8-Milongas (I)

El jueves 8 de marzo se celebraba el Día de la Mujer Trabajadora. Como hombre yo no tengo nada que objetar. Acepto que las mujeres se manifiesten en defensa de una mayor igualdad allí donde sea necesario. Pero en España, donde de acuerdo con organismos oficiales ocupamos el quinto lugar del mundo en la cosa igualitaria, manifestarse por eso suena a chirigota. Por ello, quienes ese día salieron a la calle lo hicieron por motivaciones muy distintas. En el manifiesto oficial de la huelga están expuestas bien a las claras esas motivaciones, que se resumen en dos: el «capitalismo» y el «heteropatriarcado de los machirulos». Excuso comentar la indigencia intelectual de dicho manifestó, contra el que poco ha servido que otras mujeres publicaran un contra-manifiesto porque el que ha tenido prácticamente toda la atención mediática ha sido el primero.

Para desmantelar ese artilugio manifestativo, hay que empezar por decir que la historia de la defensa de los derechos de nadie por el comunismo allí donde ha mandado es cortita:

  • Si hablamos de ecología, efectivamente: muchos son sandías (verdes por fuera, rojos por dentro). Pero basta que uno les mencione el «accidente» de Chernobyl, cuyas consecuencias aún se dejan sentir, para que esos sandías se vuelvan del revés y se pongan rojos de ira.
  • Pasemos a los derechos de los homosexuales.

    • En la «culta» Europa occidental reciben todos los parabienes y los Estados suelen subvencionarlos con bonitas cantidades. Razón por la cual a los comunistas les interesa —por ahora— que empuñen la bandera de la hoz y el martillo y que, bajo su influjo, se promulguen leyes que vayan recortando el discurso público. Los consideran «avanzadilla del comunismo». Ello, no obstante, no impedirá que si algún día los comunistas llegan al poder se deshagan de ellos sin misericordia y los consideren unos degenerados burgueses o enfermos a los que naturalmente hay que encerrar.
    • Eso sin contar los campos de trabajo que construyó el hiper-venerado (y asesino comunista) Che en Cuba. En tales campos, al modo de Dachau, rezaba la inscripción «El trabajo os hará hombres». Y no sería extraño encontrar otros campos de reeducación en China o Corea del Norte.
    • Poco hay que decir de los derechos de los niños, cuando en la época de Stalin, el jefe de la NKVD, camarada Lavrenti Pávlovich Beria, era un pederasta reconocido… aunque, naturalmente, por ocupar el cargo que ocupaba, nadie podía decirlo en voz alta. Sin dejar de mencionar que, para la ortodoxia soviética, «homosexual» y «pederasta» eran lo mismo.
    • Finalmente, y en lo que importa ahora, la historia del comunismo como defensor de los derechos de la mujer es corta también. Recomiendo la lectura del libro El principio de Eva (Ediciones B), de periodista alemana Eva Herman, condenada al ostracismo por ventilar opiniones nada correctas políticamente para que ustedes se den cuenta de hasta qué punto el comunismo, sus teóricos y sus «idiotas compañeros de viaje» odian a la mujer como tal mujer (al comunismo siempre le ha encantado que le siga gente que, de tener dos dedos de frente, estaría en contra).
    • Estos son los disfraces actuales del comunismo. Habría que añadir el terrorista, pues el comunismo, cuando ha tomado el poder, ha sido por la fuerza: por las buenas jamás lo hubiera conseguido. Pero de la querencia entre el comunismo y el terrorismo, así como de la alianza entre comunismo e Islam hablaremos otro día.

Teniendo en cuenta esta exposición, ¿qué coño (nunca mejor dicho) hacían Begoña Villacís (Cs) y Andrea Mármol (PP) empotradas en ese artilugio manifestativo? Lo que les ocurrió es sencillamente lo normal: son mujeres… pero no «del Partido». Como Angela Merkel, que ahora nos hemos enterado que también fue una mujer «del Partido». Al igual que los homosexuales, que si no son «del Partido», poco menos que los del Partido les pueden ignorar, insultar y lapidar, si se tercia.

Problema nacional

Un servidor de ustedes no tiene el prurito de un tertuliano de barra de bar, de ésos que en cuatro patadas arreglan un país y especialmente, estas Batuecas de nuestros pecados. No obstante, si yo tuviera ese prurito, pegaría el consabido puñetazo en la barra y declararía enfáticamente: «España tiene dos problemas: uno, el Gobierno; y el otro, la oposición». La afirmación tiene más miga de la que parece, así que vamos a por ella.

El Gobierno —o, más concretamente, este Gobierno— es un problema porque su visión de la realidad no traspasa ni las puertas de la Moncloa ni las escaleras del Palacio de la Carrera de San Jerónimo. Está por otros intereses que, desde luego, no son los nuestros. Si se preocupara de nuestros intereses, el circo del procés habría terminado hace meses y con un montón de gente en la cárcel. Y, a más largo, plazo, al no haberse rendido ante la machacona «superioridad moral» de la izquierda, quizá nuestros hijos estuvieran más protegidos de la invasión ideológica de esa misma izquierda.

La semana pasada, en el programa de Luis del Pino, Isabel San Sebastián contó una anécdota sobre el autista de la Moncloa que es para saber de sobra de qué pasta está hecho quien ¿dirige? los destinos de las Batuecas.

De la oposición, ¡qué decir! No le interesa ejercer de contrapeso de la acción del Gobierno poniendo la Nación por encima de sus intereses de partido —de acuerdo: acepto que me llamen «ingenuo»—. Sólo les interesa una cosa: tomar el poder y ejercerlo contra los intereses de la Nación y en su propio provecho personal. Porque, desgraciadamente, no tenemos una izquierda nacional, cosa que sí ocurre, según tengo entendido, en Francia o Alemania. En esos países primero son franceses y alemanes; y luego, todo lo demás. Aquí no. Pero ése es un problema del que ya hemos hablado en otras entradas de este blog, así que no nos vamos a repetir.

La pregunta del millón es: ¿en manos de quién estamos? Quien, teniendo tiempo y ganas, se acerque a la cuestión política, no podrá por menos de sentirse espectador de un guiñol siniestro y surrealista. Nadie con un poco de sentido común entiende por qué en las Batuecas pasan cosas que ningún país civilizado de veras toleraría. Parece ser que, en el nivel político, todo el mundo está de rodillas ante todo el mundo, con los pantalones bajados.

Y el votante que quiere dejar de ser oveja y dejar de seguir un color por el mismo color, o dejar de considerar un partido como un equipo de fúrbo, lo tiene crudo. No digamos ya el votante que pretende votar en católico, que no puede votar a ninguno de los cuatro grandes sin taparse la nariz. En un panorama educacional, cultural y comunicacional dominado absolutamente por una izquierda que lo menos feo que se puede decir de ella es que es antiespañola (gracias, Mariano, Soraya y Méndez de Nada, en cuya logia estarán muy contentos), la matraca es de tal calibre que el día de las elecciones casi es mejor que uno se quede en casa.

¿Que con el tiempo aquí habrá un sarao de proporciones considerables? Casi seguro. Pero los que hoy manejan el cotarro esperan no estar para verlo. Puede que se equivoquen. Y no les valdrá en absoluto el «paz, piedad y perdón» de Azaña… después de ver la hazaña el estropicio provocado y de salirse de la logia, naturalmente. Pena que no lo hubiera visto antes. Como éstos de ahora. ¿Nos han condenado a repetir la historia? ¿O es que, en aplicación de la famosa frase de Bismarck, es mejor tenernos entretenidos peleándonos entre nosotros mismos para que no alcancemos demasiado poder, que dijera Kissinger a Carrero Blanco en 1973? El tiempo lo dirá.

Sobre la «gala» de los Goyas

A cuenta de la «gala de los Goya», en que se habla de cualquier cosa menos de cine, se ha levantado una gran polvareda a cuenta de unas declaraciones de Arturo Valls, presentador y actor, al que si no por otras cosas, conocemos por su creación de «Jesús Quesada» en la serie Camera Café. ¿Y cuál fue el grandísimo pecado de Valls? Sencillamente, recordar que se acude a una entrega de premios cinematográficos como la fiesta que es y que si hay que hablar de algo, es de cine y nada más.

Los españoles de a pie, ésos que la progresía titiritera despacha despectivamente como «la España profunda», estamos hasta las narices de que nos tomen por idiotas y con nuestro dinero, que graciosamente —ni puñetera gracia nos hace a los demás— les concede el Ministro de turno, sea de los hunos o de los hotros, Con la ventaja, para ellos, de que si es de los hotros pueden hasta reventarse en su señora madre, porque es «de derechas», «del PP» (éstos como diría Lasalle, no se han enterado de que el PP ha cambiado y ya no tiene ideología política) y toda la retahíla que se saben de memoria porque la recitan todos los años.

Por supuesto, no he visto ese acontecimiento. El autismo militante de la casta titiritera, complaciente con quien le paga bien —eso sólo tiene un nombre— me repugna a tal punto que opino que declaraciones como las de Arturo Valls suponen un poco de aire fresco en ese mundillo criptocomunista y lleno de comisarios políticos de lo políticamente correcto.

El caso es que, navegando por ahí, he recogido el comentario de un usuario llamado «Manuel Primero», que suscribo de la primera letra hasta la última, sobre el magno acontecimiento. Termino mi parte diciendo que si quieren una gala en la que los españoles de a pie seamos objeto de insultos, burlas y escarnios, o si quieren promocionar su enferma ideología de género, que se la paguen ellos.

La gala de los Goya se celebró ayer, sábado. Sólo 24 horas antes, el viernes, ya se emitían por la radio varios mensajes de disconformidad y descontento de los grupos feministas, alegando que las cineastas españolas, mujeres, representan no sé cuánto por ciento de la producción cinematográfica nacional, recibiendo, por el contrario, un porcentaje de premios sensiblemente inferior.

Cuando ayer supe cuáles fueron los resultados y quiénes las premiadas, supe al punto que los mensajes radiados del día anterior eran, en realidad, unos claros mensajes indirectos con los que se estaba diciendo a los responsables del evento que este año tenían la «obligación» de destinar una mayoría de premios, o al menos los más importantes, a producciones dirigidas o protagonizadas por mujeres, tal como ha sido con la película La librería, la cual cumple la doble premisa de haber sido dirigida por una mujer y protagonizada por una fémina que, además, es viuda y, por tanto, sus actos no están «contaminados» por la cercanía, siempre perniciosa, de una figura masculina… No me cabe duda de que no puede ser casualidad que sólo un día antes de la gala ya se estuviesen enviando mensajes de descontento por parte del feminismo patrio y que, una vez recibido el mensaje por la parte concernida, se actuara en consecuencia. Es como cuando hace cuatro años, en el cada vez más devaluado festival de EUROVISIÓN: los días previos estuvieron sazonados con declaraciones en contra de la homofobia, resultando de ello que, llegado el momento, aquella edición fue ganada por ese travestí austriaco barbudo llamado Conchita Wurst
(Conchita Salchicha, para los amigos: la salchicha de chicha que sabe chachi, si recuerdan).

No sé si rasgarme las vestiduras: ahora resulta que, ante la proximidad de un evento de masas, estos nuevos «privilegiados» de este régimen llamado «democrático» no tienen más que quejarse de lo muy desgraciaditos que son y de lo muy mal que les trata la gente para que, ipso facto, se les acabe concediendo todas las prebendas que aspiran a conseguir, sin tener en cuenta si sus obras valen realmente la pena o son bodrios, pues eso y no otra cosa son la mayor parte de las películas hechas en España, a día de hoy, con unas pocas excepciones, eso sí, en las que no procede entrar ahora.

Y en cuanto a la película ganadora, diré que, con independencia de lo profundamente feminista que sea el mensaje que se nos quiere lanzar al haberla premiado, me produce grima, en mi condición de ciudadano, que la película galardonada como la mejor película alumbrada por la cinematografía española durante el pasado año haya sido, ¡oh, rayos!, una película rodada en inglés. Lo cual sólo puedo interpretar como un paso más en la ingeniería social, auspiciada por la derecha presuntamente «democrática», destinada a lograr que, de aquí a una generación, se produzca en este país el reemplazo lingüístico, al tiempo que el demográfico.

Y no pasa nada

Tras unos asuntillos que me han retenido, vuelvo otra vez a escribir en mi blog. El asunto, como siempre, es el del procés, al que ahora se ha dado una vuelta de tuerca más con unas elecciones legítimas, por cuanto autorizadas por el Gobierno esta vez. No, por tanto, como la astracanada del refotèndum, dentro de la astracanada general del procès.

Contemplando los acontecimientos ocurridos desde el 17 de agosto, bien parece que poco a poco se va construyendo el ataúd del régimen que ha gobernado España durante los últimos 39 años. Un régimen que los aduladores varios que ha tenido la jefatura del Estado saludaban poco menos que como «lo mejor que le había ocurrido a España en todo el siglo XX». Un régimen basado en un turno de partidos más o menos evidente —repitiendo el esquema Cánovas-Sagasta— y que ahora ha saltado por los aires porque uno de los partidos se ha echado al monte con quienes odian a España y el otro no ha hecho nada por proteger a quienes por ello se han quedado desprotegidos.

Coincido con Federico Jiménez Losantos en que esas elecciones que se celebraron un 21 de diciembre —día laborable, por lo demás—, nunca debieron haberse celebrado. Uno tiene la sensación de que en Génova, además de a los brujos visitadores, consultan a algún astrólogo o así que les diga cuál es la mejor fecha… para dispararse en el pie. Porque ese astrólogo debe ser separatista, pues los resultados no han podido acompañar menos al partido en el Gobierno. Es decir: las elecciones sí podrían haberse celebrado, pero no antes de barrer la basura en la educación, la cultura y la comunicación catalanas. Ai las! El problema catalán se ha dejado pudrir prácticamente desde que estamos en «democracia» y ahora, a ver quién es el guapo que vuelve a meter a la fiera en la jaula. La aplicación del famoso 155 debió haber servido para eso, para fer dissabte; pero oigan: ni sábado, ni Lunes de Pascua. Los separatistas y quienes les dan apoyo siguen controlando esas tres áreas. ¿Han de sorprender los resultados? Lo único que ha detenido a alguno de ésos que dan su apoyo vergonzante es que le han dicho que «peligraba su grandeza de España».

Total: un sainete que nunca debió haber permitido el Gobierno. Permitir ese sainete le ha costado muy caro a García Albiol, alcalde de la única ciudad grande que le quedaba al PP en Cataluña, Badalona. Lo han quemado (a pesar de que a mí no me disgustaba como candidato) y posiblemente irá a Génova a poner la cabeza para que se la corten, con el beneplácito de… bueno, ¿quién quería su silla o a quién estorbaba? El PP está próximo a desaparecer en Cataluña si en Génova no hacen nada (y me temo que con la actual dirección no va a pasar nada). Un partido constitucionalista menos allí.

En cuanto al bailongo del Baix Llobregat, la yenka que pretendió bailar con los dos bandos le ha salido también cara. Quiso bailar con los dos bandos, el constitucionalista y el separatista, y los votantes constitucionalistas le han abandonado sin que por ello haya podido rebañar votos separatistas. Si Javier Fernández dirigiese el PSOE, quizá la sensatez que demostró en la gestora hubiera recompuesto un poco las cosas; pero lo dirige el monstruo de Sánchezstein, que ha dado en llamarse podemita sin serlo y está dispuesto a ser tragado por las fauces de la formación violácea, que se ha merendado sin pestañear a IU. Así, pues, Iceta seguirá donde está gracias a sus hermanos de logia y el PSOE (y antes de éste el PSC) se irá a la eme cantando alegremente la Internacional.

Finalmente, tenemos a los vencedores morales de esas elecciones, casi contra todo pronóstico: Ciudadanos. La formación naranja ha sido la lista más votada, pero… gracias a las martingalas que permite la LOREG, resulta que esa victoria no le sirve para gobernar. Resulta que los pactos postelectorales acaban con la alegría en la casa del pobre. En mi opinión, los pactos deberían ser pre-electorales, para que los votantes supiéramos a qué atenernos. Pero la Ley está como está y resulta que se unen dos partidos separatistas después de resultados y le roban a Inés Arrimadas la posibilidad de ser la primera presidenta de la Generalitat. Es legal, sí; pero es un robo. Con otra circunstancia: quienes están contra España siempre han encontrado espacio para unirse, mientras que a quienes defienden España lo único que les vale es la mayoría absoluta porque deben ganar en solitario.

Se puede calificar de misión imposible, realmente. Si Iceta no hubiera hecho el gilipollas con sus bailoteos y a García Albiol se le hubiera permitido elevar el perfil —estatura tiene para ello—, quizá se hubiera dado la posibilidad de un Tripartito constitucionalista. Pero, nuevamente, las cosas han ido como han ido y a Sorayavirreina de Cataluña— le ha importado más que Arrimadas no llegase al Palau de la Generalitat, aunque fuera a costa de joder a su propio candidato. Claro que con el desamparo que sufren los cuadros directivos del PP por parte de la directiva ¿nacional?, eso tampoco podría extrañar.

Aparte, en Génova 13 hacen también una lectura nacional de estos resultados. Ven cómo la estrella de Albert Rivera va ascendiendo con seguridad y sin prisas, mientras que la del PP se apaga, a rebufo de la de Rajoy y Soraya. Claro que lo de Albert Rivera no es flor de un día, sino que llevan ya 11 años: aparecieron en 2006 en el panorama político y se hicieron sitio en la política catalana porque Rivera se atrevió a salir en pelota picada en un cartel electoral. Y ahora en Génova she hacen todosh mishtosh ante la posibilidad de tener que pactar con Rivera, que no tiene hipotecas ni corruptos que se le puedan echar en cara. Con el PSOE ya estaba bien, porque cada uno tenía sus esqueletos en el armario y ninguno iba a abrir el armario del otro, entendiéndose entre ellos muy bien.

Señores, esto es (hoy) España: pasen y vean.


La batalla del lenguaje

Por su interés, colgamos esta entrada del blog de Manuel Ignacio Cabezas González, que explica perfectamente aquello que dijo hace bastante tiempo Antonio Gramsci: «La primera perversión es la del lenguaje».

Gracias al lenguaje (capacidad de hablar), los seres humanos somos diferentes de todos los demás seres vivos, animales o plantas. Además, si nos ocupamos y preocupamos de desarrollar y cultivar esta capacidad, seremos «dioses» todopoderosos. En efecto, según la tradición judeo-cristiana (cf. Génesis), Jehová (el «verbo«) y Adán (el «hijo del verbo«, creado a su imagen y semejanza) fueron nombrando al alimón y, por lo tanto, creando y dando vida (existencia) a todo lo que vemos, oímos, tocamos, olemos o degustamos. Y, por evidencia empírica, sabemos que quién domina el lenguaje y «nombra» tiene el poder y «manda«.

Ahora bien, si no nos ocupamos de cultivar y de mimar nuestro «verbo«, dejaremos de ser «dioses» y nos convertiremos en esclavos o «proles» (según la denominación de G. Orwell, en su relato «1984″). Por desidia, habremos agostado nuestros poderes lingüísticos y nuestra capacidad para tener criterio propio y para no ser manipulados ni engañados. Por eso, si nuestro lenguaje es enclenque, estaremos expuestos, sin defensa posible, a todo tipo de manipulaciones y contratiempos, provocados por la verborrea de mercadillo de la casta política; y repetida, como un mantra, por los medios de comunicación.   

Para ilustrar estas verdades de Perogrullo, nos vamos a referir al comportamiento lingüístico de la casta política nacionalista-independentista catalana durante los 40 años de democracia. Antes de dar el fallido «golpe de Estado de la DUI» (declaración unilateral de independencia), los independentistas llevaron a cabo, despacio pero sin pausa, un permanente y efectivo «golpe de Estado lingüístico«, que permitió manipular y descarriar las mentes de muchos ciudadanos de Cataluña, partidarios de la DUI del 27 de octubre de 2017.

Desde el inicio de la Transición (1975), la casta política independentista catalana está empeñada e inmersa en una «batalla del lenguaje«, que no se debe confundir con la «batalla de la lengua» (enseñanza del y en español y catalán), de la que nos hemos ocupado reiteradamente en numerosos textos. Gracias a la «batalla del lenguaje«, se ha tergiversado y prostituido el uso normal del lenguaje, al llevar a cabo el vaciado del contenido semántico de las palabras y a su sustitución por un contenido inapropiado, pero acorde con lo que la casta política quiere que digan, con vistas a la consecución de la independencia de Cataluña. En esta operación de «ingeniería lingüística«, la casta política independentista ha funcionado como el orwelliano «Ministerio de la Verdad» y ha creado, como hubiera dicho G. Orwell, una «neolengua«, que se ha ido enriqueciendo y modificando en función de la coyuntura política. Con esta «newspeak«, se ha pervertido, formateado y jibarizado la competencia lingüística de muchos de los ciudadanos de Cataluña, al tiempo que se ha convertido en vehículo de «posverdades» o «fake news«.

Para ilustrar esta metamorfosis permanente —llevada a cabo por el «Ministerio Catalán de la Verdad«, instalado en TV3, en numerosos medios de comunicación e instituciones varias (ANC y Omnium Cultural) de la «Cosa Nostra» independentista, así en todos los niveles de enseñanza— me permito dar algunos ejemplos de la manipulación lingüística de la «neolengua catalana«. Para ello, no hace falta ser un Sherlock Holmes o un Hércules Poirot para descubrir y desvelar el engaño-estafa de esta «nueva lengua», que es moneda de curso legal y de uso cotidiano por parte de los independentistas catalanes.

Como en aquella película titulada «¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?», también podemos preguntarnos por qué los independentistas hablan de «guerra de secesión» cuando deberían decir «guerra de sucesión«; o de «presos políticos» por «políticos presos«; o de «democracia» por «rechazo a la legalidad vigente«; o de «referéndum unilateral» por «consulta de la Señorita Pepis«; o de «diálogo» por «independencia sí o sí«; o de «facha» por «el que se opone al procesindependentista«; o de  «franquismo» por «Estado democrático español«; o de «fuerzas de ocupación» por «Guardia Civil y Policía Nacional«; o de «represión» por «mantener el orden legal y social«; o de «pueblo catalán» por «los independentistas«; o de «derecho a decidir» por «derecho de secesión«; o de «votación pacífica del 1-O» por «votación ilegal«; o de «botiflers» por «los ciudadanos constitucionalistas«; o de «violación de los derechos humanos» por «uso legítimo de la violencia constitucional«; o de «legitimidad fáctica» por «legitimidad legal-racional«; o de «movilizaciones pacíficas» por «escraches y hostigamiento a las fuerzas de orden público«; o de «golpe de estado» por «aplicación del art. 155 de la Constitución«; o de «exiliados» por «prófugos de la justicia«; o de…; etc.  

No he intentado ser exhaustivo en esta recopilación de «falsa moneda» lingüística. Basta con este muestreo para describir el comportamiento lingüístico del independentismo catalán, en el que las dos primeras víctimas han sido la verdad y el lenguaje. En este mundo independentista, el lenguaje ha dejado de ser un instrumento de ilustración y liberación, y se ha convertido en un «antilenguaje«, que propicia la confusión, la ambigüedad, la pseudocomunicación y el «babelismo» disgregador. El lenguaje, no lo olvidemos, pertenece a todos los hablantes y nadie puede apropiárselo, para manipularlo a su antojo y en exclusivo beneficio propio.

Ahora bien, los independentistas catalanes no son los únicos falsificadores lingüísticos, que utilizan el lenguaje para engañar y desinformar. El PP y todos los partidos de la casta (PSOE/PSC, C’s, Podemos) son también prestidigitadores lingüísticos, embaucadores y manipuladores recalcitrantes. Por dar sólo algunos ejemplos, el PP ha utilizado «movilidad exterior» por «emigración«, «línea de crédito» por «rescate«, «procedimiento de ejecución hipotecaria» por «desahucio», «incentivación de rentas no declaradas» por «anmistía fiscal«,«gravamen adicional» por «subida del IVA», «flexibilizar el mercado laboral» por «abaratar el despido», etc.

La manipulación lingüística no es una cuestión baladí. Es, más bien, un problema grave en la vida en sociedad y en la gestión política. La «langue de bois«, propia de la casta política en todas las latitudes, tiene muy mala prensa y aleja de sus derechos y deberes políticos a los ciudadanos, convirtiéndolos en practicantes del «silencio de los corderos«. A propósito de esta ingeniería lingüística, al escritor austríaco Stefan Zweig, en plena Segunda Guerra Mundial, le horrorizaba que «las palabras hubieran sido vaciadas de verdad, se hubieran vuelto huecas y desprovistas de sustancia interior«; y por eso temía y detestaba «vivir entre palabras sin verdad«. Estos temores se hicieron realidad y, por eso, el historiador P. Sawicki se permitió escribir, muchos años después, que «todos los genocidios (el holocausto fue uno) empezaron con palabras» castradas y preñadas de nuevo. Por eso, los responsables políticos deben respetar el lenguaje; esto es tan importante como respetar la legalidad vigente. No pueden seguir utilizando la palabra en vano, ya que «si dejamos que la lengua se corrompa, ella nos corromperá. Si la dignificamos, nos devolverá, en pago, dignidad» (Anjel Lertxundi, 2010).

Por eso, no está de más recordar a los independentistas y  a los miembros o «miembras» de la casta política de cualquier signo, todos ellos saboteadores del lenguaje, la respuesta que, en el s. VI a. C., dio el maestro Confucio a uno de sus discípulos, cuanto le preguntó qué medidas deberían tomarse para ordenar el Estado: «Lo primero que hace falta es la rectificación de los nombres. Si los nombres no son correctos, las palabras no se ajustarán a lo que representan y, si las palabras no se ajustan a lo que representan, las tareas no se llevarán a cabo y el pueblo no sabrá cómo obrar. Si de lo que se trata es de gobernar una nación, lo más importante es la precisión de la lengua«. Por los hechos y los resultados, parece que los independentistas catalanes están sordos o ciegos y Confucio predicó en el desierto.

© Manuel I. Cabezas González

Publicado también en CatalunyaPress, Periodista Digital, Red de Blogs Comprometidos, Liverdades, El Diestro, Las Voces del Pueblo y NavarraConfidencial.com.

27 de noviembre de 2017

El problema catalán (VIII)

Al final todo ha sido una tramoya. No cuela —por ahora— la famosa «reforma prostitucional» que iba a colarnos nuestra casta política y la jugada ha quedado, poco más o menos, en salvar los muebles ante la opinión pública. Rajoy declara un «155 limitado» y todos contentos. Los únicos que pueden estar furiosos son las bases de la CUP, que ya se veían apatrullando Cataluña a la caza del facha español tras la DUI. DUI que al final no fue ni declaración, ni unilateral ni de independencia. Puigdemont no tiene los huevos que tuvo el masón Companys de salir al balcón y proclamar la república catalana. Ni siquiera proclamó la republiqueta catalana, no fuera a ser que le empapelaran por rebelión.

De hecho, los empapelables no son de mucho nivel: Trapero y unos cuantos más. Cuando las cosas se ponen feas y la manada que antes protegía se disuelve, quedan los cabezas de turco. Y es bueno para los políticos malos tener uno al menos. El de Puigdemont es el major de los Mossos. Y los demás (Forcadell y cía) ya veremos qué excusa se sacarán. O irán como los cátaros a la hoguera (hoy un poco de prisión y poco más): cantando himnos de alabanza y sabiéndose mártires por la causa. Mártires que serán citados en la intimidad familiar, al modo como lo cuenta Jon Juaristi en su ensayo sobre el nacionalismo vasco y que serán, con el tiempo, semilla de nuevos tarados separatistas porque el Gobierno no hizo en su momento los deberes.

Y luego, por fin, el art. 155, precedido de unas infectas declaraciones del menistro-portacoz coincidiendo con los agitadores de cuarta del procés: que la situación de la educación en Cataluña es como una bassa d’oli y que las denuncias por acoso lingüístico y tal «son casos aislados». O este ministro es tonto, o nos toma por tontos a los demás y se ríe en nuestras barbas. Seguramente en su logia estarán contentos; pero un ministro que ante los casos que se han dado en su ramo no quiere trabajar tiene derecho a ser expulsado del Gobierno. Pero, claro, como el jefe tampoco quiere que perturben su cómoda siesta, es del mismo parecer y aquí no pasa nada.

Lo que queda claro, tras la «aplicación del 155», es lo siguiente: que el Gobierno de Mariano no se ha querido arremangar los brazos y trabajar en el nivel más básico de la política. Igual que en Madrid ha dejado la educación, la cultura y la comunicación en manos rojo-masónicas, ha hecho lo mismo en Cataluña, dejándolas en manos de los separatistas (que alguno de ésos estará también en la logia seguro). No es así como se desmonta la hegemonía del programa separatista.

Sepan ustedes que cuando los useños se apoderaron, tras el breve conflicto con España, de las Filipinas, una de las primeras cosas que hicieron fue mandar al archipiélago filipino nada menos que 10.000 (diez mil) profesores de lengua inglesa para enseñar a la nueva colonia de los USA the Empire’s Language. Lo que, con el tiempo, se ha convertido en la razón por la cual la población filipina tiene nombre español y, sin embargo, habla en inglés (y tagalo). Sin embargo, de tan «democrático» que quiere parecer nuestro Gobierno, parece tonto. Estoy seguro de que en Francia o en Alemania habría una purga de profesores y directores de colegios comprometidos con la independencia de Bretaña o Baviera, respectivamente. Y a nadie le parecería «antidemocrática» la medida. Pero aquí, donde el lenguaje separatista y proterrorista ha ganado la batalla, ocurriría distinto. Teniendo un ministro de ¿Cultura? que gusta de que le rompan la cara en las galas de los titiriteros, ¿cómo vamos a pensar que hará algo por recuperar las competencias educativas que Aznar cedió graciosamente (hoy ya no tiene gracia) a las CC.AA. y defender de paso el derecho de las familias a educar en la lengua oficial del país en todo su territorio?

La otra parte de la opereta montada es la de las elecciones. Primero, elecciones a cambio de la DUI: «Si no declaras la independencia y aceptas elecciones, no te aplicaré el 155». Como Puigdemont no dijo ni una cosa ni otra, la aplicación del susodicho artículo ha conllevado la disolución del Parlament y la convocatoria de elecciones en dos meses. Y qué manía la de Rajoy de convocarlas en diciembre, justo antes de Navidad. Tendrá sus razones, desde luego. Solamente espero que la Cataluña no separatista no se vaya de vacaciones, como suele hacer, y piense que no se juega nada con esas elecciones. Elecciones, como decimos, en una Cataluña en que los separatistas controlan la educación, la cultura y la comunicación.

Yo siempre les digo que no sé para quién trabaja nuestro Gobierno; pero desde luego, no es para nosotros. Me da igual el color del Gobierno. Corran apuestas: puede que trabaje para Bruselas, que odia los Estados-Nación y busca crear un superestado neutro en que todos sus habitantes compartan un sustrato común sin desviaciones regionales o locales. Por eso odia a países como Hungría o Polonia, que hacen valer su tradición católica frente al laicismo de los eurócratas y se niegan a aceptar las decisiones de Bruselas contrarias a esa tradición.

O puede ser que esté trabajando por la implantación definitiva del Nuevo Orden Mundial, cuyo fin es la transformación de las sociedades cristianas en «relativistas, naturalistas y laicistas (o sea, masonizadas e incluso masónicas)» (P. Manuel Guerra). Ya llevamos un trecho en ese camino, impulsados desde Bruselas en lo cercano. Cataluña ha sido y es banco de pruebas. En mi opinión, no ha de llevar a nada bueno. En cinco años lo veremos casi seguro.

El problema catalán (VII)

Menuda ceremonia de la confusión que ha habido en las dos últimas semanas. Ceremonia que, según parece, terminó ayer con la declaración refinitiva del famoso artículo 155 CE. Los acontecimientos se han sucedido, a ras de suelo, como una confusa catarata de declaraciones y contradeclaraciones, en las que prácticamente todos se han retratado. Pero vamos por partes, que diría Jack el Destripador.

Dejábamos nuestro relato en el punto del sorprendente discurso del Rey, que en nuestra opinión no fue escrito por ningún fontanero de lo políticamente correcto. Dicho discurso provocó una reacción inesperada para quienes conducen el vehículo de la presunta reforma constitucional: ese fin de semana Madrid y después Barcelona se llenaron de banderas españolas. Prescindamos de los nombres propios que los manifestantes querían llevar a prisión. Al pueblo, ése que nuestros (presuntos) representantes desprecian en el fondo, le daba igual si reforma sí o sí no: hartos de toda la tramoya, pedían el regreso a la normalidad de la situación política y la aplicación de la Ley y la actuación de la Justicia y las fuerzas del orden en todo el territorio español.

Lo cual hizo que los sesudos conductores se detuvieran un tanto. Ante tal marea de banderas, se dijeron: «Con tanta banderita será imposible que traguen con una reforma constitucional que encima les dé más poder». Y entonces, gentuza como Pablo Iglesias pareció ver la luz: un tío que afirmaba no poder decir «España» y que el himno nacional le parecía una «cutre pachanga fachosa» ahora «amaba España». Pero es sabido que para Pablemos y su troupe no hay límite: tanto la verdad como la mentira son armas revolucionarias. El hecho cierto es que reculan todos, menos Cs que sí había pedido la aplicación del citado artículo.

Requiéreme otra vez

Así las cosas, el art. 155 CE exige un requerimiento a la comunidad incumplidora para que cese en su incumplimiento. La escena es digna de un Berlanga, aunque me temo que hoy en el cine español no hay nadie que le chiste al Gobierno, salvo para pedirle más dinero e insultar al ministro del ramo que no es de su cuerda. Podría ser algo como esto:

—Carlesh, te requiero para que no proclamesh la independencia.

—No la voy a proclamarla del todo, sólo un poquito.

—Bueno, pues yo te aplicaré el 155 sólo un poquito.

Home, cómo te pones. Estamos entre amics, ¿no?

Amiguiños sí, pero a vaquiña polo que vale, ¿eh? —Rajoy hasta se sorprende: tamén fala galego na intimidade—.

Hay que imaginarse la jugada: en Barcelona y en Madrid hay sendos camarotes de los hermanos Marx. En Madrid, el monstruo de Sánchezstein y Pablemos; en Barcelona, el PSC, que es casi autónomo de su centro madrileño. «Hay que dialogar, como no puede ser de otra manera. ¿Cómo se atreve Rajoy a no dialogar?», a ambos extremos de la línea. En Barcelona, además, los de la CUP. Están nerviosos porque Puigdemont parece que se arruga un poco ante la posibilidad de que el pagano del sarao sea él y unos pocos más de los suyos. Le empujan, seguros del poder que empiezan a tener en la calle a través de los CDR (Comités de Defensa del Referéndum, una transposición de sus homólogos cubanos): «¡Como no declares la independencia vamos a por ti!». Como ya hemos hablado del diálogo no vamos a volver sobre ello.

Total, que entre unos y otros la escena se convierte en el clásico de la despedida telefónica de enamorados:

—Empieza tú por no declarar la independencia…

—No, tú a no aplicar el 155…

—No, tú…

—No, no, tú…

Y así, ad nauseam. Tres veces, no una, requirió Rajoy a Puigdemont. Tres veces citó al toro y tres se negó a salir, aunque luego al final declarara la independencia del pobre.

Aunque lo que nos tiene con las dichosas náuseas es que esto se pudo haber acabado en 2014. Pero fue tan brutal el ejercicio de la negación de la realidad en aquel entonces que ha habido que esperar tres años después. Y encima, a la aplicación de un 155 limitado. Tanto, que no sabemos si en realidad es un 15,5 o un 1,55. Lo fundamental es que a partir de las manifestaciones en Madrid y Barcelona tanto hunos y hotros no han hecho otra cosa que recular, aunque las calles catalanas, tomadas por la CUP hayan parecido decir otra cosa.

El problema catalán (VI)

Seguimos contando la relación, como si los fets de l’1 d’octubre fueran un romance de ciego. Y ciegos estábamos cuando nos explicaban todo lo que pasaba en Cataluña. «¡Esto es un escándalo… una inmoralidad!» se truena desde los medios. Los periodistas, cada uno desde su línea editorial, tratan de formar el «séquito» que refuerce sus propias afirmaciones. Así, ante lo anterior, al periodista que se dice influencer le encanta oír «¡Sí, sí, sí, Puigdemont al paredón!». Naturalmente, estamos hablando de redes sociales, donde no cuesta nada pegar un puñetazo en la barra virtual.

Dejemos por un momento la crítica de las redes sociales —volveremos sobre ello— y centrémonos en el siguiente acto de este sainete, entremés u obra del género chico —la ópera, sin duda, es más propia de los italianos, franceses y alemanes—.

Terminado, pues la escena electoral, con unos resultados falsos y falseados, las espadas están en alto. Rajoy no dice gran cosa, salvo que tiende la mano al diálogo. El espadón de Mojácar, junto con la go-gó del Llobregat, poco menos que exigen diálogo. Ciudadanos pide la aplicación del 155 CE, pero con un poco de diálogo, no sea que les vuelvan a romper las lunas de alguna sede en Cataluña. ¡Hombre! ¡Si hasta los comunistas de Podemos piden diálogo! Diálogo es la palabra de moda en la última semana. Pero como les decía en otra entrada de esta serie, no se dialoga con los delincuentes (hablamos de delitos de sedición e incluso de rebelión). Y en cuanto a «negociar el cumplimiento de la ley», como yo les decía, vayan ustedes a su Ayuntamiento a «negociar» el pago de un impuesto municipal, ya sea la cantidad o el momento del pago. Se van a enterar ustedes de lo que vale un peine.

Entonces, Puigdemont se ve atrapado. Si declara de verdad la independència, Rajoy le echará encima a la Justicia y con razón, porque habría cometido el delito de rebelión (472 CP). Y si no lo hace, sus amigotes de la CUP le darán la patada del sillón del President. ¿Qué hacer? ¿Cómo contentar a todos? Sencillo —o no—: declarar la independencia y, acto seguido, suspenderla. Y mientras tanto, seguir dialogando para ganar tiempo mientras el paralelogramo de fuerzas se estabiliza.

Pero hete aquí que, de una forma imprevista, hace su aparición el Rey. El jueves, día 4 de octubre, Don Felipe realiza una intervención televisada, una alocución a todo el país. En el rompecabezas de lo que está ocurriendo, este discurso es una pieza que no termina de encajar del todo. Sin tartamudear y sin campechanías de ningún tipo —«En estos tiempos de paz y concordia…», «la Reina y yo…»—, gracias a Dios, tenemos un Jefe de Estado como Dios manda. La comparación con el discurso de su señor padre en el 23-F es inevitable; y, en mi opinión, sale ganando el Rey actual. ¿Por qué? Porque hoy no ha hecho falta vestir al Jefe del Estado de Capitán General de los Ejércitos ni traerlo a rastras ante las Cámaras, que se sepa. Lo mejor de todo es que no parece que ningún fontanero de Moncloa le escribiera el discurso. Los cuatro primeros párrafos no tienen desperdicio; pero por no citarlo todo, destacaremos el segundo y el tercer párrafo del mismo :

Desde hace ya tiempo, determinadas autoridades de Cataluña, de una manera reiterada, consciente y deliberada, han venido incumpliendo la Constitución y su Estatuto de Autonomía, que es la Ley que reconoce, protege y ampara sus instituciones históricas y su autogobierno.

Con sus decisiones han vulnerado de manera sistemática las normas aprobadas legal y legítimamente, demostrando una deslealtad inadmisible hacia los poderes del Estado. Un Estado al que, precisamente, esas autoridades representan en Cataluña.

Esto, en otros tiempos, no se le hubiera permitido al Jefe del Estado decirlo —Pujol mandaba mucho y no se hubiera dejado avergonzar de esa manera—. Pero tal vez hoy las cosas hayan cambiado un poco. Quizá todos los que hace algún tiempo se reían de El Preparao tengan que guardar las risitas para otros asuntos. Entiendo que, de toda la patrulla y dentro del estrecho corsé constitucional en que se le ha metido, el Rey es el único hasta ahora que ha estado a la altura de la situación. Los demás, hunos y hotros, están naturalmente a lo que están. Y lo contaremos en la entrada siguiente.

El problema catalán (V)

Y llegó el día. El domingo día 1, el «día D», es desfermaren les hostilitats y hubo una gran fiesta y no hubo nada. La festa, naturalmente, para los antifas y otra gente de buen rollito que se congregó especialmente en Barcelona y Gerona. Unos autóctonos y otros foráneos, pero todos unidos por el odio a la puta Espanya. El nivel de delirio alcanzó niveles insostenibles y fue directamente proporcional al acoso a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Pero vayamos por partes, que dijera Jack el Destripador.

«Vamos a tomar serias medidas»

En Madrit vieron lo que se avecinaba y Zoido, flamante y orondo Ministro del Interior, ni corto ni perezoso, mandó a 10.000 hombres entre policías y guardias civiles a Cataluña. Lo malo es que prácticamente les mandó desnudos: con armas, pero sin derecho a usarlas, sin derecho a repeler las agresiones y provocaciones de las que efectivamente fueron objeto. Más aún: esos miembros de las FCSE son acosados en los hoteles en los que se hospedan e intimados a que se marchen, mientras los alcaldes correspondientes cometen sendos delitos de amenazas y coacciones. Incluso los del PSC, que previamente fueron amenazados ─supongo que no sólo en su integridad física─; pero es que ni el espadón de Mojácar ni la go-gó del Baix Llobregat dan para más.

Por su parte, la jornada ha servido para comprobar el nivel de deslealtad institucional de los Mossos. Riéndose con los secesionistas, o incluso votando con ellos. No tengo ninguna duda de que son la policía de opereta de los partidos que okupan la Generalitat, lo mismo que la Ertzaintza lo era del PNV en los nefastos años de plomo. Y si anteriormente tenía alguna duda, el domingo se disiparon todas. Sin embargo, hablamos de la justicia mariana, lo cual explica que Trapero, el Majormajor poca-vergonya», deberíamos decir) de los Mossos no haya sido cesado ni mucho menos detenido o citado a declarar.

«Vamos a contar mentiras, tralará»

Y con la jornada llegaron las mentiras. Supongo que aquí es cierto que «mientras la verdad viaja a pie, la mentira lo hace en avión». Las imágenes que «han dado la vuelta al mundo» no han sido precisamente las de la verdad de lo que ocurrió. Todo lo contrario: han sido las fotos trucadas de otros años y otras manifestaciones, que la mayoría de la mal llamada «prensa internacional» ha tragado sin chistar o, simplemente, porque colaboran en dañar la imagen de España allende nuestras fronteras. Por no hablar de otras falsificaciones, como la de la «senyora» Marta Torrecillas, alias Marta Dedosrotos, concejal de ERC en Gallifa, que se inventó con bastante éxito lo de las «agresiones de la Policía» hasta que, finalmente, descubrimos la verdad: que de «dedos rotos» nada. Que sólo inflamados. Esa «senyora» ya se ha enterado de que mentir tiene un precio: no ya el legal, pues estaríamos hablando de un delito de calumnia, sino el económico y social. Esta «senyora» ha tenido que eliminar su presencia de las redes sociales por la catarata de críticas ante su actuación… y posiblemente tenga que tancar la paradeta. ¿Quién le dice a uno que si es capaz de mentir sobre las FCSE no es igualmente capaz de hacerlo respecto de sus mercancías?

No menos vistosas han sido las mentiras sobre los «ferits»: el propio Puigdemont afirmó, totalmente despeinado, que «se contaban más de 800 heridos en los disturbios. Al final resultó que sólo fueron cuatro. Pero, como dijo ZP, «lo importante es la foto»; sobre todo, la primera foto.

Pero para fotos curiosas, ésta misma:


Lástima que no tengamos en activo a Wilfred y La Ganga para que nos escribiese un rap titulado algo así como «Mi abuela y el Gordo».

Pero la peor falsificación de todas fue la de la «voluntat del poble català». Habría que empezar por definir qué es lo que algunos entienden por «poble català». ¿Pertenece al poble català aquel que «vive y trabaja en Cataluña», que es lo que decía Pujol hace unos cuantos años? ¿O es que ya hemos dejado atrás esa definición tan neutra y tan bonita y ahora el poble català sólo es aquella parte de los habitantes de Cataluña que vota a partidos secesionistas? Las urnas fueron la mejor demostración del fraude: con forma de cubo de basura, no entraron vacías en los colegios electorales, de forma que los «resultados» reflejaron lo que ocurrió. Dado que se pudo votar más de una vez porque no había control del censo, no fue infrecuente que el resultado en muchas poblaciones catalanas fuera «más del 100% a favor de la independencia». Farsa total. Como le dijo un servidor a Lluís Llach:

Trapero, policia. Puigdemont, mal actor.
Mals actors, mal teatre, mal públic, teló.

Que luego resulte que todos nuestros ¿representantes? sean unos fills de… Hiroshima… bueno. No es que no estuviera en el guión; pero poco a poco nos vamos enterando de ello.

El problema catalán (IV)

Qué duda cabe que Ortega y Gasset fue un gran filósofo español. Pero seguramente no estuvo en su mejor momento cuando soltó esa chorrada de que «el problema catalán se soluciona con la conllevancia». Tuvo tiempo de ver cómo en 1934 Alcalá-Zamora mandaba al Ejército a acabar con la proclamació de l’Estat Català dins la República Espanyola. Sin embargo, parece ser que ese fantasma de la conllevancia planeó en las negociaciones autonómicas de 1978. El PNV puso muertos de la ETA para negociar, sin más. La Delegación catalana, más comedida, pretendió que se reconociera el el fet diferencial… para ir construyendo desde ahí la diferencia que, años más tarde, acabaría en discriminación pura y dura. Como dice Jon Juaristi en su libro «El bucle melancólico», lo que para unos fue un punto de llegada (constitucionalistas), para otros fue punto de partida (nacionalistas).

Porque la «conllevancia» se ha convertido en «sufrir con paciencia los desplantes del otro, reconocer la justicia de sus demandas y concedérselas todas». A esto hemos llegado después de casi cuarenta años de «democracia». Como decíamos en una entrada anterior, todos los Gobiernos que en España han sido han reconocido la «conllevancia» como remedio y han comprado la paz política discriminando positivamente a Cataluña. O, más exactamente, a sus dirigentes políticos. Y aun así, ni con toda esa discriminación positiva, CiU (hoy PetDeCat) consiguió convertir a Cataluña en la Xauxa de La Trinca (vaya unos, también)…

Xauxa, Xauxa,
serà una gran ciutat,
sense cap dels vells defectes
de la vella societat.

Xauxa, Xauxa,
país meu ideal,
on farem la gran disbauxa
i farem, farem l’animal.

Tienen una deuda de 70.000 millones (de euros), que se inició cuando dijeron: «Hemos de conseguir que nuestra permanencia en España les cueste más que nuestra salida». De aquellos tiempos, estos lodos…

Ahora que han parapetado a Sánchez-Camacho en el Senado ya nadie se acuerda de cómo tonteaban a cuenta del famoso pacte fiscal. Tampoco es que el PPC haya elevado mucho el perfil, a pesar de haber elevado la estatura media. Para ellos, como para Cs, el dilema es «verdad vs. lunas»: es decir, que si hablan de la verdad les rompen o pintarrajean las lunas de sus sedes.

Para los demás, al parecer, se resume todo en diálogo. El monstruo de Sánchezstein habla de diálogo, Iceta habla de diálogo… ¡hasta la Iglesia habla de «diálogo», palabra que, junto con la de «talante», me remite a los tiempos más oscuros de ZP! Recuerdo bien que cuanto más hablaba de diálogo ese sujeto, más nos llamaban «fachas» y «nostálgicos del franquismo» a los que defendíamos la Nación española los trolls a sueldo de la pesoe —o de la Logia—. Hoy son los alcaldes del PSC los amenazados… ¡y siguen pidiendo diálogo! Como si la libertad ideológica y la integridad física pudieran ponerse en almoneda. ¿Puede Juan Español dialogar con Montoro para que éste le perdone el IRPF del año presente? ¿Puede Juan Local dialogar con el Ayuntamiento para que éste no le imponga una multa por incumplimiento de ordenanza municipal? Pues eso. El cumplimiento de la Ley no es negociable, por mucho que diga el Ministro de Economía. Si para nosotros no lo es, para la Generalitat y sus adherencias tampoco.

La Iglesia tal vez merezca capítulo aparte. No sólo es ya que 300 mossèns trabucaires estén a favor del prusés. Es que la Conferencia Episcopal Española, dirigida por Blázquez, ese «loro viejo que aprendió a hablar» cuando estuvo en Bilbao, ha evacuado un documento donde resplandece… la equidistancia. Claro que se les entiende muy bien: diócesis como la de Gerona son muy ricas y la única forma que tienen de defender su patrimonio (no el histórico-artístico, sino el otro) es intentar nadar y guardar la ropa en un tiempo que cada vez menos admite una de cal y otra de arena. Esto lo aprendió Blázquez muy bien en Bilbao, como dijo Pedro J. en su «Carta del Director» de El Mundo del 2 de junio de 2002, y ahora lo aplica desde su sillón en la CEE.

No es tanto el versículo dedicado «a la iglesia de Laodicea» el que nos viene a la cabeza, que también, sino este otro: Nemo potest duobus dominis servire aut enim unum odio habebit et alterum diliget aut unum sustinebit et alterum contemnet non potestis Deo servire et mamonae (Mt 6:24). Dicho en castizo: «No se puede servir a Dios y a los mamones». Yo creía que ser cristiano —católico, en mi caso— era tener problemas con el poder; de hecho, a Jesucristo lo acabaron clavando en la cruz por sus problemas con los poderes establecidos. Pero viendo a estos señores asotanados intentando nadar y guardar la ropa por lo suyo, no estoy tan seguro.

 

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