Adiós korona, hola guerra (I)


Bueno, pues ya estamos aquí otra vez. Y esta vez es para señalar el asombroso cambio que se ha producido apenas en diez días. Resulta que, sin solución de continuidad, los medios han pasado de hablar de «los contaaaaaaaagios y los irresponsaaaaaaaaaables que no han querido vacunarse» y de las exigencias a berrido limpio de «poner controles de korona en el aeropuerto de Barajas» a hablar de la guerra de Ucrania.

No es, como cantara Machado, que «la primavera ha llegado y nadie sabe cómo ha sido». Todo lo contrario. Estaba perfectamente planeado. Pero fíjense: hace apenas un mes parecía que la mascarilla «había venido para quedarse». Y hace un año apenas, los presuntos «creadores de opinión» escampaban orgullosamente, a los cuatro vientos y como si fuera un hashtag de Twitter #Yo_me_he_vacunado. Algunos, es verdad, «respetando la libertad de no vacunarse»; pero los más, demonizando y criminalizando a los que tomaron la decisión de no inyectarse ni la primera dosis. Estaba claro: si antes, ahora y dentro de algún tiempo, muere alguien, «es culpa de un contacto con un no vacunado». No había que echarle la culpa a la mal llamada «vacuna» (mejunje genético, en realidad).

Ésa era la «estrategia», por llamarla de algún modo. Pero quien estaba detrás de todo el montaje se ha dado cuenta de que el respetable (ustedes y yo) se ha dado cuenta a su vez de las incongruencias del discurso pro-vacunación: entre otras, ¿cómo es posible que personas con la llamada «pauta completa» se infecten nuevamente de korona? Diríase que, en realidad, lo que se ha montado es una estrategia de «infección», más que de «vacunación»: y como siempre habrá un porcentaje de personas que no se va a vacunar, bien «porque no», bien porque tienen dudas serias y razonables acerca de eso que se nos vende como «vacuna», ya está el cirio montado. Divide et impera.

Y el problema para los pro era que «el bicho» cada vez daba menos miedo. Inmersos en una estrategia del miedo, ¿cómo se puede dar miedo si «el bicho» da más pena que los payasos de Micolor? Así que, simplemente, al mismo tiempo que se iniciaba la desescalada, se empezaban a buscar otros medios para mantener a la población europea (probablemente la del resto del mundo también) en un estado de estrés y miedo. Y han hecho algo parecido a lo del korona: así como «el bicho» mata, pero poco (lo siento por los «alarmistas», pero un 1% de 7.000 millones no parece gran cosa), se pretende al parecer, provocar una guerra que mate, pero poco también. La cuestión era provocar una catástrofe controlada, algo que no se les fuera de las manos. Por eso escogieron el korona, un virus relativamente desconocido y relativamente inofensivo (bueno, una de sus 4.000 variantes), en vez del ebola, que era muchísimo más peligroso en caso de no poder ser controlado.

Esa desescalada ha tenido también el efecto, entre otros, de descubrir diversas vergüenzas, de las que también hablaremos en otras entradas. Es el caso, no menor, de un payaso alemán llamado Christian Drosten (al que pueden poner junto a los payasos de Micolor, por la pena que dan los tres juntos), cuya trayectoria se puede definir en estos puntos:

  • «Me invento unos tests (los famosos PCR) unos días antes de que decreten el confinamiento. No necesito pruebas empíricas; sólo un ordenador. Se lo vendo a la OMS y al Gobierno alemán y me embolso un pastón».
  • «La gente está dejando de creer en el korona. Les voy a asustar diciendo que el que no se vacune va a morir en dos años».
  • «Voy a decirles cómo van a pasar las Navidades/el verano/etc.»
  • «Scheiße, han pillado de marrón al marido de Jens (Spahn) metido en el negocio de las mascarillas. Quizá es hora de que yo me busque un billete a Brasil y vaya donde el Dioni, por si las fliegen…»

Ahora los que tienen el control de agenda han decidido, como en su tiempo Pujol, que el korona ja no toca, Reverter. Incluso nuestro ínclito Sánchezstein, engolando la voz, proclama solemnemente que «muy pronto» se va a levantar la prohibición de la mascarilla en interiores. Lo que demuestra hasta qué punto estaba controlada la plandemia: ¿desde cuándo es el Gobierno el que dice cuándo empieza y termina una pandemia? Digamos que tienen su propio calendario, no el marcado por el Gobierno.

Lo que ahora importa es simplemente señalar cómo aquellos medios y ¿periodistas? que echaron cubos de mierda a los que no se querían vacunar, pasan de puntillas sobre el tema y, sin solución de continuidad, a hablar de Ucrania y de Putin y etc. Nada de perdón, ni disculpas ni nada de nada. Se han apresurado a barrer la mierda debajo de la alfombra, con la esperanza de que lo olvidemos. Si se pudiera ligar esa «extensión del miedo» a una responsabilidad judicialmente exigible, desde el Gobierno hasta esos medios estarían temblando de miedo. Claro que, con la toma al asalto del Poder Judicial en los últimos tiempos, al menos el Gobierno puede estar más tranquilo.

Pero lo cierto es que el respetable, una vez más, se ha dado cuenta de una cosa: si los periodistas se deben a otra cosa que no sea la verdad y los hechos, podemos declarar muerto el periodismo tradicional y dar la bienvenida a un concepto que ya existe, pero nunca como ahora se ha apoderado de la actualidad y que supone, como anunciara Ray Bradbury en Fahrenheit 451, un «entretenimiento completo»: el infotainment. Datos basura para sociedades basura mediante un mainstream basura, mientras la verdad discurre por corrientes subterráneas y vericuetos peligrosos de frecuentar (en Rusia condenan a 15 años de cárcel a quien dé informaciones o muestre imágenes que apunten siquiera un poco a la verdad). El periodista es el que va por esas corrientes y vericuetos. Los demás… bueno, ya saben…

Es buen momento para recordar la definición de Lord Northcliffe, al que hoy hubieran cancelado (es decir, le hubieran convertido en no-persona, conforme a George Orwell) si hubiese pretendido ser fiel a su propia definición: Información es lo que alguien, en alguna parte, no quiere que se sepa. El resto es propaganda.

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