Sinfonía nº 8 de Gustav Mahler


Retomo hoy la amable competencia que mantengo con el compadre Noatodo. A mi compadre le ha dado este domingo por la monumentalidad y comparte con ustedes la Misa en si menor de papá Bach. Ni qué decir tiene que es una obra de audición absolutamente recomendable y que forma, junto a la Mätthaus Passion una de las cimas (si no la mayor) del arte musical occidental. Les anoto, de paso, un dato curioso: la Misa sirvió como documento justificativo para una petición de trabajo como Kapellmeister en la corte de Polonia, en la que el rey, por narices, tenía que ser católico (no valían todas las cantatas que cubrían un año de liturgia protestante). No resultó; pero afortunadamente y para la historia de la música y para el placer de ustedes queda este monumento a la musa Euterpe.

En cuanto a mi contribución, también yo me he dejado llevar por la monumentalidad. Así, pues, traigo a su consideración la que se puede considerar verdaderamente la obra cumbre del «hijo del carretero ilustrado», Gustav Mahler. Él mismo llamaba a esta obra «su Misa»; y aunque no esté dividida en las siete partes del ordinario latino, uno puede percibir perfectamente que el sentimiento religioso la penetra de principio a fin. Es una sinfonía-oratorio de dos movimientos: el primero, Veni Creator, dedicado al Espíritu Santo, y el segundo, la Escena Final del Segundo Fausto (sobre texto de Goethe), dedicado a la Virgen María y al hecho de que por Su intercesión el alma humana puede salvarse. Ni qué decir tiene que también necesita de un fervor especial para ejecutarse.

Mahler enfrenta aquí todos los demonios que conjuró en la Sexta, tres años antes: cesantía como Director de la Ópera de Viena (no le perdonaron al final su origen judío, pese a que llevó a aquella venerable institución a unos niveles de excelencia que jamás después llegaron a alcanzarse, ni siquiera bajo la férrea mano de Das Wunder, que ya es decir), la muerte de su hija Maria y la enfermedad heredada de su madre, que fue la que le llevó a la tumba prematuramente (a los 51 años); añadamos los disgustos matrimoniales que le causaba su joven mujer, harta de ser su criada devota, con cierto Walter Gropius. Todo ello está conjurado en esta obra: a todos esos golpes del destino, Mahler opone la visión del Paraíso imposible, frente al Paraíso perdido de la Sexta y aún el Paraíso soñado de la Cuarta, en el que la himmlische Leben es un continuo banquete infantil. Vean ustedes la progresión:

El mismo tema, pero en la Séptima:

Y finalmente, en la Octava, en lo que se podría llamar exorcismo:

La versión que comparto aquí con ustedes no es de chicha y nabo: es nada menos que Leonard Bernstein (mahleriano de pro) con la Wiener Philharmoniker, y un estupendo elenco de solistas, de entre los que destacan Agnes Baltsa  (Maria Aegyptiaca), el grande entre los grandes Hermann Prey (Pater Ecstaticus) y José van Dam (Pater Profundus). La interpretación de Kenneth Riegel (Doctor Marianus) es correcta, y acaso pueda escudarse en lo inmisericorde de la tesitura en algunos momentos; pero si me dan a elegir, sigo prefiriendo a Donald Grobe (de la versión para DG con Kubelík), porque en algún momento parece que Mr. Riegel se queda sin aire o gallea. No obstante, no hagan caso ustedes de estas observaciones y fórmense su propia opinión escuchando la obra.

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4 comentarios en “Sinfonía nº 8 de Gustav Mahler

  1. Ya te digo que sólo cantarlo debe de ser una experiencia increíble. Si cuando canté la Novena de Beethoven me sentía flotando, no quiero ni pensar cómo sería con esta obra.

    Un abrazo igualmente.

Gotas que me vais dejando...

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