Envidia austríaca


Acabo de leer el último post en el blog de Miss Fidget. Y créanme ustedes que me da una envidia cochina sana ver cómo ella se ha integrado perfectamente en ese mundo del sauerkraut y el wildkatze, y de todas esas cosas que nos vienen a la mente cuando pronunciamos la palabra «Austria» y en especial «Viena», aunque ella no viva en la gran capital. Pero la envidia no es tanta porque ella «haya encontrado su sitio» –que también–, sino que, por decirlo en sus propias palabras:

Lo que más me gusta de Austria es que aquí se valora mi trabajo. «Se valora» no significa solamente que me paguen más que a una cajera de supermercado, que también, sino que te dan a entender desde el principio que te han contratado porque estás preparada, porque sabes de algo y porque lo vales. No estoy acostumbrada a eso. No estoy acostumbrada a que mi opinión cuente, a que se me felicite por hacer algo bien sin que luego venga una de arena, a que los consejos que recibo de mis superiores realmente sirvan para algo y me ayuden a mejorar, a que los jefes no pretendan saberlo todo, sino que cuando no saben algo, digan «no lo sé, dime tu opinión».

Ya no se trata de esas zarandajas de la «competitividad», de la «excelencia» y de todo eso que se dice para, acto seguido, echar cubos de mierda sobre el propio país (uno de los deportes nacionales de los batuecos). Ni siquiera se trata de los «nuevos estilos de dirección», que se llevan estudiando por lo menos desde los años 50 pero que en España prácticamente no han hecho mella. Salvo las debidas excepciones, como en todos los campos, aquí sigue abundando el jefe increíblemente engreído y no menos increíblemente incapaz, que es capaz de hacer sentir como gusanos a los subordinados. Gusanos explotados, además («dame las gracias que tengo muchos aspirantes y casi que te estoy haciendo un favor»). No es de extrañar que el trabajador acuda al trabajo con resentimiento («como no me merezco el trato que me das, me importa una mierda la calidad de mi trabajo y si puedo joderte te voy a joder») y miedo («la cosa está muy mal y mañana podrían despedirme»). Por no hablar de la vergüenza nacional de ver a un licenciado, que ha pasado unos años en una Universidad quemándose las cejas, teniendo que ocultar que lo es para que le den un trabajo muy por debajo de su capacidad y por un sueldo de mierda.

Y uno, que sospecha que dado que el pecado capital de los batuecos es el de la envidia, sospecha también que los jóvenes no se van sólo porque en otras latitudes paguen mejor, –que también–. Se van porque en ese mayor salario va incluida una porción importante aunque no cotice a la SS de allá, que es la del respeto. Y de nada valdría pagar aquí los salarios de allá sin ese plus. El problema no está tanto (o no sólo) en los jóvenes, que según dicen son «la generación de españoles más preparada de la historia», sino también en que en todo este tiempo no se ha sabido (o querido, o podido) crear una clase empresarial que tenga en cuenta ese detalle. «El jefe lo sabe todo; y si no lo sabe, procura no hacerle entender que sabes más que él», podríamos decir, entre otros proverbios con destino al famoso Decálogo del Jefe. No sé si malos directivos hacen empleados perros o al revés. Posiblemente haya un poco de cada cosa en todas partes. Pero lo que me da envidia es comprobar que en Austria (o al menos en la empresa de Miss Fidget) se gestiona de una forma distinta (y por cierto, mucho más económica para todos). La tradición batueca, en cambio, manda que cuando alguien descuella, se unan todos los mediocres para hundirle. Con ese principio de funcionamiento, es imposible que una empresa, una universidad, una dependencia administrativa puedan ir adelante.

A lo mejor me equivoco; pero ahora que tanto se habla de recuperar valores y de poner en valor (horroroso anglicismo traducido literalmente), el del respeto por los subordinados y la colocación en un lugar adecuado a sus capacidades sería uno de los valores a recuperar…

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4 comentarios en “Envidia austríaca

  1. Ay, que me suben los colores ;-).

    No sé si es el decálogo del jefe o el decálogo del español. ¿O es que acaso hay algo más español que tener una opinión sobre todo y hablar sobre ello, se sepa o no?

    Pero sí, aquí se valora mucho el trabajo y la opinión de los compañeros. Y también se respeta mucho que, aparte del trabajo, tengas una vida personal y tiempo para dedicarte a tus cosas. Como bien dices, incluso si tuviéramos los mismo sueldos allí que aquí, esto de que mi trabajo sea importante para ellos y que lo aprecien es algo nuevo para mí… y me encanta.

  2. Lo cual, como digo en el post, incide mucho sobre las cuentas de la empresa. Trabajar en un entorno más o menos armónico y de respeto es mucho más barato que trabajar en un ambiente cargado, en que el jefe te presiona porque a él le presiona la Administración; en que los sindicatos te presionan para que acomodes tu ritmo de trabajo al de los demás sin tratar de destacar o para hacer la guerra al empresario porque «es un negrero explotador»; en que tus propios compañeros pueden llegar a hacerte el vacío si pretendes aplicar el principio de «excelencia»… ¿Quién quiere trabajar en un entorno así? No me extraña que te largaras 🙂

Gotas que me vais dejando...

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