Je ne suis pas Charlie Hébdo (IV)


Hipocresía

Como les decía en la anterior entrada, para mí es un hecho que los gobernantes europeos corrieron a París al grito de Paris vaut bien une messe! Hasta Mariano, que nunca parece tener prisa para nada, se puso las pilas. Pusieron todos cara de palo y «todos eran Charlie». No les faltó más que pedir serenidad y firmeza, como aquí, cuando ETA «no estaba derrotada», mataba todo lo que quería y a los muertos se los enterraba de noche y a escondidas. Por cierto, eran los tiempos del mal llamado santuario francés, que ahora no hay que recordar «para no ofender». También hay portadas ofensivas de Charlie Hébdo sobre ese particular que nadie se molestó en denunciar entonces porque, como ahora, se dijo que aquello estaba «cubierto por la libertad de expresión».

Uno comprende el máximo alcance de dicha hipocresía cuando compara este atentado —condenable, por supuesto— con las matanzas de cristianos perpetradas por el «estado islámico» en Siria e Irak o en Nigeria por Boko Haram. Mais non, Monsieurs! Eso no es interesante, hombre. Quedan a tres o cuatro horas de avión —lejísimos— y además aquello es tierra de moros —o negros—. Que allí se maten entre ellos, ¿qué me importa a mí? Es el argumento Ébola: «que el ébola mate a no sé cuántas personas en Mali, o en Guinea o Camerún me da igual. A fin de cuentas, son negros y por tanto, perfectamente prescindibles. Pero en mi casa no, ¿estamos?» Si la guerra o la enfermedad aporrean la puerta de casa, la cosa cambia. A ése nivel de egoísmo y de burbuja hemos llegado. En consecuencia, ninguna operación internacional se ha montado siquiera protestar. Hasta Obama ha prometido que para combatir al EI «no harán falta soldados americanos». Si le dejan, hasta es capaz de cambiar el himno del Cuerpo de Marines, que ya no diría lo de:

From the Halls of Montezuma
To the shores of Tripoli

sino cualquier otra gilipollez políticamente correcta que se le ocurra a algún asesor bienpagao de Obama y que ubique al USMC en cualquier lugar… pero dentro de las fronteras de su país.

Suyos y nuestros

La manifa parisina, por lo demás, exhalaba un tufo de «han matado a los nuestros» que echaba para atrás. ¿Pero nuestros de quién? ¿A quién estaban llorando/defendiendo los franceses y los que corrieron a París a hacerse la foto? Puede que ustedes no coincidan conmigo, pero ahí voy: estaban defendiendo a y llorando por un grupo de niños malcriados y respondones, que se han creído con derecho a insultar a los demás y sin demasiada gracia, por otra parte. En este sentido, es muy cierto que por muy socialdemócrata que sea el Estado, ni siquiera éste puede protegernos de nuestra propia estupidez. Era previsible que los islamistas radicales no acudiesen a los Tribunales para reclamar el presunto «derecho al honor» de su Profeta. No creen en nuestra justicia imperfecta y corrupta en no pocas ocasiones. Lo que da sentido a su vida no es la pertenencia a un país, ni el respeto a unas reglas de juego que sienten extrañas, sino la pertenencia a la Umma, a la comunidad de los creyentes, donde quiera que ésta se halle.

En consecuencia, ante las burlas de Charlie Hébdo y a diferencia de la incomprensible falta de reacción de los católicos, unos cuantos locos se han tomado la justicia en nombre de Alá. Vayan ustedes por el campo y dedíquense a tocar las narices a una fiera: un mulo, por ejemplo. Háganlo «en uso de su libertad de tocar las narices a quien les dé la gana». Verán cómo, más pronto o más tarde, se llevarán ustedes una coz o un muerdo. Claro que podrán protestar ustedes ante el TEDH o el Tribunal de la Haya si es lo que les pide el cuerpo; pero la coz o el muerdo ya se lo han llevado y tal vez la próxima vez anden con más cuidado.

Se puede criticar el Islam en su teoría y en su práctica acudiendo a los hechos. ¿Qué hay, por ejemplo, del hecho de que la apostasía es literalmente una condena a muerte en el Islam, hoy como hace mil cuatrocientos años? ¿O de la ablación genital en las niñas? Naturalmente, la sal gorda es mucho más fácil. Y a lo mejor hasta vende más.

Por cierto, ¿qué les parecería a los partidarios de esa «libertad de expresión» eliminar el delito de ofensa a los sentimientos religiosos, que en realidad es un tipo cualificado de injuria y que en España reza del siguiente modo (525.1 CP)?:

1. Incurrirán en la pena de multa de ocho a doce meses los que, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican.

O mejor aún: además de ése, eliminamos el delito de injurias y todo el mundo puede reírse (con perdón por la chabacanería) «de uno, de su puta madre y de aquello que considere usted digno de todo respeto». Nichts heilig ist, alles ist erlaubt, que bien podría haber dicho Nietzsche, aunque ya en los últimos estadios de su locura. Conclusión: no hay que reírse de las cosas sagradas.

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Autor: Aguador

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