Breves observaciones sobre X

Como llevo casi un año sin escribir nada, me decido hoy a comentar unas impresiones sobre X (antes Twitter), una red insocial que estoy valorando abandonar, sobre todo desde que me he dado cuenta de la enorme cantidad de tiempo que me roba. Desde hace ya bastante tiempo, me llama la atención el gran número de personas que confunden X con la realidad. Me he encontrado con gente que me ha mandado a tomar… viento al intentar hacerles ver que pierden el tiempo discutiendo con gente a la que nunca van a convencer (signo claro y evidente de adicción).

No menos aquellas otras que, como ven que la realidad no coincide con su visión de las cosas, se dedican a promover esa visión berreando a más y a mejor y peleándose con quienes no están de acuerdo con esa visión, buscando la bronca: particularmente, en España, los indepens, que ya me dan pena, porque resulta que de ese momio viven bien quatre gats y el resto de ellos, aunque aspire a vivir como ésos de arriba, nunca será otra cosa que número. Y en cuanto a la población, una mera comprobación física da como resultado que la gente empieza a hartarse de ellos porque, a fin de cuentas, la situación no cambia y perciben (correctamente) que les están metiendo la mano en el bolsillo y robándoles a manos llenas. Que sea una causa que nunca vaya a cumplirse es lo de menos.

Quedan los que creen que por mostrar su disconformidad con una situación en X «el mundo va a cambiar con su sola palabra». Son los de los dos minutos de odio orwellianos. Uno los ve desgañitándose contra el presidente, ministro o político que les desagrada… y no pasa nada. Y todos contentos: el político, porque recibe feedback aunque sea malo (es decir, le hacen casito y hablan de él aunque sea mal) y el usuario porque, aunque ha soltado un exabrupto, no le va a caer ninguna demanda ni la policía va a llamar a su puerta a las 2 de la mañana.

Aunque muchos parecen no haberse dado cuenta aún, el poder taumatúrgico de la palabra es nulo en X, a no ser para que la censura (sí: «viva la libertad de expresión… más para unos que para otros», que hubiera dicho Orwell) tuitera te persiga, te suspenda la cuenta por una semana o te la tumbe si creen que la infracción de sus reglas es lo bastante grave.

Descartemos a los contratados vía astroturfing, que también los hay y que son de la familia de Upton Sinclair («Es difícil lograr que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda») y con los que es inútil hablar de la razón por la que fueron contratados.

Salir de todo esto debe ser como salir de Matrix, supongo. Y muchos, al parecer, no quieren. Y sí, puede que tengan razón: «Si tanto lo criticas, ¿qué haces tú ahí?». Cada vez estoy más convencido de que X, desde el punto de vista del usuario, no sirve para nada. O para perder el tiempo. O, tal vez, para sustituir relaciones de personas de carne y hueso por relaciones virtuales. Se rompen matrimonios y familias y se sustituyen… ¿por? Y no pasemos por alto el hecho de que cada vez más la mentira y la doblez planean por las relaciones personales y sociales (con el obvio correlato de la desconfianza). Pero esto es consecuencia de una sociedad líquida, donde al parecer hasta el tiempo del que se dispone en este mundo importa poco o nada.

Debería hacernos pensar el hecho de que todo un país esté sumido en el hechizo y la ensoñación virtual. Que España, tradicionalmente, haya tenido un mal despertar de estos ensalmos debería enseñarnos algo.

«Sólo sí es sí»: una indigestión de mentiras

Por su interés, colgamos en el blog este interesante artículo, rapapolvo tremebundo a Irene Montero y a los que se enrocaron en la defensa de una ley que sólo puede ser calificada de aborto de Themis. Uno se pregunta en manos de quiénes estamos. Tal vez es clarificadora la frase de Mario Moreno, «Cantinflas», al decir esto:


…y nunca mejor aplicado que en el caso presente.

Por TSEVAN RABTAN

El Mundo, 04/02/2023

El origen de la ley del ‘solo sí es sí’ es una mentira tan grande que, para ocultar la evidencia, los redactores de la norma torcieron la técnica legislativa, desoyendo las advertencias de los juristas: solo les importaba la propaganda

Si quisiera escribir una tribuna épica, deslizaría que la tormenta desatada contra Irene Montero es producto de la hybris. Los dioses se estarían vengando por la desmesura de las pasiones de la ministra y su loco propósito de acabar con males milenarios. Pero solo estaría añadiendo una mentira más y estoy ahíto. No me cabe una más sobre este desgraciado asunto. De hecho, lo mejor que puede hacer la sociedad española es vomitarlas todas, no sea que muramos, como los personajes de La Grande Bouffe, entre ventosidades.

El mismo día de la sentencia de La Manada, luego corregida por el Tribunal Supremo, y sin tiempo para leer sus cientos de páginas, comenzó una marea irracional que cristalizó en eslóganes vociferados: el sistema no estaba pensado para proteger a las mujeres; no había castigo si no era todo violación; el consentimiento tenía que estar en el centro. Todos esos eslóganes eran falsos; pero a ver quién era el guapo que se ponía a discutir con centenares de miles de manifestantes. Así que, como el rey felón, España dijo «vayamos todos, y yo la primera, por la senda de la indignación». Ese fue el mal de raíz, la paridera de las mentiras que no cesan.

Era falso que el sistema no buscase proteger a las mujeres. Podía mejorarse, pero todo él llevaba décadas construido con esa finalidad, buscada por todos, como lo demuestra la penalidad de este tipo de delitos: muy superior a la de otros. Con el Código Penal hoy derogado, los miembros de La Manada fueron condenados a una pena superior a la de algunos homicidas. Era falso que todo tuviese que ser violación, porque lo que importa no es el nombre sino el castigo, como tristemente están comprobando ahora muchas víctimas. Era absolutamente falso que el consentimiento no fuese ya el pilar sobre el que se sustentaban todos estos delitos. Y la discusión sobre si es mejor o no que se defina en la ley no pasa de ser un asunto menor, de técnica legislativa, que no supone ningún cambio sustancial salvo que se hiciese algo prohibido en todos los sistemas civilizados: presumir su inexistencia en perjuicio del acusado.

Por cierto, la última mentira salida de fábrica es que el sistema va a pasar de preguntar a la víctima si consintió para preguntar al agresor si se aseguró del consentimiento. Falso: en los juicios, los acusados seguirán teniendo derecho a no declarar, a no contestar las preguntas de sus acusadores y podrán mentir sin consecuencias; y las víctimas, que son testigos, seguirán siendo preguntadas sobre los hechos y sobre su significado.

La mentira original era tan grande que, para ocultar la evidencia de que iba a temblar la montaña y aparecer un ratón, se torció el proceso legislativo. El sistema se diseñó para mejorar las leyes: de ahí los estudios preliminares, los anteproyectos, los informes, los proyectos, las comisiones, los debates. Pero como esta ley debía ser histórica y acabar con siglos de sometimiento, había que aparentar un cambio de modelo, unificando delitos que contaban con decenas de años de interpretación jurisprudencial y que obedecían a la necesidad de graduar e independizar conductas. Importaba más la propaganda, la venta del animalito, que la técnica legislativa y los efectos de la ley en la sociedad.

El proceso se pervirtió y se usó para minimizar los defectos de diseño de la ley, mintiendo. Aunque muchas personas advirtieron de ese mal de raíz y de sus consecuencias, no se les hizo caso porque eso suponía estropear el día de la victoria. Así, cuando se planteó por el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) el problema de las posibles revisiones de condenas por la reducción de las penas más altas en el anteproyecto, se elevaron. Uno de los elementos esenciales de cualquier reforma penal (la intensidad de las penas) se podía cambiar sin mover una ceja, siempre que no se tocase la cáscara, la caja con el lazo. Esta misma semana, Victoria Rosell, en declaraciones a RNE, dijo que estaban abiertos a subir también las mínimas, para evitar que los jueces tuvieran la tentación de beneficiar a condenados o acusados. La ligereza con la que se trata un asunto tan serio produce auténtico asco.

Antes de que se aprobase la ley, muchos avisamos de que esa unificación de tipos (innecesaria, estúpida) podía producir un efecto de revisiones de condena y beneficios para los acusados no sentenciados o con sus condenas recurridas. Nos llamaron de todo: intoxicadores, machistas, creadores de bulos, generadores de terror sexual. Se afirmó, con una arrogancia y una ignorancia insoportables, que no iba a producirse un sólo caso. Cuando empezaron, echaron la culpa a jueces y juezas. Todos eran machistas necesitados de reeducación. Lo decían desde un ministerio, ciscándose en la separación de poderes y arrogándose incluso la capacidad de revisar el trabajo de profesionales de la Judicatura, la Fiscalía y la Abogacía, pese a no tener ni pajolera idea de los casos concretos ni haber presenciado los juicios, las pruebas practicadas, las declaraciones de las víctimas, los acusados, los testigos y los peritos.

Cuando el número de casos fue aumentando, volvieron a mentir. Dijeron que había un problema de interpretación, que la unificación del Fiscal General resolvería el problema, que el Tribunal Supremo metería en vereda a los jueces que estaban aplicando mal la ley. Mintieron al sostener que cambiar su exposición de motivos, el «toque de atención» anunciado por el ilustre jurista Patxi López, serviría para que se interpretase correctamente. No iba a haber ni un caso, pero ahora que ya hay más de trescientos se aduce que revisiones hay pocas (procesos de revisión), cuando lo que afirmó Irene Montero fue que no se iba a conocer ni una sola reducción. Hoy, más de trescientos sujetos van a cumplir penas más bajas de las que habrían cumplido de no haberse aprobado la ley. Más y más engaños, flotando, rebosando.

La evidencia día a día llevó a los defensores de la ley a un nuevo embuste: lo importante no es que se rebajen penas, sino el cambio de paradigma. No hubo una sola disculpa por los insultos de los meses anteriores, y es comprensible: estaban demasiado ocupados recuperando a toda prisa el antipunitivismo. Lo malo de esta nueva mentira es que, como he explicado, la aplicación de una política criminal seria les había importado tanto como el segundo que tardaron en subir las penas máximas. Hacía eones que había pasado la oportunidad de vender un proyecto que no se basase en la cárcel y tirar la llave.

Cuando el PSOE, el que empujaba para salir en las fotos (miren las intervenciones de sus representantes en el Congreso y el Senado), ha percibido que el escándalo ya no le hace daño sólo a Podemos, las mentiras han devenido en auténtico dadaísmo. Ahora recurren a un proyecto de ley del Gobierno (fiscalizado por el Ministerio de Justicia), apoyado con homérico entusiasmo en las cámaras por el PSOE, aunque en realidad no le gusta al Gobierno, le puso salvedades y lo aprobó arrastrado por la juvenil pasión de Irene Montero, a la que, por lo visto, hay que dejar jugar con el Código Penal para que no se enfade.

Ese mismo Gobierno anuncia que va a revisar su ley; eso sí, ahora con el asesoramiento de expertos. Les da igual saber que ninguna modificación afectará a la parte que más alarma produce. No es extraño que el partido de las tartas proteste ante una conducta tan rastrera y grite «mentira», pero recibimos su grito con la misma empatía que la del estafador por el timo de la estampita.

Todas estas falsedades, como los mandamientos de la ley de Dios, se funden en su regla de oro: pronunciarás el nombre de la ley en vano. Lo deprimente es que la ineptitud y la mentira se han convertido en noticia, no por ellas, sino por el miedo a la reacción popular. Por esa afección que deberíamos dominar y contra la que los dirigentes deberían formar a la nación. No, no es la hybris clásica; es una versión casposa, paleta y en pijama. Usaron y fomentaron la indignación irracional de la gente tras una sentencia. Hoy esa indignación, tan bien cultivada y aprovechada, se vuelve en su contra.

Tsevan Rabtan es abogado

Cómo se convirtió España en paraíso de los okupas

Por su interés, compartimos una (larga) explicación razonable de la génesis y desarrollo del fenómeno de la okupación. Es de 2020, pero creemos que la explicación sigue valiendo. Este fenómeno, hay que matizar bien, no sólo consiste en jóvenes maleducados, guarros y que usan la declaración política como excusa para su comportamiento delictivo. Afecta también a familias que por la crisis perdieron su hogar y okuparon una vivienda como último y desesperado recurso. Original aquí.

Desde el estallido de la descontrolada burbuja inmobiliaria en 2009, la okupación (la ocupación ilegal de viviendas vacías o de tierras sin utilizar) se convertido en un problema importante. En 2019, tras un aumento del 58% de los casos en cinco años, se okuparon cerca de 100.000 viviendas por los okupas, según las estimaciones del Institut Cerdá. La cifra no incluye las viviendas ocupadas por inquilinos que simplemente dejaron de pagar la renta, dado que eso no se considera okupación.

Pero el problema de la okupación en España podría estar a punto de estallar en la medida en que un número cada vez mayor de inquilinos deja de pagar el alquiler y se lanza a la okupación. Durante los últimos seis meses, los inquilinos de pisos propiedad de grandes propietarios privados o empresas públicas han sido protegidos del desahucio por una moratoria gubernamental; pero está previsto que esa moratoria expire a finales de septiembre.

Una vez ocurra eso, es probable que los desahucios aumenten. Al igual que en muchos otros países, no se sabe cuántos inquilinos no están pagando el alquiler, pues no hay fuentes fiables. Pero los datos que existen sugieren que a finales de mayo cerca del 17% de los inquilinos no pagaban su alquiler. Si esa cifra es exacta, aunque sea a medias, eso significa que España verá pronto un «alarmante pico en los desahucios», como ha advertido la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Muchos de los desahuciados acaban okupando alguna vivienda.

España se ha convertido en un paraíso para los okupas principalmente por cinco razones:

1. Su enorme stock de propiedades vacías. España tiene un número disparatado de viviendas vacías (en su mayor parte un legado de la última burbuja inmobiliaria). En el último censo, de 2011, el Gobierno registró un total de 3,4 millones de residencias vacías ¾equivalente a casi un tercio del parque de viviendas en toda Europa¾. Desde entonces la cifra ha bajado, pero nadie sabe en qué medida.

Muchas de esas viviendas vacías pertenecen a la rama inmobiliaria de los bancos, a fondos de capital riesgo o a inversores ricos, muchos de los cuales no están interesados en alquilaras; se limitan a conservarlas para ganar dinero con las plusvalías; o, al menos, así lo hacían mientras los precios iban al alza en general, algo que dejó de ocurrir con el confinamiento.

Aproximadamente el 70% de las propiedades ilegalmente ocupadas en 2017 pertenecían a Bancos u otras entidades financieras, conforme al Institut Cerdá. Se incluyen docenas de bloques de edificios totalmente abandonados que fueron «reocupados» por la PAH, para dar cabida al creciente número de familias sin hogar.

Para muchos, la okupación es un último recurso desesperado, mientras que para otros es un modo de vida o una declaración de intenciones políticas. Barcelona, en el epicentro del fenómeno de la okupación en España, atrae okupas de toda Europa. En los últimos años, cada vez más jóvenes de la ciudad (incluso muchos que trabajan) que se han quedado fuera del mercado del alquiler o que simplemente no quieren pagar unos alquileres exorbitados, han recurrido a la okupación.

Como me dijo un agente de policía en Barcelona especializado en desalojar okupas, expulsar a los okupas de viviendas pertenecientes a fondos de capital privado es un proceso lento y arduo, debido a la dificultad de identificar al verdadero propietario de la vivienda (Blackstone, por ejemplo, opera en España a través de docenas de entidades subsidiarias) y luego localizar un representante con el cual entendérselas. «Esto es una gran parte de nuestro trabajo diario», dice

2. Jugosas oportunidades de ganar dinero para delincuentes empresarios. En los últimos años, las bandas de delincuentes empresarios han empezado a especializarse en localizar y entrar en apartamentos vacíos. Una vez encuentran un lugar, rápidamente cambian las cerraduras y lo conectan a los suministros de agua, gas y luz de los vecinos. Luego «venden» el apartamento a un okupa o grupo de okupas, por un precio que oscila entre los 1.000 y 2.000 euros.

De esta manera ha surgido un floreciente mercado negro. En el barrio del Raval de Barcelona el mercado es controlado por una banda de la República Dominicana; cobran cerca de1.500 euros por cada «venta» de propiedad. Los okupas consiguen así vivir en un piso con todos los servicios sin tener que pagar alquiler ni servicios durante un período de seis meses. Si el apartamento en cuestión es propiedad de un fondo, los okupas no llaman excesivamente la atención y los vecinos no se dan cuenta de que están subvencionando su consumo de servicios, a menudo pueden permanecer durante mucho más tiempo.

3. Las leyes españolas sobre la propiedad tienden a proteger más a los okupas que a los propietarios, especialmente si la propiedad ocupada no es una residencia principal. Si un okupa ocupa la residencia principal de una persona, puede ser acusado de allanamiento de morada, castigado habitualmente con una pena de prisión que va de los seis meses a los dos años. Sin embargo, gracias a una modificación legislativa en el Código Penal, si un okupa usurpa una propiedad que no se usa como vivienda principal, incluyendo a veces las segundas residencias, es muy probable que sean acusados del delito de ocupación, castigado con una pena mucho menor, que va desde unos pocos cientos de euros de multa hasta seis meses de cárcel.

4. Procesos judiciales lentos. Si se ocupa ilegalmente una propiedad que no es primera residencia, el propietario puede tomar dos caminos. Puede acudir a los tribunales civiles para intentar recuperar la propiedad, lo que significa contratar a un abogado, pagar tasas judiciales y a menudo esperar mucho tiempo. Al menos el propietario puede estar seguro de que recuperará la propiedad.

La alternativa es ir por la vía penal, que es gratuita y puede a veces ser más rápida; pero el resultado dependerá en gran medida de la eficacia de los agentes de policía implicados. La única posibilidad que tienen de desalojar rápidamente a los okupas es que puedan demostrar inmediatamente que la propiedad acaba de ser ocupada. Pero eso es más fácil de decir que de hacer, especialmente si no se tiene acceso a la propiedad. La mayoría de las veces la investigación no llega a ninguna parte, por lo que al propietario no le queda más remedio que acudir a la vía civil.

En 2018 el Gobierno intentó agilizar los procesos civiles de desahucio introduciendo el procedimiento de «desahucio exprés», que permite al propietario afectado solicitar a los Tribunales la devolución del inmueble, y al mismo tiempo que adopte cautelarmente el desalojo con carácter previo a la sentencia. Si los Tribunales lo conceden, en teoría los okupas tienen sólo unos pocos días para presentar «título suficiente» para permanecer en la vivienda o abandonarla. En realidad, puede tardar mucho más tiempo, especialmente si los okupas en cuestión son familias con niños pequeños. Además, los grandes propietarios privados no pueden acudir a este proceso.

5. España no es país para inquilinos. Durante décadas España ha sido un país de viviendas en propiedad. Antes de la crisis tenía una de las tasas más altas de vivienda en propiedad en Europa, de más del 80%. En el punto más álgido de la burbuja inmobiliaria, en 2003-2005, se construían alrededor de 700.000 viviendas al año, más de las que se construían en toda Alemania, Francia, Italia y el Reino Unido juntas. Cuando la burbuja inmobiliaria estalló, en 2009, más de medio millón de familias perdieron sus hogares. Muchas de las casas recién construidas no llegaron a ocuparse.

Desde entonces, el mercado de alquiler ha jugado un papel mucho más importante, pero las condiciones del mercado no son exactamente favorables al consumidor. Muchos apartamentos apenas son aptos para su uso y, sin embargo, alcanzan precios elevados de alquiler. En algunas ciudades (Madrid, Barcelona, Málaga…) los alquileres se han disparado más del 50% desde 2013, mientras que los salarios no han crecido a la par. No es sólo que los alquileres sean prohibitivos; también lo son las cuotas iniciales y los depósitos que los inquilinos tienen que pagar.

Tras la crisis, muchos proyectos de vivienda social se vendieron a fondos internacionales pertenecientes a gigantes de Wall Street, como Goldman Sachs y Blackstone. Como resultado, las viviendas sociales de alquiler, que normalmente ofrecen unos precios asequibles, representan ahora tan sólo el 2% de la propiedad residencia de España, frente al 3,5% de 2005. En comparación, es el 30% en Holanda, el 24% en Austria, el 21% en Dinamarca y el 17% en Gran Bretaña.

Irónicamente, el derecho de todo ciudadano a una vivienda digna y adecuada se consagra en el artículo 47 de la Constitución de 1978. Sin embargo, en las grandes ciudades como Barcelona, Madrid, Málaga y Palma de Mallorca, cada vez más residentes descubren que tal derecho ya no existe en la ciudad que los vio nacer. A menos que esta tendencia se revierta y si el sistema legal español siga protegiendo a los okupas como no se hace en ningún otro país, cada vez más gente optará por okupar.

«Libertad Digital», ¿para qué? (I)

Hoy toca aclarar concetos. De verdad, hay que ser so-malo para escribir la deposición que escribió el señor Somalo en Libertad Digital echando cubos de mierda a quienes no comulgamos con la versión oficial del korona. Continuar leyendo ««Libertad Digital», ¿para qué? (I)»

Víctima de la coronafarsa

Son malos tiempos para el católico, lo mismo que para la lírica. En diversas entradas de este y otros blogs, me he manifestado en este sentido. Sin embargo, hoy cabe ya decir que entre las muchas víctimas del coronavirus está la religión católica. No sé si el plan lleva cociéndose hace mucho o es una novedad; pero a estas alturas de la película, a un servidor no le queda ninguna duda de esta afirmación.

Los ataques que ha sufrido la religión católica van más allá de lo anecdótico (y que me perdonen las víctimas de los abusos sexuales perpetrados por sacerdotes y otro personal «religioso» por usar un adjetivo que podría resultar ofensivo sacado de contexto) y son totalmente de conceto, que diría el gran Pazos. Han sido todos ataques globales. Pero vamos por partes, que diría Jack el Destripador.

Lo primero de todo, se ha machacado la dimensión comunitaria de nuestra religión. Es decir, en todo este tiempo no se ha podido ir a misa, o si se ha podido, ha sido soportando un cúmulo de restricciones importantes. Todo empezó con el secuestro de la Pascua en Granada: las fuerzas del desorden, enviadas por alguien (quien fuera, sin duda, no era católico) y disolvió la celebración como si se tratara de una manifa de antifas y eso. Que nos conste, nadie ha pedido perdón. Pero de la «reacción» de la Iglesia hablaremos más adelante. Se llegó al punto de cerrar las iglesias durante el confinamiento. Querían convertir la religión católica en religión catódica: la misa, sólo por la tele y con amenazas, pues Pablemos ya se la quería cargar antes de esto.

Aunque puede parecer un tema menor y exclusivamente español, la exhumación del cadáver de Franco del Valle de los Caídos fue también un ataque a los católicos, tanto por el hecho en sí (aunque se pueda argumentar que el propio Franco no quería ser enterrado allí) como por la forma en que se desarrolló, mereciendo hasta una sentencia de la Sala de lo Tendencioso-Administrativo del Tribunal Supremo, facultando al Gobierno a cometer la fechoría. Como en su momento dijimos, el objetivo a medio plazo del Gobierno es acabar con el mausoleo del Valle. Quitar primero a los frailes, quitar luego a los muertos para evitar las peregrinaciones y, con el tiempo, dejar que aquello se pudra. Y, sobre todo, que pase el tiempo suficiente como para que a la gente no le importe dinamitar esa cruz de 120 metros, que para la gentuza que nos desgobierna es una ofensa (lógico: cuando te has echado en brazos del demonio, todo lo que es de Dios te ha de sentar como una patada en el bajo vientre).

Aceptado todo esto, aceptada la irrelevancia de una Iglesia que, por miedo, ya se ha decidido a entregar al César lo incluso lo que es de Dios, todo lo demás viene rodado. También forma parte de una estrategia que los enemigos tanto de España como de la religión católica llevan desarrollando desde hace décadas. Y ha acabado en lo de los tiempos actuales: la gente estúpida consigue que uno se pelee con ella por los milímetros a los que debe llevar colocada la mascarilla dentro de una iglesia.

Nunca como ahora se ha visto tan clara la traición. Traición de los intelectuales (incluyo en esta categoría a pensadores y periodistas), que nos debían explicar las cosas para saber cómo enfrentarnos a ellas; traición de nuestros políticos, que debían protegernos como colectivo. Los primeros se han transformado en cotorras orgánicas (como el cuervo en el cuento de Orwell) que trabajan en justificar las atrocidades de sus amos. Los segundos no son más que monigotes de cartón-piedra en manos del «club de los 10.000 millones». Así que hemos quedado de esta manera: desamparados, librándonos de la «funesta manía de pensar» y gritando (más bien berreando, porque el nivel educativo general ha descendido de manera increíble) «vivan las caenas».

Y para esto teníamos que «integrarnos en Europa», en los tiempos en que para nosotros era una aspiración y las presuntas democracias occidentales nos miraban por encima del hombro porque, claro, «éramos una dictadura». Pasamos a ser una «democracia» (vendida al NOM, eso sí: al parecer, Juan Carlos no podía ser Rey sin el visto bueno de Kissinger). Y ahora, inmersos como estamos en una estrategia mundial de reducción de población (que, por cierto y si no lo saben, también lleva décadas desarrollándose silenciosamente), ahora sí que no pintamos nada, que decía la vieja canción de Mecano…

Tragacionistas

Original aquí.

Hace apenas unas semanas, unas declaraciones de la actriz Victoria Abril sobre la plaga coronavírica y los remedios que se han arbitrado para contenerla provocaban gran escándalo entre los bienpensantes que babean de fascinación idolátrica cuando cualquier actor famoso pontifica sobre el cambio climático, o sobre el fascismo, o sobre cualquier otro asunto del que no tiene ni puñetera idea, ensartando topicazos sistémicos. Que es, por cierto, lo que hacen casi siempre los actores famosos: vomitar como loritos las paparruchas y lugares comunes que interesan a los que mandan, para obtener a cambio mejores contratos y el aplauso gregario de las masas cretinizadas.

Habría que empezar diciendo que la opinión de la actriz Victoria Abril sobre la plaga coronavírica tiene el mismo valor que –pongamos por caso– la opinión del actor Javier Bardem sobre el cambio climático. Sin embargo, las paridas y lugares comunes sobre el cambio climático que el actor Javier Bardem repite como un lorito desde las tribunas más encumbradas son consideradas dogma de fe por los bienpensantes. Puede que la actriz Victoria Abril soltase también algunas paridas sobre la plaga coronavírica; pero, al menos, no prodigó los lugares comunes pestíferos que suelen soltar sus compañeros de profesión (más pestíferos cuanto más famosos son). Y, junto con algunas paridas y observaciones dudosas, Victoria Abril soltó también algunas verdades como templos que merecen nuestra consideración; y, en algunos casos, nuestro aplauso ante su valentía, pues por atreverse a pronunciarlas firmará en los próximos años menos contratos (que se repartirán las actrices que ensarten con mayor entusiasmo las paparruchas sistémicas que interesan a los que mandan). Por lo demás, las paridas y observaciones dudosas que Victoria Abril deslizó en sus declaraciones se pueden refutar tranquilamente, sin necesidad de desprestigiarla, como hacen los jenízaros del discurso oficial que pretenden convertirnos en ‘tragacionistas’; o sea, en botarates que se tragan las versiones oficiales y las repiten como loritos o actores comprometidos (con su bolsillo y con la bazofia sistémica circulante).

  • Sólo los tragacionistas se niegan a aceptar, por ejemplo, que China ha ocultado deliberadamente (con la ayuda impagable de los mamporreros de la OMS) los orígenes del virus.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a reconocer que la plaga coronavírica ha propiciado los más variopintos experimentos de biopolítica e introducido prácticas de disciplina social completamente arbitrarias e irracionales (empezando, por cierto, por el uso de mascarillas en espacios abiertos) que se ciscan en los tan cacareados ‘derechos’ y ‘libertades’ de las antaño opíparas y hogaño escuálidas democracias.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a asumir que la plaga ha sido utilizada como excusa por gobernantes psicopáticos para devastar las economías locales, provocando la ruina de infinidad de pequeños negocios, condenando al paro a millones de personas y favoreciendo la hegemonía de las grandes corporaciones transnacionales.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a discernir las burdas manipulaciones, medias verdades y orgullosas mentiras que han propagado nuestros gobernantes y sus voceros mediáticos durante el último año.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a discutir la eficacia de medidas restrictivas caprichosas y confinamientos desproporcionados que, además, han tenido altísimos costes sociales y económicos.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a admitir que las vacunas son una terapia experimental que se está administrando sin cumplir los plazos y los protocolos de seguridad establecidos y cuyos efectos secundarios no se han explorado suficientemente (aunque, desde luego, sus efectos bursátiles sean de sobra conocidos).
  • Sólo los tragacionistas, en fin, se niegan a examinar todas estas evidencias. Tal vez porque si lo hicieran tendrían que confrontarse con su estupidez gregaria y su sometimiento lacayuno a las consignas sistémicas.

Son estos tragacionistas, pues, los auténticos negacionistas, que con tal de sentirse abrigaditos en el rebaño renuncian a la ‘funesta manía de pensar’. Pues el ‘negacionismo’, aparte de un empeño desquiciado en prescindir de la realidad, es también un anhelo gregario, una penosa necesidad de buscar protección y falsa seguridad en conductas tribales. Y no hay conducta más tribal que tragarse las versiones oficiales sin someterlas a juicio crítico, señalando además como réprobos a quienes osan ponerlas en entredicho. Tal vez esos réprobos suelten de vez en cuando alguna parida; pero al menos no regurgitan el pienso que se reparte a los borregos.

Comentario nuestro. Alguna vez hemos criticado al señor De Prada por alguna opinión que ha manifestado. Pero esta vez no podemos estar más de acuerdo con su opinión, toda vez que el korona se ha convertido en el traje nuevo del emperador y no hay muchos (en proporción inversa cuanto más subimos de nivel) que se hayan atrevido a decir, como el niño del cuento, que «el rey va en pelota picada». Bien está que entre la famosa intelligentsia, formada a partes iguales por pagados y acollonados, haya alguien que de vez en cuando se salga de la fila de la obediencia ovina.

Recomendamos encarecidamente la lectura de la página a alguno que no ha mucho no se le caía de la boca la palabra «insensaaaaaatos», que ponía a Alemania como «ejemplo de gestión» a partir de informaciones recibidas de… Leipzig. Como si lo de Sachsen se pudiera extrapolar a toda Alemania e ignorando que en Berlín la «gestión» ha sido distinta (pero de efectos igualmente nocivos). Y que, cuando ya a muchos se les ha caído la venda de los ojos (un servidor nunca se la puso) y tras los escándalos primero de las mascarillas y luego de las vacunas (en Alemania, por cierto), sigue dando cifras de «contaaaaagios» las mañanas de fin de semana como si fueran la exclusiva del mes…

Seré breve (o no)

Este es un tiempo en que la ciudadanía comienza a ser acosada por todas partes y se están creando los brotes que germinarán en una guerra social total (ya saben: «A río revuelto…»). Ya no sólo es acoso por internet, en redes sociales, en blogs (hasta para este humilde blog, mío y de ustedes hay asignado un troll, de partido o de gobierno, me da igual, que cada vez que escribo algo que a sus jefes no les gusta, hace acto de presencia). Hemos llegado al acoso presencial en supermercados, que ya es lo último. Los gilipollas tamaño SLM («Súbase La Mascarilla… o tendré que pedirle que abandone el local») se reproducen como setas, ya sea por efecto de Filomena o por otro motivo cualquiera. Que, además, ésta haya sido la oportunidad que han aprovechado los resentidos, los frustrados y los que nunca han sido nada en la vida para hincharse como bueyes y creerse con derecho a tocar las narices (u otra cosa) al respetable no es una desgracia menor.

Por ello ─y por si queda alguien que use más de una neurona respecto de este tema de la coronafarsa: hay muchos, muchas y muches que funcionan con esto como ovejas zombies─, se me ha ocurrido rescatar un dicho de cierto inglés al que yo, antes de leer esa frase, desconocía, pero cuya frase va muy adecuada para estos tiempos que corren:

El que no quiere razonar es un fanático.

El que no puede razonar es un tonto.

El que no se atreve a razonar es un esclavo.

(Sir William Drummond)

Se sorprendería mucho Sir William de ver que, tras cuarenta años de socialdemocracia en España, en la que hunos y hotros han colaborado con mayor o menor entusiasmo, la coronafarsa ha demostrado que se puede (sí, se puede) convertir a muchos españolitos de a pie en las tres cosas a la vez. Y tengo noticias de que en Alemania (y no precisamente de Leipzig, que es de donde alguno las recibía), están igual, si no peor: allí ahora algunos les pueden acosar por no llevar la mascarilla correcta. Va a ser que en ciertas partes de Alemania ya no se aceptan las mascarillas de tela. Ahora hay que llevar la KN-95 o la FPP2 o 3. Made in China, naturalmente.

Van a conseguir vaciar los supermercados y que todo el mundo haga la lista de la compra por internet. Lo cual, a su vez, provocará olas de despidos en el sector, a no ser que una cajera se pueda reconvertir en moza de almacén (el negocio del futuro es la distribución, al parecer). Y puede que a esa cajera o responsable que les echó del «local» con cajas destempladas se la acaben ustedes encontrando en la cola del paro o la beneficencia, que es a donde nos quieren llevar a los ex-clase media los que cortan el bacalao en Europa. Sí, ésos mismos (nuestro presi enmig de tots) que tanto se afanan en besar el reluciente (o peludo, vayan ustedes a saber) trasero de Xi Jingping (él encantado, por supuesto, de que las débiles democracias le hagan el rendez-vous). Y pensarán ustedes, como pensaría yo: «Mira pa lo que hemos quedao. Tanto correr para acabar en el mismo sitio…».

Como prometí que iba a ser breve, lo dejo aquí. El próximo día, más preguntas.

(Nada) guapis (II)

Lo que llama desagradablemente la atención es cómo la directora presenta el encaje de la niña, que va de la mano de su transformación. La directora (no sé qué intenciones tendría) parte de la situación de las niñas «desatendidas»: en la mayoría de los casos no hay familia o es monoparental y la madre está demasiado estresada como para ocuparse de una hija que, a trancas y barrancas, deja de ser niña para internarse en el desconocido territorio de la adolescencia. Es decir: nadie las vigila. Y de aquí nos vamos a la presunta «libertad» de la que disfrutan esas niñas de once años, en un ambiente nada promisorio y que en todo caso no les permite salir de ahí.

Al verlas en ese ambiente y según se comportaban, yo pensé en las feminazis: niñas agresivas, maleducadas y que presuntamente «representan» a su edad el ideal de la «liberación femenina» de las mayores. Ahí es donde a mi juicio la tesis empieza a derrumbarse. Ya nos hemos acostumbrado a que las chicas jóvenes realicen un «baile erótico» antes reservado probablemente a las bailarinas exóticas. Pero lo que me parece muy mal es que la directora obligue a realizar esos mismos gestos y evoluciones «erótico-danzantes» a niñas de 11 años. Me recuerda a la época del destape por exigencias del guión: «Hombre, es que el guión lo exige y la escena tal no se entendería sin eso». Ya está mal que chicas jóvenes de «edad legal» parezcan, por efecto de la música, putillas de cuarta. La degradación de la música mal llamada «pop» es algo aparentemente imparable. Pero que se haga parecer eso mismo a niñas de 11 años me parece no sólo degradante sino de mal gusto. Si lo que pretendía la directora era facilitar material para unos buenos pajotes a todos los pederastas que se agazapan en redes sociales y fuera de ellas, enhorabuena, señora: lo ha conseguido.

Eso mismo denunciaba Lolo Rico (fallecida en 2019) en su libro TV, fábrica de mentiras, en el lejano 1994: que tanto los jóvenes de 15 años y los vejestorios de 50 debían tener una misma y uniforme mentalidad. Y ciertamente, si en 1994 empezaba a preocupar ese tema, en estos últimos cinco años es lo que se ha conseguido con las famosas «redes insociales», que han ido más lejos si cabe: niñas de 12 años ya «sintiéndose mayores», que no respetan la sabiduría (mucho menos la autoridad en cuanto mano firme y suave) de sus padres… y vejestorios y vejestorias de 50 o más comportándose como niñatos de 15 años, peleándose ellos por el like de una mujer a la que ambos invitaron a comer y ellas por ver qué foto de su perrito es la más bonita.

Como decía en mi entrada anterior, no sé si el tema se podría haber enfocado de otro modo más delicado. Pienso en la película Cafarnaúm, que es mucho más delicada al tocar el tema de la miseria y de sus consecuencias. Lo que sí sé es que hay otro dilema que la directora plantea y que debería hacernos pensar: ¿qué alternativa tiene una niña de 11 años descuidada por su familia en un ambiente opresivo, del que al parecer no hay más salida que el matrimonio (a partir de la primera menstruación) o la prostitución? La directora lo plantea así: ni apego a la tradición familiar (convierte a la mujer en esclava) ni ruptura total (el mercantilismo ateo, donde no hay límite para lo que se puede comprar o vender y que rompe a la persona por dentro).

Quizá por eso la escena final de la película es una petición de «redención» después de haber mostrado el asco por las dos opciones anteriores, cada una con su porquería: la niña abandona totalmente el ambiente «liberado» y se une a saltar a la comba con otras niñas de su edad. No sabemos si eso quiere decir que vuelve a la tradición familiar; pero sí percibimos el mensaje que la directora pretende enviar «oficialmente»: «Dejad a las niñas ser niñas y no les robéis su infancia». Pero para llegar a esta conclusión la directora nos ha llevado por un camino tortuoso y asqueroso (y en mi opinión innecesario).

De todos modos, el mensaje no es un mal mensaje. Podríamos estar todos de acuerdo con él. Sin embargo, algo chirría en el contexto: el momento. ¿Es casualidad que se haya presentado esta película en Netflix justo cuando la ONU nombra como experta máxima en salud y derechos humanos (o, según la terminología ya consagrada, en el «derecho a la salud sexual y reproductiva») a una persona que está a favor de la prostitución de adolescentes? Hagan sus apuestas.

Yo tengo mi propia solución al respecto, entendida desde una perspectiva católica: por mucho que se empeñen las feminazis, masones, rojelios y otras hierbas, la familia cristiana es un invento que ha funcionado razonablemente bien siempre que se hayan respetado sus condiciones. Más familia, más vida y más atención a los hijos. El sistema se está desmontando y volviendo a montar (ordo ab chaos) para que nuestros hijos —nuestro futuro— queden más desamparados aún. Películas como ésta, formuladas de esta manera, no ayudan. No puedo recomendar esta película de ninguna manera. Defender la infancia y el derecho a ella, sí. Pero así, no.

(Nada) guapis (I)

Esta entrada y la siguiente están dedicadas a mi pareja.

Seguramente ya se habrán enterado ustedes de la polémica generada por Netflix al incluir en su repertorio la película Guapis (Mignonnes, en el título original), que es el debut como directora de quien la ha perpetrado, una quaedam llamada Maïmouna Doucouré. Y, pues, como siempre, uno pica el anzuelo de la curiosidad y se dice: «Bueno, vamos a ver por qué ha causado tanta polémica».

Y la verdad es que la película no defrauda. En dos pinceladas, lo que se puede decir es que nos presentan a una niña de 11 años, de los barrios más depauperados de París, negra y musulmana (la negrilla es importante), en el contexto de una familia musulmana estricta, y que asiste a un instituto de primaria/secundaria, el que corresponde a su edad. Se pinta el ambiente opresivo de su familia y de la religión islámica. Nos muestran también a una niña que es una paria y que «no encaja» en su ambiente escolar porque, de alguna manera, va por libre.

En este contexto surge «una luz»: un concurso de baile para grupos infantiles, al estilo de las girlbands de las mayores (uno no puede dejar de recordar a las famosas Spice Girls, ya talluditas y tal, pero que en su momento y por efecto de la propaganda, fueron «el novamás» del pop y de la «girl revolution»). La directora nos quiere mostrar varias cosas:

  • La rebeldía de la niña frente a una situación opresiva, planteada por el Islam en relación a la mujer. Recordemos que para los musulmanes una ¿mujer? puede entrar en el «mercado matrimonial» a los 12 años o, más exactamente, desde que tiene la regla. Dejemos aparte a los locos tarados fundamentalistas, que se casan con cuarenta años con crías de nueve.
  • El encaje de la niña en su ambiente escolar a través de su integración en el grupo de niñas bailarinas, a las que ve bailar por casualidad y a partir de ese momento empieza a soñar con formar parte de ellas y así liberarse de lo que parece ser un destino marcado de antemano, al que en un momento del metraje habrá que añadir la «desgracia» de que su padre se case con una segunda mujer (Mahoma lo permite, así que allá ellos).
  • El cambio de personalidad de la niña: de ser una niña de once años temerosa de Alá pasa a convertirse, por efecto de la «libertad», en una especie de monstruo sin límites: no tiene problema en robar el móvil que usa como propio, no tiene problema en hacerse fotos de sus partes íntimas, no tiene problema en agredir a un compañero de clase cuando la llama por lo que es (putilla); y, finalmente, no tiene problema en empujar al Sena a una niña que había vuelto al grupo y que el día del concurso iba a bailar con las otras en lugar de ella, expulsada por el comportamiento anterior.

Gilipollas (y V)

En segundo lugar, tenemos a este otro gilipollas egregio:

Nadie sabe qué habremos hecho –o más bien dejado de hacer– los españoles para que el mundo de la educación, la cultura y la comunicación esté copada por esa clase especial de gilipollas progres. Si los ingleses hubieran tenido a mano una figura como la de Medio-hombre, que fue capaz de vencer a los ingleses rompiendo el sitio de Cartagena con una fuerza significativamente inferior en número, qué de películas y series y homenajes hubieran dispuesto para él. Además, lo hubieran tratado con el mimo con el que tratan ellos su historia. Y no digamos si el primero que hubiera dado la vuelta al mundo hubiera sido un inglés. Estaríamos inundados de «estudios históricos», películas y series y relatos para niños sobre la gran gesta.

Pero quiá. Medio-hombre era un giputxi, es decir, «medio tonto», que por lo visto no vale ni media mierda para que un paisano suyo –el Cobeaga éste de los cojones– le escriba una película como Dios manda, a pesar de haber sido nada menos que Almirante de la Armada Española en los tiempos en que ésta todavía contaba algo en el mundo. De hecho, contamos tan poco que tuvimos que dejar que los ingleses contaran la historia del descubrimiento de América –¿de verdad no teníamos ningún actor español que pudiera encarnar con dignidad a Colón, que hubo que echar mano de un francés? ¿O es que no se prestó ninguno, cosa probable también?–. O redescubrimiento, como dicen los pedantes, «porque los vikingos ya estuvieron antes allí». En resumen: dejar que tu historia la cuenten tus enemigos de siempre.

Y bueno, Elcano (o Elkano, en su grafía vasca), otro giputxi, pero de Guetaria; que para Cobeaga, si los giputxis de Donosti son tontos, los de pueblo tontos y medio. Para los progrespanoles la vuelta al mundo se acabó en Filipinas, porque allí fue donde apañaron a Magallanes (o Magalhães, pero dicho por los progrespañoles) y el trozo de va desde las Filipinas a casa… ehhhhh, bueno, sí… fue Elcano quien tomó el mando, «pero el importante fue el portugués», a pesar de que Elcano sí completó la vuelta. Ganas de tocar los cojones.

Luego lloriquean por la «crisis del cine español»: «Ah, es que los españolitos, que tienen comido el coco por la campaña contra nosotros del «partido de las tres letras», no van a ver nuestras películas». Pero si es natural, hombre. Dejad de hacer las películas por cobrar la subvención y no toméis por tontos a los españoles rodando películas estúpidas, que enlazan con la ingeniería social o que se ríen de nuestra historia, como esa patochada –por decirlo suavemente– sobre los héroes de Baler.

Como dije en la primera entrada de esta serie, Dios ha dispuesto que cada día se encuentre usted al menos con un (o una: no seamos sexistas) gilipollas. Así que si se encuentra con uno, relájese y disfrute, porque el sol sale todos los días (y los gilipollas de casa también).

Actualización agosto 2022.- Me enteré por comentarios diversos que se iba a estrenar una serie (inglesa, claro; los españolitos tenemos prohibido hablar bien de nuestra historia) sobre la gran gesta de Juan Sebastián Elcano. El actor que representaba a Magallanes, Rodrigo Santoro (algunos le recordarán como el Karl de Love Actually, de quien estaba enamorada hasta las trancas y sin remedio Laura Linney), tuvo el buen tino de mantener la boca cerrada y de no meterse en jardines de los que no pudiera salir. No ocurrió lo mismo con el actor que encarnaba a Elcano, el andaluz Álvaro Morte. Le entrevistó El Mundo y tuvo que soltar la siguiente gilipollez:

P. ¿Te inquieta que, en este ambiente que vivimos, un personaje como Elcano, héroe español, se politice?
R. Sí, podía pasar. Por eso, para evitar que se lo apropien, lo que he hecho con el personaje de Elcano es un tipo muy de izquierdas, que busca siempre el consenso entre sus hombres, que persigue el bien común y no el bien propio y que somete a votación las grandes decisiones que toma. Mi Elcano es muy de izquierdas y cero totalitario.

Dios Todopoderoso: ¿qué hemos hecho los españoles para tener que oír semejantes gilipolleces preñadas de ignorancia y sectarismo? Los conceptos de «izquierda» y «derecha» no aparecieron hasta 1789 y en Francia, por si este señor no se ha enterado. Felipe II, el rey que le condecoró con esa frase («Primus circumdedisti me»), no tocó el tema político para nada. No sé si Alvarito tenía que quedar bien con alguien, o es que soltó esa gilipollez para que ese alguien le siguiera dando papeles. No lo sé, ni me importa. Pero lo de «apropiarse (politizar) del papel para que no lo politicen otros» es para nota. ¿Quién te ha dado a ti el derecho de reescribir la historia, Álvaro? Aparte, no creo que ningún capitán de barco de la época «buscara el consenso entre sus hombres». Se hacía lo que el capitán mandaba, así fuera correcto o equivocado. Y punto.

Pues eso: otro gilipollas que nos ha tenido que dejar a la altura del betún, para quien ensalzar una de las más grandes gestas de la Historia es «politizarlo» porque es hablar bien del Imperio Español, de la Monarquía en general y de Felipe II en particular.

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