Alsasua o la doble vara de medir (I)


Cuenta mi admirado Fernando Díaz-Plaja, en su libro El español y los siete pecados capitales el siguiente sucedido, que nos sirve de exordio a esta entrada:

Una vez oí una retransmisión por radio en la que unos escritores comentaban el Doctor Zhivago, de Pasternak. Los juicios eran duros, tan tajantes y negativos, que una señora del grupo con acento extranjero, probablemente ruso, se asombró y preguntó humildemente:

—Pero ¿cómo puede usted decir…, en qué parte ha leído usted eso?

No he leído el libro, señora
(negrita nuestra) —fue la asombrosa respuesta. Resultó que de los cuatro escritores que se habían reunido para discutir la obra sólo la había leído ella.

Naturalmente, esto forma parte de la Soberbia española. Y si viviera hoy D. Fernando, seguramente lo aplicaría a terrenos que son más cercanos al común de las gentes. Como por ejemplo, el fúrbo. Es de todos sabido que la Selección española de Fútbol (o de lo que sea) tiene un entrenador… y cuarenta millones de asesores; con la particularidad de que cualquiera de esos asesores cree tener más conocimiento y experiencia que el entrenador y el resto juntos. Al menos, si hay que oír los comentarios en los bares, juramento y puñetazo en la barra incluidos.

No menos lo aplicaría D. Fernando a los lenguaraces comentarios que se sueltan en redes sociales acerca de todo lo opinable (y muchas veces, de lo que no lo es). «No necesito leer el artículo (o libro) para saber que si lo ha escrito Fulano es una porquería facha/progre» o «No necesito haber vivido en tal o cual país para saber que su sistema político es una porquería/maravilla». El troleo no es más que otra manifestación (pagada) de la Soberbia española. Eso puede pasar porque, como dijo alguien: «las opiniones son como los culos: todo el mundo tiene uno». Siempre he dicho que si en redes sociales se hablara sólo de lo que se sabe de verdad, en éstas habría un silencio sepulcral, roto ocasionalmente por algún comentario inteligente.

La cosa queda más fea cuando se aplica a asuntos judiciales. Naturalmente, no a cualesquiera, sino a aquellos que «causan alarma social». ¿Y quién decide que un asunto causa «alarma social»? En España no me cabe duda de que son los partidos políticos a través de sus terminales mediáticas y redes sociales. La forma de dar una noticia, que puede ser en sí una manipulación, puede echar a la calle a miles de personas. El caso más reciente es el de la sentencia de la Audiencia Provincial de Pamplona acerca del delito cometido por unos seres pertenecientes a la subespecie Erectus de los pitecántropos, que se hacían llamar a sí mismos La Manada.

El caso es que ha faltado que saliese la antedicha sentencia para que, como por arte de magia, surgieran penalistas de tres al cuarto, creyéndose la cuádruple encarnación de von Liszt, Beccaria, Lombroso y Stammler y pontificando acerca de unos hechos que no conocen en su totalidad y sobre los cuales ha recaído una sentencia que no se han leído… como esos críticos presumidos respecto del libro de Pasternak. Transponiendo el conceto, en estos días se ha oído mucho lo de «No necesito ser abogao para… saber que lo que le hicieron a esa chica es una violación». Para estas personas una frase (¿consigna?) vale más que las trescientas setenta páginas de la sentencia. Sentencia de la que, dada su extensión, nadie podría haber dado una opinión más o menos mesurada nada más salir (a lo que se han apuntado políticos de todos los tamaños y pelajes); salvo, naturalmente, esos juristas de saldo y ocasión.

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