Op. 46

Sepan ustedes que he adoptado una curiosa costumbre de mi comadre Miss Fidget: dedicar un post al menos al año a una obra musical cuyo número de opus coincida con los años que se van cumpliendo. Y debo decirles que esto se está convirtiendo en una tarea asaz ardua. Es lo que tiene llegar a Internet (o más exactamente a la blogosfera) convenientemente tarde. Si la administración de un blog me hubiera llegado a los 23, posiblemente tendrían ante ustedes un post con el Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky. O si a los 32 hubiera adoptado esta curiosa costumbre, se hubieran encontrado con un post sobre Los Planetas, de Holst. Pero con 46 tacos como los que cumplí ayer, como les decía, la cosa se complica porque uno debe escoger entre lo inexistente y lo manido (en la parroquia de Nuestra Señora de los Vídeos, se entiende).

Lo mejor de todo, para ustedes sobre todo, es que el opus correspondiente a Shostakovich, que a veces recuerda un poco al protagonista de Aterriza como puedas, son unas canciones que no he podido encontrar en la parroquia, así que se libran ustedes de acabar deseando colgarse de la lámpara del comedor. En cambio, he encontrado y quiero compartir estas dos joyas pertenecientes al repertorio general, porque estoy generoso… y bueno, para que ustedes las disfruten más, qué puñetas. Y además, porque estoy nórdico, qué quieren.

Así que en primer lugar he escogido la primera suite extraída de la música incidental de Peer Gynt, del compositor noruego Edvard Grieg. Probablemente debieran ustedes leer la obra teatral del viejo Ibsen y asombrarse un poco de lo que las calenturientas mentes románticas han hecho con esas dos suites (aunque no pudieron mucho; con Chopin, por desgracia, bastante más). Luego se preguntarán por qué he escogido precisamente En la caverna del rey de la Montaña. Brevemente les contaré que en la obra, en una escena anterior, a Peer Gynt le intenta echar el lazo la hija del Rey de la Montaña (un troll, por cierto). Total, que lo tiene a las puertas del altar y él le dice que de casarse nones, y la música nos habla como el resto de trolls se le quiere echar encima, hasta que acaba huyendo a escape de la cueva.

La segunda es de Sibelius: su suite Pelléas et Melisande, concluida de componer en 1905 sobre la obra homónima de Maeterlinck y con la losa del precedente francés de Debussy. No obstante, la historia vale la pena (no suele haber tragedia sin triángulo amoroso, como aquí lo hay entre Pelleas, su hermano Goulaud y en medio de ambos, Melisande) y la música de Sibelius más.

Sinfonía nº 11 en sol menor, op. 103, «Año 1905», de Dmitri Shostakovich (y II)

III. Adagio: In memoriam.

Tras el horror descrito en el movimiento precedente, Shostakovich ve llegado el momento de honrar a los muertos. Y lo hace con una cita de una marcha fúnebre revolucionaria: Vy zhertvoyu pali (Caísteis, víctimas) de la cual aquí les dejo el original. El silencio sepulcral en que termina el movimiento anterior comienza con unos pizzicati en las cuerdas graves, parientes del amenazador motivo de los timbales del primer movimiento: Sigue leyendo

Sinfonía nº 11 en sol menor, op. 103, «Año 1905» de Dmitri Shostakovich (I)

Como siempre les comento, la música es la única patria de quienes queremos huir de toda la porquería nuestra de cada día. La asquerosa impunidad de los miembros (y miembras) de la casta provoca que escapemos a toda velocidad hacia esa república en que Euterpe gobierna armoniosamente. Así pues, hoy nuevamente, retomando mi amable competencia con el compadre Noatodo (hace tiempo que no me meto con él y con monsieur Jarousski) y a petición de otros tovarischi, incluyo en mi blog esta modesta reseña sobre la obra. Sigue leyendo

Rentrée

Retomamos el ritmo de los acontecimientos, tras unas circunstancias de índole personal que nos han mantenido alejados del blog.

Y lo primero, a vista de pájaro, es observar cómo está de revuelto el patio; justo lo que los pescadores necesitan para ir haciendo el agosto y terminar de rematar lo que una vez se llamó Estado del Bienestar en España. Que resultó ser, por más que a los de siempre les cause una úlcera de diodenorl, obra de Franco. Por eso sus herederos políticos (socialistas y presuntos liberales a un tiempo), declarados antifranquistas retrospectivos, se han dedicado con renovado ardor y no menos fervoroso entusiasmo a demolerla.

El Gobierno tiene muchos frentes abiertos y espera, extrañamente, que todos ellos se resuelvan por sí solos. Espera, extrañamente, que Mas se canse de reivindicar un poble, un Estat, un líder y de entonar continuamente la cantinela victimista de «Espanya ens roba», de la cual los catalanes no nacionalistas estamos ya hasta las narices (por no decir otra cosa que también me pide el cuerpo). Parece que a Mariano le importamos una eme pinchá en un palo aquellos que, no perteneciendo a su partido, le votamos pensando que traería el cambio de verdad (ya llevamos nuestra penitencia encima).

El Gobierno espera, también extrañamente, que nos conformemos cuando actúa como si todo dependiese absolutamente de la economía. ¡Es la economía, estúpidos!, gritan el ministro DeWindows y sus adláteres. Y, por supuesto, tienen su parte de razón. La parte de razón que corresponda a la economía. Pero también «es la cultura», «es la educación», «es la comunicación». Todos ellos terrenos en que la presunta derecha que es el PP ha renunciado a dar la batalla y reconocido la superioridad intelectual (¿?) de la izquierda chekista por mor del asqueroso consexo.

Y en lo demás, guerra total al Gobierno: a falta de discurso propio, intentan hacer caer al Gobierno. Un Gobierno, para más inri, que hace lo que harían ellos, pero que no es de ellos. De ahí, por ejemplo, las huelgas (que deberían estar prohibidas por ser políticas y por tanto, ilegales) múltiples que han sufrido los madrileños: del Metro (luego nos enteramos de que son unos privilegiados), de la Sanidad (con continuas «acusaciones» de privatización, pero sólo en Madrid: ni palabra de Andalucía o Cataluña), de la Educación («biba la hedukazion puvlica i de kalida»).

La fila de desposeídos va creciendo lentamente. Esto tiene que estallar algún día. Y no sé si alegrarme o entristecerme de que la gente despierte de esta especie de temerosa duermevela. Por si acaso, dejo aquí parte de lo que podría ser la banda sonora de ese momento…

In rühig fliessender Bewegung

Tomo prestado de Gustav Mahler este título, de su Sinfonía «Resurrección», correspondiente al tercer movimiento, el Scherzo. Traducido, viene a decir más o menos «movimiento fluido y tranquilo». Me apetece hoy comentarles, después de «el fin del mundo que no fue», que todo parece desarrollarse con placidez. La normalidad de las fiestas. Las luces, los anuncios de la tele. La cara de besugo con que algunos le desean a uno «Feliz Navidad» tras pasarse el año sin decirte ni hola. Todo normal, vamos.

Y todo fluye plácidamente. Tanto, que esta vez San Antonio de Padua no tendrá que ir al río: los besugos, las carpas, los bogavantes, se congregarán frente al televisor. Todo parece menos si se ve frente al televisor: hasta esos desahucios en que un señor o una señora se tira por la ventana la misma mañana en que la comisión judicial los va a desahuciar. El paro parece menos paro porque ahora, gracias a un instrumento llamado ERE se puede despedir a 500 personas de una sola tacada «por razones tecnológicas, económicas o de producción». Y te enteras por la tele y parece una cosa lejana, como el hambre en África o el conflicto armado de Siria…

Fisch große, Fisch kleine,
Vornehm und gemeine,
Erheben die Köpfe
Wie verständge Geschöpfe:

Sí, todos levantaban la cabeza y escuchaban con gran atención el rosario de desastres, maremotos et signa in sole et in terra que anunciaron y que después no hubo. La vida sigue igual (o no), tras el sermón. La rutina es la seguridad tras la que nos parapetamos para no enfrentar las grandes cuestiones de nuestra vida. Por eso dice el Lied que «el sermón ha terminado, pero ellos se han quedado igual». Ni siquiera el anuncio de la Resurrección (que volverá en el quinto movimiento de la Sinfonía) les mueve a nada:

Die Predigt hat g’fallen.
Sie bleiben wie alle.

Ya sé que me van a considerar un pesado, pero en este comentario político-musical quiero una vez más compartir con ustedes la versión del Lied Des Antonius von Padua Fischpredigt en la clásica e imbatida versión de Dietrich Fischer-Dieskau (que tristemente nos dejó este año que termina), acompañado a la batuta por George Szell y la Sinfónica de Londres:

Y aquí el Scherzo de la Sinfonía, que es la parte orquestal del lied reelaborada para encajar en la Sinfonía, en una versión histórica: la del experto en fugas Klaus Tennstedt. Y antes de que mi compadre Noatodo salte de contento por no haber elegido a Das Wunder, paso a explicarme. Karajan no era mahleriano, y no sólo porque se afiliara al NSDAP en su momento. Simplemente, Mahler no formaba parte de su repertorio (era demasiado trascendental y filosófico para Das Wunder) aunque pudiera extraer buenas interpretaciones de su música. Justo es reconocer sus limitaciones.

Furtwängler compositor

Para esta tarde de domingo tan larga y aburrida se me ha ocurrido que podría sorprender a ustedes con una serie de piezas musicales un tanto inhabituales. Y así lo digo porque nos hemos acostumbrado y mucho a ver al director únicamente intérprete, que traduce (en expresión feliz de mi admirado Pérez de Arteaga) la expresión musical de otros, con la mayor fidelidad posible a la intención original y procurando que su ego no la mancille, por otro lado. Así, en esta dirección nos encontramos a la mayoría de los conocidos Karajan, Solti, Jochum, Tennstedt… y bueno, toda esa retahíla de nombres famosos que casi cualquier melómano podría citar como la lista de los reyes godos.

No obstante, la(s) obra(s) que traigo a la consideración de ustedes son el fruto del esfuerzo de un director: Wilhelm Furtwängler. Enlaza en lo artístico musical con la tradición del Kapellmeister (Lully o Haydn), que dirigía su propia música, o más cercanamente con Gustav Mahler, «compositor de verano» (y director el resto del año), que es uno de los últimos grandes en intentar compaginar las dos facetas, con éxito en ambas. Tampoco faltan ejemplos en el momento actual: a bote pronto se me ocurren los nombres de Esa-Pekka Salonen o incluso de Lorin Maazel, que ha compuesto una ópera sobre libreto basado nada menos que en el Nineteen-Eighty-Four de George Orwell (aquí y aquí). La he intentado oír y no la he resistido más allá de veinte minutos, no sé si por el carácter propio de la música, deudor del de la novela, o del estilo del compositor…

Volviendo a Herr Furtwängler, si ustedes esperan un genio compositivo a la altura de su genio interpretativo… me temo que se van a llevar una decepción. Como director, sin duda, se llevará todos los laureles por encima incluso de muchas de nuestras preferencias personales, enlazando nuevamente con la tradición, esta vez de los Hermann Levi, Arthur Nikisch o Hans von Bülow (el yerno cornudo de Franz Liszt). Pero como compositor, Herr Furtwängler tal vez no pasaría de ser un Bruckner de segunda. En lo que sí se parece al genio de Sankt Florian es en el hábitat horario de sus sinfonías (incurrió tres veces en ese campo): ninguna de ellas baja de los 80 minutos de duración. Por otro lado, concibe la sinfonía al modo mahleriano: es un universo en el que cabe «de todo»: lo bello, lo feo, lo sublime y lo vulgar tienen cabida en ellas.

En cualquier caso, aquí les dejo con la segunda sinfonía, en mi menor, de 1944, en versión del mismo director con la Wiener Philharmonker. Como compositor, ya queda dicho que su mayor influencia es Bruckner. Dejemos anotado también que jamás cometió el pecado del atonalismo, que consideraba una «aberración». Y antes de que el compadre Noatodo me arrugue la nariz, le diré que vale, que Das Wunder sólo compuso un cuarteto de cuerda y como ejercicio escolar (se les exigía a los que estudiaban dirección de orquesta)…

(si quieren probar con las otras dos, aquí la primera y aquí la tercera).

Anton Bruckner: Sinfonía nº 3 en re menor, WAB 103 (Wand)

Hoy, pese a la marea rojigualda de ayer, no me apetece hablar de política (aunque mucho me temo que lo de ayer traerá cola). Así que seré breve y dedicaré mi momento musical a mis compadres Noatodo y Miss Fidget a cuenta del corpulento organista de Sankt Florian. Sé que me reprocharán que insista tanto en el sauerkraut; pero a mí es que Herr Bruckner me provoca compasión y admiración a partes iguales: admiración, porque aunque para algunos no sea un genio sinfónico (empezando por Hanslick, antiwagneriano que le hacía la vida a cuadritos con sus críticas) sus sinfonías contienen pasajes y momentos de gran belleza. Y compasión, por otro lado, porque Herr Bruckner era tan humilde que aceptaba todas las críticas dirigidas a su obra. De lo cual surge un gran problema: ¿cuántas sinfonías compuso Bruckner realmente? ¿Nueve? ¿Una sola, «pero escrita nueve veces», como reza el chiste tradicional? ¿Contamos las «versiones» como sinfonías independientes? Problema musicológico aparte, que debe más al ego de algunos y menos a la mencionada humildad del compositor, hay que agradecer dem lieben Gott que de las cuatro últimas no haya más que una Originalfassung.

La obra que presento hoy a la consideración de ustedes es de las de repertorio de Bruckner: la Tercera (juntamente con la Séptima, que marcó su ubicación en el universo musical). El compositor escribió cuatro versiones de ella: 1873, 1874, 1877 y 1889. Las diferencias entre ellas no son excesivamente grandes; pero esa revisión continua impidió posiblemente que pasara de las nueve «oficiales».

La sinfonía está estructurada en cuatro movimientos y, si no recuerdo mal, es la única de las nueve que se acerca a la idea del Leitmotiv wagneriano. Quizá por eso (y porque en el segundo movimiento aparece una cita del Tristan) la sinfonía se ganó el apodo de Wagneriana… y supuso a su autor un montón de problemas: su involuntario alistamiento entre los partidarios de Wagner y la consiguiente enemistad del ya citado Hanslick, influyente crítico musical en la Viena del siglo XIX y militante en las filas bramhsianas. Cuenta la historia que hasta tal punto llegó la enemistad que cuando le concedieron cierta condecoración, Bruckner tuvo el siguiente diálogo con el Emperador:

–¿Desea usted alguna cosa más?

–Sí, Majestad –respondió Bruckner–. Que el señor Hanslick deje de escribir en mi contra.

He aquí el tema, que aparece en el primer movimiento y en el último. Un solo de trompeta se eleva sobre la Urnebel (aquí un ostinato de las cuerdas sobre nota tendida de clarinetes y oboes). La altura del sonido es la real:

Esta es la idea-motriz de la sinfonía, que al final del primer movimiento remachará el clavo y en el cuarto movimiento se presentará, triunfante, en modo mayor. Por supuesto, la sinfonía tiene todos los aditamentos brucknerianos: el famoso ritmo bruckneriano (dos negras o dos corcheas y un tresillo) y el tea moment o «momento lírico». En este ejemplo se presentan ambos al mismo tiempo (posteriormente ese ritmo se impondrá de forma más agresiva):

Con este brevísimo apunte sobre la obra espero haber despertado su curiosidad. Les dejo con Sir Georg Solti y la Sinfónica de Chicago. Para que mis compadres Noatodo y Miss Fidget vean que no siempre acudo a Das Wunder o les enchufo «un compositor que no me gusta con el peor director (Barenboim, aunque en este punto discrepo notablemente)». De hecho y si me lo aceptan, les reto a que descubran la cita del Tristan oculta en el segundo movimiento. En cuanto a la partitura, la que se corresponde con la versión ejecutada por Solti está aquí. Que la disfruten con salud y que no se les atragante el sauerkraut

Das Wohltemperierte Klavier

Créanme que después del disgusto que me he llevado (y probablemente algunos de ustedes también) con lo de la liberación del secuestrador y asesino Bolinaga, que se morirá en breve o no se morirá pero que en su pueblo lo recibirán como un héroe de la tierra y la patria vasca; después del infame papel que ha interpretado el Gobierno, mi Gobierno, que ha tenido además la desfachatez de decir que «se ha cumplido la ley»; después de que la justicia se manchara la toga no sólo con el «polvo del camino», sino con eso otro que ustedes se imaginan, el único refugio que me queda es la música. Sigue leyendo

Lecturas recomendadas

Las tardes de verano son largas; lo bastante como para que a ustedes se les ocurra alguna idea para combatir el tedio y el aburrimiento vacacionales. Así, unos se dedicarán al bricolaje, otros al windsurfing, otros a matar el tiempo en la barra de un bar, otros a… bueno, a toda esa larga de aficiones o hobbies que durante el curso «dejamos para el verano» porque no tenemos tiempo durante el año laboral.

Un servidor de ustedes ha escogido la opción, aparte de dar largos paseos por una ciudad mesetaria, de leer aquello que durante el curso ha tenido que postergar. Tampoco quiero engañarles, por otro lado: lo que hoy traigo a su consideración se trata más bien de una relectura, que a la luz de los acontecimientos recientes y la crisis de fondo ayuda a colocar las cosas en su sitio y a llamarlas por su nombre verdadero.

El libro en cuestión se titula España sin democracia, del profesor don Jesús Neira (Planeta, 2010), conocido por las masas a través de la televisión y también por su ascensión y caída en medios políticos al intentar hacer de la sinceridad una virtud política; como decía el gran Quevedo en el Buscón, «hay cosas que aunque sean verdad no se pueden decir». No se puede intentar abrir los ojos al pueblo acerca de la farsa política que está viviendo y quedar impune. Así que le montaron una operación de acoso y derribo. De tal modo que el profesor Neira acabó volviendo a su profesorado, y sobre todo y muy convenientemente, a su anonimato. Imagino que bastante asqueado por lo que habrá visto en aquellas alturas.

En cualquier caso, el libro es recomendable porque no es un sesudo tratado de Ciencia Política, sino que en apenas 250 páginas trata de condensar las acepciones buenas y malas del término «democracia» e intenta mostrar lo mal que calza ese término en el sistema que padecemos hoy y que sólo quienes se aprovechan al completo de él lo llaman «democracia». Y, lo más interesante: ofrece claves históricas, políticas y jurídicas que nos ayudan a entender que la sacrosanta Transición fue más bien una señorita de compañía de alto standing de la que todos (los caciques) tomaron lo que les convino, y que la Constitución fue la hija jorobada que salió de la coyunda (consenso) entre los caciques viejos del franquismo y los nuevos del progresismo, hambrientos tras «cuarenta años de vacaciones». No es de extrañar que se elaborara en secreto y se presentó al pueblo para que éste la ratificara y nada más.

El libro del profesor Neira pincha uno tras otro los globos de la hipocresía de los defensores del consenso como sistema político, cuyo último argumento, extrañamente, se parece al «¿O es que quieren que vuelva Jones?» de Orwell en Rebelión en la granja. Pero que no se preocupen estos defensores. Si la nación sigue este camino, pueden ocurrir dos cosas: que nos encasqueten un Bundesprotektor o que vuelva un «señor Jones» de verdad y que esos «defensores» tengan que pasarse cuarenta años más de vacaciones.