¿Quién escribe al periodista?


Quizá recuerden ustedes un anuncio de hace algunos años, que comenzaba así: «Estamos rodeados de imperfecciones». No recuerdo muy bien qué era lo que anunciaba ese spot, que se dice ahora; pero esas primeras palabras sí las recuerdo, y el café de una taza vertiéndose. Uno convive con ellas a diario, y tiene dos opciones: o acostumbrarse, o ponerse histérico cada vez que detecta una.

El problema, naturalmente, surge cuando la imperfección aparece donde no debiera. Por poner un ejemplo, en la prensa escrita. Ya no hablamos de opiniones, enfoques y sesgos. Hay libertad de prensa, protegida por el hoy amenazado artículo 20 de la (todavía vigente) Constitución, así que ustedes pueden comprar un periódico de su elección y concordar con la línea editorial del mismo… aunque a veces, como ocurre en Cataluña, de pronto se ponga de manifiesto que no hay más que una línea editorial posible.

No me refería, pues, a esa clase de imperfecciones, en la medida en que son voluntarias. Usted compra un periódico y, con el acto de la compra, acepta un determinado ideario. Pero las imperfecciones a las que me refiero son aquellas que ustedes no tienen obligación de soportar. A lo mejor uno es muy tiquismiquis, pero a uno le molestan las faltas de ortografía que aparecen en los artículos y que empiezan a abundar como cucarachas en la prensa escrita.

De redactar, no pocas veces es «discutido y discutible» que sepan. A veces uno tiene suerte y encuentra una pregunta encerrada entre dos signos de interrogación. A veces, sin embargo, uno se la encuentra sin signos de interrogación y no detecta a la primera que no es una interrogación. Norma también: la coma vale para todo. Ni punto y coma, ni punto y aparte, ni leches. Justificación: se sacrifica la calidad de la escritura en «beneficio» de la velocidad. Si es por eso, quiten acentos también, que son un coñazo y un estorbo, oigan.

En cuanto a la prensa digital (escrita), se han hecho famosos los que podríamos llamar gazapos de plantilla: esos gazapos de los que uno se da cuenta porque el becario de turno ha subido a la web la plantilla sin rellenar, con el código al descubierto.

Les cuento que antes, en la prensa escrita, existía un señor llamado corrector de estilo. Era un señor que no se preocupaba de las faltas de ortografía (nadie, en aquellos llamados años, terminaba sus estudios obligatorios con faltas de ortografía), sino de que los artículos quedaran redactados en un estilo fino y elegante, cuando las palabras todavía tenían un valor al pronunciarse y no se hacía a la ligera. Hoy el corrector de estilo se llama Microsoft Word (eso si trabajan ustedes con el paquete Office para PC; en Mac no sé qué es lo que se usa) y es tonto, como todo el mundo sabe.

¿Quién tiene, pues, el poder? Sin duda, el poder lo tiene quien aprieta el botón: el becario. Sobre todo, el becario que trabaja en maquetación. El artículo, billete o suelto deben caber en el espacio que el maquetador jefe ha decidido. Y si no caben, se recortan letras o incluso líneas para que quepan. ¡Qué dura es la vida del becario maquetador! Otras veces, eso sí, invadiendo terrenos que no le corresponden, reforma el artículo que le llega sin encomendarse a Dios ni al diablo. Y claro, usted, periodista, que escribió con todo mimo el artículo, ve cómo el becario le toca las… negritas, las cursivas y los… latinajos, que también han de estar en cursiva… y se enfada. Se enfada mucho porque le están destrozando el trabajo.

Así, pues, para ser constructivos, voy a proponer una solución: no aceptar a ningún redactor o becario que cometa faltas de ortografía. Supongo que para la admisión no estaría de más incluir un examen de ortografía y redacción, que haría la selección más fácil. Quizá así, retomando un poco la tradición y consiguiendo que los redactores y becarios amen nuestra lengua en vez de lanzarle coces un día sí y otro también, volvamos a educar al lector en el respeto y la estima a las palabras. Pues las palabras son las herramientas del periodista. Y uno cuida sus herramientas, sin duda.

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