Algo (muy) saboteadito


Lo que nos faltaba. Si en las cosas del comer a España la toman por el pito del sereno, sólo faltaba que ocurriera lo mismo con Eurovisión. Nuestro representante, Daniel Diges, tuvo que tragarse el sapo de ver cómo un freak –por no calificarlo con una palabra más malsonante– saltaba al escenario y le jodía la actuación. Él, muy profesional, estuvo a lo suyo y, pese a que pudo repetir la actuación, quedó en un lamentable decimoquinto lugar.

Esto no ocurrió en 2008 porque el representante era catalán y porque para hacer el payaso Chikilicuatre se bastaba él solo. Pero claro: en 2010 llega Daniel Diges, más conocido por su papel de «Gato» en la serie de A3 Nada es para siempre. Parece un chaval formal. No tiene un torrente de voz pero, en todo caso, tratará de hacerlo lo mejor posible dentro de unos parámetros de seriedad. La canción no es cosa del otro jueves, pero es pegadiza y puede ganar. Sale el chaval a cantar… y de pronto sale ese gilipollas chafándole todo el tiempo que ha dedicado a prepararse para ese momento, su momento.

Se imponen varias reflexiones. La primera, un cero redondo para la organización noruega y la sección española en materia de seguridad. Sabían desde hace tiempo que el tal Jimmy Jump iba a protagonizar algo (él mismo lo avisó), pues no es exactamente un desconocido de los servicios de seguridad de diversos acontecimientos deportivos. Pero nadie sabe por qué, no se hizo nada al respecto. Nadie de aquí avisó de esa posibilidad, y nadie de allí (los vikingos ya no son lo que eran) tomó nota, naturalmente. El intruso no tuvo por tanto ningún problema para acceder al edificio y mucho menos para aparecer en el escenario.

Lo segundo, cómo no, es la política. ¿Por qué un señor llamado Jaume Marquet, más que probablemente subvencionado (la pela és la pela y si no es así, resulta más anormal de lo que nos figurábamos) ha querido reventar el acto? La interpretación más benevolente es que, como algunos seguidores barcelonistas, está más confundido que Dinio: confunde club deportivo con esencias políticas presuntamente «nacionales». A partir de ahí se explica todo lo demás: la infantil satisfacción de «joder a España» y, naturalmente, la «reivindicación» catalanista, no menos infantil. Tampoco es muy sorprendente la reacción aquí: indignados los más, y los borregos programados de nivell C aplaudiendo con las orejas el boicot. Menos benevolente será si añadimos que a este tío le pagan por hacer estas cosas. Da lo mismo si es Laporta o Carod quien le paga. Es una «buena» forma de vivir del cuento.

En fin. Daniel Diges –y por extensión España, esa España contra la que los nacionalistas viven de puta madre porque les regala millones sin merecerlos– no se merecía esto.

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