Falsos paradigmas del postfranquismo


Por su interés, reproducimos este artículo de D. Emilio Lamo de Espinosa, aparecido hoy 2 de octubre en ABC (citado aquí):

La asimetría de nuestra cultura política llega a ser dramática: mis alumnos en la Universidad no olvidan el Holocausto y Hitler, pero ignoran por completo el Gulag y Stalin.

Sospecho que nos encontramos en un punto de inflexión de la cultura democrática española marcada por la doble hegemonía nacionalista y de izquierdas, que se impone desde la muerte del general Franco. Una hegemonía inevitable. Franco era un apestado político y la democracia encontró parte de su identidad en el antifranquismo, cortando con el pasado. Inevitable e incluso bueno, aunque sin exagerar; no vamos a rechazar el principio de Arquímedes porque los ministros franquistas de obras públicas lo hacían suyo. Pero la consecuencia de ese antifranquismo casi «constituyente» es que todo aquello que tuvo contacto o relación positiva con el anterior régimen aparecía lastrado por esa hipoteca, y viceversa, por supuesto, lo que tuvo (o pudo tener, u hoy se dice que tuvo, aunque sea falso) relación negativa ha gozado de un plus de legitimidad frecuentemente inmerecido. Hay así una suerte de asimetría básica que angeliza a unos y demoniza a otros, y que se manifiesta en los dos ejes en que se articula la vida política española: el eje izquierda-derecha y el nacionalista-constitucionalista.

Veamos el primero. Como sabemos, la autoubicación ideológica de los españoles está claramente sesgada a la izquierda, dato que no por conocido es evidente, ni mucho menos. Por ejemplo, España resulta ser el tercer país más a la izquierda de 19 países europeos estudiados recientemente, más que los social-democráticos países nórdicos e incluso que conocidos izquierdistas como Francia. Incluso América Latina está a nuestra derecha.

Bueno, si los españoles quieren ser de izquierdas, pues que lo sean, faltaría más. Pero son datos tan estables, tan inmutables, que cabe sospechar que no estamos ante una variable, sino ante un parámetro casi inmune a la experiencia. Los españoles «son» de izquierdas antes de decidir a quién votan o de valorar políticas o programas. Es más, son de izquierdas incluso cuando votan a la derecha (que es lo que va a ocurrir: ¿quiere usted votar a la derecha con su voto en contra?). Ello ha otorgado una suerte de hegemonía a la izquierda, que se siente moralmente superior hasta el punto de creer que la democracia es suya y la derecha («fascista», por supuesto) debe ser vigilada detrás de un «cordón sanitario». Cosa curiosa, pues en España no hay casi extrema derecha y sí bastante extrema izquierda. Veamos lo que escribe nada menos que un padre de la Constitución: «No hicimos los socialistas ni la Transición ni la Constitución con el Rey, con Adolfo Suárez y su UCD, con los nacionalistas más integradores, para facilitar el acceso al Gobierno a los antiguos franquistas, a los sectores más conservadores y reaccionarios de la sociedad». Es decir: o gano yo o rompo la baraja. Bueno, nada nuevo: ya ocurrió en 1934.

Y así aparecen teñidos de franquismo no ya la bandera, el castellano o la patria, incluso los toros y la mantilla, los curas, los pantanos y la política hidráulica, a veces incluso la contabilidad y el mismo principio de realidad. Por poner algunos ejemplos, la igualdad ante la ley y la centralización administrativa, que fue siempre jacobina y de izquierdas, hoy es franquista, mientras que la descentralización y la desigualdad jurídica (incluso bordeando el privilegio medieval), escondidas tras el discurso fuerista de la «diversidad», resultan ser, ¡vaya sorpresa!, progresistas y de izquierdas. La derecha era nacionalista, y la izquierda (hay que recordarlo, se nos ha olvidado), antinacionalista e internacionalista (se hablaba de «internacionalismo proletario»), pero hoy los términos parecen cambiados y resulta que lo progresista es el nacionalismo (de unos, claro, no el de los otros) e incluso el localismo. Y qué decir de las dictaduras de izquierdas (Castro, Chávez, incluso Ahmadineyad y por supuesto Gadafi) tratadas con simpatía o al menos con realismo político, o de los golpes de Estado que si son de derecha (como en Honduras) dan lugar a reacciones fulgurantes y llamadas a consulta de embajadores, pero si son de (supuesta) izquierda (en Irán, con asesinatos de jóvenes estudiantes) son meros «asuntos internos» (Moratinos dixit). La asimetría de nuestra cultura política llega a ser dramática: mis alumnos en la Universidad no olvidan el Holocausto y Hitler, pero ignoran por completo el Gulag y Stalin.

Asimetría que se extiende todavía más sobre el otro eje de la política española, donde el nacionalismo goza de una hegemonía muy superior a su apoyo real. La exhibición de banderas nacionalistas es un acto de libertad que se contempla con emoción, pero la de banderas españolas es irritante; sus himnos se escuchan con respeto, el de España con rechifla; promover el nacionalismo catalán desde su autogobierno utilizando la educación o los medios de comunicación, cuando no la más burda propaganda (es decir, conquistar la hegemonía), es «hacer país»; pero una similar articulación de España desde el Estado español sería una exhibición de «franquismo»; promover el uso de sus lenguas es bueno y natural, incluso si se hace a costa de otras lenguas habladas por la mayoría de la población, y, por supuesto, nadie se ha atrevido siquiera a proponer un referéndum sobre la inmersión lingüística (probablemente lo perderían). La asimetría es tal que hace años que el problema no es el lugar de Cataluña o el País Vasco en España, bien resuelto, sino el lugar de España, y en general de lo español, en esas Comunidades. Y frente a una ciudadanía que se siente española y catalana al tiempo y vive esa doble identidad con total naturalidad, los nacionalistas tratan por todos los medios de cercenar una a costa de la otra.

Ten cuidado con tus enemigos, pues acabarás pareciéndote a ellos. Y así, nada más parecido al viejo nacionalismo españolista que estos nuevos nacionalismos (y nada más franquista, por cierto, que la violencia de ETA misma): si aquel se empeñó en construir una Nación homogénea desde el Estado, si tachaba al «enemigo» de antipatriota (la «anti-España»), si imponía una lengua a costa de la otra, ¿no hacen ahora lo mismo? Nada más «viejo régimen» que ese editorial unánime de los periódicos catalanes, apoyado/impulsado por el gobierno que los financia, reiterado por todas las asociaciones, grupos, comités, colegios, universidades, ONG, bandas de música y grupos de montañeros, hasta silenciar por completo a quienes piensan de otro modo.

Ese es el sentido de leyes como la de la llamada «memoria histórica». Pues no se trataba de solucionar un problema que sigue vivo (los enterramientos clandestinos), no; se trata de reavivar el antifranquismo, contra el que se vive mejor. Y una vez más, para terminar pareciéndose al enemigo reproduciendo sus mismos errores sobre la guerra: unos eran «buenos» y otros «malos»; un lado atentó contra la legalidad, el otro salvó la legalidad que quedaba; un lado hizo una revuelta violenta, el otro trataba de mantener el orden; unos buscaban la paz, los otros la guerra. De nuevo el mismo discurso, los mismos argumentos, aunque invertidos en un espejo. Y cuando creíamos que la Transición se había hecho contra la guerra (es decir, contra el franquismo y contra el antifranquismo), hete aquí que se trata de reavivarla, no de apaciguarla. Antifranquistas de poca memoria que pueden decir con serenidad, por ejemplo, que el «orden público» está por encima de las leyes y la Policía no está para crear conflictos, algo así como «la calle es mía», pero en fino. Efectivamente, el franquismo nunca se ha ido del todo y lo encontramos en los lugares más insospechados. Puede que la verdadera segunda Transición sea ésta: pasar desde una democracia antifranquista que ve el mundo por el espejo del retrovisor a una democracia a secas que mira de frente al futuro. Y vaya si hace falta mirar el futuro.

Pero el derrumbe del Partido Socialista Obrero Español está siendo dramático. Desde luego, porque coincide con una grave crisis económica que no ha sabido gestionar y que profundiza la desconfianza política, pero sobre todo porque las piruetas ideológicas del PSOE, que no es ya ni español, ni obrero ni socialista, sino solo (y sobre todo) partido, han sido caladas por el electorado. Ganó poder a costa de los principios y ahora se va a quedar sin principios y sin poder. Sospecho que no estamos ante un simple cambio de mayoría de gobierno; estamos ante un fin de ciclo.


 

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