Basura

Estos días me acabo de dar cuenta de un pequeño detalle: como civilización, somos de lo más puerco. Generamos toneladas de basura. El otro día, sin ir más lejos, me fijé en la basura que llevábamos en casa al contenedor: nada menos que dos bolsas llenas para tres personas que somos. ¿Razón? La llegada a nuestra cultura del envase de plástico, derivado naturalmente del petróleo y por supuesto también, invento estadounidense. ¿Consecuencias? Al parecer, el gran poder de facto que han obtenido los empleados de las empresas contratadas de limpieza. Basta oírles decir “o nos dais más dinero o no limpiamos”; y si no se cede a sus pretensiones, la basura crece… y crece… y crece, hasta límites totalmente insoportables. Se quejan los vecinos, se quejan los turistas… y la basura crece… hasta que llega a un punto insostenible y hay que sentarse a negociar porque si no, nos va a comer la mierda.Hace ya unos cuantos años, un amigo dijo una frase que me hizo pensar. La argumentación podría ser más o menos parecida a ésta. Si nosotros, europeos y demás “ciudadanos del primer mundo”(?), nos podemos limpiar las posaderas con papel higiénico, es porque el resto se las limpia con la mano, con una hoja… o no se las limpia. La pregunta es: ¿qué pasaría si los aproximadamente 6.000 millones de personas que somos en el planeta nos limpiásemos las posaderas con papel higiénico? Los bosques de la Amazonia o de donde fuese durarían lo que un soplo (el papel se fabrica, no se planta). Sólo de pensar que en este tiempo 1.500 millones de chinos se “apuntan” alegremente al “modo de vida capitalista” hace que me se me pongan los pelos de punta. Por supuesto, no por ellos, sino por todos nosotros. Y a eso lo llaman “progreso” (nota mental: tendré que dedicar un artículo a pensar sobre esa noción de “progreso”).

"Aquí no paga nadie"… sólo los pobres

Pues eso… Que ahora salta el escándalo en Marbella, aunque era un escándalo largamente anunciado. Me imagino a la población marbellí, harta de ser el escaparate nacional y avergonzada por el espectáculo del robo sistemático que allí ocurre desde los tiempos del tío Gilito. Pero lo mejor de todo es que en el diccionario de ninguno de los aprehendidos hay dos expresiones que creo deberían estar en el vocabulario de cualquier político honrado: dimisión y devolución de todo lo robado.
A mí me llama la atención que cuando pillan con las manos en la masa a un “ladrón de guante blanco”, nadie le obliga a devolver lo robado con sus malas artes (oséase, información privilegiada). Que yo sepa, ninguno de los inculpados por Filesa devolvió un céntimo. Ni ninguno de los implicados en el caso Casinos. Nadie. El único del que dicen que devolvió algo fue el ex-director de la Guardia Civil, Luis Roldán (parece que fue un 25% del total… ¿y el resto?). De los otros, no tengo noticia de que ninguno lo hiciera. Y aun respetando las decisiones judiciales, entiendo que la justicia es demasiado benevolente en ese particular. Ya sé que probablemente no es muy democrático, pero a éstos que roban por millones yo los tendría en situación de prisión preventiva hasta que devolviesen el último céntimo de lo que se llevaron.
Claro que aquí salta otra pregunta. Los que roban por millones actúan como quien atraca un banco. Es decir: nadie roba un banco sin recibir ayuda desde dentro (alguien, por ejemplo, que facilite los planos). Aquí tal vez, la ayuda se concreta en “tú tranquilo: me das mi parte y no irás a la cárcel”. Y por supuesto, es una ayuda pagada (faltaría más). ¿A quién beneficiaba la situación creada en Marbella? ¿Y en cuánto dinero se tradujo ese beneficio? ¿Por qué Chaves no actuó cuando debió hacerlo? En fin, son preguntas que se han de responder ante los Tribunales y que fiscales y acusación deberían plantear.
La parte política es que habría que empezar a limpiar la política de tiburones, arribistas y ladrones varios, que utilizan el crédito en las urnas para enriquecerse personalmente, previo pago de una “pequeña comisión” a un partido que es el que le apoya o aúpa.
¿Ciencia-ficción? Quién sabe…

Caciques

Según la RAE, “cacique” significa “señor de vasallos en alguna provincia o pueblo de indios” (ver aquí su etimología). El significado, con los años, ha venido a equipararse en casi todo al padrino siciliano (todos recordamos la imborrable estampa de Don Vito Corleone, que de hecho no era más que un cacique vestido de lagarterana).

Hoy en día, la palabra cacique sigue teniendo resonancias rurales. El cacique no deja de ser “el señor” de la comarca. Es a quien se le pide trabajo, la bendición (y el dinero) para una empresa o incluso para un matrimonio (imagino que el famoso derecho de pernada ya no existe). El cacique tiene poder porque tiene a una comarca agarrada por las pelotas. Idealmente, él es quien ha “colocado” a todos aquellos que le sirven para controlar al resto de los aldeanos. Y ciertamente, sin su poderosa recomendación, nadie puede salir adelante en esa comarca.

A pesar de lo “europeos” que ya somos y de lo “mucho” que hemos avanzado políticamente, los grandes partidos saben perfectamente que a cierto nivel sólo el cacique puede facilitarles los votos que les hacen falta en una aldea, en una comarca o incluso en una provincia. Y en esa aldea, provincia o comarca todos se conocen y todo el mundo sabe lo que vota todo el mundo. Es decir: el cacique tiene medios de saber quién, haciendo uso de su libertad, no ha votado lo que “convenía”. Lo que sigue a ese descarado ejercicio de libertad ya se puede imaginar, así que ahorraremos detalles macabros. En cualquier caso, las grandes estructuras políticas suelen mirar hacia otro lado.

De ahí que los partidos, también a cierto nivel, se organicen en “clanes” o “familias” en el sentido lunar de la palabra: “mi familia, mi casa, los míos, mi tribu”. Ah, la tribu: la que a uno le defiende haga bien o haga mal, donde uno se siente seguro y “en su lugar” y a la que por eso mismo debe retribuir con la misma lealtad. La idea viene a ser la misma que la de las pandillas juveniles, curiosamente. Sólo que las pandillas juveniles nos parecen “mal” porque o te roban o te pegan una paliza o ambas; y en cambio, estas otras “tribus” no lo hacen (¿o sí?).

Pese a todos los esfuerzos de cierta historiografía, sigo convencido de que lo que estamos viviendo tiene muchos, muchos paralelismos con la restauración borbónica de 1875 (hasta en las fechas coincide). Y la situación que se creó después, de turnismo de partidos (aunque Rajoy no es Cánovas, ni Zapatero Sagasta, ni mucho menos: ya quisieran cualquiera de los dos parecerse a esos modelos), que fue al mismo tiempo caldo de cultivo y esplendor de la etapa caciquil.

¿Condenados a retomar la historia donde la dejamos, después de un paréntesis de casi 100 años? Parece que sí.

P.(1/2)E.

El título de este artículo parece una ecuación, casi se podría decir que einsteniana, aunque desde luego mucho menos comparable a la incomparable E=mc2. Pero si de algo no trata este artículo es de física cuántica, aunque la materia de la que hablaremos sea opinable y muy, muy, muy relativa.

De acuerdo con el término académico consagrado, hablaremos aquí de una “de-construcción”. Y el objeto de nuestro pequeño estudio será un partido político, antes conocido como “Partido Socialista Obrero Español”. Si nos fijamos bien, de las siglas que formarían el acrónimo de ese partido se han “caído” dos letras: la S y la O. Esto, básicamente, significa dos cosas: primero, que ese partido no es socialista. Y no lo es, entre otras razones, porque en su primera etapa la Banca obtuvo los mayores beneficios de su historia hasta ese momento. Naturalmente, que la banca tenga agarrada por las pelotas a todos los partidos de algún fuste o representatividad es un hecho relativamente irrelevante. Igualmente es “relativamente irrelevante” que los miembros más representativos de ese partido no den ejemplo y acomoden su azaroso vivir a esos míseros 30 metros cuadrados a los que la menestra Trujillo quería condenar a los primeros adquirentes de una vivienda (jóvenes e inmigrantes).

Hay un hecho en contra de esta primera apreciación: el modelo económico socialista, al menos en teoría, es sumamente intervencionista. Controla precios y producción, así como el dinero que circula en la economía. Obviamente, por consiguiente, el Estado es quien debe llevar el peso de esa intervención. Y el Estado no es nadie sin servidores públicos. Por consiguiente, pues, los gobiernos socialistas que en España han sido han inflado el aparato administrativo hasta 2 millones de servidores públicos, a los que hay que sumar los de las autonomías. No entraremos en la cría y engorde de ese animal llamado “Administración” porque nos alargaríamos más de la cuenta y tendríamos que meternos en mucha harina, además.

De lo anterior se sigue que ese partido que estamos “de-construyendo” no es obrero. No lo es porque no defiende los intereses de los obreros. Eso sí, en tiempo de elecciones es factible ver a Manolito Chaves enfundado en cazadora y pantalones de pana y casi como diciendo “Zomoh de loh vueztroh”. Claro que se mantiene a suficiente distancia de su enfervorizado público, porque de acercarse, éste olería la naftalina que tan bien conserva la ropa de la etapa electoral y que sólo es menester lucir en esos momentos (gran sacrificio por una excelente y noble causa). En contra, igualmente, dos puntos: las reconversiones salvajes del sector naval de los años 80, que tienen su correlato actual en las deslocalizaciones empresariales y la nueva crisis del textil (bien es verdad que a los chinos ahora mismo no hay quien los pare y que es más barato fabricar camisas en Marrakech que en Mataró; pero aun así…)

Justificadas las pérdidas anteriores, analizamos lo que nos queda. Nos queda la P de “partido”, que viene a indicar un conjunto o facción de personas que comparten las mismas ideas. Y que las comparten de tal modo que el que un día se mueva un milímetro de ese profundo y total compartir deja de salir en la foto (olé el Guerra de las frases lapidarias); y, además, quien deja de salir en la foto no sólo es un contraopinante (algo saludable en cualquier democracia, interna o externa), sino que se convierte en traidor y en apestado, adquiriendo a un tiempo ambas condiciones. Y si no, que se lo pregunten a los dos Redondos, tanto el padre como el hijo: al primero, por un quítame allá esas huelgas; al segundo, por no supeditar su solidaridad a unos superiores intereses de partido. Se puede objetar que esto es así en la mayoría de partidos; pero no se ha de negar que en los partidos supuestamente “de izquierdas” es un rasgo que queda como muy feo, porque cada vez que les oye uno hablar, se les llena la boca con la palabra libertad (aunque sólo sea en sentido centrípeto).

A estas alturas del artículo (y me he alargado realmente mucho), más de un lector habrá cogido lo del “1/2E”. Quiere decirse que es medio español (al menos, hasta ahora). ZP, forzado por la erótica del pacto o compinchado con sus colegas de la izquierda radical (pues no otro calificativo merecen los señores de ERC y BNG) y por otro lado, del nacionalismo cavernícola y de sacristía del PNV (ellos no rezan a Dios, sino a Jaungoikoa, que por lo que veo les permite mirar a otro lado sin peligro de su alma cuando un maketo es insultado, agredido, secuestrado o asesinado), han puesto en escena la de-construcción de España. Lo cual viene siendo lógico, porque un partido de-construido sólo puede ejecutar de-construcciones (algo que está en su naturaleza-en-sí).

De todos modos, todo es muy relativo, incluso el contenido de este artículo. Así, pues, sería conveniente empezar a llamar las cosas por su nombre, para que la “relatividad” no nos fagocite el vocabulario.

(originalmente insertado en 2:31 AM – 2/9/2005)

"Sin City"

Haces una vida un tanto sedentaria en tu casa. Sales a comprar y poco más. Pero de vez en cuando, como hoy, recibes una llamada telefónica de un amigo. ¿Será una llamada de auxilio? ¿Le habrán rebanado el estómago después de haberse acostado con una chica ligera de cascos? No, claro que no. ¿Cómo podría ocurrir semejante estupidez a plena luz del día? Todo lo contrario: es una llamada para ir al cine con otros dos amigos más. Ninguno de los cuatro es especialmente cinéfilo, pero como ya comenté en algún otro artículo, el nivel de masa gris de la cinematografía estival es habitualmente bajo; así que para una vez que hacen algo distinto, bien vale la pena probarlo.

El pretexto era hoy Sin City, co-dirigida (raro que dos directores compartan esa tarea) entre Robert Rodríguez y el verdadero “padre de la cosa”, Frank Miller, un dibujante de comics. Mi amigo me vendió la película con el siguiente argumento: “la hacen en blanco y negro”. Y claro: uno cree que el B/N es “lo más” para darle una pátina de respetabilidad, es decir, como de “cine que vale la pena ver”. Yo no conocía a Robert Rodriguez, pero sabiendo que es íntimo de Quentin Tarantino, creo que me podía imaginar de qué clase de “cosa” iba a tratarse.

Fiat obscuritas, dijo el dios del cine. Y la oscuridad se hizo tanto fuera de la pantalla como dentro. Es de noche. Siempre es de noche. Y además, llueve. O hace un frío que pela. Por eso los protagonistas van bien abrigados y ellas, que en su mayor parte son chicas de vida alegre y ceño fruncido, más bien ligeras de ropa, con la excepción de la niña que sale al principio y de la cual, según nos cuenta la voz en off de Bruce Willis (policía a punto de retirarse), van a abusar y después la van a asesinar. El anti-héroe, por supuesto, consigue salvarla, al precio de ser acusado él de tales horrendos hechos. El pederasta es hijo de un senador y al anti-héroe le cogen porque su compañero le dispara por la espalda y no se puede mover del lugar donde se perpetra el supuesto y horrendo crimen.

Cambio de escena (o no). Sigue siendo de noche y, por supuesto, sigue lloviendo. O hace un frío que pela, no me acuerdo ya. De pronto, empiezan a sonar disparos. Disparos por todas partes. Eso era por si la noche del círculo polar y la lluvia de monzón (una verdadera cortina, por Dios) no eran suficientes. Y más o menos, la mitad de la película me la he pasado intentando entender qué pasaba entre tiro y tiro, cuando los mamporros dejan un respiro. La película no ahorra detalles macabros, pero tiene uno muy “simpático”. En una escena, una prostituta muy hábil con las armas japonesas medio corta el cuello a Benicio del Toro (difícil no acordarse de O-Ren Ishii, Kill Bill). El protagonista de esa línea argumental (Clive Owen) tiene que enterrarlo y se lo lleva en un viejo coche. Él cree que Del Toro está muerto, pero no lo está: y según los movimientos del coche, habla “normal” o en falsete (cuando se le cae la cabeza hacia atrás). Otro detalle “simpático” es ver a Elijah Wood: de acollonado protagonista de “El señor de los anillos” pasa aquí a interpretar a un tipo absolutamente pervertido que practica el canibalismo con sus víctimas.

En fin y para no alargarme más: una orgía de sangre y tiros, aderezado con chicas de muy buen ver muy ligeritas de ropa, todo ello salido de la calenturienta imaginación de Rodríguez. Es el caso de Carla Gugino o incluso de Jessica Alba. Para quien le guste el “género”, no seré yo quien lo prohiba. Pero digamos que tardaré en ver otra de Robert Rodríguez (no me resisto a poner el acento, lo siento. Estos gringos se lo cargan todo).

Ah, como detalle final, una frase que sí me ha gustado y que no voy a citar textualmente porque no recuerdo las palabras exactas: “Cuando consigues que la gente crea tus mentiras y la verdad le importe un cuerno, la tienes agarrada por las pelotas”.

"Accidente aéreo"

El Gobierno se permite tildar de “accidente aéreo” lo que a todas luces parece una acción de guerra. Por lo poco que yo sé, si el helicóptero se hubiera accidentado realmente, cabría la posibilidad de que existieran supervivientes, aunque no hubiera habido más que uno, que lo hubiese podido contar. Sin embargo, el hecho de que todavía se estén recogiendo trozos de carne de los ocupantes del aparato hace pensar que fue derribado.
El Gobierno pretende que ignoremos que en Afganistán (un país que desconocíamos por completo a no ser porque sale el primero en las listas de países de los formularios) hay como unos 100.000 talibanes a quienes no les gustamos nada porque de algún modo hemos invadido su país. Poco importa que fuera por una buena causa, visto desde allí; el hecho es que somos intrusos y por eso mismo debemos ser combatidos. Por otro lado, si es verdad que fue derribado ese helicóptero, cabría preguntarse qué misión estaba realizando. Pero es muy probable que se amparen en el “secreto de Estado” o en la “seguridad nacional”, que siempre se invocan para operaciones militares que son y/o que deben permanecer secretas.
Resalta otro dato curioso, que haría reír si no fuera por lo sangrante: en los merecidos funerales a los militares ocupantes de ese helicóptero no he visto a ninguno de los peliculeros, a ninguno de los sabinas ni a ninguno de los bardemes. A ninguno de todos ésos que, en su momento, llevaban puesta la pegatina del no-a-la-guerra. A ninguno de ésos que formaba en las vociferantes multitudes que se levantaron contra el Gobierno de Aznar. ¿Dónde estarían? Tal vez, comiendo con Fidel Castro, como esa concejala comunista cordobesa que tiene la cabeza a pájaros aún y que supongo cree en la “revolución” y en el “comandante” como un niño cree en los Reyes Magos. En cuanto a los otros, estaba claro que ni se fletaba el autobús, ni te daban bocata ni había subvención alguna que rascar. Lo que va de ayer a hoy.
Propongo enviar a ZP a parlamentar con los talibanes ésos, y de paso que les explique esa memez de la “Alianza de Civilizaciones”, a ver si los convence. Con lo gafe que es, igual mientras parlamentan les caen chuzos de punta y se rinden. Pero me temo que lo que ocurra es que lo convenzan a él de que España adopte el Islam como religión oficial… Mejor no meneallo.

enfermos de tele

En estos días que he pasado sin ordenador he tenido tiempo sobrado de hartarme de ver la tele. Que sí, que en otro post dije que lo mejor era apagar la tele y ponerse a leer… pero cuando uno anda bajo de resistencia, casi se traga cualquier cosa. Así que me dio por echar un vistazo (siempre crítico, eso sí) a la tele.

Nuevamente tengo que darle la razón a Marshall McLuhan (“la tele es la droga que se enchufa”). La tele combate tu aburrimiento ocasionándote un aburrimiento mayor. La tele no te informa, te entretiene y te distrae de lo realmente importante. No importa quién dé las noticias en la tele: por mor de la globalización, es lo mismo en todas partes (aunque con distinto acento, claro).

Pero bueno, a lo que iba, que ya me iba a perder. De todo lo que he visto en estos extra-super-largos días sin ordenador, lo que destaca por encima de todo son las reposiciones. Afortunadamente, TVE ya no tiene la caradura de reponer Verano azul (sería por novena vez y el fiambre de Chanquete ya olería bastante; y más cuando a uno de los protagonistas se le ve en El comisario deteniendo a los malos junto con un compadre). Luego hay otra cadena, de cuyo nombre no quiero acordarme, que no importaba el momento en que la sintonizara: a todas horas Manos a la obra. Creo que emiten más series, pero yo tenía la desgracia de pillar sólo ésa. El resto de reposiciones nacionales se ve “coronado” por “Periodistas”, “Aquí no hay quien viva”, y “7 vidas”.

Harto, pues, de reposiciones nacionales, me di un garbeo catódico y me encontré con ese canal llamado “Cosmopolitan (“el canal de la nueva mujer: porque yo lo valgo, o sea, ¿no?”), en el cual emiten una serie a mi parecer infumable, titulada Sexo en Nueva York (también podrían haberla titulado “Mujeres neuróticas, hombres trogloditas” o algo por el estilo). La serie en cuestión presenta a cuatro amigas, cada una con sus peculiaridades, pero que presentan varios rasgos comunes:

Mujer.
De más de 30 años.
Profesional liberal y con dinero.
Emocionalmente agobiada.

Es “sorprendente” cómo todas ellas enfrentan el último punto: atracan una de esas carísimas tiendas de la Quinta Avenida y nunca dejan de llevarse algo, ya se trate de vestidos o “complementos” (con lo que cuesta alguno de esos complementos, una familia podría comer un mes). En suma, ése parece ser el punto principal de la serie: estimular la adicción a la moda. ¿Y qué es la moda? Pues dejar que otra persona te diga cómo tienes que vestirte, hablar o incluso pensar (y ciertamente, hay personas cuyas opiniones van variando según varía la moda).

¿Y cuál es el papel de los hombres en la serie? Por lo que he podido apreciar, van desde lo estúpido-sentimental hasta lo troglodita pasando por lo aprovechado (en algún caso, barnizado con mucha “clase”). Los hombres, pobres especímenes nada evolucionados, que quisieran ser mujeres pero que no pueden. Las mujeres, esos seres maravillosos y atormentados, los usan como meros objetos sexuales en realidad. Y nunca llegan a un verdadero compromiso. Bien parecen esas cuatro amigas cuatro seres humanos de preadolescencia prolongada en el tiempo (“quiero lo que no quiero, pero lo quiero ya y no sé si mañana seguiré queriéndolo como lo quiero hoy”).

Yo no sé si existen mujeres así (las pocas que conozco, desde luego, no son así). La serie parece querer hacernos creer que sí existe. Pero si es ése el perfil de la “nueva mujer” que nos quieren vender, que Dios nos ampare…

Coches

Hay que ver el lío que cada verano se monta con el tema de los coches. Yo, que no soy conductor ni nada parecido, lo vivo en casa como el que más (mis padres ya se encargan de meterme el dedo en el ojo con los “accidentes” y las varias “desgracias en carretera”). Y sin embargo, veo, oigo y leo con cierto asombro cómo el parque automovilístico crece. Que la gente cambia de coche cada 5 años porque los coches ya están fabricados así, para que casquen a los 5 años. Y que ni nuestras calles ni nuestras carreteras están preparadas para un tal incremento del tráfico rodado. Vamos, que hay demasiados coches.

A este panorama podemos añadir un detalle: muchas personas que conducen, en realidad no piensan nada más que en sí mismas. Tienen que llegar a un sitio a la mayor velocidad posible, tienen que constreñir el desagradable rato que pasan al volante. O peor: corren porque les estimula y divierte esa sensación de velocidad. Al parecer, “velocidad es poder”. Un poco al estilo de James Dean, pero con muchísimo menos “ángel”.

Añadamos otro detalle. La DGT, preocupada por nuestra seguridad (quizá también por su bolsillo), ha tomado serias medidas. Ha incrementado últimamente no sólo el catálogo de conductas prohibidas (queda para el cine la discusión que el conductor mantiene con la mujer y la suegra; a este paso, hasta abrir la puerta del coche puede ser objeto de multa), sino también la cuantía de las multas.

Pero no sólo eso. Ahora, además, estamos en el siglo XXI y por eso quien te multa ya no es una amable pareja de números de la Benemérita o un sonriente guardia municipal. No. Ahora quien te pone la multa, relevando a tan amables, sonrientes y sacrificados profesionales, es una máquina. Un radar, para ser exactos. Una cruel y fría máquina, que se queda con tu matrícula (“me quedo con tu cara, desgraciao”) sin darte siquiera los buenos días. Esa máquina que comprueba que te has pasado un poco menos de un kilómetro de la velocidad máxima permitida. Esa misma máquina que manda la información necesaria a la DGT y, al mismo tiempo, te manda a ti la correspondiente multa de mil pares de narices vía Internet. Y que Dios te ampare si se te ocurre la peregrina idea de enmarcar la multa: no te libras del correspondiente recargo del 20% y, Dios no lo permita, del embargo de tu vehículo (“sabemos dónde vives, infractor de m…”). Pero esto es el siglo XXI, claro. La tecnología y la globalización, que acaban con todas las buenas costumbres.

Ahora, démosle un poco la vuelta a la tortilla. El siglo XXI también es el siglo (apunta maneras) de los grandes movimientos de desobediencia civil. La tecnología y la globalización permiten sin duda que muchas personas puedan recibir información al instante y, en consecuencia, puedan actuar de forma coordinada. Y eso me lleva a preguntarme qué pasaría si el ciudadano medio, que paga sus impuestos, se harta de esta presión recaudatoria que se ejerce sobre él, aunque sea por culpa de unos cuantos.

El ciudadano medio podría hartarse y podría dejar de usar su coche para abarrotar el transporte público. Eso, además, de ser una medida ecológica, podría hasta provocar verdaderas movilizaciones. Sería la catástrofe para los recursos económicos de la DGT y de los Ayuntamientos. Vaya, tal vez no de los Ayuntamientos (se podrían inventar un impuesto de uso del transporte público o cualquier “chorradilla” parecida), pero desde luego, quien sí sufriría serían los concesionarios de automóviles, que se convertirían en cementerios de coches. La gente se desharía del coche como de un clavo ardiendo. Los fabricantes de coches se verían obligados a largarse. El petróleo bajaría de precio. Y tal vez, por vez primera, el transporte público funcionase adecuadamente. Cuando la “independencia” y la “movilidad” cuestan tan caras, mucha gente prefiere renunciar a ellas. O no. ¿Y la Administración? Cuesta creer que renunciase a un negocio que para ella resulta tan rentable. Pero la presión de los ciudadanos hartos podría hacerlo posible. Quizá sólo sea cuestión de tiempo sentarse y esperar. Quién sabe.