La O y el canuto


Por mi amiga Candela acabo de confirmar algo que ya sospechaba: que las Cajas de Ahorros, como el Senado, como el Consejo de Estado, como el Parlamento Europeo… han sido otro yacimiento de elefantes. Aquellos fiables hombres de partido, que salían de algún cargo público porque el Partido había perdido las elecciones o porque las había ganado y había que meter a alguien con más servicios prestados al Partido méritos que el saliente.

Imagen actual de lo que puede ser el Consejo de Administración de una Caja cualquiera…

En este baile andábamos cuando resulta que un señor llamado Salvador Piles da algunas pistas sobre el funcionamiento de las reuniones de las Cajas, que en circunstancias normales debía de ser algo parecido a esto:

10.30: Llegada a la sede de la entidad, tras un largo y reparador sueño.

11.00: Lectura de la prensa (deportiva), comentando el partido del día anterior con algún otro consejero que haya tenido el detalle de llegar con antelación. Cosa lógica si tienen ustedes en cuenta que en estos últimos tiempos hay empacho de fúrbo y si no se puede hablar de los de arriba porque la competición se acabó matemáticamente, se puede de los que están en los play-offs de ascenso-descenso, que eso da mucho juego con los maletines y otras OMDs (Orchestral Manoeuvres in the Dark)…

11.45: Comparece el presidente de la Entidad con el Secretario y lee el orden del día. No suele plantear problemas porque consta de unos apartados que, ésos sí, se los conocen de memoria:

a) Comprobación del quórum. Es sencillo. Y es aún más fácil dar una excusa para no asistir: «Ha llamado la secretaria de Pérez para decir que no podrá asistir porque tiene hora con el dentista (o el ginecólogo, si se trata de una señora)». Al cabo de unos días se entera uno que el señor Pérez estuvo en el Santiago Bernabéu o que la señora Pérez fue vista en el Cortinglé de compritas a la hora de la reunión. Pero bueno, ser consejero es lo que tiene: qué vida más sacrificada y qué responsabilidades tan pesadas, oigan. Hay que relajarse todo lo que uno pueda.

b) Lectura y aprobación del acta de la sesión anterior. Sin problemas porque salvo pequeños detalles son todas iguales. O a veces, ni eso: precisamente porque son prácticamente todas iguales las aprueban el Presidente y el Secretario. ¿Para qué iban a molestar al resto de los consejeros y así tenerles que pagar las dietas de asistencia (¡horror!)?

c) Nombramiento de cargos. Éste es un punto que sucede una vez cada… bueno, puede ser hasta cada cuatro años. Si los consejeros de la Entidad han sido políticos en ejercicio representando a la Nación, no pierden las buenas costumbres, se excusan diciendo que van al baño y aprovechan para llamar a la sede de su Partido al efecto de decidir cuál sea el sentido de su voto:

–Hola, soy Fulano, consejero de la Caja XXX y quiero hablar con el Secretario de Organización.

–¿Para qué quiere hablar con el jefe? –responde una voz que por las trazas ha de ser de algún becario/a–.

–Tengo que consultarle un asunto personal y urgente.

–El jefe ahora está reunido (jugando una partida de minigolf con un pez gordo). Si quiere le dejo un…

–¡Que no, coño! Dile que soy Fulano y que es urgente. Ur-gen-te. ¿Lo has entendido?

–De acuerdo, señor. No se enfade. Le paso.

–Bien.

(musiquita de transferencia de llamada, normalmente el himno del partido. El consejero masculla: «Estos becarios… Cada día más tontos»).

–¿Diga?

–Hola, Pepe. Perdona que te llame así, pero…

–Espero que sea importante, Paco. Estoy con Mr. Fulanish-Fulanson, un pez gordo de los british y estoy vengando con creces el honor español en Gibraltar. Venga, desembucha.

El consejero traga saliva:

–Este… bueno, que en la Entidad se va a nombrar nuevo presidente por el Consejo y llamo por si tenéis alguna orientación sobre a quién hay que votar.

–No me jodas, Paco. ¿Para eso me llamas? –sulfurado a medias–.

El consejero iba a replicar algo, pero en ese momento el Secretario se acuerda de una cosa.

–Ah, ahora recuerdo que el Presi dijo que había que llamar para que os diésemos indicaciones de voto. Mira, a quien tenéis que votar es a Mengano, que se ha hecho muy amigo del Presidente y además le ha prometido unos dinerillos para su chalet en la playa y prácticamente sin intereses. El que tenéis ahora no es muy recto, pero no nos conviene porque le negó precisamente esos dinerillos, y es lo que el Presi dice: «Yo soy rencoroso, pero a mí el que me la hace me la paga». Así que ya sabes lo que tienes que hacer, ¿vale?

–De acuerdo –suspira el Consejero–. Joder, esto es más difícil que en el Congreso. Allí sólo tenías que aguantar los coñazos de los discursos y recordar qué botón tenías que apretar.

–¿Pero qué dices, Paco? En una Caja sólo tienes que hacer dos cosas: asistir a las reuniones del Consejo dos veces al año y cobrar cada fin de mes 12 veces al año. Y para esto último ni siquiera tienes que moverte de casa.

–Claro, claro. Visto así… Pues lo dicho, Pepe. Perdona que te haya llamado así y sigue humillando a los british.

–En realidad es majete, pobre. Ya te presentaré al bombón de su secretaria otro día que vengan.

–Hecho. Hasta luego.

–Adiós, adiós.

d) Proposiciones. Aquí cabe de todo. Si el Presidente actual es desalojado por votación, la cosa traerá cola en próximas reuniones del Consejo. Si es de otra naturaleza, normalmente hay poco que decir…

–Mirad, quiero proponer a mi sobrina Fulanita Fulánez y Fulánez para un puesto de administrativa en esta misma sede, con el sueldo que corresponda a su categoría. Es Licenciada en ESADE y ha hecho un máster en Harvard o como se llame esa universidad americana que cuesta un pastón. Quiero echarla una mano, pero le he dicho que si quiere aprender de verdad el oficio, tiene que empezar desde abajo y conocer todos los escalones.

Murmullos de asentimiento y sonrisas entre los consejeros más viejos. Se acuerdan del padre del actual presidente (entre paréntesis un cabrón, pero que hizo el mismo recorrido que ahora se propone para la sobrina). Ya se sabe: tiempos pasados…

El presidente, tribunicio, mira a los vocales representantes de los trabajadores. Uno de los asientos está vacío. Mira al representante que sí asiste.

–Ehhh… sí, sí… –consigue farfullar el otro– Ejque los compañeros de su sindicato l’han requerío pa que presida una marcha sindicá contra er gran capitá… M’ha delegao er voto.

–Entonces no es contra nosotros, que no somos gran capital y además hay una larga y comprobada tradición de servicio a las clases populares, ¿verdad? –sonríe avieso el Presidente, mientras piensa «a ése en Deusto no le hubieran admitido»–. Y bien, querido compañero, ¿qué le parece la propuesta del consejero?

–Eeeeh… buenooo– vuelve a farfullar el sindicalista–… Nozotro teníamo un… ezteee… candidato… joé, que no me zalía er palabro… É mu buen shavá. Y mu honrao. Como que le ofrecimo, y diho… «¿Pero cómo me vai a poné ahí zi yo no zé de eza coza?». Y que no quería. Ar finá, le convencimo y le dijimo: «Ea, tú no te preocupe que ya te irá enterando». Y como mi compañero m’ha delegao er voto, mi voto vale por dó.

El consejero que propuso a la sobrina está que echa chispas, pero se aguanta. Finalmente, el que sale elegido es el candidato del sindicalista porque el voto de éste vale por dos y porque nadie quiere enemistarse con los representantes de los obreros. Es duro que unos obreros te esperen a la puerta de tu lugar de trabajo y te manchen con huevos podridos el carísimo traje de Emidio Tucci que vistes para la ocasión.

e) Aprobación del acta, si procede. Esa es la parte más placentera para los consejeros. Normalmente antes se declara un receso de media hora en la que además de un café puede caer una cañita. También lógico: si los obreros tienen la media hora del bocadillo, ¿por qué ellos no iban a tener la hora del receso? No es tan placentera para el Presidente si se ha votado y le han botado o para algún Consejero si han rechazado una proposición en la que tenía interés.

13.30: Se levanta la sesión.

Bueno, pues ya está. ¿Ya está? No. Falta algo que no hemos mencionado y sí lo hace el señor Piles. Nadie se lee nada. Los dossiers que suelen entregarse al principio de las reuniones, o con vistas a una reunión posterior, no son objeto de una lectura atenta y reposada. Nada de nada. Porque si lo hicieran, resultaría que se darían cuenta para sus adentros, de que les han dado un cargo que les viene grande. Como dice el Consejero de nuestro ejemplo, «todo era más fácil en el Congreso». Y además, para eso están los técnicos en las Cajas. Esas personas que sí están preparadas y saben de qué va la cosa.

Con estos mimbres, ¿cabe extrañarse de lo que está ocurriendo en el sector Cajas de Ahorros español?

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2 comentarios en “La O y el canuto

  1. :D:D

    Si no fuera porque es verdad podría tratarse de una escena de una película de Fellini.

    Y ni se esconden debajo de una piedra, al ser descubiertos, ni nada. Supongo que después de tantos años viviendo así hasta lo considerarían normal, formaron una castita de nuevos ricos convencidos de que se lo merecían, que eran superiores al resto del mundo. Por cierto ¿has visto lo de Esperancita? Que vayan apretando el c*lo que los demás van detrás..

    Algo bueno nos trae la crisis ¿no?

    • Sí, he leído lo de Esperanza: entre otras medidas, reducción de diputados autonómicos… ¡de 129 a 63! Otro motivo por el que Mariano le cogerá todavía más tirria y los sociatas se echarán a la calle en protesta por la reducción de su margen político de maniobra. Pero qué quieres: tampoco me sorprende que haya sido Esperanza quien haya tomado esas medidas. Me hubiera sorprendido más en Fabra (Alberto) o en Núñez Feijóo. Y no digamos si estas medidas las hubiera tomado Artur Mas… 😛

      Parece que la crisis hace que algunos vuelvan a valorar el sentido común, cierto.

Gotas que me vais dejando...

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