicando por diecisiete la codicia de los que ya desde antes rapiñaron el Estado y de las nuevas incorporaciones. El resultado salta a la vista hasta para un niño de teta: este Estado de las autonomías está resultando carísimo.

Y aquí llega la última parte. No les sé decir si entre las propuestas de los indignaos está la de «adelgazar el Estado autonómico». Por lo que se va viendo, parece que no: que, a diferencia de los cabreados, los indignaos piden más «caenas» y más «dame pan y llámame súbdito». Los demás, callados y aguantando mecha para que aquí no se arme la de San Quintín. Aunque no dudo que llegará un día en que habrá que defenderse de esta casta política y de todos sus niveles.

Anuncios

Gotas que me vais dejando...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s