Dos años y dos días


He esperado dos días para escribir sobre la magna efeméride: el paso del ecuador de la legislatura. Esas palabras me han devuelto a mis años universitarios. Hallábase un servidor de ustedes en tercero de carrera… un año fantástico ese 1991, en lo que a mí se refiere. Tanto, que aún recuerdo con cariño algunas asignaturas que estudié entonces. Recuerdo muy bien la fiesta con la que celebramos el ecuador del ecuador. Y recuerdo muy bien aquel estupendo ambiente porque aquello después ya no se volvió a repetir. Como dice la canción, those days are gone

Retomo el hilo de lo que les quería contar y, situándonos en 2013, llevamos dos años y dos días de legislatura pepera. Ha habido triunfalismo en el Gobierno; moderado, eso sí, porque este presidente que tenemos es de perfil bajo. Todo mesurado y sin exceso, como siempre hace el Registrador. La oposición berrea, pero sólo porque Rubalcaba detesta estar donde cree que debería estar Mariano per saecula saeculorum.

Sea como sea y ante la magna efeméride, la pregunta es: ¿hay algo que celebrar? El discurso oficial nos habla de que efectivamente hay algo que celebrar. Celebramos que «ya no she habla de la crishish, ni del reshcate ni de la prima de rieshgo». Lo repiten todos los cargos peperos all’ zugleich como loros. Es la economía, estúpidos, que no os enteráis. Lo de menos son las mentiras que nos calzaron prácticamente sin calzador antes del 20-N, fecha malévolamente escogida por el ínclito contador de nubes. Que si “lo primero el empleo”, que si “no vamos a subir los impuestos”… En fin, para qué recordárselo a ustedes. Y ahora nos dicen que la cosa «va mejor». Y para razonarlo se meten en magnitudes macroeconómicas que la mayoría de la gente no entiende y a la segunda frase comienza a bostezar.

Los profanos, los que estamos alejados de la verdadera fe marianista, entendemos que cuando un ministro del ramo alienta a los jóvenes a buscarse la vida fuera del país, la cosa no va tan bien como dicen. Entendemos que cuando un ministro del ramo sube los impuestos treinta y tantas veces, la cosa no va bien (y que no me vengan con el cuento de «no se podía hacer otra cosa», que no cuela). Tal vez los banqueros sí vean los brotes verdes; pero ni las familias ni las pymes han visto ni brotes verdes, ni dinero alguno para poder sobrevivir.

Entendemos que cuando un ministro del ramo se achanta y suelta a asesinos confesos y no arrepentidos basándose en informes falsificados o en algún tecnicismo legal, la cosa no va bien. Entendemos que si el presidente no quiere entrar al trapo de resolver la deslealtad congénita de una Comunidad (del partido que la gobierna en realidad) con el resto de los españoles, la cosa no va bien. En el mismo sentido, la cosa no va bien cuando el Presidente no es capaz de poner orden en este Estado federal de facto (no sea que los «barones» territoriales se enfaden y se arme la de San Quintín). Y sobre todo, entendemos que la cosa no va bien cuando después de dos años no se ha tocado ninguna de las leyes de ingeniería social que aprobó el infame gobierno anterior. Y cuando se recorta una reforma educativa «para no molestar» al nacionalismo-separatismo cavernícola que todos los españoles padecemos. La cosa no va bien, sobre todo, cuando es tabú hablar de las personas que se suicidan, ya sea por falsas acusaciones de malos tratos (hombres, que no aparecen en las «estadísticas oficiales» del feminazismo) o debido a la situación económica, que en su caso ha llegado al límite. «No hay que extender la psicosis», dicen, campanudos.

¿Y qué espera Mariano? Es difícil de decir, como gallego en ejercicio que es. Quizá espera a que en 2015 sus votantes hayan olvidado no sólo lo que hizo sino lo que dejó de hacer (esta segunda cuenta es más larga y menos pública). Quizá espere que el grueso del cuerpo votante –el que le votó en 2011 esperanzado en que podrían cambiar las cosas– mire hacia la izquierda, vea el caos y el abismo (verdad), y vote resignadamente al mal menor, que no consuela porque sigue siendo un mal. Esta estrategia, no obstante, tiene hoy un problema. Hoy, a diferencia de 2011, comienza a haber opciones. Más o menos buenas, más o menos en formación… pero opciones. Opciones que, con un poco de suerte, nos sacarán cuando menos de ese bucle melancólico en que «los dos grandes partidos» tienen atrapado al cuerpo electoral español a nivel nacional…

Quizá por eso en Moncloa están preocupados y tratan de lanzar mensajes positivos para que su electorado natural no se espante ante las calamidades que está viendo (especialmente en materia de paro y terrorismo, que es lo actual; en dos años habrá que hacer un balance mayor).

Por nuestra parte, nada que celebrar. Acaso, el hecho de que la marcha hacia el infierno se ha ralentizado (pero en modo alguno detenido y mucho menos cambiado su sentido). Quizá llegará un momento en que alguien romperá la baraja. Entonces será el llanto y el crujir de dientes, así como un momento de gran alegría para nuestros enemigos. Pero no adelantemos acontecimientos. Con el tiempo y una caña, si no se hace nada más, todo se andará…

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Gotas que me vais dejando...

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