Molenbeek me partió el corazón


Un antiguo residente reflexiona sobre sus encontronazos con el barrio más famoso de Bruselas.

Recomendado por Hermann Tertsch. Original aquí

Por Teun Voeten

11/21/15, 6:30 AM CET

El pasado sábado en París, en el Boulevard Voltaire, cerca del club Bataclan, me encontré mirando fijamente un charco de sangre. Me pregunté que estaba ocurriendo en el mundo y reenfoqué mi cámara en las consecuencias del terror. Cuando quedó claro que los ataques habían sido planeados en Molenbeek, no me sorprendió. Pero sí quedé muy sorprendido de que Bélgica hubiera quedado en estado de shock por la conexión entre ambos.

* * *

Consideré Molenbeek mi hogar durante nueve años. En 2005 era el barrio más asequible de la ciudad (debido, en gran parte, a su mala reputación). Mi apartamento, justo al otro lado del canal que divide la ciudad, está cerca del lugar en que vivían dos sospechosos del atentado de París y a la vuelta de la esquina en que se había estado alojando el terrorista del ataque frustrado del tren Thalys, en agosto.

Yo formaba parte de esa nueva hornada de jóvenes profesionales urbanos, mayoritariamente blancos y con estudios universitarios —lo que los belgas llamaban bobo, «bourgeois bohémien» (burgueses bohemios)— que se estableció en la zona por motivos prácticos. Teníamos buenas intenciones. Nuestro contratista se llamaba Hassan. Era marroquí y nosotros pensamos que eso era guay. Imaginábamos que un día nuestros hijos jugarían felizmente con los suyos en la calle. Esperábamos que no hubiera basura en la calle y que la delincuencia fuera de poca monta. Confiábamos en que nuestro bloque iría mejorando poco a poco y que nuestros apartamentos incrementarían su valor (incluso nos atrevimos a esperar que en el barrio abriese una galería de arte a la última o un bar de moda). Nos sentíamos como pioneros en el Lejano Oeste, como si estuviéramos viviendo en la avanzadilla de una sociedad multicultural.

Luces de Navidad en la municipalidad de Sint-Jans-Molenbeek (Molenbeek-Saint-Jean) in Bruselas, 16 de noviembre de 2015

Lentamente fuimos despertando a la realidad. Hassan resultó ser un granuja y desapareció con 95.000 euros, el presupuesto total que los propietarios habíamos aportado para la renovación de nuestro edificio. El barrio apenas era multicultural. Es más: con casi el 80 por ciento de su población de origen marroquí, era fatalmente conformista y homogéneo. Quizá hubiera una vibrante cultura alternativa en Casablanca o Marrakech, pero ciertamente no en Molenbeek.

Durante nueve años fui testigo de cómo paulatinamente la intolerancia crecía en el barrio. No se podía comprar alcohol en la mayoría de las tiendas y supermercados. Me contaron historias de fanáticos en la estación de metro de Comte des Flandres que presionaban a las mujeres para llevar el velo islámico. Proliferaron las librerías islámicas y acabó siendo imposible comprar un periódico decente. Con una tasa de desempleo del 30 por ciento, las calles estaban vacías hasta muy entrada la mañana. No había un solo bar o café en el que blancos, negros y morenos pudieran alternar socialmente. Antes al contrario: fui testigo de pequeños delitos, agresiones y de jóvenes frustrados que escupían a sus novias y las llamaban «sucias rameras». Si se lo hacías ver, te regañaban e inmediatamente te consideraban un racista. Las tiendas judías que solía haber en la Chausée de Gand fueron asaltadas por bandas de jóvenes y la mayoría cerró allá por 2008. Las personas abiertamente gays eran habitualmente intimidadas y también liaron el petate.

Finalmente, abandoné Molenbeek en 2014. No fue por miedo. Según recuerdo, la razón decisiva fue el encontronazo con un salafista, que intentó convertirme al Islam en la misma calle. Llegué a esta conclusión: no podía aguantar más viviendo en este barrio deprimido, indigente y fatalista

* * *

Pintadas en los muros, Molenbeek | Teun Voeten

¿Cómo ha llegado Molenbeek a convertirse en la base yihadista de Europa? Esencialmente, tiene que ver con la caótica situación política belga y la cultura de la negación que pervierte el debate sobre el Islam en el país. Molenbeek es una comunidad muy vivaz, con calles estrechas y una vida exterior muy activa. Hay una casa del té en cada esquina, una mezquita silenciosa en cada manzana, a las que acude la gente sin generar problemas de orden. Se alquilan apartamentos por un precio módico y con pocas preguntas. De la misma forma que la guerrilla se oculta en la jungla, los yihadistas se sienten seguros en la Kasbah de Molenbeek. La autopista y la estación internacional de ferrocarriles están a un tiro de piedra. Es una base logística perfecta.

Es casi imposible explicar esto a un forastero, pero Bélgica es un país que tiene seis gobiernos y Bruselas una ciudad con diecinueve alcaldías. La mayoría de esos puestos de trabajo administrativos no están ocupados por gente competente. Los servicios de seguridad están fragmentados y tienden a competir entre ellos. La falta de una autoridad fuerte y centralizada puede ser una de las peculiaridades de este país a veces encantadoramente disfuncional; pero tal y como ha quedado en evidencia tras muchos procesos judiciales fallidos —entre ellos, el de los «Asesinos de Brabante» o «Banda de Nijvel», que cometieron una serie de violentos atracos entre 1982 y 1985, o el escándalo de Marc Dutroux en 1995, por citar sólo dos—, crearon el terreno abonado en el que después creció el potencial terrorista.

Pero el factor más importante en Bélgica es la cultura de la negación. El debate político del país está dominado por una élite progresista complaciente, que cree firmemente que se puede diseñar y planificar una sociedad a medida. Los observadores que señalan verdades incómodas como el alto porcentaje de criminalidad entre los jóvenes marroquíes y las tendencias violentas en el Islam radical son acusados de ser propagandistas de la extrema derecha y son, por consiguiente, ninguneados y condenados al ostracismo.

Philippe Moureaux, exalcalde de Molenbeek | OLIVIER VIN/AFP/Getty

Se intenta oponer a este debate un discurso paternalista en el cual los jóvenes musulmanes radicales se ven, sobre todo, como víctimas de la exclusión social y económica. A su vez, ellos interiorizan este marco de referencia, por supuesto, porque atrae la simpatía de los demás y les libera a ellos de la responsabilidad por sus propias acciones. El antiguo alcalde socialista de Molenbeek, Philippe Moureaux, que gobernó el barrio como su feudo particular entre 1992 y 2012, perfeccionó esta cultura de la negación y es en gran medida responsable del actual estado de cosas en el barrio.

Dos periodistas informaron ya de la presencia de radicales islamistas en Molenbeek y del peligro que suponían. Ambos fueron víctimas de difamación. En 2006, Hind Fraihi, una joven flamenca de origen marroquí publicó un libro titulado «A escondidas en el Pequeño Marruecos: tras las puertas cerradas del Islam radical». Su comunidad la tildó de traidora; los medios progresistas la llamaron «espía» y «chica con problemas personales».

En 2008, a Arthur van Amerongen La Eurabia de Bruselas le echó encima alquitrán y plumas, y un diario francófono le llamó «fascista de Batavia». Cuando él y yo volvimos a Molenbeek en marzo pasado y yo describí aquello como un «enclave étnico y religioso y una comunidad parroquial cerrada» en una entrevista en el Brussel Daze Week, provocamos la ira de la Bélgica progresista y la consiguiente tormenta mediática.

Siempre me he tenido por defensor de los derechos humanos y de la dignidad humana, más allá de las categorías de «izquierda» o «derecha». De pronto, ahora soy tildado de agitador de la derecha. Para algunas personas me he convertido en un paria e incluso he perdido algunos amigos, que rechazan siquiera hablar conmigo.

Los problemas de Molenbeek son inmensos, problemas de verdadera escala global que trascienden los ámbitos municipal y nacional. No obstante, todavía hay esperanza. Tras mi entrevista, la actual alcaldesa Françoise Schepmans me invitó a una reunión del consistorio y tuvimos un debate abierto. Me convocaron para que defendiese mi postura en el centro cultural local De Vaartkapoen —una audiencia bastante hostil de 60 personas, muchos de los cuales sentían que yo había ofendido a su comunidad, pero que fueron educados y estaban interesados en que el debate tuviera lugar—. La semana pasada, como enseñé a las televisiones extranjeras que vinieron a mi antiguo barrio, la gente me saludó de la forma más cordial en la carnicería, en la panadería o en el bar al que solía ir.

Hay mucha gente decente en Molenbeek que quiere lo mejor para sus familias. Pero no deberíamos cerrar los ojos ante el hecho de que en su seno también encuentra refugio una peligrosa y muy profunda corriente subterránea de islamismo radical.

Teun Voeten es un antropólogo cultural y fotógrafo de guerra. Ha publicado libros sobre los sin techo de los bajos fondos de Nueva York, la guerra en Sierra Leona y o la violencia derivada de las drogas en México.

La noche cae en Molenbeek | Teun Voeten

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2 comentarios en “Molenbeek me partió el corazón

  1. Pingback: “Libertad de explosión” (I) – El cántaro del Aguador

Gotas que me vais dejando...

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