Rabiosos


Hay que ver, hay que ver… La izquierda que ha perdido las elecciones hace tres meses ha decidido quemar la calle al mejor estilo revolucionario. Nietos de Largo Caballero o Indalecio Prieto, han decidido que les sale más a cuenta arrancarse la máscara de «nos adaptamos a la farsa democrática» y han vuelto por los fueros que gastaban en los turbulentos años 30. Hasta Rubalcaba (un hijo del Régimen, como la mayoría de la actual cúpula dirigente de la pesoe) ha señalado como enemigo a batir a la Iglesia, con sus extemporáneos deseos de «revisar el Concordato» (asunto que hoy por hoy sólo interesa al contingente masónico de sus huestes). Vamos, que sólo le ha faltado añadir a la burguesía (no puede porque muchos de sus camaradas, como la indecible Elenita Valenciano, la Paella, son miembros y miembras de pleno derecho de ella) y al Ejército. Bueno, a este último no hace mucha falta, porque hoy por hoy, al Ejército lo han capitidisminuido de tal manera entre los hunos y los hotros que apenas da bien en los desfiles de su día.

La última, como saben ustedes, es la de chafar el día que muchos en nuestro corazón hemos reservado a las víctimas del terrorismo (que no sólo lo es de las del 11-M, sino de todas y además, es también Día Europeo de la cosa). Máxime cuando parece que el 11-M dista de ser un caso cerrado. Los últimos descubrimientos de restos de vagones, las preguntas muy incómodas que se plantean a la ciudadanía (aunque buena parte de ella todavía prefiera ver en la tele a José Mota)… ¿Se puede adormecer a la ciudadanía de tal modo que ya no quiera saber qué ocurrió en ese día aciago en que un atentado segó 192 vidas e hirió a 1.500 personas? Diríamos que sí se puede: señalando como «fachas» (el insulto preferido de los beneficiarios directos del atentado) a los que nos preguntamos acerca de la verdad cuestionando la sentencia que pretendió cerrar (en falso) el asunto. Se puede, comprando el silencio de determinados mandos de la policía, que estuvieron en el ajo y a los que con un ascenso se puede comprar. Se puede, satisfaciendo la ambición de determinados personajes togados. Se puede, amenazando, coaccionando o haciendo la vida a cuadritos a quienes intentan saber la verdad, como D.ª Coro Cillán. Seguro que en el caso de esta mujer, el procedimiento disciplinario que le quieren montar no sería relevante de no ser ella quien pretende reabrir el caso del 11-M, que al parecer es tabú en las altas esferas judiciales.

Escuchar las sandeces llenas de odio de la señora Pilar Manjón, además de encoger el corazón, conecta directamente con esos Indalecio Prieto, Largo Caballero y Carrillo que declararon la guerra a «los burgueses, los curas y los militares». Conecta con la década en que los totalitarismos de todo signo se apoderaron y enseñorearon de la vieja Europa, convirtiéndola finalmente en un jodido campo de batalla, en el que la mentira guerreaba contra ella misma y dejaba montañas de cadáveres. Atrás quedaban los locos años veinte: era necesario hacer una guerra para que la gente olvidara por qué era pobre, por qué los buenos tiempos de antaño no iban a volver y quién había sido el causante de que la gente que antes vivía más o menos bien ahora chapoteara en la miseria. No es muy diferente a la época actual. Quedan hoy igualmente lejos aquellos ochenta, que según el título de la obra de Ana Diosdado, «fueron nuestros».

La explicación de todo, o como diría Quim Monzó, el perquè de tot plegat, en lo que se refiere a España, es que hay que deconstruirla. No sólo económicamente (somos más pobres hoy que hace 8 años), no sólo políticamente (en la política española hay gente honrada, pero las ratas han sido ayudadas a trepar a puestos desde los que han deteriorado la vida pública a extremos impensables). La doctrina Kissinger exige que España sea destruida incluso espiritualmente: que no quede nadie que pueda sentirse orgulloso de ser español y que se arranque de cuajo esa parte tan importante de España y del ser español que ha sido la religión católica. Sin regla moral en la que mirarse y sin raíces, España como idea y, sobre todo, como realidad histórica, perecerá. Todas estas líneas de ataque están formadas contra España. Y la ventaja de sus enemigos es que quienes deberían formar la primera línea de defensa no hacen otra cosa que contemporizar y decirse «no se atreverán». Y cuando se atreven, resulta que no hay respuesta por el otro lado.

La izquierda, rabiosa por haber perdido el poder (lo único que realmente les importa), se apresta a hacer la vida a cuadritos al Gobierno legítimo (en tanto que surgido de unas elecciones y por tanto, con legitimidad en origen, cuando menos). Digna reacción de los hijos de… Largo Caballero e Indalecio Prieto.

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Gotas que me vais dejando...

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