Estación Aborto: final de trayecto


Sepan ustedes que en las Batuecas disponemos de una red ferroviaria que, salvo imponderables (más o menos evitables), funciona correctamente. Los trenes llegan y salen a su hora y, salvo huelgas en que el ciudadano es tomado de rehén, no hay incidencias remarcables de servicio. Además, resulta que ahora te avisan de las estaciones, ya sea por megafonía o por letreros deslizantes, lo cual ayuda mucho a un servidor de ustedes, que en materia de viajes tiene la suerte del pupas.

Dentro de nuestra red ferroviaria, pues, hay un trayecto cuyo tren está últimamente de moda. Es el tren del aborto, que ya no chárter abortivo, que decían que tomaban las señoritas bien del franquismo para abortar en Londres en los llamados 40 años. Y hay todo un resentimiento de clase baja, que sale a poco que uno rasque: «¡Cuando el franquismo sólo las niñas ricas podían abortar!». Pero claro, esas personas, resentidas sociales, venden el aborto como un derecho y no como lo que realmente es, a saber, un asesinato (u homicidio con agravantes).

Sentado esto, sigamos un viaje virtual montados en ese tren. Lo primero de todo es que no hay obligación ninguna de subirse a ese tren. Pero una pareja (no una mujer, como pretenden las feminazis) se sube a ese tren, probablemente, por una sola razón: el puro fornicio, que es tan placentero. ¿Y cómo va a ser malo algo que da tanto placer? Aquí es donde primero habría que echar el freno. Pero por desgracia, en el momento de subirse al tren lo que se echa (y en falta) es una educación, un dominio de los instintos fundamentales de la persona. Estoy ya oyendo a los frívolos: «Eres un reprimido y un represor sexual (añadamos «nacionalcatólico» en España, aunque fuera de las Batuecas la argumentación es parecida, con sus adaptaciones). Todos los tópicos, incluida la confusión entre la libertad y el libertinaje, van embutidos en este momento de subirse al tren. Frente al «debes respetar tu cuerpo y usarlo con cuidado», el «yo hago con mi cuerpo lo que me da la gana». La libertad es «absoluta» y «no tiene cortapisas». Perfecto. Muy dentro del programa masónico que denunciábamos aquí y aquí. La educación es más costosa en términos de esfuerzo actual, pero a largo plazo más económica.

Muy bien. Subidos en el tren del libertinaje «de la libertad» porque se ha renunciado de plano a dominar los instintos (o a enseñar a redirigir toda esa energía), seguimos viaje. Aquí, todo lo más, nos encontramos con las «precauciones»: «ya que de todos modos (¿?) van a fornicar, que tomen precauciones». Que sí, que hay mucha información y por lo menos, ya que lo van a hacer, que sepan dónde se meten. Así que nuestra pareja se dispone a entrar en faena con las precauciones puestas: pastilla anticonceptiva ella, preservativo él. Normalmente no los dos a la vez, sino sólo uno de ellos.

Ok. El sexo ha sido fantástico: hasta aquí nada que objetar. Se puede repetir, incluso. Lo bueno (recordemos que lo que da placer no puede ser malo, y lo que da mucho placer menos aún), si repetible, dos veces bueno. Es el paraíso, la repera en patinete, la repanocha, la fusión atómica. Pero, como se sabe, no hay paraíso que no tenga su serpiente, aunque en este caso ya actuó en el momento de subirse al tren, «incitando a comer del fruto prohibido». Y todos sabemos lo que es una fusión atómica: que al igual que la fisión, desencadena una reacción en cadena y una increíble liberación de energía. Y eso es lo que puede ocurrir en el caso de nuestra pareja si las «precauciones» fallan. Porque pueden fallar, desde luego: la pastilla puede no funcionar en seguida o no funcionar en absoluto. Y el condón puede romperse o quedarse dentro de la vagina de la chica.

En este momento (segunda estación) comienzan las oraciones: «que no me quede preñada, Dios mío, que no me quede preñada». Entra en juego también la llamada píldora del día después, que las farmacias pueden (si no me equivoco) dispensarlas sin receta y las adolescentes tomarlas sin conocimiento (y por tanto consentimiento) de los padres. Por otro lado, también tengo entendido (y que algún licenciado en Farmacia me corrija) que la píldora del día después es un cóctel de hormonas más peligroso que su homónimo Molótov. No sólo porque tiene efectos inmediatos nada deseables, sino porque a largo plazo lo que provoca es una esterilización de facto de la mujer.

Pongamos que falla la famosa PDD (tercera estación). Aparecen en este horizonte dos palabras: «Estoy preñada». Parafraseando a Jorge Manrique, «aquí van los discursillos a se acabar y se consumir». Lo de «Yo me acuesto con quién me da la gana», que es un postulado general y «de ambiente» queda ya muy lejos. Ahora ya tenemos un problema individual e intransferible: una mujer (o adolescente) que está gestando un ser en su vientre. Aquí ya empezamos a ver cosas raras. Siguiendo el símil ferroviario, el socialismo feminazi borra de un plumazo al hombre. No importa si quiere acompañar o no a la mujer: le cambian de vagón o directamente le dan la patada con el tren en marcha. Deciden que el hombre «es un perro» (adjetivo, que no sustantivo) y le hacen desaparecer de la ecuación, liberándole de paso de la responsabilidad por su acto.

El tren sigue camino, ¿y qué tenemos? Bien, tenemos a la mujer (o adolescente) gestando algo en su vientre. Las feminazis se han librado del hombre apelando al hecho de que «no puede intervenir porque no es él quien se embaraza»; así que ahora, para acabar del todo con el problema hay que librarse de eso que la mujer lleva en su vientre. Para ello, en primer lugar hay que vencer los escrúpulos morales de la embarazada, que no nacen de ningún concepto religioso, sino de su natural instinto maternal y de protección de una vida tanto más indefensa cuanto que está en formación. Para algunas mujeres no es difícil, sobre todo si ven que «un crío pudiera dificultar su ascenso al estrellato profesional», tomar esa decisión a sangre fría. Pero para el común de las mujeres hay que usar otra argumentación: «Lo que tienes en tu vientre no es más que un conjunto de células. No es vida. Puedes quitarte ese apéndice cuando quieras». Por supuesto, eso es mentira. El feto es vida desde el momento en que el óvulo es fecundado por el espermatozoide, como han demostrado las últimas investigaciones médicas.

Ítem más. Si estamos ante un embarazo adolescente, hay que aprovechar el miedo de la embarazada a no poder con la responsabilidad y la crianza de la criatura que venga. Casi seguro que no se lo ha contado a sus padres, así que se está enfrentando sola a la circunstancia. Y en ese trance nunca falta un «buen» amigo o amiga que le aconseja «quitarse la barriga». O tal vez se trata de un embarazo deseado, en el que salen unas pruebas de amniocentesis con resultado falso y que sirven de base al médico abortista para sugerir semejante solución. Por eso las feminazis rabian y patalean cuando a las muchachas que van a abortar alguien les enseña el resultado de la acción que van a cometer: se les enseña la verdad material, algo que aquéllas no pueden resistir. Ninguna mentira puede competir con ventaja por mucho tiempo contra la verdad, por más que la mentira viaje en avión y la verdad vaya a pie.

Llegamos ya a final de trayecto. El aborto, en las circunstancias actuales, no es buen negocio para la mujer embarazada. Fundamentalmente, porque como hemos señalado, va contra su propio instinto maternal. Segundo, porque es una liberación artificial de la responsabilidad por sus actos y un seguro para la permanencia en el reino de Peter Pan. Por no hablar de daños psicológicos bien documentados en no pocas mujeres abortantes. Pero ese hecho no es un argumento de peso para esas feminazis.

¿Para quién es buen negocio? Cui bono fuit? Ésa es la gran pregunta, sobre cuya respuesta se extiende aún una gran penumbra. En mi modesta opinión existen dos clases de beneficiarios: los económicos y los políticos. Entre los primeros, directa y claramente las clínicas de la mal llamada «planificación familiar». Y por lo que un servidor de ustedes sabe, las empresas cosméticas aprecian mucho esos restos para sus “colágenos”, “cremas de rejuvenecimiento” y similares. También y según parece, algunas fabricantes de refrescos estarían en la lista de recipiendarios. La pregunta es: ¿cuántos miles de abortos son necesarios para que esa macabra colaboración resulte rentable?

Entre los segundos, que son mucho más peligrosos, está todo un conglomerado de lobbies cuyo objetivo último es la destrucción de la sociedad, comenzando por la organización social más natural, a saber, la familia. Ya lograron que aceptáramos con «normalidad» la posibilidad del divorcio exprés. Se ha conseguido también que se llame familia a cualquier clase de unión de personas. Incluso el hoy famoso informe Lunacek trabaja en esa dirección. En España remacharon ese clavo con la infame LIVG (aprobada por unanimidad en 2004), que elimina la presunción de inocencia para «el hombre» y establece correlativamente una serie de injustos privilegios para «la mujer». El siguiente paso era el aborto. Prevalece la libertad de la mujer sobre la protección de una vida indefensa en formación. ¿Y el tercero? Como son ustedes inteligentes, habrán adivinado que se trata de la eutanasia. La razón es simple: «los viejos, los locos y los ejemplares defectuosos cuestan carísimo al sistema de seguridad social».

Éste es, en mi modesta opinión, el panorama del aborto más o menos «normal» (dentro de lo «normal» que el aborto pueda ser). No se dejen engañar por la falacia de hacer pasar por habituales los supuestos que la propia legislación considera como extraordinarios. Basándome en todo ello, yo digo «no al aborto». Y, sobre todo, «no con mi dinero». Si de todos modos la persona va a abortar, que se lo pague de su bolsillo. Si es libre, ha de ser responsable también. La libertad sin responsabilidad no significa absolutamente nada.

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