El Régimen se cae a cachos


Es un hecho constatable: después de más de 30 años (igualando casi a los 36 del franquismo), el régimen socialista andaluz se cae a cachos. Y no se cae porque su máximo exponente se muera de viejo y en la cama (grandísima oposición la que tuvo). Se cae porque sus máximos exponentes están siendo rastreados por los sabuesos judiciales, dirigidos éstos por S. Sª. M. Alaya. Que ya es casualidad que su nombre coincida en parte con el de un caso famoso y repleto de famosos que ocurriera también en la Andalucía de Chaves, y en que los únicos que no estaban pringaos en aquella ocasión fueron los del PP porque no les dejaron entrar a chupar.

Uno lee la prensa y se da cuenta de que en estos momentos cobra perfecto sentido la frase del fundador
Pablo (Paulino, en realidad) Iglesias: aquello de «estaremos con la legalidad cuando ésta nos permita conseguir nuestros fines y fuera de ella cuando no nos lo permita». No es cita literal, pero la idea es básicamente ésa. Se hace patente que el fin del PSOE-A no era otro que vivir del cuento (público) sin trabajar; fin al que se preordenaban todas las acciones. Y a fe que 30 años viviendo del cuento público sin dar golpe es mucho tiempo.

La cuestión es: ¿por qué ha durado tanto este régimen? La respuesta no es muy complicada. Basta acudir al símil del Lazarillo, el ciego y el racimo de uvas. Es decir: el PSOE-A permitió que determinados personajillos de su partido (pequeños y/o medianos, pero muchos) comieran las uvas de dos en dos (las pequeñas injusticias y sinecuras ante las que la Junta miraba invariablemente para otro lado) para poder así comer las uvas (el presupuesto andaluz) de tres en tres. Así, las pequeñas corruptelas y sinecuras tapaban bocas… mientras hubo dinero. Todos los que podían, decían: «Si los peces gordos lo hacen, ¿por qué yo no puedo?». No obstante, cuando se acabó el dinero, se acabó el silencio. La gente habla, y el mejor argumento que tienen aquellos a los que se les pilla de marrón es el grito de «¡Manipulación, manipulación!».

El resultado es que Andalucía está al borde del abismo, imparablemente. Por si faltara algo, el consejero de Economía de la Junta monta el numerito de «no vamos a aceptar los límites de déficit que nos imponga Montoro». Que no es más que una pantomima (a dos semanas de las elecciones andaluzas, from lost to the river, que dijo el otro), porque el que realmente se lo va a tener que comer va a ser el más que probablemente próximo Presidente de la Junta, Javier Arenas.

Respecto a cómo están las cosas ahora, uno se siente dividido. Dividido entre el cabreo mayúsculo y la admiración. Cabreo mayúsculo, por ver que los pirómanos que han provocado que España se incendie por los cuatro costados quieren aparecer ahora como los bomberos salvadores de la patria. Pero es que, además, uno no puede sino admirarse de la (durísima) cara con que los socialistas mienten y tratan de usar la demagogia a su favor. Lo tienen prácticamente todo perdido en Andalucía: los casos de los fondos de reptiles y de los EREs falsos les están estallando en la cara porque cada vez hay más personas que pierden el miedo a hablar. La cosa se pone fea, muy fea, para Griñán y Rubalcaba por debajo de Despeñaperros. Mucho más si tenemos en cuenta que arrecian los rumores sobre la destrucción de papeles en la Junta.

Oír a Rubalcaba en el mítin de ayer era comprobar cómo, palabra por palabra, esculpía un monumento a la demagogia más rastrera. Ya fuera porque cree que repetir esa sarta de medias verdades y mentiras completas puede llegar a calar en los votantes (lo cual demuestra su nulo respeto por la inteligencia de éstos), ya fuera porque cree que la parroquia que le escucha está con el mismo ánimo de los años triunfales, Rubalcaba descerrajaba sus críticas contra Cospedal, como si él fuera otro hombre «que nunca estuvo allí» (en el Gobierno). Como si no hubiera sido el que dijo que «él sabía lo que había que hacer para solucionar el problema del paro». Con esta clase de ayudas y si en las Batuecas la justicia y la decencia valiesen algo, Griñán y sus mariachis empezarían a decidir dónde quisieran pasar los próximos años de vacaciones forzosas: si en Alhaurín el Grande o en El Puerto II. Dudo que Arenas les toque un pelo, siguiendo con ello la consigna de su jefe.

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