Memorias de un preso y otras consideraciones (II)


El llamado juicio mediático es, si cabe, más rastrero y asqueroso. En el caso de don Mario Conde, cierta prensa se autoatribuyó el papel de acusación pública y no le importó mentir, porque siendo como era correa de transmisión del Gobierno, quedaba bajo el paraguas de éste. Esa prensa dedicó los epítetos y apóstrofes más «cariñosos» a don Mario. Den ustedes ocasión a un plumilla de cuarta para que tenga su minuto (o su columna) de gloria y verán cómo se ensaña con el personaje sobre el cual deba escribir. Es la misma prensa que recibe «filtraciones» de los medios judiciales. Que eso de las «filtraciones» se dice de cara al respetable, pero en juridiqués estamos hablando de un delito de infidelidad en la custodia de documentos del artículo 416 del Código Penal. Y al menos públicamente, no se conoce que hayan sido penalmente castigados los causantes de las «filtraciones» (en realidad, de las goteras).

Es un ahorcamiento en efigie que en determinados casos puede influir en el ánimo de los juzgadores en un caso de contenido político. Y aun cuando no se le condene jurídicamente, el juicio mediático conseguirá que los que no estamos en el ajo de la cuestión pensemos que «tal vez no era tan inocente como dice la sentencia que es» o que «hay gato encerrado»; si existe la condena jurídica, la mediática remacha los clavos del ataúd.

En uno y otro caso, es una buena oportunidad para conocer el tamaño de las almas de las personas. Las almas enanas, que se regodean miserablemente haciendo sufrir a los demás y a quienes carcomen la soberbia, la envidia o ambas; los «fieles cumplidores de órdenes» sin ningún tipo de escrúpulo moral, fiados en que ese cumplimiento les eximirá de toda responsabilidad. Hoy ese tema se ha depurado muchísimo, pero es que ya hace 15 años no tenía ningún remedio. También las almas grandes, aquellas que aún no se han contaminado de esa peste llamada «razón política» y a quienes les revienta la injusticia por sí misma, se trate de quien se trate. De don Mario no hace falta decir nada –no lo necesita, en verdad–. Pero ser capaz de borrar por completo el resentimiento del alma después de todo lo que le han hecho pasar a uno da a ustedes una idea de lo que estoy diciendo. No es un alma enana.

La pena es que su amada esposa, Lourdes, no está ya con él para acompañarle en su nueva singladura como empresario y escritor. Si hay justicia en alguna parte, en este mundo o en el otro, habrá que cargar eso en la cuenta de aquellos que un día decidieron que don Mario tenía que pasar este calvario.

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2 comentarios en “Memorias de un preso y otras consideraciones (II)

Gotas que me vais dejando...

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