“Libertad de explosión” (e IV)

Se plantea siempre el qué hacer, finalmente. En mi modesta opinión, Europa ha hecho todo lo que no se debe hacer: transigir, aceptar en su seno una fuerza capaz de destruirla y, sobre todo, ejecutar una conocida comedia al efecto de dar la impresión de que «se hace algo», que es el caso de Bélgica: al parecer, va a mandar unos cuantos aviones a Irak «para lanzar unas bombas sobre posiciones del Daesh». Pólvora en salvas.

Pienso, antes que nada, que el problema lo tenemos aquí. Y por aquí es por donde hemos de empezar a solucionarlo. Yo no digo que haya que tratar a todos los musulmanes como delincuentes, ni mucho menos. Pero no hemos de caer en ese buenismo idiota que profesan de todo corazón determinados grupos políticos. Tanta Europol y tanta Euromil… ¿de qué sirven? Todo el mundo quiere guardar bajo siete llaves sus propias cloacas, lo que a su vez provoca descoordinación e impide una respuesta global ante un terrorismo que no es local, sino también global, debilidad aprovechada por los terroristas. En este sentido, no puede haber barrios en Europa en los que la Policía no se atreva a entrar. Y me dan igual aquellos que cada vez que la Policía hace su trabajo berrean «¡Brutalidad policiaaaal!» y los liberales despistados que les hacen los coros diciendo: «¡Todas las costumbres son respetables!». Me da igual que me llamen «fascista represor»; pero entiendo que en facilitar la labor policial y judicial en este sentido nos va nuestra libertad y seguridad.

Todo ello hace que el caos administrativo sea un elemento más a aprovechar por los terroristas. Y lo que asusta, como decía yo en un comentario a una entrada anterior, es que España puede estar andando el mismo camino que Bélgica. Da la impresión de que hay muchos trabajando que así sea, ante un Gobierno que —ahora— se excusa en que «está en funciones» (curiosa manera de reconocer que la situación es completamente disfuncional). Sería terrible, decía yo, que se produjese un atentado islamista en España y que los terroristas, siquiera fuera de manera temporal, encontraran cobijo en Cataluña, donde hay por el orden de medio millón de musulmanes (gracias al Etern Gens Honorable y a sus continuadores) y no todos ellos contrarios a los «golpes de la Yihad». Igual que ocurrió en Molenbeek.

También hay un aspecto que es más complicado de detener, a estas alturas, a saber: las invasiones pacíficas. Sobre todo, cuando el resultado fácilmente puede ser éste:


Invasiones facilitadas por esos gobernantes memos que llevamos soportando desde hace decenios (no, no es tal o cual: han sido todos), en detrimento de los propios del país. Muchos Fluchtlinger musulmanes se han comportado como si el país de acogida fuese en realidad tierra conquistada; lo cual ha redundado en un gran cabreo en Francia (Front National), Alemania (Alternativ für Deutschland), Inglaterra (UKIP) o Finlandia (Verdaderos Finlandeses). Aparte de las naciones de tradición católica, pertenecientes al Imperio Austrohúngaro que también hablan directamente de invasión, señaladamente Hungría (Fidesz). El incremento de esas expectativas de voto de esos partidos ha «puesto de los nervios» a la eurocracia, que ha intentado incluso pagar a Turquía para que les hiciera el trabajo sucio. Aunque lo que quieren los turcos es entrar en la UE (gracias a Dios la UE conserva algo de sentido común y les ha dicho que no), que les den por la cara 6.000 millones de euros no les ha de desagradar.

Como punto final a esta larguísima exposición, déjenme decir un par de cositas. El respeto a las creencias individuales no puede estar por encima del respeto a las leyes civiles, que son para todos, creyentes o no. Los cristianos lo tenemos claro: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mc 12, 13-17). Los musulmanes quizá no tanto. A ellos les falta pasar por un Renacimiento y una Ilustración, como Europa, así como también una Guerra de los Treinta Años y una Revolución Francesa, que fue la que, después de mucha sangre (de nobles y religiosos, fundamentalmente y no pocos de ellos inocentes), consagró la separación entre Iglesia y Estado, algo que en Dar-al-Islam no se plantean ni por el forro. Ni «musulmanes moderados», ni leches en vinagre. Tal y como algunos de ustedes habrán podido experimentar, la «moderación islámica» de algunos se acaba cuando son más de diez en un mismo sitio y además hay un clérigo que de entrada ya no es moderado. Hagan la prueba: echen un vistazo a aquellos países donde ellos mandan. Verán dónde queda esa «moderación islámica».

Y a todos aquellos que no se integren, siempre les queda la solución de la puerta abierta. No pueden pretender hacer en nuestra casa lo que hacen en la suya. No podemos ser dhimmies en nuestro propio país, sólo porque tenemos unos gobernantes memos que no se atreven a obligarles a cumplir las leyes que son para todos, por miedo a las represalias. Y lo mismo podría decir de aquellos «europeos» que parecen estar diciendo: «Venga, que ya estáis tardando en invadirnos». Pueden irse todos al desierto, a tragar arena. En Europa no son bienvenidos. Y si creer esto me convierte en un neocruzado, como dice alguno por ahí, alabado sea Dios.

Libertad de explosión (III)

Nos faltaba por examinar la inoperancia de Europa, cosa que haremos en dos partes. O, más exactamente de la UE, que no es lo mismo que «Europa». También dijimos en su momento que Bruselas fue responsable de la mal llamada crisis humanitaria al abrir sin más los brazos a los refugiados. No menos Angela Merkel, que se comprometió a acoger nada menos que a un millón de Fluchtlingern, como los llaman allí; medida que los gilipollas socialdemócratas, representados en la persona de un quídam que atiende por Falk Gebhardt, aplaudieron con las orejas justo antes de los hechos de Köln.

El buenismo idiota de la casta política europea (y de sus ramificaciones nacionales) ha llevado a decir que la cultura musulmana es «respetable». ¿Respetable? ¿Es respetable someter a una mujer hasta límites inconcebibles, llegando al extremo de pegarla si hace falta? ¿Es «respetable» el hecho de que aplaudan el ahorcamiento de homosexuales en Irán (que aquí no practican porque no se les dejaría… aún)? ¿Es «respetable» practicar a las niñas la ablación genital (lo hacen en la UE, pero de extranjis porque saben que abiertamente no podrían?) Esto es lo que la merma entiende como «respetable»:


Como siempre, ¿qué tenemos enfrente, es decir, de nuestro lado? También como siempre, las redes sociales se han llenado de campanudas declaraciones de los políticos europeos, y los portadores de mecheritos están haciendo su agosto. «Tous sommes…«, ya saben. La UE no quiere darse por enterada de que le están haciendo la guerra. Ese pacifismo suicida que recorre el territorio de la UE del uno al otro confín. Es una táctica muy ensayada y muy eficaz: recuérdese a Miguel Ángel Blanco. La ola de ira que provocó su asesinato hizo que los etarras tuvieran miedo de salir a la calle. ¿Cómo se «calmó» esa ola de ira? Muy simple: en cuanto aparecieron las «manos blancas» (¿»manos blancas no ofenden»?) y los mecheritos, adjuntos a un argumentario del tipo «no somos iguales a ellos» y otras chorradas sentimentaloides. Lo que para ellos es la «señal» de que pueden seguir golpeando en el mismo sitio. Y lo que traducido a las circunstancias actuales es que hemos concedido a esos terroristas la «libertad de explosión»: no sólo de volarse ellos, sino y sobre todo, de llevarse a un buen puñado de infieles por delante. Qué democráticos somos, ¿verdad? Hasta permitimos que unos locos religiosos nos asesinen a bombazo limpio. Pero curiosamente, la culpa es de «las religiones».

Ítem más: los ¿líderes? europeos no querrían ni por un momento que surgiese un Pierre d’Amiens que convocara a una Cruzada. Malísimo para sus negocios. Pas mal, mon ami! A los culs-gros de Bruselas les asusta tener que hacer su trabajo, una de cuyas facetas incluye el mantenimiento de la paz y la seguridad en el territorio europeo. Pero al mismo tiempo les asusta que surja alguien que, aunque no fuese al grito de Deus vult!, llamara a los europeos a defenderse de la invasión silenciosa musulmana.

Por eso, a alguien que sí podría y muy en serio, como Viktor Orbán, la eurocracia masónica de Bruselas y sus lacayos le persiguen con saña. No sólo por ser católico, que ya es anatema; sino por rebelarse ante el europeísmo de horchata promovido por Bruselas, que apenas encubre un ansia de esclavización. Quienes lo promueven saben perfectamente que mientras Europa siga siendo ejemplo histórico de valores humanos (aunque ya sólo sea «histórico» y no actual), siempre habrá posibilidad de resistencia. Y es peligrosísima —para los intereses de esa eurocracia masónica— una religión que proclama la dignidad esencial de la persona humana, frente a aquellos que quieren un «hombre nuevo» modelado a gusto del Estado (hombre-bonsai, sin duda). Es recomendable la lectura de 1984 a ese respecto. Por de pronto, ya han conseguido que la Iglesia (al menos en España) se dedique a contemporizar, en vez de defender vigorosamente sus principios cuando alguien los agrede. Delenda est Europa.

Libertad de explosión (II)

Pero hay más. Ya entonces les planteaba la cuestión de qué es lo que había en esa palabra «refugiados», y si todos cabían en ella. Los hechos son tozudos y, al cabo del tiempo, demuestran que no todos son «refugiados». También hay que considerar «migrantes económicos», que no es que huyan de una guerra, sino que emigran hacia un porvenir mejor, como tantas veces hemos hecho los españoles.

Hasta aquí nada que objetar. Pero la prueba de que estas personas no son «refugiados» es que no les ha interesado ir a países como los emiratos árabes o Arabia Saudí (sunnitas), o a Irán (chiítas). En unos u otros hubieran podido establecerse en un medio conforme a sus creencias, sin más, contando además con la ventaja de la proximidad geográfica. Se vienen a Europa, con el concurso de las mafias de tráfico de personas, que habrán hecho su agosto y su diciembre también. Esto explica por qué a veces, cuando los han sacado en la televisión, han preguntado: «Merkel, ¿dónde estás?». Dato fundamental: la cifra de acogidos por esos países «presuntamente hermanos» es apenas el 5% del total. ¿Solidaridad? En fin.

Un segundo problema y no menor: un emigrante, tal y como lo conocemos, al ser acogido en un país se integra en sus tradiciones y costumbres. Lo han hecho desde siempre todos los que han venido de Europa: españoles, franceses, italianos, alemanes, judíos. No ha habido tensiones raciales por una razón fundamental: los emigrantes se han adaptado y aceptado cumplir las leyes de sus países de acogida. Pero éstos que vienen, que no son «refugiados», sino migrantes económicos, se traen consigo unas costumbres que chocan frontalmente con los valores cristianos extendidos por toda Europa (por mucho que moleste a la banda rojomasónica). Lo peor: siguen considerando sus costumbres y su bárbara sharia por encima de las leyes del país de acogida. Y no sólo eso: desprecian también a los infieles que no tenemos la suerte de ser musulmanes como ellos. Es decir, básicamente no se integran.

Y no sólo no se integran, sino que además nosotros mismos les ayudamos a que no se integren. Declaraciones como las de Cameron (que tiene ese problema en casa, como ven) o gestos como éste de nuestro propio gobierno, no ayudan en nada. O los problemas derivados de la kafala musulmana, que exige que los padres que acojan al niño o sean ya musulmanes o se conviertan en todo caso. Si esto no es una violación flagrante de los derechos humanos y aún de los del niño… Naturalmente, la merma va a mencionar poco o nada estos detalles.

La guinda del pastel la pone el hecho —también comprobado— de que entre los «refugiados» se han colado, además de migrantes económicosterroristas de la Yihad. De ésos que toman al pie de la letra eso de que «el primer pilar del Islam es la guerra santa contra los infieles». Hecho que ha dejado en evidencia a todas las policías europeas, pues para éstos, al parecer, toda Europa ha sido espacio Schengen, con o sin control de fronteras.

“Libertad de explosión” (I)

Tomo prestada esta expresión de un tuit de Fernando Paz. Una más, aún. Colonia, París, Bruselas (dos veces)… El rosario empieza a hacerse interminable en los misterios de dolor. Las noticias son un tanto confusas, pero los hechos desnudos vuelven a poner sobre la palestra las cuestiones de siempre, que en mi opinión y en este momento son dos:

a) Las consecuencias de la «crisis humanitaria».

b) La absoluta inoperancia de Europa.

Para ir por orden, un servidor se pronunció en esta serie y aquí sobre el primer tema en gran medida. Hoy no me cabe añadir más que aquellos que señalamos la incompatibilidad del Islam con los valores cristianos (al carajo el humanismo europeo de Cifuentes) somos tachados de «racistas» y de «xenófobos», sin más conexión con la realidad que su propio animus iniuriandi. Quiero recordar dos párrafos del artículo de Mr. Voeten que explican bastante esa actitud:

Pero el factor más importante en Bélgica es la cultura de la negación. El debate político del país está dominado por una élite progresista complaciente, que cree firmemente que se puede diseñar y planificar una sociedad a medida. Los observadores que señalan verdades incómodas como el alto porcentaje de criminalidad entre los jóvenes marroquíes y las tendencias violentas en el Islam radical son acusados de ser propagandistas de la extrema derecha y son, por consiguiente, ninguneados y condenados al ostracismo.

 

Se intenta oponer a este debate un discurso paternalista en el cual los jóvenes musulmanes radicales se ven, sobre todo, como víctimas de la exclusión social y económica. A su vez, ellos interiorizan este marco de referencia, por supuesto, porque atrae la simpatía de los demás y les libera a ellos de la responsabilidad por sus propias acciones. El antiguo alcalde socialista de Molenbeek, Philippe Moureaux, que gobernó el barrio como su feudo particular entre 1992 y 2012, perfeccionó esta cultura de la negación y es en gran medida responsable del actual estado de cosas en el barrio.

El panorama, desgraciadamente, no es muy distinto en las Batuecas. De hecho, en toda Europa los gobiernos han decidido que el panorama sea el mismo. Del obispo húngaro que denunció la invasión no se sabe nada. Desaparecido. Ni siquiera en su momento se le prestó atención, salvo para tildar a la Iglesia de «retrógrada» e «insolidaria con los refugiados».

Con todo, lo que más llama la atención es que los que ahora prácticamente acusan de «xenófobos», de «racistas» y de «insolidarios» a quienes decimos que esta «crisis» se ha gestionado de la peor manera posible (si es que realmente era una «crisis»), son los mismos que callaban como lo que ustedes se imaginan cuando el Daesh masacraba a los cristianos (¿tal vez haciendo el trabajo sucio que otros no querían hacer por no mancharse las manos?). Los cristianos no eran gente digna de ser salvada, al parecer.

Europa, Europa… Quo vadis? (y III)

Encuentros en la tercera fase

Para finalizar la anterior entrada y la serie, les decía que the best was yet to come. Lo mejor estaba por llegar, vamos. A los que decíamos que no había que acoger a los refugiados sin más y que había por lo menos que preguntar nos llamaron (en bloque) racistas y xenófobos, que es lo que la ¿izquierda? hace cuando se pone estupenda, con el privilegio o bula que tiene de que lo que dice no tiene que estar conectado necesariamente con la realidad. Prueba de ello es este comentario de cierto señor en su perfil de Facebook, que atiende por Falk Gebhardt, poco antes de Navidad:


A cuenta del racista y xenófobo (en las Batuecas hubiéramos añadido «fascista», cómo no) Donald Trump, Herr Gebhardt se despacha a gusto. Traduzco para quienes no dominan the Empire’s Language:

Donald Trump tiene miedo de unos pocos miles de musulmanes. Aquí en Alemania hemos acogido a un millón este año y no ha ocurrido nada. Nos sentimos orgullosos de haber podido salvar las vidas de más de cien mil niños. Buena suerte, América liberal.

Como ven, es un comentario típico de niñato gilipollas socialdemócrata, que cree (como no pocos gilipollas socialdemócratas en Europa) que tó er mundo é güeno, sobre todo si no es europeo. Todo ese buenismo idiota se derrumbó como un castillo de naipes la noche de Fin de Año. El día 1 de enero, en Colonia y otras ciudades alemanas no sonaba la Radetzky Marsch. Sonaba otra música: la de los lamentos de tantas mujeres agredidas y en no pocos casos robadas por presuntos refugiados. Sorprendentemente, la Policía de Colonia no intervino, no sé si por falta de colions o por otras razones menos confesables. O tal vez porque la chulería de los refugiados les llevó a decir: «Ni me toques un pelo, ¿eh? Que a mí me ha invitado la Merkel».

Las denuncias se acumulan hoy en las comisarías y en los Juzgados. El caso amenazaba con tener consecuencias políticas y el primero (y por ahora único) en pagar ha sido Wolfgang Abers, el jefe de la policía municipal de Colonia. Todo el problema resulta ser que Herr Abers tardó cuatro días en dar noticia de las agresiones. Naturalmente, había que crujirle. ¡No se puede consentir! Pero siendo por un lado malpensados y por otro respetuosos con la ley, aceptemos en principio que ningún responsable policial actúa por libre, sino todo lo contrario: acepta la cadena de mando y está al servicio del político de turno. Sin embargo, no tengo noticia de que en Colonia haya dimitido o hayan cesado a nadie más y mucho menos a nivel político. Por tanto, la pregunta que procede es: ¿Quién (político) ordenó a Herr Abers ocultar esos hechos durante ese tiempo?

Para liarla un poco más, el jefe de policía de Viena ha advertido a las mujeres de que no salgan solas de noche a la calle. No le faltó más que decir: «Es que se visten como putas y los musulmanes, claro, se sienten provocados». Y terminando, hasta la policía sueca ha reconocido que ha ocultado agresiones sexuales por parte de musulmanes (no de otras razas o religiones) a mujeres europeas. Pero para que estas confesiones no se convirtieran en una epidemia y para que los niveles políticos no se vieran afectados más de lo que ya están, se decidió que ya estaba bien. Se echaba el telón (¿de acero?) para no dar más munición a partidos de «corte neofascista» (sambenito «oficial») como Alternativ für Deutschland y similares.

En las Batuecas, de pronto ha habido cerrojazo informativo. Ha desaparecido por completo de la actualidad, engullido por el circo de tres pistas que tienen montado los políticos batuecos tras el 20-D, del que próximamente hablaremos. Lo cierto es que hoy ya no queda nadie de los que aguantaban la pancartilla Welcome Refugees y probablemente Herr Gebhardt se dedicará a su empresa de servicios de conserjería (con sede en Ratisbona y oficina en Berlín) y tardará algún tiempo en volver a abrir la bocaza.

Mi conclusión: hay miedo entre los políticos, cuando no colaboración por activa o por pasiva. Habría que ver a qué es ese miedo. ¿A que les ataquen personalmente? ¿De otro tipo? Pero, sea como sea, el trabajo tiene que hacerse. La seguridad ciudadana no puede verse comprometida por un buenismo idiota o por una caridad mal entendida. Y esto vale para el tema que tratamos y para otras áreas de la vida. Para estos casos y para el terrorismo etarra. Los ciudadanos debemos poder decir al político de turno: si tienes miedo (o hay intereses bastardos de por medio), no me sirves.

Finalmente (les he dicho que llegaríamos a él), para todos los buenistas y otras gentes pancarteras del Welcome Refugees queda el recordatorio de Martin Niemöller que suena tan raro en estas democracias europeas de baja intensidad

Primero vinieron a buscar a los judíos
y no dije nada porque yo no era judío.

Luego vinieron por los comunistas
y no dije nada porque yo no era comunista.

Luego vinieron por los sindicalistas
y no dije nada porque yo no era sindicalista.

Luego vinieron por los católicos
y no dije nada porque yo era protestante.

Luego vinieron por mí pero, para entonces,
ya no quedaba nadie que dijera nada.

Europa, Europa… quo vadis? (II)

Segunda fase

En una segunda fase había que organizar el éxodo. Lógico: para que una catástrofe sea humanitaria a «la gente» no le basta verlo por la tele, porque mientras se ve en la tele parece un videojuego. Tiene que ser visible. ¿Y qué mayor prueba de visibilidad que traerlos a casa? Para el transporte, nadie mejor que los traficantes de esclavos (sí, eso todavía existe en el mundo musulmán, aunque nadie proteste porque «es su cultura») conoce las rutas y seguro que con eso hicieron muchos la primera peseta. Toda la dificultad que supuso tomar en Bruselas una decisión frente al genocidio cristiano desapareció como por ensalmo cuando se trató de abrir las puertas a los «refugiados sirios».

A partir de aquí empezaron los problemas. Bruselas estableció las cuotas de acogida y Merkel se lanzó con entusiasmo digno de mejor causa a abogar por el acogimiento de refugiados (de hecho, a vender a sus paisanos la cuota que le asignó Bruselas). Los alemanes, gente seria que sólo se entusiasma cuando la Männschaft gana el Mundial, no se entusiasmaron mucho cuando supieron que tendrían que acoger nada menos que a un millón de refugiados.

Pero ya antes de llegar a Berlín los famosos refugiados habían causado problemas. En Croacia, en Hungría, en Eslovaquia, en Austria… ¿Es casualidad que esos refugiados causaran problemas precisamente en países católicos o que tradicionalmente lo habían sido? Como por ejemplo, rechazar alimentos de la Cruz Roja precisamente por la cruz (no si eran de la Media Luna Roja, a la que sí reconocían de los suyos). Bofetada añadida por Bruselas, que tiene a Viktor Orbán por el nom del porc y trata de fastidiarle todo lo que puede.

La pregunta del millón y que entonces no se hizo mucha gente es: ¿quiénes son estos refugiados? ¿Lo son, realmente? Hoy sabemos la respuesta: la gran mayoría no son refugiados. No huyen porque sean perseguidos en su propio país. Los cristianos masacrados sí lo hubieran sido, desde luego, dado que los persiguieron a causa de su religión. Pero estos no. Son inmigrantes y, por lo tanto, con un discutible derecho de asilo. Máxime cuando en las largas colas uno veía a muchachos en edad suficientemente militar. Pero es lógico: es más cómodo huir y vivir del cuento en otro país que no luchar por poder vivir en el tuyo. La guinda del pastel fueron los pasaportes falsos que se encontraron en poder de algunas de estas personas.

Las protestas contra Merkel arreciaron y se intentó el habitual y vulgar «racista» y «xenófobo» a quienes no aceptaban comerse sin más ese marrón. Se habló de «ultraderecha», se habló de PEGIDA… y así quedaron las cosas. Curiosamente aquí «no hubo preguntas, no hubo curiosos, nadie salió». Llegó un señor que dijo ser refugiado y apareció en la tele como que le habían dado trabajo en una población de Madrid. ¡Semos cojonudos! Luego parece que ese señor tuvo algún tipo de contacto con el ISIS. Y aunque él lo negó vehementemente, de pronto ya no estaba bien que saliese ese señor en la tele como prueba de lo cojonudos que semos.

Pero, como dice el dicho, the best was yet to come

Molenbeek me partió el corazón

Un antiguo residente reflexiona sobre sus encontronazos con el barrio más famoso de Bruselas.

Recomendado por Hermann Tertsch. Original aquí

Por Teun Voeten

11/21/15, 6:30 AM CET

El pasado sábado en París, en el Boulevard Voltaire, cerca del club Bataclan, me encontré mirando fijamente un charco de sangre. Me pregunté que estaba ocurriendo en el mundo y reenfoqué mi cámara en las consecuencias del terror. Cuando quedó claro que los ataques habían sido planeados en Molenbeek, no me sorprendió. Pero sí quedé muy sorprendido de que Bélgica hubiera quedado en estado de shock por la conexión entre ambos.

* * *

Consideré Molenbeek mi hogar durante nueve años. En 2005 era el barrio más asequible de la ciudad (debido, en gran parte, a su mala reputación). Mi apartamento, justo al otro lado del canal que divide la ciudad, está cerca del lugar en que vivían dos sospechosos del atentado de París y a la vuelta de la esquina en que se había estado alojando el terrorista del ataque frustrado del tren Thalys, en agosto.

Yo formaba parte de esa nueva hornada de jóvenes profesionales urbanos, mayoritariamente blancos y con estudios universitarios —lo que los belgas llamaban bobo, «bourgeois bohémien» (burgueses bohemios)— que se estableció en la zona por motivos prácticos. Teníamos buenas intenciones. Nuestro contratista se llamaba Hassan. Era marroquí y nosotros pensamos que eso era guay. Imaginábamos que un día nuestros hijos jugarían felizmente con los suyos en la calle. Esperábamos que no hubiera basura en la calle y que la delincuencia fuera de poca monta. Confiábamos en que nuestro bloque iría mejorando poco a poco y que nuestros apartamentos incrementarían su valor (incluso nos atrevimos a esperar que en el barrio abriese una galería de arte a la última o un bar de moda). Nos sentíamos como pioneros en el Lejano Oeste, como si estuviéramos viviendo en la avanzadilla de una sociedad multicultural.

Luces de Navidad en la municipalidad de Sint-Jans-Molenbeek (Molenbeek-Saint-Jean) in Bruselas, 16 de noviembre de 2015

Lentamente fuimos despertando a la realidad. Hassan resultó ser un granuja y desapareció con 95.000 euros, el presupuesto total que los propietarios habíamos aportado para la renovación de nuestro edificio. El barrio apenas era multicultural. Es más: con casi el 80 por ciento de su población de origen marroquí, era fatalmente conformista y homogéneo. Quizá hubiera una vibrante cultura alternativa en Casablanca o Marrakech, pero ciertamente no en Molenbeek.

Durante nueve años fui testigo de cómo paulatinamente la intolerancia crecía en el barrio. No se podía comprar alcohol en la mayoría de las tiendas y supermercados. Me contaron historias de fanáticos en la estación de metro de Comte des Flandres que presionaban a las mujeres para llevar el velo islámico. Proliferaron las librerías islámicas y acabó siendo imposible comprar un periódico decente. Con una tasa de desempleo del 30 por ciento, las calles estaban vacías hasta muy entrada la mañana. No había un solo bar o café en el que blancos, negros y morenos pudieran alternar socialmente. Antes al contrario: fui testigo de pequeños delitos, agresiones y de jóvenes frustrados que escupían a sus novias y las llamaban «sucias rameras». Si se lo hacías ver, te regañaban e inmediatamente te consideraban un racista. Las tiendas judías que solía haber en la Chausée de Gand fueron asaltadas por bandas de jóvenes y la mayoría cerró allá por 2008. Las personas abiertamente gays eran habitualmente intimidadas y también liaron el petate.

Finalmente, abandoné Molenbeek en 2014. No fue por miedo. Según recuerdo, la razón decisiva fue el encontronazo con un salafista, que intentó convertirme al Islam en la misma calle. Llegué a esta conclusión: no podía aguantar más viviendo en este barrio deprimido, indigente y fatalista

* * *

Pintadas en los muros, Molenbeek | Teun Voeten

¿Cómo ha llegado Molenbeek a convertirse en la base yihadista de Europa? Esencialmente, tiene que ver con la caótica situación política belga y la cultura de la negación que pervierte el debate sobre el Islam en el país. Molenbeek es una comunidad muy vivaz, con calles estrechas y una vida exterior muy activa. Hay una casa del té en cada esquina, una mezquita silenciosa en cada manzana, a las que acude la gente sin generar problemas de orden. Se alquilan apartamentos por un precio módico y con pocas preguntas. De la misma forma que la guerrilla se oculta en la jungla, los yihadistas se sienten seguros en la Kasbah de Molenbeek. La autopista y la estación internacional de ferrocarriles están a un tiro de piedra. Es una base logística perfecta.

Es casi imposible explicar esto a un forastero, pero Bélgica es un país que tiene seis gobiernos y Bruselas una ciudad con diecinueve alcaldías. La mayoría de esos puestos de trabajo administrativos no están ocupados por gente competente. Los servicios de seguridad están fragmentados y tienden a competir entre ellos. La falta de una autoridad fuerte y centralizada puede ser una de las peculiaridades de este país a veces encantadoramente disfuncional; pero tal y como ha quedado en evidencia tras muchos procesos judiciales fallidos —entre ellos, el de los «Asesinos de Brabante» o «Banda de Nijvel», que cometieron una serie de violentos atracos entre 1982 y 1985, o el escándalo de Marc Dutroux en 1995, por citar sólo dos—, crearon el terreno abonado en el que después creció el potencial terrorista.

Pero el factor más importante en Bélgica es la cultura de la negación. El debate político del país está dominado por una élite progresista complaciente, que cree firmemente que se puede diseñar y planificar una sociedad a medida. Los observadores que señalan verdades incómodas como el alto porcentaje de criminalidad entre los jóvenes marroquíes y las tendencias violentas en el Islam radical son acusados de ser propagandistas de la extrema derecha y son, por consiguiente, ninguneados y condenados al ostracismo.

Philippe Moureaux, exalcalde de Molenbeek | OLIVIER VIN/AFP/Getty

Se intenta oponer a este debate un discurso paternalista en el cual los jóvenes musulmanes radicales se ven, sobre todo, como víctimas de la exclusión social y económica. A su vez, ellos interiorizan este marco de referencia, por supuesto, porque atrae la simpatía de los demás y les libera a ellos de la responsabilidad por sus propias acciones. El antiguo alcalde socialista de Molenbeek, Philippe Moureaux, que gobernó el barrio como su feudo particular entre 1992 y 2012, perfeccionó esta cultura de la negación y es en gran medida responsable del actual estado de cosas en el barrio.

Dos periodistas informaron ya de la presencia de radicales islamistas en Molenbeek y del peligro que suponían. Ambos fueron víctimas de difamación. En 2006, Hind Fraihi, una joven flamenca de origen marroquí publicó un libro titulado «A escondidas en el Pequeño Marruecos: tras las puertas cerradas del Islam radical». Su comunidad la tildó de traidora; los medios progresistas la llamaron «espía» y «chica con problemas personales».

En 2008, a Arthur van Amerongen La Eurabia de Bruselas le echó encima alquitrán y plumas, y un diario francófono le llamó «fascista de Batavia». Cuando él y yo volvimos a Molenbeek en marzo pasado y yo describí aquello como un «enclave étnico y religioso y una comunidad parroquial cerrada» en una entrevista en el Brussel Daze Week, provocamos la ira de la Bélgica progresista y la consiguiente tormenta mediática.

Siempre me he tenido por defensor de los derechos humanos y de la dignidad humana, más allá de las categorías de «izquierda» o «derecha». De pronto, ahora soy tildado de agitador de la derecha. Para algunas personas me he convertido en un paria e incluso he perdido algunos amigos, que rechazan siquiera hablar conmigo.

Los problemas de Molenbeek son inmensos, problemas de verdadera escala global que trascienden los ámbitos municipal y nacional. No obstante, todavía hay esperanza. Tras mi entrevista, la actual alcaldesa Françoise Schepmans me invitó a una reunión del consistorio y tuvimos un debate abierto. Me convocaron para que defendiese mi postura en el centro cultural local De Vaartkapoen —una audiencia bastante hostil de 60 personas, muchos de los cuales sentían que yo había ofendido a su comunidad, pero que fueron educados y estaban interesados en que el debate tuviera lugar—. La semana pasada, como enseñé a las televisiones extranjeras que vinieron a mi antiguo barrio, la gente me saludó de la forma más cordial en la carnicería, en la panadería o en el bar al que solía ir.

Hay mucha gente decente en Molenbeek que quiere lo mejor para sus familias. Pero no deberíamos cerrar los ojos ante el hecho de que en su seno también encuentra refugio una peligrosa y muy profunda corriente subterránea de islamismo radical.

Teun Voeten es un antropólogo cultural y fotógrafo de guerra. Ha publicado libros sobre los sin techo de los bajos fondos de Nueva York, la guerra en Sierra Leona y o la violencia derivada de las drogas en México.

La noche cae en Molenbeek | Teun Voeten

Masacre

Salgo brevemente de mi letargo bloguero. Nuevamente estamos ante un brutal atentado islamista y nuevamente en París. Pero hoy no voy a decir gran cosa; y no lo haré porque sería repetirme. Repetiría todo lo que dije en mi serie de entradas sobre todos somos Charlie (hoy es el tout Paris).

Pero me imagino lo que sucederá. Volveremos a ver las mismas caras de palo en los líderes europeos, que correrán a París como un solo hombre a hacerse la foto y a mostrar su solidaridad (gratis). Volveremos a oír las mismas soplapolleces en politiqués («C’est un acte de guerre»). ¿Se acuerdan ustedes de la tradicional «serenidad y firmeza» de la que hacían gala nuestros ministros del Interior en los entierros de personas asesinadas por ETA, hoy convenientemente olvidadas por toda la casta política (desgraciadamente hay que incluir en ese grupito a los podemitas, que además los justifican)? Pues eso mismo, pero a nivel europeo. ¿Dónde estaban todos esos que hoy correrán a París cuando estas alimañas fanáticas asesinaban a los cristianos en Siria? Yo se lo voy a decir:

«Enterat» el ministeri
tot seguit s’ha compromès
«a tomar serias medidas»,
és a dir, a no fer res.

Agravante: se creó artificialmente la crisis humanitaria de los refugiados para que el mundo dejara de hablar de los cristianos sirios masacrados. La inacción de los poderosos del mundo ante tal barbarie estaba atrayendo una atención no deseada y había que distraer al respetable con otra cosa. Cualquiera, con tal de que los ciudadanos de a pie no nos llegáramos a preguntar por qué (esa peligrosísima pregunta en toda dictadura, blanda o dura). Hasta el Papa se tomó su tiempo para alzar la voz contra esa masacre, por cierto. Claro que con el trabajo que tiene en casa le queda poco tiempo para lo de fuera, al parecer.

Oiremos el mismo discursito sentimentaloide de tous sommes Paris. Y no oiremos qué medidas concretas van a tomar para combatir a estas alimañas fanáticas. Peor aún si tenemos en cuenta a una casta política que, como critica Zygmunt Bauman, no quiere comprometerse con nada y no sólo porque eso es contraproducente de cara a su propio país:

La principal técnica de poder es ahora la huida, el escurrimiento, la elisión, la capacidad de evitar, el rechazo concreto de cualquier confinamiento territorial y de sus engorrosos corolarios de construcción y mantenimiento de un orden, de la responsabilidad por sus consecuencias y de la necesidad de afrontar sus costos.

Esta nueva técnica de poder ha sido ilustrada vívidamente por las estrategias empleadas durante la Guerra del Golfo y la de Yugoslavia. En la conducción de la guerra, la reticencia a desplegar fuerzas terrestres fue notable; a pesar de lo que dijeran las explicaciones oficiales, esa reticencia no era producto solamente del publicitado síndrome de «protección de los cuerpos». El combate directo en el campo de batalla no fue evitado meramente por su posible efecto adverso sobre la política doméstica, sino también (y tal vez principalmente) porque era inútil por completo e incluso contraproducente para los propósitos de la guerra. Después de todo, la conquista del territorio, con todas sus consecuencias administrativas y gerenciales, no sólo estaba ausente de la lista de objetivos bélicos, sino que era algo que debía evitarse por todos los medios y que era considerado con repugnancia como otra clase de «daño colateral» que, en esta oportunidad, agredía a la fuerza de ataque. (Zygmunt Bauman, Modernidad líquida, FCE, 2000, p. 15 de la edición electrónica de 2015).

Así, pues, aun lamentando el asesinato de esas personas inocentes, me niego a sumarme a la hipocresía de los mecheritos, de las velitas, de las frases grandilocuentes y vacías, que no van acompañadas de acción alguna porque en ningún momento se tuvo el propósito de que fuera así. En este sentido, es justo que una sociedad incapaz de defender su modo de vida y de ser y estar en el mundo desaparezca. Máxime cuando en su seno pululan elementos para quienes, como dice Federico, «todo lo que suponga la destrucción de Occidente, de sus instituciones antiguas y modernas, es más que justo». Y que además lo predican en nombre de la libertad de expresión.

Para los demás, aunque ahora no quieran saberlo, si esto sigue por donde va, tarde o temprano llegará la hora de defenderse. Y los sofistas que ahora nos venden su argumentario de tres al cuarto habrán desaparecido. Como también los mercachifles que con una mano hacen buenos negocios de tráfico de armas y con la otra predican el pacifismo. Estaremos solos.

Lo que no cabe en una foto (II)

Pregunta del millón: ¿se hubiera podido evitar esta avalancha? Respuesta: Afirmativo. ¿Por qué? Porque no se han combatido dos elementos fundamentales de esta invasión: la lucha contra las mafias de tráfico de personas en primer lugar. No es un problema nacional, sino internacional; y en el que lo primero que salta a la vista es la inoperancia de la ONU, que se dedica a tronar desde Nueva York y cuando nadie la ve hace caja con las desgracias de todos. Cómo será cuando Robin Wright, una estrella del cine y de la televisión, puede llegar a decir Fuck you! a esos culos gordos…

Y en segundo lugar, la cobardía de Occidente —especialmente de Europa— a la hora de tomar decisiones difíciles e impopulares. En el caso de Europa, por desgracia, definen en qué se ha convertido: en un Inmenso mercado donde algunos sacan pingües beneficios del sus negocios. Eso sí, si ustedes preguntan: «Oigan, ¿y no deberíamos mandar soldados allí para acabar de una vez por todas con el problema?», deben saber que la respuesta invariablemente será algo como esto: «¿Nosotros? ¿Soldados? Ni hablar. Somos comerciantes y amantes de la paz. Que se maten entre ellos». Mandar soldados es muy caro y en las guerras muere gente. Nadie lo soportaría. «¡No a la guerra!». El incidente del yihadista en el tren francés habla suficientemente claro en este sentido.

Por si algo faltara, las cosas ya no son como antes. Los USA se han hartado de hacer de gendarme del mundo (la última vez, en Sarajevo). Primero, porque Europa, a la que hasta ahora habían sacado las castañas, no deja de llamarlos «chulos imperialistas». Y segundo, porque dirigidos por un socialista europeo como es Obama, ya tienen bastantes problemas internos como para ocuparse de los demás. Rota esa relación transatlántica que funcionó tan bien durante 70 años, Europa es más débil y menos segura. Y tanto «No a la guerra» ha impedido que Europa cree un ejército digno de tal nombre, que se ocupe de lo que se ocupan todos los ejércitos: de defender sus fronteras (toda vez que fronteras interiores no hay) y de ayudar a mantener la paz y la seguridad en el mundo.

Los movimientos de izquierda añaden a la cuestión su granito de arena y su pacifismo selectivo. Los mismos que son capaces de aplaudir con las orejas que una adversaria política reciba una paliza propinada por tres energúmenos son igualmente capaces de llamarle a uno «racista» y «xenófobo» por negarse a acoger sin más a esa gente, intentando poner un poco de cabeza. Suenan como esas beatas parroquiales que daban limosna a condición de que uno no saliese de pobre, para poder así acallar su conciencia de esposas de clase alta.

No menos lamentables son sus críticas a Alemania, que finalmente ha tenido que coger el toro del liderazgo por los cuernos y asumirlo en solitario, al no tener a nadie con quien compartirlo. Francia hubiera sido una buena opción si el Palais de Matignon no lo ocupara un señor (de izquierdas) más preocupado por sus líos de faldas que por los graves problemas que aquejan a Europa. Y los otros países, muy valientemente le han dicho a Merkel: «Ve tú delante, que lo haces mejor». A veces dan ganas de coger a esta izquierda cateta y troglodita y desterrarla a Morolandia una buena porción de años, los justos para que nos recuperemos de tanto relativismo, feminismo, tanto animalismo y tanto pacifismo selectivo que son su marca de la casa y tras los que esconden su odio y resentimiento a todo el mundo en general y a los que tienen más que ellos en particular.

Lo que no cabe en una foto

Permítanme ustedes que tome prestada parte del título de uno de los Editoriales del ABC de hoy para iniciar mi entrada.

Titula el rotativo y digital: «La tragedia siria no cabe en una foto». Desde luego que no. Los miles de destinos truncados en el país de origen corren como gallinas sin cabeza —pero con instinto de supervivencia— hacia Europa y no caben en la foto. La foto del niño muerto, Aylan, ha dado la vuelta al mundo. Tiempo suficiente para que los biempensantes se escandalicen y digan: «¡¡Oooooohhh!! ¡¡Qué horror!!». Acabada la vuelta al mundo, como diría Mahler,

Die Predigt hat g’fallen
Sie bleiben wie alle.

Y a otra cosa. Eso sí: a diferencia de otras veces, no he visto salir a la calle gente con pancartas del estilo «Todos somos Aylan» (se conoce que la cosa se agotó con los charlies y los excaliburs). Por supuesto, se ha incorporado otra expresión al vocabulario políticamente correcto: crisis migratoria. Nos reíamos de la censura franquista cuando llamaba a las huelgas conflictos colectivos y ahora nos enfrentamos a la misma censura, travestida de neolengua. Pero si hay algo que a los medios no les está permitido y sobre todo en casos como éste, es seguir las enseñanzas de Juan de Mairena:

—Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: «Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa».

El alumno escribe lo que se le dicta.

—Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.

El alumno, después de meditar, escribe: «Lo que pasa en la calle».

Mairena. —No está mal

Pero quiá. El periodismo está en crisis (¿?) y hay que vender (razón de ser de cualquier empresa). Para ello mismo vale la foto de ese niño como la de los cadáveres descuartizados de una guerra como las imágenes de hambruna en el África subsahariana. Todo ello a la hora de comer, siempre eficaz. Es sabido que la repetición machacona de semejante colección de imágenes acaba embotando la sensibilidad y/o provocando rechazo y cambio de canal. Pero a los medios les da igual, porque parece que con eso ya cumplen su deber moral.

Volviendo a la expresión «crisis migratoria», no es que sea mentira. Pero no nos cuenta toda la verdad, sino que la oculta a varios niveles. Primero, porque es mucho más que una crisis migratoria. Esas personas que aporrean la puerta de Europa vienen huyendo de una guerra. Guerra entre Bashar Al-Assad y el autodenominado Estado Islámico. Pero junto con esas personas también va camuflada otra clase de gente: según parece, yihadistas con pasaportes sirios robados, que son la primera preocupación de Europa, lo que hace que tampoco podamos hablar de «crisis migratoria» sensu stricto… sino de invasión.

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