Sexo, mentiras y actas de ETA

Tenemos lo que nos merecemos, sin duda. Una clase política concebida y estructurada como un circuito cerrado, en el que sólo es posible entrar a través de la adoración al líder (vale para todos los partidos). Sólo así se explica que aparezcan unas actas de las «negociaciones» entre el Gobierno (¿?) y ETA en las que leemos con horror que el primero puso sobre la mesa las vidas de las víctimas presentes y futuras de ETA, así como la incorporación de Navarra a esa entelequia llamada Euskal Herria, y que no pase absolutamente nada. Se piden pocas explicaciones y nadie tiene narices (o lo que ustedes se imaginan) para pedir la dimisión, que es lo que ocurriría en un país serio.

¿Dónde está el sexo? Pues en la geometría variable a la que ha jugado la pesoe durante estos siete años, que es el fondo sobre el que hay que proyectar los nuevos descubrimientos. Que la misión de ZP no era «gobernar», sino «alcanzar el poder y conservarlo a cualquier precio» da cuenta el estado de nuestras finanzas, que están por los suelos y pendientes de que Bruselas en general y frau Merkel en particular les peguen un repaso que nos dejen tiesos. El sexo está en que fuera de mantener el poder, nada más importa a ZP y a su cuadrilla: a ustedes y a mí ya nos puede acariciar un pez espada (o lo que ustedes se imaginan).

Las mentiras son más que evidentes: Rubalcaba, nada más aparecer en las tertulias el contenido (parcial) de las actas, ha empezado a echar espumarajos por la boca y a jurar y perjurar que esas actas son «basura». El problema es que la credibilidad del superministro está bajo mínimos, sobre todo cuando se recuerda su voz campanuda y falsamente digna del 13 de marzo de 2004, al decir «los españoles nos merecemos un Gobierno que no nos mienta, que nos diga siempre la verdad». Las mentiras de ZP son tantas ya y tan publicitadas que no necesitan de mayor encarecimiento. Pero éstas de Rubalcaba… ¡ay, qué mala es la hemeroteca para el político demagogo y fantoche!

Las actas se comentan solas. En un país serio hubieran causado la dimisión en bloque del Gobierno y la convocatoria inmediata de elecciones. Lo malo es que España hace tiempo que dejó de ser un país serio en términos institucionales. Y cuando el conjunto de señorías se compone en su mayor parte de mediocres, trepas, lameculos y aprovechateguis de diverso tamaño y pelaje, sin más criterio que su propio beneficio o, todo lo más, el de su partido, no puede esperarse un cambio de dirección en los asuntos de la res publica. ZP negocia con todos ellos la soberanía nacional, a cambio de mantenerse en el poder, cosa que a toda esa tropa le interesa y a nosotros nos perjudica. El interés (privado y espúreo a partes iguales) de cada uno de ellos es el «anillo para gobernarlos a todos» del que dispone ZP.

Todo este conjunto de cosas hace desear que, a pesar de que Rajoy no da muchos motivos para confiar en él (su incomprensible apoyo a la guerra de Libia, o la discriminación lingüística en Valencia y Galicia, calcada de la catalana), sea él el próximo inquilino de Moncloa, en vez de ZP o (Dios no lo quiera), Rubalcaba o Chacón (excelso ejemplo de teatro dentro del teatro eso de la «pelea sucesoria»)…

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Zetapé, quién te ha visto y quién te ve. Han bastado 8 años para que el gremlin ocupante de la Moncloa diera un giro copernicano a su política de defensa. Eso no debería sorprender a ustedes, porque a fin de cuentas ZP es un sujeto que fía más a la geometría variable que al sentir del pueblo, la «voz de la calle» cuyo sonido reclamaba que fuese escuchado por el señor de los bigotillos (y que ahora tan descaradamente ha desoído).

También es muy significativo el silencio de los borregos de la zeja, ésos que justamente hace 8 años se desgañitaban contra Aznar, y le decían de todo menos bonito. Cabe imaginarlos reunidos en el edificio del Círculo de Bellas Artes de los Madriles (antigua cheka, cómo no), discutiendo qué postura tomar ante este giro copernicano, este volantazo que ha dado nuestro Gran Timonel…

–Bueno, ¿qué hacemos? –inicia la sesión Almudena Grandes, la de las monjas y los mineros sudorosos–.

Pilar Bardem le responde, dubitativa:

–Hija, es que nos lo ha puesto muy difícil esta vez. Lo otro era más fácil porque no gobernaban los nuestros; pero que los nuestros hagan lo que esperaríamos de los otros…

Tercia Alberto Sanjuán:

–Nada, nada, que esto es culpa de la COPE, la Conferencia Episcopal y el PP. ¡Hay que acabar con ellos!

Las dos próceres le miran con desaprobación, torciendo el gesto, y dice Grandes:

–Deja eso que ya no cuela.

–Ah, bueno –dice Sanjuán y se calla.

Total, que tienen montado todo un cirio epistemológico y existencial. Mientras tanto, los españolitos de a pie se preguntan qué se nos ha perdido a nosotros en las arenas libias, cuando:

a) Estados Unidos da a entender que preferiría largarse de allí.

b) Alemania no va porque es período electoral y no conviene que mueran soldados alemanes allende las fronteras de su país (además, al parecer no tienen a ningún Rommel entre las tropas que en otras circunstancias les hiciera quedar bien).

c) Italia, que ya ha amenazado con retirar sus tropas si no se trata de una misión humanitaria.

Et la France? No sabemos cuáles son exactamente los intereses de la France en la zona, aparte del petróleo y otros convenios comerciales que puedan existir. Además, no hay gobernante que resista la tentación de entrar en la Historia gracias a una guerra. Sarko, que se cree ahora Napoleón redivivo, pretende matar unos cuantos mosquitos a cañonazos en Trípoli. Pero claro, como queda feo que vaya él solo, vistas las reacciones de los amigos (supongo que la reacción de frau Merkel le habrá decepcionado muchísimo), Sarko, ni corto ni perezoso, habrá descolgado el teléfono desde el palais de Matignon llamando a Moncloa…

–Mi querido Monsieur Zapatego… Hace muchos días que no hablaba con vos… Comment allez vous?

–No, si comentar no hay mucho que comentar… –farfulla Zapatero, que no es muy ducho en tema de idiomas. Además, está dolidísimo porque la Gaceta, ese diario de la caverna, ha publicado que el 2 de abril ZP iba a despejar la duda de si se presentará o no a las elecciones de 2012 y los barones están por pedir su cabeza en vez de apoyarle.

Bon, bon… Bueno, lo que os quería plantear es que tengo una cuenta pendiente con Libia y quisiera saber si puedo contar avec vous para cette voyage.

ZP no vacila un segundo:

–Claro que sí, Nicolás. Conmigo puedes contar para lo que te haga falta.

Oh, c’est magnifique! –Sarkozy revienta por los costados de satisfacción–. Nous ferons un gran pacto, une grande entente, mon cher ami! Desde lo alto de cette jaima, quarante soldats nous contempleront! –añade, entusiasmado–.

ZP no ha entendido lo de la entente, pero le ha quedado clara una cosa: que su métier es ir detrás del amo francés y meterse donde le ordenen. Ahora lo único que le queda es vender que para una intervención humanitaria como la que se prepara en Libia. Lo malo es que, sin darse cuenta, ya ha dado órdenes de que partan aviones y se cedan bases para uso, sin avisar al Congreso. «Obama lo ha hecho y nadie se lo ha echado en cara», se dice, apartando la idea de una posible reprobación.

Dicho y hecho. ZP comparece en el Congreso para pedir un permiso que ya se ha tomado y en la plúmbea sesión únicamente destaca Gaspar Llamazares, que sabe que en 2012 se va forzoso. Rajoy está muy comedido («Noshotrosh shomosh un partido de centro reformishta y no bushcamosh la crishpación») y parece más que le da unas amables collejas obligado por su papel de «partido principal de la oposición». Al final, para votar a favor de la intervención y hacerle la ola a ZP, que está encantado y se divierte, a pesar de todo.
 

¿Se habrán dado cuenta (o les importará) a los señores que han votado a favor de la intervención militar (de humanitaria, lo que un servidor de ustedes de astronauta) que si un soldado español muere, como no se ha reconocido que lo de Libia sea una guerra, ni a su viuda ni a su hijo (caso de que los tenga) no les quedará una pensión de viudedad/orfandad, dado que los ataques que se registren en la zona tendrán la consideración tan sólo de «actos terroristas» y no de «acciones militares»?

Incompetencia programada

Llevo varios días dándole vueltas a una idea que me llena de congoja y que paso a compartir con ustedes. Ahora que tanto se habla de «competitividad» y de «flexibilización laboral» (hablan de ella quienes no han de tener miedo de perder su puesto de trabajo) ha llegado a mi conocimiento un hecho lamentable, referido a la organización de las tareas en los centros de trabajo, tanto públicos como privados. Brevemente les expondré mi teoría.

De acuerdo con la Teoría de Organizaciones (creo que la llaman así), en todo grupo humano más o menos estructurado se superponen dos tipos de relaciones: en primer lugar, lo que se llama el circuito formal, que viene dada por los cargos que se ostenten: el director, el contable, el responsable de compras, etc. Y luego hay un segundo circuito, que es el llamado circuito informal, que es el que suele revelar la dinámica interna del grupo.

Si ambos circuitos coinciden (o, cuando menos, mantienen muchos puntos de contacto) por lo general no suelen haber problemas. Por el contrario, los problemas se presentan cuando ambos circuitos no coinciden en absoluto o mantienen pocos puntos de contacto. En el segundo de los casos podemos encontrarnos con que hay un doble liderazgo: el formal, que detentará el Director o responsable de la sección, y el informal, que detentará quien sea el líder natural del grupo. Es decir: aquel trabajador que controla a los otros de facto, ya sea por la comodidad de los otros o por su cobardía.

Viene a cuento esta pequeña introducción porque, al parecer, en determinados centros de trabajo público se ha establecido una dinámica muy nociva. Pongamos que ustedes se han quemado las cejas estudiando una oposición y, gracias a dicho esfuerzo, sacan ustedes plaza en la Administración que hayan elegido. Puede que durante los primeros días pasen ustedes desapercibidos (buena suerte) o no (mala suerte). Pero, según tengo entendido, no tardarán ustedes en recibir una charlita del que hemos denominado «líder natural» del grupo (fácilmente un sindicalista o liberado sindical, aunque tampoco tendría por qué, en teoría) o de otra persona por delegación de éste. La charlita consistirá en advertirles a ustedes que «deben adaptarse al ritmo de trabajo general del grupo».

La frasecita tiene su miga, y el tono con que ustedes la oigan probablemente también. Puede significar que si un día, por exceso de trabajo, deben ustedes quedarse más allá de las 8 horas, no podrán hacerlo. O que del conjunto de expedientes que deban revisar o tramitar, no podrán hacer ustedes más que la mitad o incluso menos, para no desentonar con el «nivel medio» del grupo. «Nivel medio» que, como ustedes ya habrán adivinado, no fija el líder formal, sino el informal.

Se les plantea a ustedes entonces un dilema: o están en paz con su conciencia, que les dice que deben ustedes dar lo mejor de sí mismos en el trabajo, o están en paz con los compañeros, para que las ocho horas que conviven ustedes con ellos no se conviertan en una tortura china. Si optan ustedes por la primera opción, el asunto puede resolverse por la vía rápida: en caso de que sean contratados o interinos, al parecer, el líder informal puede mover hilos para que a ustedes les den la patada, porque «no dan el perfil», «son indisciplinados» o cualquier otra genialidad que se les ocurra. Si, por el contrario, son ustedes funcionarios con la plaza en propiedad y no los pueden echar de un plumazo, la cosa se pone espesa. Entrará en funcionamiento el mecanismo del mobbing o acoso laboral, merced al cual ustedes sufrirán la conocida metamorfosis kafkiana y acabarán deseando no haber accedido a esa plaza.

El clavo que cierra ese ataúd es el hecho de que ustedes no pueden, en principio, acudir al liderazgo formal para denunciar la irregularidad y menos aún para que les eche una mano. Cabe muy mucho la posibilidad de que el líder formal lo último que quiera sean problemas con el líder real, de forma que admite un menor rendimiento continuado y voluntario a cambio de mantener la pax laboralis. Otras veces, afortunadamente, no es así: el problema se soluciona, se elimina a la gente tóxica y el rendimiento mejora notablemente.

Con esos mimbres, ¿cómo puede llenárseles a unos señores la boca con la palabra «competitividad»? Debe cambiar antes la cultura organizativa, establecer un modelo de trabajo en que se estimule la productividad en vez de hundirla, un modelo en el cual todos los trabajadores se vean estimulados a dar lo mejor de sí mismos, si es que antes no lo aprendieron debido a la educación socialista que padecemos. Y deben implementarse los necesarios mecanismos correctores para evitar que esas personas tóxicas tengan vuelo en la organización.

LA ADVERTENCIA DE EUROPA A AMÉRICA

Los peligros de imitar a Europa en el camino a una mayor regulación, impuestos más elevados y un poder centralizado.

Original aquí.

Recientemente, en un programa de radio de entrevistas, me preguntaron cuál era mi opinión acerca de la idea de que Barack Obama hubiera nacido en Kenia. «¡Bah!», les dije. «Su presidente ha nacido realmente en Bruselas».

Los conservadores americanos han intentado por todos los medios que el presidente defina cuál es el sentido de sus políticas. ¿Es un socialista? No. Al menos, no en el sentido de pretender que el Estado sea el titular de las industrias estratégicas. ¿Pretende acaso volver a aplicar el New Deal gastando cantidades ingentes de dinero, en la línea de Franklin D. Roosevelt o Lyndon B. Johnson? Tampoco es eso, exactamente.

Mi teoría es que, en todo caso, Obama explicaría su política usando la misma terminología que los eurócratas. Diría que quiere una América más justa, una América más tolerante, una América menos arrogante, una América más comprometida. Si dejamos de lado esas grandes palabras y nos centramos en lo que significan, nos encontramos con lo siguiente: más impuestos, menos patriotismo, un mayor papel de las burocracias estatales y una transferencia de soberanía a instituciones de ámbito mundial.

Lo que Obama está llevando a cabo no es en modo un conjunto de medidas aleatorias y desordenadas, sino un completo plan de europeización: sanidad pública a la europea, impuestos sobre el carbón a la europea, cuidados diarios a la europea, educación universitaria a la europea… Incluso una diplomacia a la europea, basada en la estrecha colaboración con tecnocracias supranacionales, el desarme nuclear y la renuencia a desplegar unidades militares más allá de sus fronteras.

Ninguno de sus predecesores presentó un apoyo tan acrítico respecto de la integración con Europa. En su verdadero primer viaje a Europa como Presidente, Obama declaró que, «en su opinión, no existen la Vieja Europa y la Nueva Europa. Existe la Europa Unida».

No dudo de la buena intención de aquellos americanos que pretenden copiar el modelo europeo. Unos pocos de ellos pueden ser esnobs que tal vez lleven con orgullo su etiqueta de «euro-entusiastas». Pero la mayoría de ellos cree que conseguir que su país sea menos americano y adaptarlo a como es el resto del mundo lo haría más confortable y pacífico.

Muy bien: el crecimiento económico se ralentizará, pero mejorará la calidad de vida. Estupendo: los impuestos crecerán, pero los trabajadores podrán dejar de preocuparse de la enfermedad o el desempleo. Fantástico: los Estados Unidos dejarán de ser una superpotencia, pero quizá eso haga que los americanos caigan más simpáticos. ¿Es verdaderamente tan terrible un «futuro europeo»?

Sí. He sido europarlamentario durante 11 años y he podido comprobar de primera mano lo que implica adoptar el modelo político europeo.

La diferencia fundamental entre los Estados Unidos y Europa tiene relación con la ubicación del poder. Los Estados Unidos se fundaron sobre lo que podríamos llamar, más o menos, el «ideal de Jefferson»: el principio de que las decisiones deben tomarse tan cerca como sea posible de la población a la cual afecten. La Unión Europea, en cambio, se basa en el principio contrario. El artículo primero del Tratado constitutivo de la Unión conmina a los Estados firmantes a «establecer una unión cada vez más estrecha».

Esta distinción comporta grandes consecuencias. Los Estados Unidos han desarrollado una serie de instituciones únicas diseñadas para contrarrestar el poder del Estado: instancias de revisión, propuestas de votación, normas equilibradas de presupuestos, listas abiertas, importancia del ámbito local, derechos de cada estado frente a la legislación federal, elección directa de los cargos públicos, desde el sheriff hasta los maestros de escuela… En cambio, la Unión Europea deposita el poder en manos de los 27 Comisarios, no electos e invulnerables ante la opinión pública.

La voluntad del pueblo es generalmente considerada por los eurócratas como un obstáculo a superar, no un motivo para cambiar de dirección. Cuando Francia, Holanda o Irlanda votaron en contra de la Constitución Europea, los resultados fueron absolutamente ignorados y el documento se aprobó a pesar de los votos en contra. Para Bruselas, la doctrina en boga (los Estados-naciones deben ser trascendidos) se consideran más importantes que la libertad, la democracia o el imperio de la ley.

Esta doctrina tiene unos cuantos efectos malignos. Por ejemplo, ha dificultado enormemente la asimilación de los inmigrantes. Mientras los Estados Unidos se basan en la idea de que cualquiera que acepte los valores americanos puede convertirse en americano, la Unión Europea se aferra a la idea de que las identidades nacionales son anacrónicas y peligrosas. No es sorprendente que algunos recién llegados, viendo que sus Estados de adopción los desprecian, se hayan vuelto hacia otras identidades que no les obligan a pedir disculpas por su condición.

El único aspecto negativo de la europeización es su impacto en la economía. Muchos estadounidenses y europeos poseen una memoria colectiva de cómo Europa consiguió combinar con éxito el crecimiento económico y la justicia social. Como muchos mitos populares, la idea del «milagro económico europeo» tiene cierta base. En el período 1945-1974, la Europa occidental superó a los Estados Unidos. Europa se hallaba en condiciones ideales para crecer rápidamente. Las infraestructuras fueron destruidas durante la guerra, pero a pesar de todo, quedaba una mano de obra hábil, cualificada y disciplinada.

Siendo como es la naturaleza humana, pocos líderes europeos atribuyeron su éxito al hecho de que se habían reconstruido desde una escasez artificial. Más bien se convencieron de que eran ellos los artífices de las tasas de crecimiento de sus países. Su genialidad, pensaban, radicaba en haber encontrado una tercera vía entre los excesos del capitalismo americano y del totalitarismo soviético.

Ahora, no obstante, vemos a dónde nos lleva ese camino: a la creación de una burocracia mastodóntica, mayores gastos, mayores impuestos, crecimiento más lento y desempleo creciente. Pero no sólo una clase política ha crecido creyendo en su superioridad económica del euro-corporativismo, sino también en su superioridad moral. Después de todo, si el sistema americano fuera mejor (si el pueblo pudiera vivir bien sin la supervisión del Gobierno), se necesitaría menos a los políticos. Como observó una vez Upton Sinclair: «Es difícil hacer que un hombre entienda algo si su trabajo depende de no entenderlo».

No menos importante es el hecho de que los datos económicos no se compadecen en absoluto con la teoría. Durante los últimos 40 años, el nivel de vida de los europeos ha caído por debajo del de los americanos. Además, Europa se ha acostumbrado a tolerar una alta tasa de desempleo estructural. Sólo ahora, cuando los USA aplican una estrategia económica a la europea, basada en estímulos fiscales, nacionalizaciones, subvenciones, la flexibilización cuantitativa la y regulación de las remuneraciones en el sector privado, la tasa de paro de los USA ha alcanzado niveles europeos.

¿Por qué un político europeo está urgiendo a evitar la europeización? Como británico, considero a la república americana como el depósito de nuestras libertades tradicionales. Las doctrinas enraizadas en el derecho consuetudinario, en la Magna Carta y en la Carta de Derechos encuentran su expresión más plena en el viejo palacio de justicia de Filadelfia. Gran Bretaña, como resultado de una desgraciada pertenencia a la UE, ha entregado buena parte de su derecho a existir como nación. Pero nuestras libertades todavía sobreviven en América.

Lo cual me lleva a considerar la actual tragedia de mi país. Los miedos que los patriotas americanos alimentaban respecto de una tiranía de la dinastía Hanover se revelaron exagerados. El Reino Unido no se transformó en un Estado absolutista. El poder, por el contrario, se desplazó de la Corona a la Cámara de los Comunes.

Hasta ahora. Casi dos siglos y medio después de la Declaración de Independencia, las sombras que entonces se adivinaban han devenido una realidad, aunque tarde. El Gobierno detrae cantidades colosales de dinero para dotar los rescates y nacionalizaciones prácticamente sin autorización parlamentaria. La legislación se ha incrementado a través de lo que se llaman «órdenes permanentes» (a menudo, para implementar los estándares europeos).

¿Cómo de acertado será el pueblo británico al aplicar contra sus propios gobernantes las rimbombantes frases de la Declaración de Independencia, «que han combinado con otras para someternos a una jurisdicción extraña a nuestra Constitución y no reconocida por nuestras leyes?

Imaginad entonces cómo me siento cuando veo a los USA cometiendo los mismos errores que cometió Inglaterra: engordar el Gobierno, regular el comercio privado, centralizando su jurisdicción, rompiendo la relación entre impuestos y representatividad, abandonando su soberanía

Merecéis algo mejor, primos. Y nosotros lo esperamos.

Mr. Hannan es miembro del Parlamento Europeo. Este ensayo ha sido adaptado del Encounter Books Broadside “Por qué América no debe imitara Europa”.

Tiranías buenas y malas

En mis mocedades, hace ya tantos años, me tropecé con este libro, martillo de escritores herejes y luz y guía de almas que no deseaban salirse de la via ad caelos. Era el tal libro la obra del resfriado ingenio del jesuita que lo firma y en el cual se pueden leer parabienes y anatemas según fuese el color del libro recensionado (plenamente recomendable por su visión amable, inocuo o directamente condenable dado su anticlericalismo). Libros como éste, émulos del Index, son afortunadamente en nuestros días una reliquia; pues acaso ustedes puedan pedir consejo a alguien formado respecto de determinados libros, pero jamás permitir que ese alguien se convierta en luz de su conciencia de ustedes.

Les cuento este detalle porque estos días he tenido una desagradable sensación de dejà vu. Los vientos de libertad que comentábamos hace unos pocos posts se han convertido en un ardiente siroco que barre de punta a punta el Magreb: Túnez, Egipto, Libia… y parece que en Marruecos también empiezan a sentirse dichos efectos. Se habla incluso de la posibilidad de participar en una acción militar en suelo libio. Se me ocurren varias ideas, que paso a exponer a ustedes brevemente.

En primer lugar, esos vientos de libertad han soplado donde menos lo esperaríamos: en las aparentemente inmovilistas sociedades de inspiración musulmana. Egipcios, libios y tunecinos han demostrado que para lograr el cambio y cuando no hay más remedio, hay que luchar. No se sabe qué saldrá de todo esto, pero por lo menos están en movimiento. Desde Europa se contempla con escepticismo, como siempre.

¿Qué tienen en común esos tres países? Aparte de ser todos ellos dictaduras, explícitas (Libia) o implícitas (Egipto y Túnez), uno de los puntos en común es su socialismo islámico. «Socialismo» que, de golpe y porrazo, ha desaparecido de los medios de comunicación. Ahora el «coronel» Gadafi ya no es un «líder socialista libio», sino un «tirano libio». Al parecer, todos aquellos que disfrutaron de las jaimas de Gadafi se han apresurado a tildarlo de tirano y de dictador, cuando no a silenciar el detalle para que no salgan retratados. Y, naturalmente, a expulsarlos de la Internacional Socialista. «Le dijo la sartén al cazo: “Quítate, que me tiznas”».

Pero vean ustedes cómo antes, la impresión que se tenía del régimen libio era como de una dictadura, «pero no tan mala como una de derechas» (pongamos por caso, la de Pinochet o la siempre presente dictadura franquista). Ésas sí que son malas malísimas. No hay nada que decir de las dictaduras de izquierda pura, como la soviética o la cubana (que es lo mismo que la soviética pero a ritmo sabrosón), hasta tal punto que los irredentos progres tienen dificultades para condenarlas. Sin olvidar que en esos deleznables manuales de EpC se observa el mismo patrón: el comunismo era una dictadura, «pero no tan mala como el franquismo». Claro que a los chavales nadie les menciona el detalle de que en poco más de 75 años han causado 100 millones de muertos. Lo que importa es el eslogan, la foto, la propaganda, en suma.

De forma que ahora resulta que, según la vara progre de medir, el régimen venezolano es «bueno» y el de Alemania, dirigido por la fracasada
Merkel es «malo malísimo» (a pesar de que nos dictan la política económica y casi han salido de la crisis, con un índice de paro descendente y nuestros mejores cachorros yéndose para allá en busca de pastos más verdes).

Adoctrinamiento, adoctrinamiento puro y duro. Y dejà vu.

Cuique suum

Transcribo estas líneas de La Tercera de ABC, que anteayer contó con la colaboración de mi admirado D. Andrés de la Oliva Santos (original aquí). La negrita es nuestra.

«En cuanto a la Justicia, se levantará polvareda con cualquier sentencia extravagante, pero no es noticia el fracaso de la Nueva Oficina Judicial (NOJ) allí donde se ha comenzado a implantar (Murcia, Burgos): los procesos, lejos de avanzar y concluir más rápidamente, se «ralentizan». Esta realidad y la más importante aún de unos juzgados abrumados por la avalancha de asuntos no deben importarnos. Y mientras nos distraemos con anécdotas, echan a andar dos anteproyectos de ley. Uno, “de Agilización Procesal (AAP)”; otro, “de los Tribunales de Instancia” (ATI). El primero no agiliza nada: elimina la segunda instancia en muchos procesos civiles y convierte al Tribunal Supremo, en asuntos civiles, en un Supremo para ricos (el tope de cuantía subiría de doscientos cincuenta mil euros a ochocientos mil). En síntesis, mucha menos tutela jurisdiccional para todos. Por su parte, el ATI prevé eliminar todos los juzgados y colocar a sus actuales titulares (miles de jueces y de magistrados-jueces) en una especie de «rediles» (los nuevos “Tribunales de Instancia” y las secciones en que bastantes de esos tribunales se dividirían) convenientemente apacentados por los presidentes de tribunales y secciones, de modo que el criterio de la mayoría sea vinculante para el único juez al que, sin embargo, le corresponda un asunto.

No es este el lugar para las graves objeciones técnico-jurídicas, bastantes de ellas con relevancia constitucional (por ejemplo, derecho al juez predeterminado por la ley, inamovilidad, independencia judiciales), que el anteproyecto merece. Pero si vale de algo andar ya cerca del medio siglo de estudio y seguimiento profesional de nuestra Justicia, créaseme cuando digo que ese anteproyecto no obedece a los declarados propósitos de “unidad de criterio” y mayor eficiencia, sino al persistente afán de neutralizar a la Justicia. Las discrepancias jurisprudenciales más perturbadoras se producen realmente en el plano de las Audiencias Provinciales (e incoherentemente, el AAP renuncia a que el Supremo remedie esas discrepancias), y la experiencia de muchas décadas muestra que los órganos unipersonales dictan más sentencias y en menos tiempo que los colegiados. Pero a demasiados “dirigentes” de este país les interesa desactivar los Juzgados de Instrucción y también los Juzgados de lo Contencioso-Administrativo. La clave de esta innovación radical, que se pretende hacer a toda prisa, por consenso, como si fuese un ajuste organizativo menor, es el máximo control posible de la Justicia, porque ésta, con todos sus males, es el único freno que queda a la arbitrariedad y a la corrupción. Y estas realidades penosas son, no nos engañemos, el “Don Beltrán” que no deberíamos perder de vista.»

Es verdaderamente terrible. Y no habría que citar solamente a Tirso o Quevedo, el de los muy pertinentes versos «Miré los muros de la patria mía / si un tiempo fuertes, ya desmoronados». Claro que se me puede decir: «son sólo proyectos de ley, en la tramitación se verá, etc.».También se verá si el PP se posiciona frontalmente en contra o si votará a favor tras un somero lavado de cara, como ocurrió con la nefanda Ley Sinde. Aquí habría que recordar también al Manrique de la Copla XVII y preguntarnos qué se fizo de los «luchadores de la libertad», que ahora mismo están missing. De esos que se hicieron antifranquistas al día siguiente de morir Franco, de los que dicen «servir al pueblo» pero le dispensan el más profundo de los desprecios. Sólo unos pocos luchan hoy para que se reconozcan sus derechos, con la esperanza pequeña de lo que se consiga redunde en beneficio de la sociedad.

Es terrible que gracias a la democracia tengamos la posibilidad de elegir aquellos que nos esclavicen. En Alemania ya pasaron por ello y el resultado es conocido. Y aquí, donde nuestro inefable ZP se declara heredero nada menos que del Frente Popular, ya conocemos lo que sucedió la otra vez. No debe extrañar a ustedes que quieran borrar las huellas (concentradas, por ejemplo, en los Archivos de Salamanca). Y al paso que vamos, repetiremos la historia.