Juantxo (II)

En esta entrada, hace ya nada menos que doce años, hablaba yo con alguien acerca del problema terrorista. Permítanme la larga autocita:

El caso es que comentando con él acerca del tema de la ETA, me dijo unas palabras que no recuerdo en su exactitud, pero sí se me quedó grabada la idea: “Como no os andéis con cuidado, en 30 años tendréis el mismo problema que nosotros”. Yo, confiado de mí, le repliqué que eso no podía ser porque Pujol había cortado de raíz el conato de “crecimiento” de Terra Lliure (movimiento terrorista catalán de corto vuelo), que estaban cerca las Olimpiadas y que la lluvia de millones que iba cayendo en Barcelona no se iba a cortar por las bombas de cuatro descerebrados. Le vine a decir, en suma, que atendiendo a la situación política y económica del momento, no era imaginable que se diese alas a un grupo terrorista independentista. Juantxo insistió en sus palabras y yo, aunque finalmente le di la razón, pensé: “Largo me lo fiáis…”.

Decía yo en mi entrada que «estas palabras resultaron proféticas». Han pasado ya 27 años, si contamos desde 1992; y hoy, quizá, son «proféticas» con más motivo que entonces. Entonces se trataba apenas de unas pintadas en el domicilio de un diputado de C’s. Hoy ya hablamos de huevos de serpiente. No existe el pujolismo, ni el «normal» ni el «sector negocis» (buena parte de él criando malvas o en prisión); pero ha dejado una herencia terrible, que sus sucesores de todos los colores permitidos en tierras catalanas se han encargado de cuidar y proteger.

Hasta que, en estos últimos días, hemos comprobado que ha dado un esplendoroso fruto: siete Mossos vinculados con los CDR han sido enviados a prisión incondicional por el juez García Castellón por presunto delito de terrorismo. Lo chusco del caso es que la Guardia Civil tuvo que operar engañando a los Mossos y sin comunicarse la operación al ministro Marlasca, que montó en cólera porque a su vez Sánchezstein desde Nueva York le abroncó al ser preguntado por un periodista y dejarle sin palabras. Era obvio que la Benemérita no quería que se repitiera la historia del Faisán.

Recuerdo muy bien cómo en la Facultad de Derecho nos machacaban el carácter de ultima ratio del Derecho Penal en un Estado democrático. Lo cual supone ya un problema: si verdaderamente es ultima ratio, la intervención de García Castellón significa que en este asunto ha fallado todo lo demás. O, más exactamente, que no se ha aplicado todo lo demás en absoluto. Es decir, todo lo que no dependía de la justicia. De hecho, desde que llegó Pujol a la poltrona, en 1980, consiguió una especie de carta blanca para moldear Cataluña a su antojo tras echar a patadas a Tarradellas.

¿Y qué ha fallado? Básicamente tres cosas, que justamente son aquellas en que la izquierda domina prácticamente en su totalidad y que de hecho conforman el futuro de un país: la educación, la cultura y la comunicación. Baste señalar, para terminar esta parte de la entrada, que fue Aznar, al entregar a la Generalitat la competencia de Educación, el que con ese gesto dio el visto bueno a todo lo que hasta ese momento era ilegal en las escuelas catalanas. De lo demás hablaremos en la segunda parte.

Centrar la mirada

Bueno, pues ya tenemos a la vista los cuartos comicios en cuatro años. Suena a repetición de videojuego, toda vez que hoy sabemos que Sánchezstein tuvo claro el día 29 de abril pasado que esos resultados no le gustaban y quería repetir hasta que le saliesen los números. Mientras tanto y desde esa fecha ha ido pasando pantallas y mareando la perdiz con los tirios y troyanos con los que creía poder congeniar. Ha resultado que el chantaje que pretendía («me das el gobierno de gratis o elecciones») a izquierdas y a derechas no ha funcionado.

Mientras los periodistas se esfuerzan en analizar las olas, nosotros queremos descender un poco más. Para ello tendremos que realizar dos distinciones con carácter previo, para no perdernos. La primera de ellas es que, a diferencia de lo que los periodistas, escritos o radiofónicos, machacan todos los días, hoy no existe diferencia alguna entre izquierdas y derechas. Ni siquiera a efectos didácticos o «para que me entiendas». Hemos visto a la izquierda y a la derecha en el poder. Y uno no puede dejar de recordar las frases finales de Rebelión en la granja; o si acudimos al acervo patrio, al celebrado chiste de Chumy Chúmez acerca de la disyuntiva «yo o el caos», que es atemporal y por desgracia, hoy más actual que nunca. En España lo que se denomina «izquierda» (por lo menos la «rentable», la que no sueña con «tomar el Palacio de Invierno»), es socialdemócrata. Y lo que se denomina «derecha», después del sorayomarianismo, también. Lo que hemos visto estos últimos años es que la «izquierda» ha marcado la política y la «derecha», aparte de arreglar un poco la maltrecha caja común, la ha seguido como un corderito y sin desviarse un milímetro.

Si mantenemos esa distinción, seguramente percibiremos una especie de «bloques» más o menos estables, que en estas elecciones subirá uno unos pocos escaños y otro bajará unos pocos escaños también, o viceversa. Y todo parecerá igual. Sin embargo, si uno cambia la lente, la imagen cambiará también considerablemente. Hagamos la pregunta del millón: de los cinco partidos que aspiran a llegar a Moncloa, ¿cuántos están vendidos a las agencias mundialistas y están dispuestos a ser sus más rendidos y eficientes servidores en la aplicación de los idearios y programas de aquéllas? Es una pregunta incómoda, pero que despeja el panorama de una manera increíble. La respuesta, salvo error u omisión, es hoy una: todos menos uno. Sólo hay uno que, por ahora y a pesar de ocasionales tropiezos y numeritos, presenta un discurso con un mínimo de robustez intelectual frente a esa agenda mundialista. Los demás, cada uno por sus razones, tragan con las agendas y programas de fuera. Por tanto, la distinción correcta, en mi opinión, es la que divide a «mundialistas» y a «no mundialistas». Lo otro es per a la canalleta.

La segunda distinción es también interesante a la luz de lo que está ocurriendo. Distinguimos entre «mandar» y «gobernar». Por desgracia nuestros políticos, con las debidas excepciones, quieren más «mandar» que «gobernar». «Mandar», en el sentido que pretendemos darle aquí, significa únicamente estar en lo alto del tótem con dos fines: el primero, figurar, «entrar en la historia» (aunque sea de la infamia) y cobrar la suculenta pensión que va aparejada al cargo de Presidente, Ministro o Secretario de Estado. Los «simples señorías» del Poder Legislativo tienen que sudar un poco más, pero no mucho: les bastan dos legislaturas completas (8 años) para cumplir con sus derechos pasivos máximos.

«Gobernar», por el contrario, es algo menos vistoso y más desagradable. Generalmente, el que «manda» está exento de esta parte. «Aparta de mí, Señor, este cáliz», reza la mayoría de ellos, temerosos. «Gobernar» significa que uno sabe que se debe al país al que gobierna y no a los intereses bastardos de otras naciones a las que les interesa que el país de uno esté en la mierda porque de otro modo les haría sombra. Sabe que debe tomar decisiones difíciles y que muchas veces tienen un coste político aunque sean por el bien del país –no, por tanto, del suyo propio o del de su partido–. Significa que acepta su responsabilidad frente a su pueblo, que son todos, no sólo los que le han votado.

Lo he dicho algunas veces y aquí lo volveré a repetir: hoy en España, con las debidas excepciones, no tenemos estadistas. Tenemos cortesanos e intrigantes de medio pelo que lo único por lo que se mueven es por proteger su canonjía. Gente ansiosa por mandar, no importa si motu proprio o como personas interpuestas. Tenemos títeres, manejados por titiriteros cuya partida se juega en otro tablero y a más alto nivel. Vamos, que los dimes y diretes de unos u otros, las idas y venidas de los hotros y de los hunos, como dijera la gran Luz Casal, «no me importan nada». Bueno, a mí y a mucha otra gente que no se cree la farsa de la «fiesta de la democracia»…

Tú juegas a quererme,
yo juego a que te creas que te quiero.
Buscando una coartada,
me das una pasión que yo no espero
Y no me importa nada

Tú juegas a engañarme,
yo juego a que te creas que te creo
Escucho tus bobadas
Acerca del amor y del deseo…

Sustituyan las palabras allí donde corresponda y tendrán la actitud general del censo electoral, excluidos naturalmente los militantes y los simpatizantes. A los trolls no los cuento porque se suelen vender al mejor postor.

Juicio al símbolo

Pues nada. Que ahora, para distraer al personal, el Gobierno se ha inventado la treta de desempolvar el caso de la Púnica, que creíamos que la cosa había acabado con Paquito Granados y sus conexiones diversas.

De pronto, resulta que no. Resulta que hay elecciones –pese a los dimes y diretes de unos y otros– el 10 de noviembre y el Gobierno de la pesoe, siempre presto al juego sucio (éste, además, a varias bandas), ha sacado a pasear el tema de la Púnica, que dormía desde hace varios años en los cajones de la Audiencia Nacional. Hay que perjudicar «al PP», ya sea por medios legales o leguleyos. Poco importa que después a los imputados les absuelvan de sus cargos. Lo importante en realidad es la impresión que queda tras el circo mediático: «PP, ¡qué corruptos! ¿Pues sabes qué? No les voto». Ése es el resultado que se busca con esa jugada sucia.

¿Y qué mejor manera que resucitar un caso en los Tribunales? Parece ser que en estos casos hay siempre una toga dispuesta a hacer el favor. Estaría bien saber por qué un juez que pasaba por serio, como Manuel García Castellón (el instructor del caso Banesto, por recordar uno de los casos famosos de la AN), se ha prestado a hacer el favor. Quizá lo que chirría no es tanto el hecho (las imputaciones) como el momento. La pregunta es: ¿qué le prometieron o con qué le amenazaron? ¿Una silla en el TS o en el TC? De amenazas prefiero no suponer nada, porque, como todo el mundo sabe, «la Justicia es independiente, inamovible, responsable y sometida únicamente al imperio de la Ley» (1 LOPJ). En  cualquier caso, sabremos qué pasará si Sánchezstein gana las elecciones.

«¿Y a quién vamos a pringar? A Díaz Ayuso no, que se defendió como una leona, dejando a Errejoncito como un soufflé aplastado y como un cerdo machista. Venga, va: vamos a sacar muertos del armario». Y de esta manera sacan a pasear a Esperanza Aguirre –por enésima vez– y a Cifuentes, a ver si pueden echarles un poquito más de mierda encima. Con Aznar, pese a que es su bête noire, no se atreven; porque, al igual que Díaz Ayuso, les puede dejar en ridículo. Como he dicho antes, poco importa que después la absuelvan: para la izquierda abyecta que tenemos, basta que se ¿demuestre? que Aguirre conoció y consintió en la trama corrupta de su segundo para que los sectarios fanáticos de Er Paí y otras hierbas empiecen con la matraca de «PP-corrupto».

En segundo lugar, a estas alturas todo el mundo sabe que se van a dar simultáneamente dos juicios: el jurídico, que suponemos de poco recorrido, y el que interesa a la izquierda, que es el mediático. ¿Por qué les interesa el mediático? Porque salvo dos o tres, el resto de medios es de la izquierda y el proceso que en los medios le pueden montar no desentonaría nada en Moscú, 1936. En los medios la izquierda es hoy parte, juez y verdugo, todo a la vez –gracias, Mariano y Soraya: vosotros lo propiciasteis y vuestros amigos del Bilderberg quedarían la mar de contentos–.

Pero hay algo más importante aún que el hecho de «enjuiciar» a esas dos personas. De Cifuentes no se puede predicar, debido a esos tics progres que le costaron tan caro. Pero de Esperanza sí, porque estuvo mucho tiempo en el poder, para desesperación de los socialistas. En su tiempo, Esperanza era la roca contra la que todos los candidatos socialistas iban a estrellarse, al igual que ocurría con Rita Barberá en Valencia (hasta que Rajoy la apuñaló por la espalda y se acabó). Y hay otro detalle: para la mayoría de los madrileños –salvo para la izquierda troglodita y fanática–, Esperanza representó una especie de edad de oro en cuanto a dinamismo empresarial y buen hábitat económico. Tanto, que los sucesivos gobiernos después de Aznar intentaron hundirla y sólo el juego sucio de su propio partido la acabó apartando («Eshtoy hashta la polla de eshta mujer dando ejemplo», que dijera Rajoy en cierta ocasión).

Por todo lo anterior quieren arrastrar por el fango a Esperanza. Pero no por ella misma, sino por la prosperidad que atrajo durante su mandato, que en sí misma es un símbolo. Quieren llevar a juicio al símbolo, porque eso es lo que en Madrid impide que la propaganda socialcomunista tenga efecto. Sin estar de acuerdo con todo lo que hizo (por ejemplo, está el hecho de que el número de abortos se mantuvo constante durante ese mandato), lo cierto es que los madrileños contaban con más dinero en sus bolsillos. Y la idea de rebelarse fiscalmente contra el ISD, bonificándolo al 99%, contra el criterio del murciégalo Montoro, Madrid fue la primera en ponerla en práctica, bajo el mandato de Esperanza.

En resumen, hunos y hotros tienen motivos para odiarla y para intentar ejercer una especie de damnatio memoriae política contra ella. Pero no es más que un sucio artilugio electoral, con independencia de lo que ocurra en estrados. Lo cual dice mucho de la catadura moral de ciertos políticos y de ciertos medios que se han sumado con fervor acrisolado y adhesión inquebrantable a hacer leña del adversario político, que ya no es tal, sino que se ha convertido en enemigo. Peligroso camino llevamos por ahí, aunque a algunos irresponsables con poder les dé igual.