Francisco Alegre


¡Qué veranito, señores, qué veranito! Parecía que, como todos los años, el españolito medio se iba a ir de vacaciones julianas o agosteñas con el país dormido y/o bostezando, y en cambio hemos tenido un verano caliente, no sólo por la temperatura, sino también por el juego que han dado las acciones y declaraciones de los dos principales gallitos del corral parlamentario. Sin embargo (por fin), parece que las cosas se van aclarando. Aclarando, naturalmente, en el sentido de que a los españoles nos espera un otoño electoral caliente, con jugadas de lo más sucio por parte de la pesoe y silencios cada vez más largos por parte del pepé, seguros de su estrategia de no entrar al trapo en ningún momento.

El veranito español pasado por los espejos de la Calle del Gato, sin embargo, nos deja unas cuantas imágenes más o menos definidas, que yo relaciono a ustedes pero no necesariamente en su orden cronológico.

La primera de todas es la escena de la carta. Lo peor no es, con todo, que haya carta, que ya sabemos que sí hay. Lo peor es que sólo parcialmente conocemos su contenido y que además será Rajoy quien tenga la obligación de leernos la carta completa (ZP es incapaz por definición de enfrentar a sus gobernados con la verdad). Más que nada, porque si no lo hiciera, demostraría para muchos lo que unos cuantos nos hemos maliciado siempre: que para la clase política somos unos niños de teta, unos imbéciles, y que no merecemos explicación alguna cuando se le pregunta qué hacen con nuestro dinero.

La segunda estampa es la de algunos tragando el sapo de la «reforma constitucional exprés», aunque por diferentes motivos:

a) Unos, como el candidato Alfredo P., porque les entraba la risa floja hace un poco más de un año cuando el PP propuso que sería una buena decisión para cortarle el suministro a esa bestia insaciable llamada «Administración autonómica». En aquel entonces el que aún era ministro de interiores se burlaba de la solución brindada por Rajoy, por la única y demencial razón de que «la había propuesto el PP». Hace pocos días, en cambio, hemos asistido al esperpento de oírle que «se declaraba convencido por ZP en un pispás».

b) Otros, como el nacionalista presuntamente moderado -«la cara amable del cavernícola nacionalismo catalán en Madrit»-, Duran i Lleida, emprenyat porque no se le había tenido en cuenta para decidir la reforma, después de todo el apoyo que han prestado al partido que ha creado el actual desastre. Claro que su postura es comprensible: se les pretende impedir que gasten dinero inútilmente, es decir, en ambaixadetes y en promoció del català; que racionalicen sus recursos y los dediquen a lo que es importante para los ciudadanos de aquí (entre otras cosas, la sanidad, que buena falta hace). Y claro: això no pot ser. Cataluña debe seguir siendo nacionalista gobierne quien gobierne, como patrimonio cultural y sobre todo administrativo que es del nacionalismo (particularmente de CiU), y además hay que tener influencia en Madrit (doctrina Cambó, si no me equivoco).

c) Y en un tercer grupo están el resto. Ese gran resto con el que los grandes partidos cuentan sólo cuando les conviene y que ahora, por mor de la reforma constitucional, parece que acaban de descubrir que no son bisagra, sino comparsa. Sería el caso de Llamazares, poco menos que exigiendo la posibilidad de refrendar la reforma (y de paso recoger algunas migajas del presunto mérito de la misma, aunque le queden apenas dos meses en el convento). No importa que se le explique que de acuerdo con el Título X de nuestra norma fundamental no es necesario el referéndum, sino una mayoría determinada en el Congreso para realizar la reforma. Él seguirá indignao.

La tercera (y no menos esperpéntica) que nos deja el verano es la de Alfredo P. escuchando un «No, gracias» de sus compañeros de partido ante la petición del «presunto líder» de acompañarles en la lista electoral. Parece en el PSOE que algunos se han puesto de acuerdo para fastidiarle, mientras Elenita Valenciano le canta el viejo pasodoble Francisco Alegre, aunque con algunas variaciones, claro…

En los carteles
te han puesto un nombre
que no lo quiero mirar,
Alfredo Pérez y olé, Alfredo Pérez y olá…

La gente dice “Me voy pa casa”
porque se va a presentar,
Yo estoy rezando por él
con la boquita cerrá…

Pueden imaginar ustedes cómo sigue la letra de la copla. Pero lo que no podían imaginar ustedes (ni yo mismo, desde luego) es el nivel de cutrerío alcanzado por el candidato en cuanto a propaganda. La foto del equipo electoral de Rubalcaba presentaba el siguiente aspecto:

Observen ustedes atentamente la foto. Está hecha en un patio interior, cuando lo suyo hubiera sido hacerla en la entrada principal o por lo menos en un lugar donde no se viese, según la coplera, la ropa tendía (nada más que faltaban dos chonis a voz en cuello: «¡Nenaaaaa, que a vé si me dá una poca de asúcaaaaaa!»).

Pero lo peor es el logo. Un logo sin rosa. Un logo sin puño (¡horror!). Y sobre todo, un logo sin fondo rojo (¡horror y horror!) y nada menos que de color azul (el color del ganador más que probable de las elecciones: ¡más horror!).

Créanme ustedes si les digo que esta foto se la ha hecho a Alfredo P. su peor enemigo por encargo. No falta un solo detalle para hundirle. ZP apoyó a Carme Chacón y la hundió. Y ha estado apoyando a Alfredo P. y lo está hundiendo. O casi: lo poco que se le ve al pobre candidato sobre el agua apenas es la coronilla. Más vale que manden a ZP de vuelta a León y que lo encierren en su casoplón (pagado con dinerito de todos los españoles) antes que el PSOE desaparezca, irremisiblemente hundido y necesitado de refundación, en el tsunami azul que se le viene encima.

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