El consenso socialdemócrata 1


Primera parte de las impresiones y reflexiones sobre una conferencia de Almudena Negro

Sepan ustedes que éste es el título de una conferencia que mi apreciada Almudena Negro pronunció en el Instituto Juan de Mariana el pasado sábado 14 de diciembre. Conferencia a la que, dada la falta de recursos, un servidor de ustedes no pudo asistir en persona. Afortunadamente, las maravillas de la técnica moderna me permitieron descargar el vídeo de la conferencia, de forma y manera que sí puedo comentarles lo que más me llamó la atención de la conferencia.

El introductor de la conferencia, Fernando Díaz Villanueva, explicó ya que el tema no es nuevo en Almudena, que lleva bastante tiempo con él. De hecho, es de obligada cita en este punto el artículo de su padre, D. Dalmacio Negro, La tiranía del consenso, en el que explora las ramificaciones de ese consenso. En esto me perdonarán ustedes que yo me atenga más a la definición de consexo, dada por los periodistas Yale y Julen Sordo en su Diccionario del Pasota (p. 43-44), en un año (1979) en que estas cosas todavía se podían decir:

«Palabra acuñada por Yale que podría traducirse, más o menos, como el coño de la Bernarda en versión política. El consexo es algo así como el pacto de la Moncloa. O sea, un consenso con miras a joder al personal. Los grandes inventores del consenso, entre otros, son Abril Martorell, Santiago Carrillo, Felipe González y Fraga Iribarne, aunque éste a regañadientes y gritando “¡La calle es mía!”. No sé si me explico».

Sea como fuere y se atengan ustedes a la definición que se atengan, el consenso socialdemócrata existe sin duda ninguna y es lo que ha regido nuestras vidas aún caliente el cadáver del dictador Franco. Tal y como explica D. Jesús Neira en su libro España sin democracia, se reunieron un día las élites franquistas con la famélica legión de los 40 años de vacaciones y sellaron un pacto, que quedó perfectamente escriturado en la Constitución de 1978, esa Constitución que Almudena denomina Carta Otorgada por dos motivos:

  1. Primero, no surgió de unas Cortes Constituyentes. Si las Cortes que surgieron de «las primeras elecciones libres» (15 de junio de 1977) hubieran sido tales, hubieran redactado la Constitución y acto seguido se hubieran disuelto, dejando paso a un nuevo proceso electoral en el que se hubieran elegido, ahí sí, unas Cortes legislativas bajo el imperio de la nueva Constitución. No es difícil imaginar por qué no se dio ese segundo paso.
  2. Segundo, es una Carta Otorgada porque, al modo del Estatuto Real de 1834, hay un pacto de las élites políticas con la Monarquía, por el que el Rey consiente en gobernar a sus súbditos y se introduce el pack monárquico entero en el texto constitucional, sin posibilidad de discutirlo por separado. En nuestro caso y si quieren una prueba de ello, vean el art. 56.3 CE: «La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo, salvo lo dispuesto en el artículo 65, 2.». ¿Quién no querría ser Rey en estas condiciones?

Sentado esto, nos previene Almudena Negro que estamos ante un fin de siècle, un fin de época. Uno no puede evitar remontarse a los años previos a 1914 (justamente el año que viene celebraremos el centenario de la última gran guerra europea y la primera en que se usó armamento químico) y oler la misma gangrena que, entre otros, detectaron Van Gogh o Gustav Mahler en el plano artístico o Nietzsche en el filosófico. Hoy estamos también ante un escenario crepuscular: las grandes ideologías han caído, víctimas de la contradicción entre sus postulados y la actuación de quienes decían profesarlos. Al igual que entonces había una especie de imperio policía, el austro-húngaro, hoy asistimos a la progresiva retirada del otrora llamado guardián de Occidente, al que el consenso socialdemócrata lleva royendo desde hace años pero que con Obama, el ZP negro, ha cogido carrerilla.

Almudena dibuja un gran arco, que va desde 1848, el año de las primeras revoluciones socialistas (tampoco es de desdeñar que justo en esos años se descubre el planeta Neptuno… en 1846) hasta nuestros días. Wagner comparte asiento con Bakunin en Dresde, escapando de la policía, lo que parece mentira si consideramos la diversa trayectoria posterior de uno y otro. El caso es que, retomando el hilo de su conferencia, nos cuenta Almudena que el Romanticismo tiene dos hijos: uno tonto y otro malvado, podríamos decir. Estos hijos son el socialismo y el nacionalismo. De acuerdo con Almudena, el nacionalismo surge en 1848 y el socialismo es anterior. Punto con el cual discrepo: en 1830 y siguiendo a Hobsbawm, surge el nacionalismo, representado por la independencia de Bélgica y de Grecia; y en 1848 surge el socialismo, rubricado por la aparición del Manifiesto Comunista, de Marx.

El caso es que ambas facciones se llevan dando de garrotazos desde entonces y es una contienda que no ha terminado: el último encontronazo, respecto del ámbito español, en las asambleas IV, V y VI de ETA. Y dado que, según deduzco, la tensión entre ambas facciones se resuelve en el consenso socialdemócrata, es bastante lógico lo que ha ocurrido, siempre de acuerdo con la teoría: que tanto PP como PSOE, muñidores del mismo, están terminando de integrar a los etarras en el reparto del pastelazo y vistiéndolos de lagarterana. ¿Por qué? Porque, según sostiene Almudena, ETA forma parte también de la maquinaria. Aunque esto pueda espeluznar, ETA ha tenido su utilidad: ha servido para distraer, con el miedo que produce, de la floración y desarrollo del consenso socialdemócrata; y para que, viendo el horror de ETA, nos posicionáramos del lado bueno, del lado del consenso.

Respecto de Aznar, también discrepo de la visión que da del personaje: es cierto que llegó a pronunciar lo del «MLNV»; pero no es menos cierto que tras el vil asesinato de Miguel Ángel Blanco buscó modos y maneras de combatir el terrorismo etarra, primero acabando con la kale borroka y después propiciando la promulgación de la Ley de Partidos. Una vía que desgraciadamente Mariano ha demostrado no querer andar al comerse enterita la hoja de ruta de los hijos de puta. Y la trayectoria de ZP en ese campo se comenta sola.

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