Epitafio de Rivera (II)


Les propongo, siguiendo nuestro relato, que demos un salto en el tiempo. Pasamos de 2006 a 2012. En el camino nos hemos dejado a los abajofirmantes (como Boadella o Narcís de Carreras) y a algunos diputados descontentos con la decisión de C’s de unir su suerte a la de Declan Ganley por su adscripción conservadora (Antonio Robles y José Domingo). Atrás quedaron los carteles de la pelota picada. En ese momento Rivera se convertía en el yerno que todas las señoras quisieran para sus hijas. C’s ha logrado la increíble proeza de obtener nueve escaños en un Parlament de Catalunya totalmente monocolor, si exceptuamos la grisura del PPC, acollonado en la calle y despreciado en el Parlament.

«¡Esto no se puede consentir!», tronaban en los despachos. El tándem Rivera-Cañas repartía tortas a cuatro manos, uno con más gracejo y el otro con menos diplomacia y para los separatas era un ridículo continuo. Pero ai las!, en ese tiempo ya se habían colado las fake news en la política. Hay que reconocer que los que chapotean en las cloacas del poder se esforzaron, porque primero intentaron identificar a Cañas con un lejíadeextremaderecha y tal y la cosa no salió muy bien. Tuvieron mejor resultado cuando le «inventaron» a Cañas un cuñao y un feo asunto de urbanismo. Ya conocen el problema de las fake news en la política: que no es necesario que sean verdad, sino sólo que parezcan creíbles. Añadan a eso que lo que funciona no es la presunción de inocencia sino la mera sospecha y ahí tienen a Cañas apartado de un manotazo de primera línea. Una persona en mi opinión valiosa, por cierto.

Para seguir sin detenernos más en detalles, hablaremos el momento Macbeth de Rivera: el momento en que alguien le susurró que en el resto de España había masa crítica suficiente para formar un partido nacional y recoger descontentos de los grandes partidos. Ahí fue donde la cosa empezó a desmadrarse. La ejecutiva de C’s hizo las maletas deprisa y corriendo, no sin antes purgar a sus propios descontentos. La cuestión acuciante era: «Soy joven y quiero tener familia. ¿Voy a llevar a mis hijos a un colegio donde les enseñen a odiarme por sentirme español? ¿Me voy a quedar en un lugar donde unos desconocidos podrían agredirme por militar/presidir un partido contra Catalunya?». Respuesta: Fotem el camp.

Pero esa huida tuvo un efecto perverso: les dejó sin discurso (o relato, como dicen ahora los repipis). «¿Defender en Madrid el uso del castellano al mismo nivel que el catalán? Quite usted, hombre. Aquí en la capital se tratan cosas importantes. Ustedes vienen “de provincias” y aún no se han enterao». Vamos, que eso era demasiado regional, que no molaba y que tendrían que ampliar su discurso. Recuerda un poco a uno de los momentos cumbre de El sendero de Warren Sánchez, de Les Luthiers…

(Carlos Núñez se levanta de nuevo, coge su micrófono y con una risa diabólica se dirige al escenario otra vez):
Carlos Núñez Cortés: ¡Yo era un infeliz!
(Marcos le interrumpe preocupado, en voz baja)
Marcos Mundstock: No, no, hermano, no… ¡El otro, el otro!
(Carlos le mira dándose cuenta de su error y continúa)
Carlos Núñez Cortés: ¡Yo era otro infeliz!

De ahí las burlas feroces de un señor llamado Carlos Floriano, el Ricardo Tubbs de la política española (se aceptan sugerencias sobre quién debería ser Sonny Crockett: tal vez Fernández Maíllo, eso sí, un poco más teñidito de castaño) que los llamaba «Chudatán». Aunque él mismo debiera callar, por llevar de suyo el sambenito que le colocó nuestro petit Fouché, hoy ya perdido en el limbo rojomasónico: «Veo todo lo que haces y oigo todo lo que dices».

Empezaron así un proceso curiosamente inverso: no eran una ideología en busca de un partido, sino un partido en busca de una ideología. Así, dijeron primero: «Somos una izquierda nacional»: el PSOE había dejado de serlo y por tanto, decidieron que había espacio. El planteamiento resultó no ser original, porque ya había otra formación que pretendía encarnarlo: UPyD. Sin embargo, UPyD cometió un error: creer que «esto» que tenemos es una democracia. Y llevados de esa convicción, llevaron a los políticos y directivos de las cajas de ahorros ante los Tribunales. Ése fue uno de los dos clavos en el ataúd político de Rosa Díez. En cuanto al otro, es mi convicción personal que el IBEX-35 se estaba poniendo nervioso ante los avances judiciales («a ver si también nosotros vamos a tener que poner las barbas a remojar») y contactó con un Rivera deseoso de ganar peso político. De esa coyunda nació la sentencia de muerte para UPyD, que ya se estaba convirtiendo en un grano en el gordo trasero de alguien.

Así pues, la negativa de Rosa Díez a firmar un abrazo con Rivera cuando el partido en pleno no lo veía mal, el acoso al diputado Sosa Wagner, catedrático de los de antes, por parte de Gorri e Irene Lozano y la traición de la propia Lozano, que se pasó a la pesoe para ser nombrada jefa de Marcaspaña –y también para ser negra de Sánchez, de su libro Manual de inconsistencia– acabaron con el partido en dos semanas de estío. Todo el montaje huele a desahucio…

Ángeles malos o buenos,
que no sé,
te arrojaron en mi alma…

Estoy seguro de que Rosa Díez en modo alguno considerará a Irene Lozano un «ángel bueno», sino más bien una «buena pieza». Lo cierto es que la arrojaron de su alma y (sobre todo) de su trono en la sede magenta, con todo el dolor de su corazón. Ya saben: Ve y cuéntalo… si puedes.

Gotas que me vais dejando...

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