La vaca


Cuenta un viejo chiste de abogados que en una pequeña población residía un abogado. En cierta ocasión, un vecino de la localidad fue a visitarle pretendiendo que le auxiliara en cierto asunto.

–Muy bien, usted dirá, Isaías –dijo el abogado cuando se hubieron sentado en el despacho.

Pue verá, don Aureliano. El caso es que tengo una vaca que da muy buena leche. Todos en el pueblo se hacen lenguas de ella por la leche y –el campesino se sonrojó un poco– hasta mi mujer empieza a tener celos del animalico porque… porque…

El abogado miró al campesino, invitándole a continuar.

–¡… porque dicen ahora en el pueblo que la quiero más que a mi mujer!– dijo de corrido y de una sola vez el campesino, sonrojado hasta las orejas.

El abogado se quedó pensativo un momento y le preguntó:

–¿Tiene usted idea de quién ha podido esparcir el rumor?

El rostro del campesino se contrajo en una mueca furiosa:

–Sí… seguramente habrá sido el Cagancho. El muy endino va iciendo que como la vaca come de sus pastos parte de los dineros que da la vaca son suyos tamién y que se los debo, ¡habrase visto! Eso es porque hace tiempo que anda detrás de mi vaca y quié quedársela a trapo.

El campesino iba a iniciar otra retahíla de quejas e improperios contra el Cagancho.

–Bueno, bueno –intentó apaciguarle el abogado–. No se preocupe. La ley está de su parte totalmente, lo cual en su momento haremos valer debidamente ante la autoridad competente. Yo me encargo de ello. Ahora váyase a su casa, tranquilamente, deje que la vaca siga dando esa buena leche que da y consuele a su mujer en lo que pueda y sepa. El asunto queda de cuenta mía.

El campesino, visiblemente tranquilizado, salió de la vivienda del abogado casi corriendo para contarle a su mujer las buenas nuevas.

Cierto otro día, llamó a la puerta del abogado Silvestre, el apodado Cagancho, vecino del anterior. Parecía furioso y el abogado le invitó a entrar y a pasar a su despacho, rogándole que se tranquilizara y que le contara ese asunto que le traía a tan mal traer.

Apenas contenido, el campesino le empezó a contar.

–Verasté, don Aureliano. Ejque hace tiempo que yo tengo un poblema con el Bujero

El abogado le interrumpió amablemente:

–Se llama Isaías, Silvestre, Isaías.

El Cagancho resopló.

–¡Bueno! Pues el Isaías ése, ¡ea! Que le decía yo que el Bujero –el abogado meneó la cabeza, pero le dejó continuar– tié una vaca. Es un hemmoso animal y da una leche muy rica. Pasta por donde Dios le da a antender y va muchas veces a mis pastos. Por eso la leche sale tan buena. –Silvestre reconcentró su expresión, llena de ira–. Pero el Bujero, así se ajogue en su dinero, no me quié dar ni mijita del dinero que se gana en la feria con la leche, ¿sabusté? Por eso quiero ir a donde haya que ir y que me den lo que es mío. Así que ahora le voy a joder y me quedaré con la vaca. ¿Tengo o no tengo razón? –ya gritaba, emocionado, el hombre–.

El abogado sonrió, conciliador.

–Ya veo cuál es su problema, Silvestre. Y lo entiendo muy bien. Sepa usted que la ley protege su derecho a disfrutar en parte de los frutos que produce el animal y que sostendremos esa pretensión allí donde haga falta. Y posiblemente también pueda terminar siendo usted el legítimo dueño del semoviente.

El Cagancho se esponjó cuando oyó decir al abogado las palabras «pretensión», «legítimo dueño del semoviente» y que «la ley le protegía». Salió del despacho del abogado contento como unas castañuelas.

Al rato de haberse ido el Cagancho, la mujer del abogado entró en el despacho y le dijo:

–Fermín, he escuchado lo que le has dicho a ese hombre. Y también escuché lo que le dijiste al Isaías el otro día. Y me tienes confundida, de veras. Ya sé que de cosas de leyes no entiendo, pero te lo quiero preguntar: ¿quién tiene razón? ¿De quién va a ser la vaca, al final?

El abogado se sonrió de oreja a oreja. Y contestó:

–Tranquila, Ludivina. La vaca, cuando termine todo, será para nosotros.

Algo así ha ocurrido en el tema de la Capitalidad Europea de la Cultura. Por mucho que Belloch se suba por las paredes, él ha resultado ser uno de los vecinos. Y González-Sinde, además de cagarse dentro (que todo el dineral que van a dar vaya a ser manejado por unos proetarras es una afrenta) ha mentido como una bellaca. Y a un compañero de partido, nada menos. Eso no lo hacen ni los moros, oiga. Cómo estará el patio en la pesoe que ya ni entre ellos se respetan…

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