Parece mentira…

… que el futuro esté a la vuelta de la esquina…


… y que hoy por hoy, seamos la primera potencia africana…


Falsos mitos vascos 3

Falso mito vasco 3.- Los Fueros son la prueba de la existencia de una nación y Estado diferentes.

La vigencia de los Fueros desde el siglo XIX ha sido presentada por los nacionalistas como la prueba de la existencia de un estado vasco separado del español. De acuerdo con esa afirmación, el Estado español «invadió» a los vascos en 1839.

Los Fueros son la expresión, por su origen medieval, de la pluralidad jurídica que caracterizó al Antiguo Régimen. Estas leyes especiales rigieron en toda Europa durante siglos y ni España ni el País Vasco fueron una excepción. Pero la diferencia fundamental con el resto de Europa es que mientras que en ésta se produce la unificación legislativa como consecuencia de la industrialización y el «movimiento codificador» iniciado por la Revolución Francesa, en España no ocurrió así en su totalidad debido a los acuerdos y pactos forzados por las guerras carlistas (1833-1874).

Fueros los hubo en toda Europa. Su carácter podía ser muy variado: territoriales, corporativos, estamentales o sólo para aquellos que pertenecieran a un determinado estamento (nobleza, clero, comerciantes, pueblo llano, militares…). Así, es «estamental» el Fuero Viejo de Vizcaya, aplicable exclusivamente a los nobles del Señorío de Vizcaya.

Basar la existencia de una nación en la supervivencia de peculiaridades internas que existieron hasta la Revolución Francesa es, cuando menos, una referencia insensata. Tanto como lo sería, basándose en el hecho de que cada estamento social estaba sometido a una jurisdicción diferente, afirmar que cada estamento conformaba una nación diferente…

Falsos mitos vascos 2

Falso mito vasco número 2.- El Euskera (lengua vasca) es la prueba de la existencia de una nación diferente.

Los nacionalistas vascos declaran orgullosamente: «Tenemos una lengua distinta. Luego somos una nación». Esta es una afirmación que no resiste apenas tres segundos de análisis. Si equiparamos «lenguaje» a «nación», resulta que Suiza no existiría, dado que en ella se hablan cuatro lenguas, todas ellas oficiales. Francia, modelo de estado unitario y centralizado, tampoco existiría, puesto que aparte del francés, se hablan lenguas como el bretón, italiano, vasco, alsaciano o diversas variantes del francés (la «langue d’oc» y la «langue d’oil»)

Por otra parte, si lenguaje es igual a nación, un inglés, un estadounidense, un jamaicano o un nigeriano (¡o incluso yo!) compartirían la misma nacionalidad. Y lo mismo se diga del español: el español, el mexicano, el uruguayo o el guatemalteco serían compatriotas. En cambio, un señor de Madrid no sería compatriota de un gallego, o un andaluz de un vasco, por hablar una segunda lengua distinta.

Siguiendo con la reductio ad absurdum, flamencos y valones ya no serían belgas (de hecho, ya se han visto los primeros garrotazos por esta cuestión), sino quizás, franceses y alemanes. Por otro lado, los austríacos serían alemanes por hablar la misma lengua (curiosa coincidencia entre Sabino Arana y Hitler). Y siguiendo ese mismo principio, habría que iniciar la segregación de la Val d’Aran del territorio catalán, porque en esa comarca no se habla catalán, sino aranés, que tiene reconocida la condición de lengua.

Incluso, dentro del País Vasco habría que dividirlo en tantas partes como dialectos tiene el euskera. Las variaciones entre dichos dialectos eran tales en un momento determinado que los lingüistas nacionalistas (empezando por el propio Sabino Arana) tuvieron que crear de la nada una variedad standard, que desconocía por completo la variedad y riqueza de los dialectos vascos.

Añadamos que existen zonas donde el euskera no se había hablado nunca, como buena parte de Álava o las Encartaciones de Vizcaya. Si «lengua» es igual a «nación», ¿se puede considerar que estos territorios son «menos vascos» que el resto?

El laberinto andaluz (y II)

Siguiendo con el post anterior, retomamos nuestro análisis del «prototipo del señorito» y su utilización política. Debido a ese pasado anarquista —que no fue muy glorioso: recordemos lo de Casas Viejas, donde ahora la Junta quiere construir un casino u hotel para echar tierra sobre la memoria histórica que no interesa—, la ideología izquierdista ha gozado siempre de gran predicamento en Andalucía. El largo paréntesis franquista, que llenó de suecas victoriosas las playas de Torremolinos y Benalmádena, y de niños pijos las de Marbella, está presto a ser olvidado.

Por eso, en período electoral, Manolito Chaves sabe ya lo que tiene que hacer: colgar en su perchero los trajes cortados a medida y los zapatos Gucci, y calzarse las abarcas, ponerse los pantalones de faena y la chaqueta de pana. Así, vestido de esta guisa, se presenta él a los mítines gritando hasta desgañitarse: «¡Zomo de lo vueztro!». ¿Qué huelen un poco a naftalina? No importa: el candidato se coloca lo suficientemente lejos del electorado y ya no huele. ¿Ves que fácil? Y los súbditos asienten satisfechos: «Éze é de lo nueztro».

Es decir, Chaves se presenta a sí mismo como el «gran campeón de la lucha contra los señoritos», el que «favorece al pueblo» y otras zarandajas electorales varias. Y el PSOE andaluz ha hecho un «buen trabajo» estos años, colgando al PP el sambenito y la coraza de sapos de ser «partido de los señoritos». Porque saben que el odio al señorito en Andalucía es capaz de movilizar sentimientos y pulsiones emocionales muy profundos. Sólo así se explican los ladridos de Alfonso Guerra en el 96, alertando de que «venía la derechona». Burdos y mentirosos, pero muy efectivos en Andalucía.

Sólo así se explica que el PP haya conseguido crecer «algo» en todos estos años (recordemos que se refundó entre 1989-90) y significativamente más en las ciudades que en el campo. El votante andaluz, incluso el desencantado, aún hoy identifica al PP con la derechona de Guerra y vota PSOE por el «miedo» de que vuelvan los señoritos de antes. O tal vez no quiere votar PSOE, pero a la derechona del PP no la votará jamás y se queda en casa o se va al campo, azí me den una pedrá zi voto a lo zeñorito der PP. Por todo lo cual, horadar ese muro de miedo, ignorancia y al mismo tiempo comodidad intelectual es verdaderamente difícil, por no hablar de horadar el muro casi infranqueable del ostracismo de los medios de comunicación, controlados por la taifa de Manolito. No se sabe qué esfuerzos están haciendo Javier Arenas o Teófila Martínez, pero seguro que habrán de sudar la camiseta.

Es decir, básicamente donde hay menos cultura es donde saca el PSOE sus votos. Por supuesto: la corrupción que ha supuesto el PER ha atado muchas voluntades al PSOE, bien por convencimiento, bien por vergüenza. En cuanto al presunto crecimiento en las ciudades, están empezando a solucionarlo: el férreo control político de las Universidades andaluzas hace imposible que la verdad circule cuando ésta es perjudicial para el PSOE. Conocemos ya algún caso de mobbing producido en la Universidad andaluza a causa de enemistades que poco tienen que ver con el conocimiento del que debiera sentirse orgullosa una Universidad. De forma muy parecida se ha actuado en Cataluña, si bien el control de calidad correspondió en este caso a los nacionalistas.

Y lo mismo se diga de los medios de comunicación. Se silencia a los tertulianos díscolos y se pretende empapelar a quienes denuncian las prácticas caciquiles de la Junta de Chaves y Zarrías. Andalucía imparable, desde luego. Pero hacia la tiranía lisa y llana.

No cabe duda alguna de que hoy Andalucía es el cortijo particular del PSOE. Y un inmenso pesebre donde comen multitud de estómagos agradecidos. Y Manuel Chaves es hoy el amo indiscutible del cortijo. Andalucía tiene que despertar de ese letargo triste en que vive desde que Chaves se instaló cómodamente en la poltrona de la Junta (e instaló cómodamente también a toda su familia). Curiosamente, ese letargo triste transido de desinterés es el que aqueja también a Cataluña, ya existente desde Pujol, pero acentuado sobremanera desde que virreina el P(S)C en estos lares.

De ahí que la educación sea tan «importante» en Andalucía. Para fabricar siervos, súbditos o borregos, no ciudadanos. Y cuando las cifras oficiales certifican esta verdad de forma irrebatible, se suceden las llamaditas de los inspectores a los profesores de instituto o colegio, para que hagan patria andaluza y aprueben masivamente a sus alumnos, incluso a aquellos que no lo merecen. «No me importa cómo lo hagas, pero tú apruébalos». La presión subsiguiente coloca al profesor en el brete moral de tener que elegir entre sus principios como educador y su puesto de trabajo, por no hablar de la simpatía o antipatía del inspector de turno, al que a su vez han presionado desde la Consejería para que «salgan los números».

En fin. Hablando de verdades irrebatibles, Chaves es hoy un señorito más. Un señor feudal que tiene montones de siervos a su alrededor y que procura mantener en la idiocia a quienes le votan, para que no se den cuenta de que es un señorito. Para que ningún andaluz se percate de que la única forma de acabar con los señoritos es ofrecer una educación de calidad al pueblo. Es dejar que la iniciativa privada haga su trabajo, en vez de ahogarla para que sirva a sus intereses privados y de su partido. Yo, particularmente, doy eso por perdido con Chaves. Tal vez el día que le sustituya alguien del PP con ideas distintas la cosa puede cambiar.

Y nada me gustaría más, créanme, que ver a una Andalucía al cien por cien en el campo, en la industria, en los servicios. Una Andalucía radiante, despejada la niebla pestilente de la corrupción, el abuso, el desaliento y el miedo a crecer. Una Andalucía orgullosa de ofrecer al mundo lo que es y no arrodillada y agradecida ante sus caciques. Una Andalucía que pueda mirar al futuro sin temor y que forme parte de un futuro que deseamos también radiante para toda España (así le duela a Mohamed VI, que ha puesto sus miras ya sobre Andalucía… o sobre Al-Andalus, que como los informados saben, no es lo mismo).

El laberinto andaluz (I)

Andalucía es una de las tierras más hermosas de España. Su belleza natural ha sido cantada por casi todos los poetas desde que las tierras hispanas aparecieron en la historia. Sus fértiles tierras, bien aprovechadas, podrían ser el orgullo de España y la envidia de Europa entera. Desde Huelva a Almería, el ingenio, la gracia y el salero se combinan para hacer de sus gentes las más hospitalarias de Europa.

Sin embargo, hay un pero. Un pero muy gordo. Andalucía —y también Extremadura, pero sobre todo la primera—, está a la cola del progreso y de la educación en el ámbito europeo. No lo digo yo, que seguramente habrá quien me tache de facha pepero y aún de cosas peores. Lo dicen estudios como el informe PISA y otros. Lo dicen las noticias e incluso la historia reciente de esa región (entendida por tal la que comienza desde 1978).

Habrá quien diga: «¿Sólo por eso? ¡Pero si eso no é ná!». Ya hemos perorado en otro lugar acerca de las consecuencias de esa clase de perspectiva educacional. Pero está claro que con una educación de baja calidad como la actual (vaya por delante que enjuiciamos la del momento presente, no la de hace 50 o 100 años atrás), se forman borregos, no ciudadanos. ¿Por qué borregos? Porque si uno limita la capacidad de razonamiento y e impide que ésta se ejercite, la persona acaba siendo fácil presa de lo que otros —particularmente el poder— puedan decir. Y cuánto más cómodo es para el poder un súbdito que acepta sin chistar lo que viene de arriba que un ciudadano consciente de sus obligaciones y derechos, que da la tabarra un día sí y otro también, ¿verdad?

Ahora bien, no sólo es eso. El hecho de que existan más súbditos que ciudadanos incide negativamente en la cuestión económica. Si nos centramos en crear súbditos, lo que tendremos es un colectivo acostumbrado a obedecer y sin iniciativa propia. Lo cual impide que exista la necesaria iniciativa privada, principio de la prosperidad de cualquier nación o región. No se crean empresas, nadie asume riesgos. ¿Y en qué acaba esto? En que el súbdito se acaba echando en brazos de papá Estado (en este caso, en brazos de mamá Junta), esperando que éste le mantenga. Es el clásico «dame pan y llámame tonto», que es lo propio de un Estado del Bienestar atrofiado y/o pervertido respecto de su intención primera. El súbdito renuncia alegremente a su libertad por una hogaza de pan (o una tapa de pescaíto frito o shipirone, ya que estamos). El ciudadano, en cambio, cree que su libertad es su bien más preciado, por encima del dinero y de cualquier otra posesión.

Por eso no me cabe duda de que en Andalucía, desde que virreina Manuel Chaves, hay una taifa, una satrapía, un feudo, un régimen, por decirlo de algún modo. El PSOE ha creado ya una cultura en Andalucía que usa hábilmente los tópicos de toda la vida de aquellas tierras para perpetuarse. No tiene nada de extraño que lleven treinta años y que todavía sean la despensa electoral del PSOE (a pesar de que Cataluña, virreinada por otro andaluz, lleva las trazas de desbancarla). Vamos ahora a profundizar en esta afirmación acerca de los tópicos andaluces, que en mi opinión van indisolublemente unidos a determinados personajes de la vida cotidiana.

Sería el caso, por ejemplo, del gracioso. Éste es un tópico muy manido incluso a nivel nacional (no hay más que ver la televisión): se conoce que en el resto de España, pongamos Asturias o Cantabria, no hay gente (tan) graciosa. Observémoslo, incluso, en nuestra charla cotidiana: para inyectar gracia a cualquier aseveración, incluso nuestro acento cambia al andaluz. Quién sabe por qué, los acentos catalán y vasco no suenan tan graciosos. Vaya un ejemplo más. Recordarán ustedes un programa televisivo presentado por el ilusionista y mago Pepe Carroll, Genio y figura. Pues bien: si no recuerdo mal, de todos los concursantes no había uno solo que no fuera andaluz; y de hecho, ahí fue donde Chiquito de la Calzada tomó la alternativa, para después convertirse en fenómeno sociológico (durante el boom Chiquito no era infrecuente ver a una reata de personas cojeando y diciendo al mismo tiempo: «no puedor, no puedor» o «te ví a cortá el fistro d’abajo», o referirse al dolor estomacal como «pupita en el diodenorl»).

Y es verdad que en Andalucía sobra gracejo e ingenio para el chascarrillo fino; pero digamos que yo lo entiendo como una especie de reacción. ¿Reacción a qué? Pues a la contrafigura del gracioso: el señorito. El señorito, para quien no sea español, es el hijo del amo. Se suele usar en sentido muy despectivo, para señalar que la persona habrá heredado la sangre del señor, pero no su señorío ni otras virtudes que pudieran adornar la personalidad del progenitor.

El señorito es, por lo general, un adolescente o adulto que vive la vida como si no tuviese obligación alguna porque es el padre quien paga sus caprichos. Esto no tendría nada de particular si no añadimos que el señorito, al igual que su señor padre, se cree con derecho a todo sin merecerlo. Nos referimos, ciertamente, a algunas costumbres bárbaras que hasta hace cuatro días han perdurado en Andalucía, cuales son el derecho de pernada y algunas otras que sólo pueden calificarse de caciquiles (tan caciquiles como lo puedan haber sido en Galicia, que tiene también una larga historia en el tema caciquil).

La sola existencia del señorito ha justificado históricamente que durante la República prendiese fuertemente la llama del anarquismo en Andalucía. Es de lógica histórica que después de tanto aguantar abusos de los señoritos, el pueblo tuviese un momento de cólera y en tierras andaluzas (como de hecho en toda España, pero allí con un tinte más dramático) se cometiesen barbaridades en nombre de la anarquía y la «libertad» y no era de esperar que «se comportasen razonablemente».

Igualmente, la sola existencia del señorito ha justificado el masivo éxodo rural a las ciudades industrializadas durante el franquismo. La imposibilidad de hacerse un porvenir en su propia tierra y la promesa de un futuro mejor en tierras madrileñas o catalanas empujó a muchos andaluces animosos y hartos de los señoritos a marcharse casi con lo puesto lejos de su tierra. Muchos de ellos son hoy tratados como «inmigrantes de mierda» por algunos nacionalistas descerebrados; y sus hijos tienen que hacerse perdonar su origen «extranjero» intentando ser más nacionalistas que quienes los insultan. Pero todos ellos saben que estos «emigrantes» son la causa de la riqueza de Cataluña (y en particular, de la oligarquía catalana que hoy vota a CiU) hasta bien entrados los 70, aunque nadie se atreva a decirlo por vergüenza y por no cabrear a nadie.