De Malaya a M. Alaya (I)


Parece la alineación de un equipo de fúrbo.

Gracias a Dios, ya ha terminado el macrojuicio de los malayos. Siete largos años de instrucción, en los que ha habido de todo y sobre todo, cambios inimaginables cuando empezó el baile. Así, la pequeña pero muy turística ciudad de Marbella ha dado un vuelco bruta: de ser gobernada por Jesús Gil y Gil, que tuvo la desvergüenza de morirse sin compartir banquillo con toda la recua que ayer oyó la sentencia, a serlo por el PP, que fueron los únicos que quedaron para gobernar la ciudad, pero sólo porque no se les invitó a la fiesta. Eran los años de «a la derecha ni agua». Eran los años en que los vecinos de Marbella se decían contentos «porque no había delincuencia en la calle». Lo cual era verdad a medias: primero, porque para los raterillos y demás existía una policía municipal que se empleaba a fondo y sin contemplaciones (rasgo muy apreciado por los vecinos); segundo, porque sí existía delincuencia, pero ésta vestía de cuello blanco o de Armani y se la veía más pululando por los despachos municipales.

Hemos visto arrastrarse por esa arena a personajes de lo más variopinto, empezando por el propio Jesús Gil, que en aquellos entonces ejercía de hombre orquesta: alcalde de Marbella, empresario, látigo de periodistas noveles («tú a la puta calle, que no tienes idea de nada») y presidente-entrenador («Al negro le corto el cuello. Me cago en la puta madre que parió al negro. Ya estoy harto de aguantar. Cuando no veo actitud me cargo a mi padre», dirigido cariñosamente al jugador colombiano Adolfo Tren Valencia) en lo que se dio en llamar entonces el banquillo eléctrico del Atlético del Madrid. Supongo que no hay como ser colchonero para verse reivindicado hoy por el buen juego del Cholo Simeone; pero en aquellos tiempos, el Atlético pasaba algo más que una temporadita en el infierno.

También era el caso de Marbella, ciudad a la que pareció contagiarse la mala suerte de los colchoneros, toda vez que cositas que se hacían en Marbella servían para financiar al Atlético y a la inversa. Vamos, la prueba irrefutable de que no se deben mezclar negocios y placer. Y se murió Jesús Gil y todo quedó empantanado. Justo lo que necesitaba un señor de Ávila (Julián Muñoz) para hacerse el amo del cotarro. Y con él llegó no sólo el escándalo, sino también un tal Juan Antonio Roca (jarl, que diría Chiquito de la Calzada), que era un señor con bastantes agallas como para colocar un Miró en un cuarto de baño. Sepan ustedes que a mí Joan Miró me deja bastante frío, sobre todo porque un mal día tuve una conversación sobre el particular. Mirábamos (ella admiraba, en realidad) un cuadro del ínclito pintor y en un momento determinado yo dije:

–Yo creo que esto podría haberlo pintado un crío de 5 años.

Mi contertulia, amostazada, me espetó:

–Pues ahí está la gracia.

–Pues no la veo –le dije yo, mostrando mi perplejidad–.

–Es que tú no entiendes de arte moderno.

–Mujer –le dije, alzando los hombros–… Quizá no entienda de «arte moderno»; pero sí me fastidia que intenten tomarme el pelo y venderme la moto del «arte moderno» con un cuadro que podría haber pintado un crío de 5 años…

Mi contertulia resopló como un Miura nada más salir del toril; pero como vio que yo me había puesto a cubierto y no me iba a mover de ahí, creería lo que creen todos los progres: «éste es un troglodita cavernario que no ha pasado de las Vírgenes de Murillo». Inútil decirle a esa snob que Dalí tenía mucho más atractivo para mí, a pesar de la repetición ad nauseam con Gala Diakonova. Aunque posiblemente eso de verse admirado en un baño, mientras uno satisface necesidades fisiológicas varias, tuviera para Miró su aquél, por aquello del surrealismo.

Volviendo al tema de mi entrada, nueva prueba de que no se deben mezclar los negocios con el placer: los amoríos de Cachuli con Isabel Pantoja, que a punto estuvieron de llevar a ésta a pasar por el afeitado de nuca a cuchilla. Comidilla de la época, del culebrón que montó su ya exmujer con otro maromo… Quienes controlan los medios saben que la única forma de quitarle hierro a un asunto es convertirlo en un culebrón, tal como hicieron con el caso de Jesulín de Ubrique. Y tan así fue, que no faltó más que verlos a los dos juntos con el traje a rayas en los vis-a-vis de Alhaurín el Grande.

Entretanto, de Marbella huyó la jet, encabezada por Gunilla, la nieta del Jernkanzler, y su sempiterno Luis Ortiz (nadie quiere ver su nombre asociado a los recuerdos pringosos de la época). Se habrán buscado un adosadito en Sotogrande, el nuevo refugio de la jet. Recordarán glorias pasadas junto a Fabian Picardo (ojalá le dejaran a la puerta del chalé los bloques de cemento que él tiró en la bahía de Cádiz). Los marbelleros tratarán de recuperar la paz sometidos a la presión de ser un municipio andaluz de costa, con sus pros y contras. Y seguramente se preguntarán tres cosas. La primera, ¿dónde está el dinero que los bergantes condenados (y aun los absueltos) esconden por ahí? Ahí va la segunda: con todo lo que han robado esos señores, ¿cómo es posible que sólo les caigan dos años y multa (más la inhabilitación, que se sobreentiende), y sin embargo, te puedan caer hasta seis años por descargarse, un suponer, Francisco Alegre en la versión Pantoja? Y la tercera, que no falte: con todo el dinero que se ha robado, ¿cómo es posible que la Hunta d’Andalucía no supiera ná de ná? ¿Habrá que aplicar aquí la moraleja del ciego y del Lazarillo?

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Gotas que me vais dejando...

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