Asco

He tratado de encontrar una palabra más suave que defina lo que siento en estos momentos por nuestra clase política. Tal vez debería añadir vergüenza, pero estimo que la vergüenza se halla comprendida en el término anterior.

Me preguntarán ustedes el porqué de este exabrupto. Por un lado, recordemos que desde hace 5 años y pico padecemos un desgobierno socialista cuyo mayor logro ha sido inyectar una buena dosis de psoriasis en la piel de toro. ¿Con qué finalidad? Por supuesto, esa finalidad no está madura para que los españolitos de a pie merezcamos enterarnos; pero a lo que parece, se trata sencillamente de ir borrando la memoria histórica tanto de la transición como de los llamados 40 años (el paréntesis franquista) y así «entroncar» con la idílica II República, que el mismo PSOE se cargó. Gobierna España un partido que no cree en España, sino en un extraño convoluto federal a medida de los sátrapas de cada región.

En cuanto al principal partido de la oposición, presunto recambio para el actual, está demostrando que no tiene –salvo honrosas excepciones– capacidad de reacción ante las manzanas podridas que se cuelan en su cesto. Grave es que esto se pueda afirmar del partido que gobierna; pero no menos grave es que se pueda afirmar del partido que aspira a sucederle y que además éste no reaccione con la debida celeridad (Rajoy ejerciendo de gallego: non se sabe si sube ou si baixa, ou si ven ou si vai).

La existencia de una casta política al estilo de la italiana parece un hecho que no necesita mayor demostración. Cierto que aquí no se escribirá (todavía) un libro como «La casta», de los italianos Rizzo y Stella; pero estamos hartos de ver como todo es puro teatro, un paripé. El paripé sólo deja de ser paripé cuando lo que está en juego son las poltronas de cada cual.

¿Y los ciudadanos? Desmovilizados. Deslumbrados con el circo, eso sí: los programas biliáceos para las señoras, el omnipresente fútbol para los señores (¿a quién carajo le importa que CR9 valga 90 millones de euros?) y entretenimiento siempre. Cuanto menos sepan los ciudadanos de lo que hacen los políticos, mejor. Y si alguien se atreve a preguntar, ¡querella al canto para callarle la boca! Vean, si no, el caso de las embajaditas de Carod. Se conceden a los embajadorcitos importes de hasta 12.000 euros sin justificar; la diputada del PPC Carina Mejías quiere saber por qué y Carod monta en cólera, y le planta una querella (por «difamación», suponemos). Viene a decirse que los ciudadanos no tenemos derecho a saber qué se hace con nuestro dinero. Los dominios de Carod son opacos a cualquier intento de investigación.

Pero quien dice los de Carod, dice también los de Chaves, que con el caso Matsa se ha cubierto de gloria. La oposición andaluza quiso tener acceso a la documentación del caso, y por no poder, ni siquiera pudieron llevarse copias de la documentación obrante. Tanto Chaves como Carod se han pasado por el arco de triunfo el art. 105 de la Constitución (y no le vale a Carod que «no se siente español y por tanto no cree que deba obedecerla»), así como el art. 35 de la Ley 30/1992, de 27 de noviembre.

En fin. Como decimos en Catalunya, «no hi ha un pam de net». Y da asco hablar de política. Eso, sin contar que en determinados sitios es peligroso para la vida o la integridad física posicionarse contra la satrapía correspondiente.

Rayan

El llamado caso Rayan ha hecho correr ríos de tinta ya. Sin perjuicio de repetir otras ideas, vaya en primer lugar mi condolencia al padre que en poco menos de dos semanas ha perdido a una esposa y a un hijo recién nacido.

Parece todo una especie de comedia de los errores. Errores pequeños, «sin importancia», que juntados, han compuesto un error de tamaño maxi. Me quedo con la pregunta de Antonio Casado en periodistadigital: hay que determinar si la muerte es causa de una negligencia profesional de una joven enfermera o la consecuencia lógica de un funcionamiento deficiente. Y a mayor abundamiento, adjunto el comentario de una usuaria en ese mismo digital:

«Politizar la Gestión de la Sanidad Pública fue un error que conocemos todos los profesionales de la Sanidad. Si hemos llegado a alcanzar un nivel bueno a nivel mundial, se debe a la formación y el tesón de los profesionales -entre los que sigue habiendo un alto número vocacional-. Desgraciadamente los políticos han utilizado, como arma contra partidos rivales, la financiación a las CC.AA en materia de Sanidad. ¿Culpables? Por supuesto, el que hace la acción, el supervisor que cambia sin razón a un trabajador sin estar preparado, el gerente que prefiere hacer la vista gorda ante las deficiencias, el Consejero autonómico que no protesta ante el Ministerio, el Ministro que recibe órdenes del Presidente para bloquear aumentos de financiación y por último los medios de comunicación con la TV a la cabeza, que banalizan los actos médicos y de enfermería con el traído: «una sencilla operación de columna…» «un pobre abuelo atado a la cama….» «el corporativismo médico….»».

Quizá no podamos erradicar por completo los errores médicos. Pero en la medida en que el error es humano, suele haber algún responsable. Y a ése –o a ésos– se le debe aplicar la responsabilidad que legalmente corresponda. Y no sólo eso: hay que tomar medidas para que ese error no se vuelva a producir. No es posible que en «la sanidad más avanzada de Europa» se dieran en 2008 más de 12.000 casos de errores médicos, de los cuales 508 acabaron con resultado de muerte.

Y lo peor no es esto. Mohamed VI ha aprovechado la circunstancia para «sacar pecho» y ha enviado un avión para repatriar el cuerpecito del bebé. Así los marroquíes visualizan que su rey, pese a que todo el país es suyo y de su camarilla y que entre todos tienen agarrados al país por donde no suena, también tiene su corazoncito (¿por qué no hace lo mismo con los sin papeles marroquíes que mueren en la patera, en el intento de llegar a esa tierra prometida llamada Sbaña?). Que habrá tensiones diplomáticas entre España y Marruecos está cantado, y los queridos primos Mohamed y Juancarlitos dejarán de visitarse por algún tiempo para guardar las formas.

Y ZP toca la lira mientras España arde por los cuatro costados.

¡Garoña que Garoña! (II)

¿Y por qué quiere cerrar ZP la central de «Garoña» (como es laico, se pasa por el forro el nombre completo de la central)?. En realidad nadie sabe por qué, oficialmente. Porque como queda claro en el post anterior, lo del «nuclear no, gracias» ha quedado más que anticuado. Ése es el discurso que vendía la izquierda-sandía (verdes por fuera, rojos por dentro)… hace un cuarto de siglo.

Para mí está claro que a ZP no le interesa otra cosa que lo que le da votos (tampoco estoy seguro de que a Mariano le interese otra cosa; pero como está en la «oposición presunta», se le puede conceder el beneficio de la duda). Entonces, si tenemos en cuenta que el lobby ecologista no es muy numeroso, ¿qué ha podido mover a ZP a sacar el conejo ecológico de la chistera?

Lo primero, la escasez de ideas. El ecologismo es uno de los múltiples disfraces que se ha colocado la izquierda para parecer más «civilizada» y «comprometida» de lo que es en realidad. Hoy nadie medianamente informado se lo cree; pero si el disfraz funciona, es que hay mucha gente que no está medianamente informada. Y en España, al parecer, se ha conseguido un nivel de aborregamiento de poco más del 50% (los 11 millones de votantes del PSOE, a pesar de que ZP mintió y engañó al pueblo varias veces, antes y durante la campaña electoral).

Pero claro, es que metidos ya en la harina de la crisis, algo hay que inventar para distraer al personal. Han intentado echarle la culpa al PP (cómo no), pero la gente se empieza a dar cuenta de que no puede ser responsable quien no gobierna. Se la han echado al cambio climático, al capitalismo, a la religión (si los gobernantes siguiesen el Evangelio, otro gallo nos cantara). Han inventado lo del aborto. No sé qué más le queda, porque la gente hasta deja de ver la tele, que se ha convertido en un laxante de primera calidad. Lo han intentado todo para que a los españoles se nos vaya la fuerza por la boca y así, bien entretenidos, no tomemos las decisiones que ZP no se atreve a tomar.

Les diré lo que yo creo. «Garoña» es un globo sonda. Si se cierra a pesar de las protestas, otras vendrán detrás, pues no se crean ustedes que se quedará ahí la cosa. Con la «excusa ecologista» (cuyo fundamento es inexistente), ZP nos dejará sin producción de energía propia en cantidad, limpia y barata. La pregunta siguiente es: ¿Y entonces de dónde vendrá esa energía? Respuesta obvia (con otra pregunta): ¿saben ustedes que Francia está construyendo unas cuantas centrales nucleares justo al otro lado de los Pirineos? ¿Y que Marruecos, al parecer, también va a construir alguna central mirando hacia Canarias? ¿Y para quién creen ustedes que será esa energía, mayormente?

Lo que quiero decir es que nos estamos jugando nuestra independencia energética, que ZP entrega alegremente –o sin alegría, lo mismo da– a Francia y a Marruecos. Y en este perro mundo traidor, raramente se da sin haber recibido antes –o con la promesa de recibir después–. Otra pregunta del millón: ¿qué es lo que ha recibido ZP de Francia y Marruecos de tal valor que ahora tiene que comprometer la citada independencia energética? Les daré mi opinión, por más que no tenga pruebas y sea discutible: la respuesta está en el 11-M, en sus causas y sus consecuencias. Y este artículo de Joan Valls puede ser una buena introducción.

Miserable

Miserable el directivo del PNV que, en un alarde de «valentía», no ha querido identificarse para lanzar su ataque contra la viuda de D. Eduardo Puelles, doña Francisca Hernández. Sabiendo como sé que en los partidos rara vez hace declaraciones quien no tenga algún tipo de mando, no me extrañaría que hubiera sido Anasagasti, el caracazo.

En todo caso, ya nos es conocida esta postura del PNV. Los recogenueces se posicionan al lado de la ETA, como siempre. No son tan lejanos aquellos tiempos en que cada vez que la Benemérita detenía algún etarra, nunca faltaba algún burukide (preferentemente Egíbar) dudando de que al «valiente gudari» se le hubiese aplicado un tratamiento correcto. Y estamos en lo mismo. Pero dicen que no apoyan a ETA.

Pagaban subvenciones a los familiares de los etarras (¿por qué? ¿Acaso no son unos asesinos? ¿Por qué hay que hacer un favor a sus familiares, que, en no pocos casos apoyan las mismas tesis asesinas?), pero dicen que no apoyan a ETA.

Recibimos hace pocos días una confirmación oficial de algo que sospechábamos hace ya mucho: que la Ertzaintza no actuaba contra ETA por motivos políticos. Para el PNV, al parecer, los de la ETA siguen siendo «las ovejas descarriadas» del nacionalismo vasco y que, «en el fondo, esperan recuperarlos algún día». Pero dicen que no apoyan a ETA.

Dejando aparte su mal perder –que también–, sólo un miserable, un malnacido, una rata asquerosa, un gusano inmundo podría decir las siguientes palabras de doña Francisca Hernández (declaraciones a El País, que les cede espacio):

«En esas circunstancias no se puede dejar el discurso a la viuda. Fue una situación durísima. La mujer lo mezcló todo. Hizo referencias muy duras a las familias de los presos. Supongo que estaría sedada a tope. Eso lo tienen que cuidar. Es mejor que las viudas no hablen».

¿Y dicen que no apoyan a ETA? El Evangelio –que es mi manual de consulta– dice muchas cosas y en particular la siguiente: «No se puede servir a dos señores». Trasladando el dicho al PNV, resulta que en materia política aplican el principio de contradicción: «A es A y es también no-A». Es decir: son «demócratas» (habría que hablar mucho sobre eso) y al mismo tiempo apoyan los fines de ETA, que es cualquier cosa menos demócrata. Ambigüedad calculada que debería llegar a su fin: o se está con las víctimas, o se está con los verdugos. No se puede quedar bien con todos.

En esta tesitura me desazonan mucho las palabras de don Salvador Ulayar, por la relevancia de quien las dice. Leí su historia en el libro de José Díaz Herrera e Isabel Durán «ETA, el saqueo de Euskadi». Ahora le leo en LD y no es ni mucho menos para tirar cohetes. Sobre todo porque denuncia a una AVT domesticada. «Desactivada», podría decirse. Otro ejemplo de cómo los (malos) políticos expulsan a la ciudadanía de sus mismos espacios de libertad. Y si los propios interesados (o cuando menos sus «representantes») dejan de enarbolar la bandera que los unió para aceptar sin chistar el discurso de un Gobierno que los quiere calladitos y que al mismo tiempo «negocia» con los etarras, pues apaga y vámonos.

Y en cuanto al PNV, dos cosas. La primera, que al «directivo» que ha dicho esas barbaridades tendrían que inyectarle la antirrábica y ponerle un bozal. Y la segunda, que en el tema del terrorismo no se puede ser al mismo tiempo parte de la solución y parte del problema. O se está con los verdugos, o se está con las víctimas. Otra cosa es que sea tabú decir en voz alta por quien corresponda (o debería corresponder) que el PNV apoya a los etarras. Y esto hasta Sabino lo entendería aunque no se lo explicaran los jesuitas de Orduña.

¡Garoña que garoña! (I)

Créanme ustedes si les digo que no acabo de entender la política energética de este Gobierno que nos toca padecer. Según entiendo, para casi todo dependemos del exterior en materia energética: petróleo árabe y gas argelino, que es lo que hoy por hoy hace funcionar al mundo. Que esas dos fuentes de energía tengan denominación de origen de Alá tiene su aquél, desde luego: al parecer los árabes nunca han dejado de mirar a España como su paraíso perdido.

¿Y qué nos queda? Pues… el sol de España, que hasta hace cuatro días nos ayudó a equilibrar nuestra desequilibrada balanza comercial. Porque lo de las llamadas energías renovables, sin ser un camelo, es lo cierto que no cubren las necesidades –mucho menos las expectativas– de aquellos quienes se llenaron la boca diciendo que los parques eólicos eran «la energía del futuro». ¿Y cómo andamos de energía eléctrica? Teniendo en cuenta que Sebastián –por encargo de las eléctricas, desde luego– nos sube la luz y además nos regala bombillas para que estemos contentos, me da que la cosa no va muy bien.

Como decía el anuncio, «¿Manchas? ¡Una solución, quiero!». ¿Y qué solución tenemos? Pues una que nos dé energía eléctrica barata, limpia y duradera. ¿Eso existe? Sí, claro que sí. Se produce en las centrales nucleares. Después de los bombazos de Hiroshima y Nagasaki, el hombre fue capaz de encontrar un uso a la fisión nuclear que no fuese el de partirle la cara al vecino. Y a pesar de que ha habido algún que otro desastre nuclear (que lo fueron, además, por fallo humano y no técnico), la energía nuclear es barata, limpia y puede producir energía eléctrica durante mucho tiempo.

Atrás quedan los tiempos en que la gente salía a la calle a gritar lo de «¿Nuclear? ¡No, gracias!». Nadie explicaba punto por punto qué ventajas e inconvenientes tenía esa energía. Cualquier intento de exposición racional era apagado por la omnipresente propaganda, que en cada región tenía su subtexto, además. Los más sólo veíamos las imágenes de Chernobyl (cuyas consecuencias, por desgracia, aún duran) y decíamos que no queríamos aquello cerca de casa.

Sin embargo, el jolgorio antinuclear se diluyó cuando quedó claro que los sucesivos gobiernos ¿democráticos? no cerraron las centrales nucleares. Y sobre todo los gobiernos socialistas, cuyo partido se había alineado antes de 1982 con los antinucleares. También se diluyó en las poblaciones donde se instalaron dichas centrales, en las que muchos entraron a trabajar y se crearon muchos puestos de trabajo directos e indirectos. Gentes que en otro tiempo llevaron la pancarta, la guardaron y la cambiaron por el mono de trabajo, los zapatos de doble suela y los controles del quicky.

Y nada parecía turbar la pax atomica, hasta que ahora a nuestro ínclito presidente (y para algun@s, Führer bienamado) ZP se le ocurre que hay que cerrar la central de Santa María de Garoña, en Burgos.

Planetario

«Planetario» ha sido el hostión que se ha pegado el PSOE en las europeas. Ha perdido entre 600.000 y 700.000 votos y está dos escaños por debajo del PP. En la llamada «noche electoral» contrastaban las sonrisas Colgate de la planetaria Lerele Pajín y los que comparecieron en la rueda de prensa con la cara de palo de ZP y Rubalcaba al abandonar la sede de Ferraz esa misma noche. Los forofos dirán que «no era para tanto»; pero si así fuera, ¿por qué ZP estaba tan cabizbajo?

Por el contrario, la de Rajoy era la viva imagen del triunfo. La verdad, tampoco es para lanzar cohetes, porque también han perdido electores. Electores que se han cansado de ese estilo suyo de oposición «galaica»: blandito, calculador y posibilista (sen subir nin baixar e sen ir nin vir). Ciertamente, Mayor Oreja es una persona que a mí me resulta respetable y nada que ver con el entorno rajoyesco-sorayo-arriolino que hoy por hoy campa por sus respetos en las alturas de Génova. Ha merecido la victoria pequeñita, que en el contexto general de Europa es una victoria aplastante del sector conservador frente a la izquierda.

Dejando de lado el recuento y las valoraciones, quisiera entrar en el detalle de la campaña. No sé ustedes; pero yo, cuando tengo que elegir representantes europeos, espero que me hablen de Europa, en absoluto de problemas «domésticos». Eché en falta que los candidatos hablasen de lo que pretendían en Europa, qué proyectos iban a apoyar o no apoyar en lo que se llama pomposamente construcción europea.

En vez de eso, ¿qué hubo? El PSOE me trató como un anormal: apeló a mi miedo («¡que vienen los fachasssssssssss!»). A lo mejor ese recurso funciona en Andalucía; pero desde luego conmigo les ha fallado. Y el problema del PSOE no es lo que pensemos muchos, sino lo que hemos votado. En cuanto al PP, además de responder al PSOE con otro video, entró al trapo en la comedieta del Falcon, que a muchos españoles creo que no les interesaba lo más mínimo. Por si faltara algo, a través de El Confidencial me entero de que PP y PSOE han votado lo mismo en un 70% de las votaciones de los últimos 5 años en Europa. Quizá ahí está la razón de que hayan magnificado las anécdotas: para ocultar lo mucho que fuera de casa se parecen y posibilitar la ¿diferenciación? del producto.

UPyD, por el contrario, ha presentado una propaganda aséptica y sin hipotecas (palabra terrible hoy en día), un lenguaje sencillo y al mismo tiempo respetuoso con la inteligencia del votante. Quizá por eso me cayeron más simpáticos que los demás. Bueno, por eso y porque aspiran a romper el bipartito de facto en que se ha convertido la política española, una reedición a la baja del turno Cánovas-Sagasta, sin que ninguno de los sustitutos llegue a la suela del zapato de los originales.

¿Y para qué hemos votado? Para que 700 y pico señores (y señoras: no seamos sexistas) se sienten en un Parlamento que apenas tiene competencias. Lo que significa que los eurodiputados hacen las maletas a Bruselas pour s’amuser. Cobrarán un pastón (los nuestros, 7.000 euros de sueldo base) y prácticamente se puede decir que no harán gran cosa (puesto que el verdadero gobierno está en la Comisión, controlada por los Estados). ¿Quieren una prueba más de la inanidad de la institución? Han mandado allí a Magdalena Álvarez, que se supone que allí no puede hacer daño (y además Chaves la tiene convenientemente lejos…). Claro que, conociéndola, no estaría yo tan seguro de ello.

TeleHuelga

Desde hace algún tiempo quienes vemos Telemadrid, ya sea dentro o fuera de la Comunidad, tenemos que soportar letreritos del tipo: «Debido a la huelga de trabajadores de Telemadrid, la programación queda interrumpida. Rogamos disculpen las molestias» o cosa parecida. Como ya se me ha terminado la paciencia –y a pesar de que prometí a mon petit chou-chou no escribir en el blog hasta nueva orden–, no me queda más remedio que hacerlo porque esto ya pasa de castaño oscuro y se me han inflado las narices. Así que vamos a empezar a analizar el asunto.

Primero de todo, ¿por qué esos trabajadores se ponen en huelga? Según entiendo, piden mejoras salariales (o sea, más pasta: «el que no llora, no mama»). Objeción: es sencillamente indecente que esos señores pidan aumentos de sueldo cuando vamos cono una flecha hacia los 5 millones de parados (recordemos que ZP dijo que «no llegaríamos a los cuatro millones» cuando ya sabíamos que sobrepasábamos sobradamente esa cantidad). Segundo: ¿de qué «trabajadores» estamos hablando: de los «de a pie» o los liberados sindicales? Si es de los primeros, quizá la cosa podría pasar; pero si hablamos de los segundos, esos liberados serán cualquier cosa menos mileuristas.

Desechada, pues, la única razón sensata por la cual esos «trabajadores» podrían ponerse en huelga, hemos de buscar otro camino. En lo que se refiere a Madrid, todos los caminos tortuosos pasan por Ferraz y llegan hasta Miguel Fleta, 8. Cabe suponer, pues, que el camarada Gómez, que ha recibido la orden del Caballero-Kadosch ZP de conquistar «Madrid como sea», está detrás de todos los embrollos y desplantes que últimamente está sufriendo el PP.

¿Es descabellado pensar que los famosos liberados sindicales son los clavos rojos con que ZP, Lerele Pajín y especialmente el camarada Gómez quieren crucificar a Esperanza Aguirre? No, no lo es. Por eso cada dos por tres aparecen varios de esos señores intentando amedrentar al consejero Güemes. Es su trabajo y les pagan muy bien por hacerlo. Por si esto fuera poco, en alguna ocasión hasta se ha demostrado que ni siquiera eran trabajadores, sino profesionales de la manifa vendidos al mejor postor. Como si estuviesen diciendo: «¿Dónde y a quién hay que dar la campanada?». «A tal sitio, a tal persona y a tal hora». «¿Cuánto nos vais a pagar?». «Os pagamos tanto». «Hecho».

De esta manera se explicarían las movidas contra el consejero Güemes y otros miembros del Gobierno regional. O la visita des pauvres travailleurs al Parlamento madrileño, prometiendo que «la próxima sería con dinamita». Mal le salió el asunto a la bruja Maruja (Maru Menéndez), portavoza (que diría la Bibiana) del PSM y anfitriona de la asonada obrera. Por salirle, hasta le ha salido un obispo en el sobaquillo que canta como una almeja a cuenta de su compañero sentimental. Y todo por un quítame allá esos dineros y una cooperativa de viviendas (asunto que se parece peligrosamente al de la PSV, con el que Felipe González se quitó de encima al molesto Nicolás Redondo, Sr.), lo cual tendrá que determinar un juez.

Pero hay algo más sorprendente aún. Teniendo, pues, en cuenta, que se trata de huelgas políticas –y como tales, non sanctas–, no se entiende cómo la dirección de la empresa no ha tomado ya medidas fulminantes de despido, como las que se contienen en el artículo 54 del ET. Naturalmente, con el respeto debido a las garantías de los «representantes (¿?) de los trabajadores». Pero no se merecerían, en nuestra humilde opinión, otra cosa que un despido disciplinario.

En cuanto a las razones de las movidas en Telemadrid, no hay que ser muy Sherlock para adivinarlo. La izquierda sabe que para lograr una posición hegemónica tiene que controlar los medios de comunicación, para que todo el mundo vea lo que ellos quieren ver y como ellos quieren que lo veamos. Dado que Telemadrid se resiste, sencillamente, hay que joderla. Y lo extraño es que Esperanza Aguirre, tan poco amiga de andarse con remilgos, no haya tomado ya cartas en el asunto. Mientras tanto, no aparten la mirada de televisor y deléitense con la contemplación de la Carta de Ajuste, así como con los estimulantes rótulos que de vez en cuando emite el Comité de Servicios Mínimos…

… Y era Titadyne

Todos nos acordamos de lo nerviosa que se puso la fiscal Olga Sánchez cuando los abogados de la acusación empezaron a desgranar sus argumentos contra la llamada versión oficial. «¡Estalló Goma 2 Eco y valeyá», estalló la fiscal. Ese valeyá, que a la fiscal le ha valido la proposición de su jefe (que de cándido tiene lo que un servidor de ustedes de astronauta) de ascenso a Fiscal del Tribunal Supremo, ha quedado para los anales de la coletilla como símbolo de auctoritas y de que el tema está terminado y no hay más que hablar (y deje usted de joder la marrana, señor letrado, que lo empapelo por desacato).

Recordamos todos también la sonrisa de oreja a oreja de Pepiño (hoy señor ministro de Fomento en trance de adelgazamiento, por culpa de los 600 metros que hay entre su despacho y el de su subordinado más inmediato), cuando decía aquello de «Ya sabemos lo que va a decir la sentencia». La sentencia, al final, no dejó contento a nadie: ni al Gobierno, que pretendía saber lo que iba a decir su señoría Bermúdez; ni a las asociaciones de víctimas del terrorismo, las cuales conocían los flecos y agujeros de la versión oficial, y que además, habían sido atacadas por el Gobierno en su afán de desactivarlas (no solamente para ese proceso, sino para el otro de la «negociación», que oficialmente hoy está «roto»). En dicha sentencia, Bermúdez se cuidó muy bien de enfocar demasiado la luz; y así, lo único que quedaba claro es que no se sabía quiénes habían sido los autores materiales, no se sabía quiénes habían sido los autores intelectuales y, finalmente, no se sabía qué había explotado en aquellos trenes.

El caso es que aquella sentencia, según unos, cerraba el proceso. Y para otros, entre los que yo me cuento, solamente lo cerraba en falso. Además, hubo varios movimientos sospechosos: por ejemplo, el ascenso o cambio de destino de algunos de los mandos de la Policía y Guardia Civil de los que ahora empieza a decirse que presionaron a sus subordinados para que mantuviesen la versión oficial. A mí esos movimientos me chirriaban mucho. Mucho más cuando empecé a leer el libro del letrado de aquella causa D. José María de Pablo La cuarta trama (si alguien puede saber algo de esa intrincada causa es uno de los letrados intervinientes, desde luego). Libro que recomiendo encarecidamente a quien de ustedes no se crea la versión oficial y tenga suficiente estómago para aguantar algunas verdades que en él se cuentan.

El caso es, también, que en este país de salsa rosa y pandereta (y ya no tan «devota de Frascuelo y de María», como decía el poeta), alguien se ha tomado las cosas en serio y después de cinco años del horroroso atentado, ha hablado. Me refiero al perito químico D. Antonio Iglesias, uno de la terna que investigó el 11-M. El señor Iglesias, después de haber analizado pacientemente las muestras que quedaron tras la voladura de los trenes, ha determinado sin género de dudas que lo que explotó en éstos no fue Goma-2 Eco, sino Titadyne.

Se preguntarán ustedes, como el fiscal Zaragoza: ¿qué importa lo que explotara en los trenes? Por de pronto, se me ocurre una primera razón: si hubiera sido indiferente, los trenes todavía seguirían ahí, puesto que analizarlos no hubiese arrojado datos relevantes para la investigación. Dado que no era el caso, los hicieron desaparecer. Lo cual nos lleva a otra cuestión: ¿quién hizo desaparecer los trenes? ¿Contaba ese alguien con alguna autorización? La primera pregunta es difícil de responder, pues con ella tendríamos a los autores «materiales»; la segunda, en cambio, apuntaría al Juez Del Olmo –siempre que la hubiese concedido, claro está–, instructor del caso y curiosamente desaparecido de la escena «por motivos de salud».

Pero no sólo eso. Que sea Titadyne y no Goma 2 Eco también apunta, posiblemente, a un modus operandi que no tiene nada que ver con los radicales islamistas que salieron condenados en esa especie de juicio, sino a otros radicales, pero de casa: concretamente a los de la ETA, para quienes el Titadyne es instrumento habitual. Recordemos que salió Ibarretxe primero diciendo que «fue la ETA» y después, curiosamente, se corrigió y se apuntó a la tesis de los islamistas.

Quizá la madeja tiene visos de desenredarse. Por lo que vamos viendo, si España fuera un país «decente», determinadas conductas merecerían el calificativo de alta traición. Quizá lleguemos a saber a quién le interesaba realmente un cambio de Gobierno. Y quizá, sólo quizá, lleguemos a enterarnos de las razones que tuvo Aznar para no detener en seco el proceso electoral hasta tanto la investigación policial y judicial determinara qué ocurrió realmente. Que ya sabemos que «no están en desiertos lejanos»; pero queremos concretar un poco más, porque hay 192 muertos y 1.500 heridos. Lo menos que se merecen las víctimas y sus familiares es LA VERDAD.

Muchas gracias a los señores Antonio Iglesias, Casimiro García Abadillo y Luis del Pino (entre otros varios) por tratar de hacer el trabajo que en su momento debieron haber hecho algunos jueces y policías, y que no sólo no hicieron, sino que ahora nos enteramos de que trataron de torpedear todo lo posible el esclarecimiento de la verdad. Pues sólo la verdad proporcionará descanso a los muertos y consuelo a los vivos.

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