Cambiar para no cambiar



Tal vez como yo vi el debate, los dos candidatos se enzarzaron en un baile de cifras que aburrió hasta a las ovejas. «Las mías son mejores que las tuyas», parecían decir ambos. Pero yo no noté una especial cercanía respecto del ciudadano. Suena de un modo alarmantemente parecido a lo que ocurre en Cataluña: los políticos hablan de lo que interesa a sus respectivos partidos (el sacrosanto Estatut, por ejemplo) en vez de preocuparse por la ciudadanía, a la que multan si no hablan la lengua de Pompeu Fabra. Y la ciudadanía se ha ido divorciando de los políticos.

No sé si el debate de ayer lo «ganó» Rajoy o no. Más allá de las fidelidades fanáticas modo arabico, por las cuales unos dirán que ganó «claramente» uno u otro, tengo la impresión de que el debate lo perdimos todos. El debate es cosa muy buena cuando se hace sin cortapisas. Cuando no hay representantes de los partidos que «negocian» de qué se va a hablar y de qué no. Y que no se dé la brasa acerca de otros mil detalles que no dependen propiamente de los candidatos: la luz indirecta, la altura de los estrados, las facultades del moderador… En Estados Unidos tienen la saludable costumbre de debatir sin ese tipo de cortapisas: los candidatos salen a pecho descubierto (en el caso de Billary Clinton, posiblemente pudorosamente cubiertos) a partirse la cara dialécticamente, con argumentos y contraargumentos, sin escudarse en detalles realmente poco importantes. Y sin esconderse ni lamerse heridas pasadas, cual si de un cuadrilátero se tratase y se estuvieran jugando el campeonato mundial de los pesos medios.

Los españoles quisiéramos algo así. Sobre todo, porque somos latinos y de sangre caliente y en nuestra vida rutinaria las cosas se dicen a la cara y sin demasiados miramientos. Vean, si no, a ese Joan Herrera, candidato de un partido minoritario (comunista alternativo, como si la «nada» de Llamazares no bastara), que se cree en el derecho de decir que «a la Iglesia hay que mandarla a pastar fang» (muy libremente, «a comer mierda»). Ah, los buenos tiempos del 36… ésos que algunos quisieran que volviésemos a ellos… Pero no. Están empeñados en mantener los dos perfil bajo. Han preferido un debate modo scandinavo. Y en España, la España jonda, eso aburre. Tampoco se trata de echar la lengua a rodar: si hubiese querido, Rajoy hubiera tenido argumentos para machacar de sobra a ZP. Pero supongo que por consejo de sorayos y arriolines, Rajoy dejó con vida al presidente-candidato. Que no es «tonto», ni mucho menos. Otra cosa es que no sepa gobernar (no sabe); pero liarla, sabe de aquí a Lima (como que Rubalcaba ha sido su mentor: lo que significa que aprendió del mejor).

Con estas premisas, el debate me pareció innecesario. Todavía más, si tenemos en cuenta que fue moderado por una empleada de Manuel Campo Vidal, de forma que todo queda en casa (hoy ya no queda gran cosa de aquellos inmensos ojos negros y aquella voz femenina y alegre que hace ya unos años nos daba los deportes en la tele… y es que el tiempo no perdona). Y que no se abstuvo de favorecer a ZP con los trucos más viejos de la moderación de debates.

Un detalle me llamó la atención. Un candidato decía «Yo haré esto»; y el otro respondía «Pues yo haré esto y más», que suena a lo de «Pongo 1000 sobre la mesa» y «Los veo y pongo 1000 más». Más honrado y —también menos político, ciertamente— hubiera sido decir: «Me van a dejar hacer esto». «Pues a mí me van a dejar hacer lo que a ti y además esto otro». ¿Y quién es el sujeto elíptico? Es lo malo de la política española actual: que está en manos de sujetos elípticos, cuya sola mención en un foro y/o momento indebido puede traer montones de problemas. En mi opinión, la banca (y en especial los bancos «fuertes») entraría en ese grupo. No sé si hay más sujetos elípticos, pero ésa es hoy una hipoteca (vaya por Dios: ya tuvo que salir la j***da palabra) con la que todo partido que aspire a gobernar debe contar en España.

Y gane Rajoy o gane Z, para los de a pie las cosas seguirán más o menos. A los únicos que puede afectar ese cambio es a aquellos que tienen valores en Bolsa, en SICAVs, en SGRs… A los demás, seguramente les importará poco. Los bancos apretarán más el nudo de la… horca (perdón, hipoteca), la leche y el pan subirán un poco más (a lo mejor puede que bajen después), las patatas serán más caras también y el chocolate más espeso. Pero, ¡qué caray! Esto es la fiesta de la democracia, en la que se ejercita el único derecho que de verdad tenemos reconocido los españoles: el de votar.

Lo dicho: cambiando para no cambiar. Amén.

P.D.- Y aquí, el debate que a muchos nos hubiese gustado ver…

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2 comentarios en “Cambiar para no cambiar

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