Diez años después


Cuesta hoy escribir unas palabras. Diez años después, como hace dos las escribí para recordar a Silvia Martínez Santiago, arrebatada a sus padres por la brutalidad de ETA. Han corrido ríos de tinta desde antes ese día de agosto de 2012 y después de ese día. De lo que es de público conocimiento queda poco por decir ya.

Sin embargo –prometo ser breve–, resulta que después de 10 años las preguntas fundamentales siguen sin respuesta: qué explotó en los trenes, quién lo hizo explotar, quién dio las órdenes y por qué. Pueden ustedes escoger teorías conspiranoicas, como un servidor, o acogerse a las versiones oficiales, que no se mueven de la tesis islamista.

Pero lo que yo recuerdo más de todo es el ruido y la furia de aquellos días. Cómo la gente, convertida en turba, en masa informe berreaba, convenientemente movilizada, barbaridades contra el PP. Recuerdo cómo personas que poco antes habían convivido en paz se miraban ahora con odio, como repitiendo la goyesca Riña a garrotazos. Recuerdo cómo aquellos que intentaban volver a conectar la razón con los hechos eran poco menos que tildados de traidores. Todavía hoy, al recordar aquello, se enconan los ánimos. Al final, uno se hace la misma pregunta que se hacía en el prólogo de Boris Godunov:

–Mityiuka, ¿por qué gritamos?
–¿Cómo quieres que lo sepa?
–Gritamos porque hace falta cargar los muertos a alguien –dice un tercero.

Siempre he dicho que aquello fue una operación de agit-prop ejecutada con precisión de relojería. Y lo que queda de todo aquello es la lección de cómo variar el destino de un país haciendo callar a sus habitantes. Derrotándoles con el silencio y multitud de versiones oficiales. Y dejando que pase el tiempo. Pasados diez años, ¿a quién le importa? Importa a las víctimas, por supuesto; pero ¿qué son las víctimas comparadas con el resto de la nación? Una modestísima gota de agua. La crisis económica ha puesto sordina a mucho de aquel ruido, aunque nadie quiera reconocer que el silencio es el nexo que une la crisis moral con la económica. Los siete años subsiguientes no hicieron más que agrandar la herida.

Pero lo peor fue el engaño final. Muchos creímos en 2011 que por fin el partido que fue desalojado a la fuerza del Gobierno investigaría, se sabrían las causas y las personas. Craso error. No solamente no se investigó nada, sino que se continuó tapando y, además, a quienes intentaron reabrir el caso los crujieron: la infame campaña que hasta desde el CGPJ se desató contra la juez Coro Cillán es la prueba definitiva de que a quienes se reparten los cromos en el órgano de gobierno del Poder Judicial no les interesaba en absoluto que se hiciera pública la VERDAD de este hecho terrible. Ese convencimiento fue una de las peores bofetadas en mi cara, como supongo que también en la de muchos otros votantes del PP. Hubo más, pero ésta fue de las que más dolió.

Y ahora, como dice la canción,

Die Predigt hat g’fallen,
Sie bleiben wie alle.

Ruido, cháchara insulsa (baile de versiones)… y al final, silencio. El silencio de una nación derrotada y arrodillada. La VERDAD sigue esperando.

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Gotas que me vais dejando...

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