Por qué han matado al padre


Artículo de José Javier Esparza publicado en el desaparecido semanario ALBA (Intereconomía) en 2012.

Este texto recoge lo esencial de la ponencia presentada al Congreso Mundial de Familias el 27 de mayo de 2012 y fue publicado después en el semanario ALBA el 1 de junio de ese mismo año. Como algún fiel lector me ha pedido que lo recupere, lo hago.

En la civilización materialista avanzada que hemos construido, la figura del padre sobra. Y no sólo sobra, sino que es sistemáticamente vejada, socavada, escarnecida y, finalmente, destruida por el discurso oficial. Basta pensar en la imagen del padre que aparece, por ejemplo, en las series de animación para niños y para adultos: un tipo primario, tosco, carente de toda calidad personal, absurdamente vago o, cuando no, neciamente absorbido por su trabajo, y siempre, en todos los casos, poco ejemplar, es decir, alguien a quien no se puede tomar como modelo de nada. Y este es el drama, porque hasta no hace mucho tiempo el padre, en el ámbito familiar y social, tenía precisamente por función servir de modelo.

Bien, ¿qué ha pasado? ¿Acaso los humanos contemporáneos hemos visto súbitamente la luz y hemos descubierto que el padre merece morir? No, no es eso lo que ha pasado. Ni esto es tampoco un fenómeno casual. Al revés, estamos ante un fenómeno deliberado. La destrucción de la figura del padre es un viejo propósito de todas las ideologías que desde el último siglo están intentando derribar los últimos vestigios de la sociedad tradicional, natural, para edificar una sociedad nueva, esa sociedad de tipo nihilista que hoy se extiende por todas partes. La destrucción de la figura del padre es uno de los pasos fundamentales de la ingeniería social autodenominada “progresista” y de la ideología “de género”.

¿Cómo se ha llevado a cabo este proceso ideológico? Por dos vías. Por una parte, traduciendo a términos de lucha de clases la relación hombre-mujer, donde al hombre, al padre, le toca el desagradable papel de patrono explotador. Al mismo tiempo, haciendo una lectura estrictamente política del mito freudiano de la muerte del padre, de tal manera que exterminar al padre se convierte en paso ineludible para la libertad. Para quien lo haya olvidado, recordaré que Freud, en Tótem y tabú, describe el nacimiento de la civilización mediante un proceso de este género: en una imaginaria horda primitiva, un tiránico viejo macho disfruta de las mujeres y los bienes materiales imponiendo su despótica voluntad sobre los machos jóvenes; un día, sin embargo, los jóvenes se conjuran, dan muerte al viejo macho y devoran ritualmente su cuerpo en un banquete caníbal. Por eso, para ser libre, hay que matar al padre.

Es muy interesante esto de la muerte del padre en Freud, porque demuestra hasta qué punto estamos ante una gigantesca estafa intelectual. Como en tantas otras cosas, Freud coge un hecho antropológico y lo retuerce hasta convertirlo en aniquilación del alma humana. Porque en realidad el hombre, en su crecimiento personal, ha de liberarse de la figura paterna, sí, pero no para destruirla, sino para convertirse en padre a su vez. Es precisamente eso lo que asegura la transmisión de los linajes. Hasta hoy. Hoy está apareciendo ya una generación que ignora para qué sirve un padre. Más aún: una generación educada en la convicción de que la figura del padre es algo intrínsecamente negativo. Las consecuencias no se están haciendo esperar. Yo estoy convencido de que males sociales objetivos como la reducción drástica de la natalidad, el maltrato doméstico o la desorientación de los más pequeños están directamente relacionados con este hecho. ¿Y al menos hemos conseguido ser más libres? No. Y aquí es donde está la clave del asunto.

Como en tantas otras cosas, hoy ya hemos visto a la alimaña debajo de la piel de cordero. El objetivo final de este proceso de muerte del padre no es liberar a los mujeres de la explotación ni liberar a los jóvenes de la presión paterna. No. El objetivo es sustituir la función del padre por otra cosa. El objetivo es sustituir la autoridad paterna por el poder del Estado, del Mercado, del Sistema. Ya no será el padre quien proponga al hijo un modo de vida. Ahora será el Estado el que imponga al hijo un modo de pensar, será el Mercado quien imponga al hijo un modo de consumir, será el Sistema quien imponga al hijo un modo de vivir. Esto no es una amenaza de Casandra; esto lo estamos viendo ya a nuestro alrededor y lo vivimos todos los días en nuestras propias familias.

Por sorprendente que parezca, hay gente que considera que esto es bueno. Si manda el Estado en vez del padre, será más fácil construir una democracia. Por ejemplo. Si manda el Mercado en vez del padre, será más próspera la economía. Por ejemplo. Son argumentos que subyacen en las posiciones de quienes defienden asignaturas adoctrinadoras en la enseñanza o pautas de consumo emancipadas en los jóvenes. Y a lo mejor tienen razón. El problema es que si entregamos nuestras vidas al Estado y al Mercado, corremos el grave riesgo de perder nuestra libertad, porque nadie sabe qué rostro hay detrás de estos nombres tan rimbombantes. Esto ya sería suficiente para rebelarse. Pero es que hay un peligro aún mayor, y es el siguiente: si sustituimos al padre y a la madre por el Estado y el Mercado, estaremos yendo contra la naturaleza humana. Y esto es mucho peor, porque ir contra la naturaleza sólo conduce al desastre y al caos. Y sobre la pérdida de libertad se añadirá la demencia colectiva. Hoy no estamos lejos de ese punto.

Frente a esta situación, es urgente reivindicar la figura del padre. Una figura que encarna cosas muy simples: ordenación y ley. Donde la figura de la madre encarna el amor y la ternura, la del padre debe encarnar el deber, el orden, lo que hay que hacer para que la sociedad funcione. Por decirlo en términos muy simples: la madre cría al hijo y el padre lo orienta a la vida adulta. Eso no quiere decir que el padre no ame, al revés: nada de eso funciona sin amor. Pero sí quiere decir que la madre tiene una función y el padre tiene otra. Que el papá no puede ser una mamá suplementaria ni un colega del hijo.

Esta diferencia de funciones –padre y madre- no es algo que nos hayamos inventado nosotros ni es una ideología ni una religión. Es algo que está en nuestra naturaleza y que se deriva de nuestra propia condición de hombre y de mujer. Las mujeres y los hombres, iguales en muchas cosas, somos distintos en muchas otras; esa diferencia no nos hace enemigos, sino complementarios, y sobre esa complementariedad descansa no ya la civilización –que también—, sino la supervivencia de la especie humana.

Como mujer y hombre somos distintos, también es distinta nuestra proyección personal sobre la vida familiar y social. Y por un elemental hecho de la naturaleza, la mujer se proyecta como madre y el hombre se proyecta como padre. Esto no tiene nada que ver con las estructuras de producción ni con las peculiaridades étnicas, porque ocurre en todas las sociedades y en todos los tiempos, sino que es, insisto, un hecho de naturaleza, es decir, pura antropología. Sencillamente, los humanos somos así.

Hoy vivimos en la primera sociedad materialista de todos los tiempos, y también en la sociedad más artificial de la Historia. Los resultados están a la vista. La deshumanización de nuestras sociedades es un hecho. Por eso creo que ha llegado el momento de plantear con fuerza el rescate de la figura del padre como uno de los objetivos fundamentales de la regeneración social.

Nos han impuesto una sociedad sin columna vertebral. En vez de columna, han colocado una prótesis fabricada con una turbia mezcla de intereses económicos y políticos envuelta en un barniz de ideología igualitaria. Pero esa prótesis termina contaminando a todo el cuerpo. Hoy es preciso extirpar esa prótesis postiza y en su lugar poner de nuevo la columna vertebral de verdad. Recuperar la figura del padre, todo lo adaptada a los tiempos que se quiera, es un paso esencial de esta cirugía de reconstrucción. No hay un minuto que perder.

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Un comentario en “Por qué han matado al padre

Gotas que me vais dejando...

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