Y se marchó


Menuda carta ha despachado Santiago Abascal a su hasta ayer presidente de partido. Es una enmienda a la totalidad a todas las posiciones que ha adoptado el PP desde que Mariano es presidente confirmado, es decir, desde 2008. Año en que todos advertimos un giro copernicano en su política. Que no sabemos si la excursión ultramarina a México tuvo que ver (sospechamos que sí); pero estamos seguros que desde entonces y según frase consagrada, ya nada volvió a ser como antes.

Abascal reparte palos para todos, y uno de ellos, en lo que a mí me importa, va para Cataluña. La incomprensible deriva del PP en tierras catalanas va a acabar con ese partido aquí, puesto que ya a nivel autonómico hay otras opciones suficientemente firmes y nada ambiguas que frenen la loca carrera hacia la nada de un Mas al que todo le da igual y aprovecha el dinero público para hartarse de viajar. El PP se ha bajado del tren no nacionalista y la factura va a ser crecida.

Pero está bien que sea él quien se mueva. De algún modo, él representa a los jóvenes de la política. Otros, probablemente por el apego a la mamandurria, se lo piensan mucho aún, tras años de amagar y no dar. Esta carta escocerá a los creyentes, a los clientes y a los deudores de Mariano (los que le deben el cargo o mamandurria que ocupen); pero tal vez ya era hora de que viésemos un poco de sinceridad en el aire enrarecido de la política nacional.

He aquí, pues, la carta entera, sin cortes ni entresacados como ha aparecido en algunos medios. Léanla y saquen sus conclusiones (cursiva mía).

Estimado presidente, 

A través de la presente te comunico la dolorosa determinación de poner fin a mi militancia de casi dos décadas en el Partido Popular. Te traslado, en consecuencia, la que es, sin duda, una de las decisiones más duras de mi vida. 

Me voy con tristeza del partido al que me afilié con 18 años, del partido de mi padre, del partido en el que aún permanece mi padre. Por eso, a pesar de mi marcha, que se produce con todas las consecuencias, siempre me sentiré vinculado emocionalmente a las gentes del Partido Popular. Y por ello, aunque profundamente decepcionado, archivo con cariño y respeto el carné que he llevado en el corazón desde el 31 de diciembre de 1994. 

Hubo un tiempo en que el Partido Popular fue una herramienta extraordinaria en favor de la sociedad española. Siempre lo sentí así. Especialmente en los peores momentos; en los que nuestros compañeros caían asesinados, en los que los guardaespaldas eran parte de nuestra vida cotidiana, en los que entregamos nuestra juventud, nuestra libertad y, en algunos casos, hasta la vida al servicio de la unidad de España y de las libertades de todos los españoles. 

Gregorio Ordóñez fue nuestro héroe y nuestro mártir; Jaime Mayor Oreja, nuestro padre político; Carlos Iturgaiz y María San Gil, nuestros mejores compañeros, y José María Aznar, quien tuvo la valentía para liderar la difícil tarea de gobierno que necesitábamos –y demandábamos– los vascos del Partido Popular. Pero eso, por desgracia, es ya historia. Historia pasada. 

Hoy, el arrinconamiento de algunas de estas figuras, y el olvido de otras, pero sobre todo el abandono de sus ideas y políticas, de nuestros principios y valores, me han llevado a tomar esta decisión, como en su día ya la tomó José Antonio Ortega Lara. Hoy, fuera del Partido Popular, me siento más cerca de él y me siento mejor. Estoy seguro, presidente, de que esta decisión en la que muchos me han precedido, no te quepa duda, la tomarán muchos otros en el futuro próximo, motivados a partes iguales por tus decisiones e indecisiones como líder del partido. 

No rompo un carné, no reniego de mi pasado, no pienso que todo el esfuerzo fue baldío. Eso sí, me voy con tristeza, abrazándome a tantos y tantos compañeros, a tantos y tantos españoles con los que he compartido colores y con los que aún comparto valores. 

Me voy, presidente, con un sentimiento de desgarro interior. Son muchas, miles, las personas que aún permanecen en el Partido Popular con las que todavía me siento identificado; personas que representan una de las dos almas del Partido Popular, la de miles de afiliados, la de millones de votantes, la del PP de Madrid, la de José María Aznar, Esperanza Aguirre, Alejo Vidal-Quadras, Jaime Mayor Oreja o Santiago Abascal Escuza, mi propio padre. 

Pero me voy porque, a diferencia de ellos, he llegado a la conclusión definitiva de que no hay ninguna posibilidad de cambiar las cosas desde dentro y de que el Partido Popular, su estructura, sus abnegados militantes y su generosa y patriota base social, a la que no os merecéis, están secuestrados por la inamovible cúpula dirigente a la que representas, cúpula que ha traicionado nuestros valores y nuestras ideas. 

Una decisión así no se toma en dos días. Acumulo meses de penosas reflexiones, e incluso años, desde el Congreso de Valencia de 2008. Hoy, 24 de noviembre de 2013, traspasado el ecuador de la legislatura, ya no me reconozco en las políticas de Gobierno del PP, del Gobierno que lideras; y no me reconozco, precisamente, porque yo sí sigo creyendo en los mismos principios que inspiraron nuestros mejores días y los mejores días de la España contemporánea. 

No ha sido el ímpetu, ni la reacción ante concretas traiciones, y mucho menos el maltrato personal, las que me han precipitado fuera de mi partido. Se trata de una decisión largamente meditada que obedece a estrictas razones morales y políticas. 

La actitud de la cúpula del partido ante la suelta de terroristas ha sido la gota que ha colmado el vaso. La excarcelación de terribles criminales ha marcado, sin duda, un antes y un después en mis sentimientos y mi percepción de la dirección que representas, pero mentiría si adujera a esta única razón para explicar este distanciamiento que ha terminado en ruptura. Llueve, presidente. Llueve sobre mojado. La continuación de la política sobre terrorismo heredada del Gobierno anterior, el trato indigno dado a las víctimas del terrorismo y a sus manifestaciones, la actitud pasmada y pasmosa ante el desafío de los dirigentes separatistas, la torpe decisión de sumarse al desconcierto que trajo la ola de reformas estatutarias, la negativa radical a abordar una reforma profunda del modelo autonómico, el abandono de la defensa de la lengua común en la educación y en la administración en algunas regiones, la insólita y suicida posición política del partido en Cataluña y País Vasco, la consolidación por inacción de toda la legislación ideológica de Zapatero, el aumento de la presión fiscal en contra de nuestros principios sobre política económica, la pasividad ante la legislación que ataca la vida del no nacido, la actitud acrítica y la falta de medidas ante la corrupción que ha afectado al Partido Popular, la negativa a democratizar internamente nuestro partido o el pisoteo de nuestros propios estatutos internos. Todo constituye un incumplimiento flagrante de nuestro programa electoral, del contrato que firmamos con los ciudadanos que nos dieron la mayoría absoluta y, en definitiva, de la misión política histórica que correspondía al Partido Popular. 

He intentado tan honesta como ilusamente, junto con otros, detener desde dentro esta deriva. No ha sido posible. No habéis querido. Me voy con la conciencia tranquila tras haber topado con el muro infranqueable de la realidad interna de un partido que habéis acartonado; los congresos siempre bien amañados, las ponencias políticas convertidas en papel mojado y la implacable maquinaria del partido convirtiéndonos en disidentes, cuando los verdaderos disidentes del PP sois vosotros. Hasta aquí hemos llegado, presidente. 

A partir de esta fecha dejo de ser uno menos dentro del Partido Popular y paso a ser un español más, que buscará el modo más adecuado y eficaz para hacer oír su voz en favor de España. Y lo haré con las esperanzas intactas, con la ilusión inquebrantable, y con la confianza plena en la capacidad de reacción que históricamente ha demostrado nuestro pueblo. 

Al final, la voz de la mayoría de los españoles se oirá entre las tinieblas a las que el sectarismo de Rodríguez Zapatero y tu fatalismo, presidente, nos han condenado; sectarismo y fatalismo que hoy nos impiden divisar el futuro prometedor que la España del presente merece, y que la España por venir, tendrá. 

Adiós y buena suerte.

Lo que firmamos y rubricamos con esta vieja canción de José Luis Perales:

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