Notre-Dame en feu

Terminaba ayer el día con la terrible noticia del incendio de la Catedral de Notre-Dame en París, uno de esos edificios emblemáticos de cualquier ciudad. Como podría serlo la Sagrada Familia en Barcelona, la Catedral de Santiago o la Almudena en Madrid.


No han aparecido culpables aún; pero, como dijo alguien a quien leí en un foro, sí sé quiénes se van a alegrar de la desgracia. Públicamente no, claro: son cobardes y no quieren que se les arranque la careta de un tirón, exponiéndose así a las iras del respetable. Porque, católicos o no, en Francia respetan la Catedral de Notre-Dame: unos, como expresión de su fe; y los otros, como parte importante de su patrimonio nacional y de la Humanidad. Pero quisiera decir dos cosas:

Extraño será que no salga algún cenutrio, radiofónico o no, en los próximos días que empiece a decir que «la culpa última de este incendio es del Papacisco, por “montonero”, por “comunista”, por “protector de la mafia lavanda”, etc.», porque “se niega a ponerse los zapatos rojos”». Y que un autoatribuido (nadie le ha concedido tal título) «sagristà major de las iglesias de España» le haga los coros. Oigan, ¿pero ustedes qué quieren? ¿Un Papa o Caperucita Roja?

<em>Es el Cardenal Cañizares, pero vamos… podría ser el Papa también</em>

Pocas cosas me revientan más que los católicos estéticos: ésos a los que les gustan las procesiones, los vestidos, la liturgia, el boato y la misa en latín… pero que, en realidad, fuera de esas cuatro cosas superficiales no son practicantes. Y que no les gustaría que el cura les tocara las narices interpelándoles acerca de cómo practican.

Y la segunda cosa que quisiera decir es que defendiendo nuestra tradición católica defendemos el ser de Europa (no «de la UE», que es cosa muy distinta), tanto el ser «en sí» y «para sí» como su lugar en el mundo. Con la información que ya comienza a circular, cada vez va quedando más claro que una Europa unida es un engorro y una Europa que respeta sus tradiciones, entre ellas la católica (que es la primera que concibió Europa como un todo, para los produtos LOGSE), es un grano en salva sea la parte. Como siempre, no está de más parafrasear a Martin Niemöller

Primero cayeron los judíos. Pero como yo no era judío, no me importó.

Luego cayeron los ortodoxos. Pero como yo no era ortodoxo, no me importó.

Luego cayeron los católicos. Pero como yo no era católico, ni iba a misa, no me importó.


Luego vinieron a por mí. Pero para entonces ya no quedaba nadie que me pudiera defender.

Coda:

Y los comunistas, masones y liberales que ayudaron al enemigo creyendo con ello que salvarían el pellejo, cayeron también.

Mi solidaridad, en fin, con los franceses de bien y con los católicos del mundo. Que no porque nuestros dirigentes estén vendidos Cristo dejará de triunfar. Recordemos sólo este detalle. Stalin se reía de los católicos cuando preguntaba, con sorna: «¿Dónde están las legiones del Papa?». Y resultó al final que el orbe comunista cayó por sí solo, con unos cuantos empujones de Reagan, de Thatcher y de un Papa polaco. La URSS estaba tan corrompida que se derrumbó prácticamente sin ejercer fuerza alguna sobre ella. No hicieron falta legiones para vencerla.

 

A cuatro manos y Dios

Realmente no sé si debería ser yo quien publicara esta entrada. Digamos que porque queda feo que uno «hable de su libro», por mucho que fuera un escritor (Umbral) quien popularizara el dicho. De todos modos quiero hoy hablarles de una pequeña obra que ha escrito Adela, mi pareja, acerca de un variado caleidoscopio de imágenes de su vida y de otras cosas, en que yo he tenido una participación importante en cuanto a edición y ampliación del material.

De entrada, no es un libro para cualquiera. Se habla de variados temas, se dicen cosas fuertes. Tal vez los que anden buscando morbo encuentren algún párrafo del que puedan sacar punta, como los cotorros esos del «corazón» (a todo esto, me pregunto qué tendrá que ver el «corazón» con todos esos asuntos de los famosetes de medio pelo que se promocionan por ahí previo pago).

Por encima de todo, es un libro que habla de Dios y de su intervención en una vida concreta. Quizá por eso no es un «libro para todos». Y luego, de esa intervención penden todos los demás temas que se hablan, como esos colgantes en los que, de un hilo principal, cuelgan otros hilos. Hilos que cuentan otras historias. Historias que hablan de desesperación, pero también de esperanza. Historias que son un grito de rabia, pero también de fe en Dios.

Me gustaría adelantar que quien piense que estamos ligados a movimiento alguno de Iglesia se verá seriamente decepcionado. No, no pertenecemos ninguno de los dos al Opus Dei, ni al Camino Neocatecumenal, ni a nada. Somos nosotros dos, como miembros de la Iglesia de Jesucristo, aquella de la que Jesucristo dijo a Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno nada podrán contra ella». No debemos el favor a nadie y eso nos ha dado completa libertad para hablar de lo que queríamos hablar y de decirlo como queríamos decirlo. Quizá en otras épocas este libro no hubiera obtenido el nihil obstat; pero hoy es posible, gracias a servicios de publicación electrónica, que un libro como el nuestro se abra camino a la posibilidad de ser leído por otras personas.

No pretendemos en modo alguno hacer negocio con el libro. Así como otros escriben porque ésa es su profesión, nosotros no nos lo planteamos así. Creemos que lo que se dice en el libro es algo que debe ser dicho, ante quien sea necesario y con el debido respeto —o sin él, según los casos—, no desde el punto de vista de la teología o de la política o de la sociología, sino desde el punto de vista de dos creyentes de a pie. Así que, si va bien, alabado sea Dios: tendremos para pipas. Y si no va bien, alabado sea igualmente Dios. Nos queda la satisfacción de haber escrito el libro que queríamos escribir: nosotros solos, sin equipo, sin asesores de imagen, sin agentes literarios ni contratos de edición… ni toda la maquinaria que se pone en marcha cuando se trata de uno de los grandes. Que, total, los 50 truños de Grey (los normales, los oscuros y los liberados) han sido un éxito editorial sin tener gran cosa que decir.

En cualquier caso, esperamos que su lectura sea del agrado de quien nos escoja. Dejamos aquí el enlace a la tienda virtual.

Burlas anticatólicas (y III)

Pero hay más. Al margen de que la Iglesia deba poner orden en sus asuntos internos -cosa que sin duda debe hacer para poder enfrentarse con éxito a los enemigos externos (Mt 12:25)-, tampoco ayudan dos clases de críticos: los extremosos y los ateos.

Los extremosos, según mi observación, quieren una versión católica extremadamente rígida, poco menos que veterotestamentaria. Para este grupo, Dios exige la virtud y el cumplimiento de la ley, de tal forma que el perdón tiene poco lugar en esta concepción. Por esa pendiente se deslizan personas como Juan Manuel de Prada, que oficia de católico virtuoso y que en bastantes ocasiones considero que tiene razón; pero que ha perpetrado últimamente en ABC un par de artículos sobre el famoso burkini que me han dejado simplemente perplejo. Para no hacerles la historia larga, defiende en ellos que el burkini es un “símbolo de la liberación de la mujer” y llama “memos” a los que nos oponemos al uso de la supradicha prenda, colocando al mismo nivel la oposición al burkini y la defensa de la pornografía. Él sabrá por qué. En cualquier caso, hace sumamente difícil a los demás ser simplemente católico diocesano. Para ellos, si quieres ser un “buen católico” tienes que pertenecer a su secta.

Pero más que los extremosos, que a fin de cuentas están dentro de la Iglesia (aunque incómodos con este Papa que no les gusta), lo que me fastidia es el aire de superioridad moral que algunos ateos destilan, sobre todo si agarran un micrófono. Son incómodas las risitas y los comentarios jocosos a cuenta de un asunto serio como es el de un obispo que se dedica a holgar con una feligresa, como como ocurrió el viernes pasado. Escucho cada mañana (casi religiosamente, cabría decir) a Federico Jiménez Losantos. Me suelen gustar sus comentarios, bastante acerados cuando se trata de política nacional -y merecidamente en mi opinión-. Pero le rogaría que en materia eclesiástica se guardase sus comentarios sarcásticos. Haber trabajado durante años en la COPE no le da derecho a burlarse de la Iglesia, considerándose de paso un eclesiólogo de salón. Quédese en su ateísmo de tres al cuarto y deje (y respete) que los demás sigamos creyendo en la Iglesia, falible cuanto humana, pero inspirada por Dios.

Quisiera recordar la famosa serie de artículos que Federico permitió perpetrar a César Vidal en Libertad Digital, para defender su mercancía protestante atacando al catolicismo. Todas las cosas (verdades a medias y mentiras completas) que dijo “el problema más gordo de Libertad Digital” (in illo tempore) fueron rigurosamente desmontadas en el blog de Bruno Moreno Ramos. Preferiríamos que Federico, al igual que Rinconete, no se metiera en “tologías” (teologías) y siguiera en lo suyo, que lo hace muy bien y ojalá sea así muchos años.

Burlas anticatólicas (I)

Ser católico en un mundo que, según parece, está dejando de serlo, es buscarse problemas. Por supuesto, no se trata de sacar el hacha y decir que uno es más católico que los demás porque lo proclama a los cuatro vientos. Recordemos siempre aquello de «el que esté limpio de pecado tire la primera piedra». Desde un punto de vista “aséptico”, una religión es «un modo de relacionarse con Dios». Nada objetaríamos a esa definición, pues «religión» viene del latín religare, uno de cuyos significados sería «restaurar la relación con Dios, perdida por nuestra aparición en el mundo como seres separados y solos». Hoy parece ya no importar esa «relación con Dios», al menos en el contexto europeo. Desde la feroz proclamación nietzscheana «¡Dios ha muerto!» hasta la aparición de las bioideologías, que quieren a todo trance ocupar el lugar de Dios, hemos recorrido un cierto camino sembrado de muchos cadáveres (camino fabricado por personas que ni física ni intelectualmente apuntaron al Übermensch del filósofo de Sils Maria).

Volviendo al momento actual les diré que, aunque no estoy seguro de que exista una “conspiración de nivel mundial”, lo que aquí se llamó el famoso contubernio judeomasónico internacional (entre paréntesis: me pregunto qué hacen tantas personas que creen en ese contubernio meneando el rabo y otras cosas en una aplicación -Facebook- creada por un judío -Zuckerberg-), sí estoy seguro de algo: algunos «modos de relacionarse con Dios» están más promocionados que otros. Particularmente el budismo, que no cree que exista un Dios, y el islamismo, que sí cree, pero en un Dios vengador respecto de aquellos que “no le adoran”.

A partir de ahí, llevamos décadas de ataques a la religión católica, a sus representantes y a los feligreses. Ataques en distinto grado: en algunos lugares del mundo se les mata físicamente, como hemos denunciado en este blog; en la civilizada Europa se les margina y señala, que suele ser la antesala de algo más, si somos conscientes de la Historia. Claramente tuvimos esa percepción cuando aquellas creencias que aspiran a ocupar el lugar de Dios se frotaron las manos con el asunto de la pederastia sacerdotal. Hoy, ya pasado el vendaval y contrastados los datos fríos, sólo los fanáticos anticatólicos dicen que «la Iglesia está llena de pederastas». Lo curioso es que nadie diga que no pocos de los pederastas que no son sacerdotes han sido previamente o siguen siendo homosexuales (¿mala propaganda para el negocio LGTBI?). Aunque eso ya es harina de otro costal, que los medios controlados o acollonados por el lobby rosa no se molestan en mencionar.

Anticristos de tres al cuarto (y II)

Ésta también es para Adela, con cariño

Para todos estos grupos o «Estados dentro del Estado» de la Iglesia, al parecer, cuenta menos el interés general de todos los católicos que el suyo propio. Pongamos, por ejemplo, la revisión de criterios que el Papa Francisco ha forzado respecto de la nulidad canónica, en el sentido de eliminar trabas burocráticas en aquellos casos en que la convivencia matrimonial dentro del catolicismo (pues para eso se casa uno por el rito católico: no como “mero trámite” o “mera cuestión de forma”, sino porque es consciente de a todo lo que el Sacramento le obliga) resulta de todo punto imposible. Esto ha partido por la mitad el negocio redondo que eran esas nulidades para algunos y ha puesto en evidencia también la vergüenza de que para “intentar la nulidad”, simplemente no se podía ser pobre, con el escándalo derivado de la compra de nulidades para señoritos y señoritas “bien”. Esto explicaría también por qué cierta persona me dijo hace tiempo que “los muros del Paraíso son muy altos para ciertas personas”. Y cabría añadir además que para esas ciertas personas “quien no pague una pasta muy gansa no entra”. Es normal que esos «Estados dentro del Estado» estén rabiosos con el nuevo Papa, simplemente porque les quita una interesante porción de negocio. Uno, que es católico de a pie, no deja de acordarse de lo que hizo Jesucristo con los mercaderes del templo (Jn 2:13-16). La cura de humildad es buena para todos, oigan.

Como sea, cierro esta serie de dos entradas pidiendo que despierte la Iglesia de su letargo. Ya no sólo porque, si no nos andamos con cuidado, a los cristianos nos volverán a perseguir y a asesinar en suelo europeo. En este sentido, ya dijo Juan Pablo II que “había que recristianizar Europa” (Europa, nuevamente tierra de misión). El peligro, a estas alturas, no son sólo los musulmanes fanáticos. Empezamos a necesitar cristianos valientes, sacerdotes valientes, prelados valientes que defiendan la doctrina cristiana frente a los ataques (sutiles o menos sutiles) de aquellos que quieren borrarla de la faz de la tierra. Las cunetas de las carreteras están llenas de personas que contemporizaron, que no “creyeron que la cosa iba a llegar a tanto” o que creyeron en “la paz a cualquier precio” y demás.

Matizo también: “valientes”, que no “fanáticos”. Y entre estos últimos incluyo a aquellos que se dedican a esparcir la especie de que “este Papa es el Anticristo”. No me valen cristianos “flojos”, ni tampoco cristianos “pasados de rosca” y “en posesión de la única verdad”. Ojalá los cristianos recordásemos las palabras de Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). Lo demás no nos lleva a ninguna parte. Así que, por favor: dejen de fastidiar con eso del “anticristo”, que no hace más que servir a intereses espúreos y que no hacen ningún bien a la Iglesia.

“Anticristos” de tres al cuarto (I)

Para Adela, con cariño

Hoy me da la gana de hablar de religión. Concretamente, de la religión católica, perseguida sin tapujos en dar-al-Islam ante la indiferencia de muchos (los cristianos que han degollado en Siria apenas han durado un día como noticia: Siria queda muy lejos y ya hemos hablado de ello) y perseguida algo más sutilmente (cada vez menos sutilmente) en dar-al-Harb, o sea, el Abenland, la «tierra del crepúsculo», Occidente.

Pero hoy no es momento de hablar de los enemigos externos, que los tenemos y al parecer son poderosos. Hoy quisiera comentar que, por si nos faltaban enemigos, también los tenemos en casa. Son aquellos que, con su discurso, confunden a la feligresía sencilla, cada vez menos numerosa y de más edad gracias a la persecución sutil, esa que impide renovarse a la Iglesia con savia nueva y joven. Y sabemos por qué: el catolicismo bien explicado y aplicado levanta barreras muy difíciles de derribar suavemente entre el hombre y el Estado (para otra entrada queda el debate de «quién es el Estado»). Es decir: que para derribar esas barreras un régimen tiene que retratarse como totalitario sin más perifollos, dando al traste con la utopía de Huxley y acercándonos más a la de Orwell.

No obstante, dentro de la Iglesia también hay quienes trabajan de una forma que no se puede decir que estén construyendo Iglesia. Me refiero a aquellos que, frente a un Papa que no les gusta, hacen correr la especie de que «es el Anticristo» y se remiten a una especie de «contubernio judeomasónico internacional» para explicar todo lo que no les gusta del Papado. Lo primero que habría que decirles es que, ante todo, deben respetar la autoridad del Papa. Eso es fundamental en toda organización humana, inspirada por Dios o no. Uno respeta a la autoridad y a partir de ahí puede formular sus críticas. Pero lo que no se puede consentir es que haya quienes, partiendo del desprecio a un Papa que no les gusta, intenten minar su autoridad identificándolo con “el Anticristo”.

En segundo lugar, un problema ─uno de tantos, en realidad─ es que dentro de la Iglesia se hayan constituido grupos que, a día de hoy, forman una especie de «Estado dentro del Estado». Grupos que, cuando las decisiones del Papa les afectan negativamente, pasan a militar en la lista de enemigos del Papado. Lo más curioso, dentro de estos grupos, es que hay una distinción nítida, que Jesucristo no formuló jamás: “los nuestros” y “los otros”. No tengo noticia de que Jesucristo, cuando dio de comer a esas dos mil personas ─interprétese el milagro como se quiera interpretar─, distinguiera entre “los suyos” y “los otros”. Acaso la “distinción” entre unos y otros es que “los suyos” acabaron dando la vida por creer en Él y “los otros” no.

En tercer lugar, resulta que para pertenecer de verdad a esos “grupos” uno poco menos que debe venderles su vida y su libertad. A cambio, uno puede llegar a un nivel bastante confortable de ejercicio de la fe: el grupo le protege de todas las contingencias mundanas ─”pequeñeces de la vida”, que suelen decir ellos─. Pero Jesucristo sólo pide al cristiano dispuesto que le siga. Le dice esto: «Es probable que pases hambre y sed, que los demás te hagan el vacío, que el Estado te toque las narices a causa de tu fe a ti o a tus hijos, que el diablo venga a tu casa o a tu trabajo a tentarte. Y según a donde vayas, hasta te pueden matar por ser infiel y de varias maneras distintas. ¿Quieres ser de “los míos”?». Uno siente la tentación de decir: «Coño, Jesús, ¡qué programa más atractivo me ofreces!». Nada que ver con lo que ofrecen esos “grupos” a cambio de.

Ofensiva “laicista”

Dado que ha pasado algún tiempo desde que escribí la última entrada y que los tiempos corren vertiginosamente hacia alguna parte, han pasado unas cuantas cosas y será necesario ir por orden.

Lo primero de todo, la más que esperable caradura de Rita-me-irrita. La concejala podemita ha dado la nota varias veces. La primera vez, entrando en la capilla de la Complutense berreando consignas anticatólicas (que no “laicistas”, como algunos pretenden). Y la segunda, negando en el juicio correspondiente haberlo hecho cuando está más que probado, grabado y fotografiado que esa tipa incurrió en el supuesto de hecho penado por el art. 525.1 del CP.

Lo mejor de la segunda parte ha sido, con todo, el tono con que lo ha negado. Uno la escucha y cree estar reviviendo la misma escena, pero ante la directora del colegio de monjas al que seguramente fue en su infancia, como si la hubieran pillado fumando en el lavabo: «No, no hice tal cosa». «No, no hice tal otra». Con la cabeza baja y la voz sumisa, como era la costumbre entonces. Y la Justicia, aplicando el Código Penal, le ha impuesto una pena de multa. Cuatro mil euritos del ala, que no van a suponer quebranto alguno para su partido, ya que reciben millones de Irán y de Venezuela. Bien es verdad que Belloch, el ministro bajo cuyo mandato se promulgó el pomposamente llamado «Código penal de la democracia», se preocupo muy mucho de que la multa fuera pequeñita. Así, contentos todos: el reo, porque no le iba a suponer un problema el pagarla y las acusaciones, porque así «se habría hecho justicia». Como siempre, sería interesante echar un vistazo al Derecho comparado; pero eso es algo que aquí a nadie se le pasa por la imaginación.

El espectáculo ha seguido aún más. Rita-me-irrita, en declaraciones posteriores al juicio, confundido interesadamente “libertad de expresión” con “infracción contenida en el Código Penal”. Doña Rojelia, que ya no es juez, recordemos, sino pensionista del Ministerio de Justicia, ha dicho poco menos que la sentencia era un atropello contra la “libertad de expresión”. Y Javier Barbero, el concejal que aplaude los escraches salvo cuando van dirigidos a él, definiéndose como “católico practicante” y diciendo que “él no se sentía ofendido”. Y la guinda para el final: Rita Maestre no dimite, después de haber afirmado categóricamente que si era imputada o condenada, iba a hacerlo.

Esta gentuza no tiene ningún sentido de la medida ni del ridículo. Lo mismo que esos católicos despistaos que andan de podemitas. No tengo noticia de que se hayan manifestado en contra de Rita-me-irrita. Ni tampoco contra la ofensiva laicista rampante y promovida hoy ya desde instancias oficiales.

Más aún. Ya denunciábamos en este blog el Padrenuestro blasfemo de Dolors Miquel, que queriéndole dar un toque “feminista” se pasó como cien pueblos. Ahora hay más: los alcaldes y concejales podemitas dejan de subvencionar tradiciones simplemente porque son católicas. Digamos que no me parece mal que el presidente de la Generalitat Valenciana felicite el Ramadán a los musulmanes, siempre que haga lo propio con los católicos valencianos, para los cuales también gobierna, por si no se ha enterado aún. Pero no sólo ocurren cosas en Valencia. En Cádiz, en Zaragoza…

Lo lamentable de todo es, como les vengo diciendo desde hace mucho, que enfrente no hay nadie. El PP está enfrascado en la geshtión y esto, naturalmente, son “cosas menores”. A ellos les está bien, porque todos los meses cuentan dinero. Pueden, como Mariano, decir que eso no va con ellos y acudir todos los jueves a la tenida. Pero para mucha otra gente cuya realidad no es precisamente el dinero, sino estirar el cumquibus para que alcance a fin de mes, lo que les queda son las tradiciones. Y por mucho que las pretendan sustituir con el fúrbo (“al pueblo le basta con unos ídolos a los que adorar”: clasistas de mierda), nada hay comparable a la emoción de las procesiones de Semana Santa en las distintas ciudades de España: Sevilla, Murcia, Valladolid… Cualquiera de ellas tiene una belleza plástica inigualable, que ningún de esos cenutrios tiene derecho a hurtar al pueblo.

Señor Kichi, señora Rita Maestre y demás pelabaudios: si no les gusta la Semana Santa, cojan el coche, lárguense (con cargo a su presupuesto, no al erario público) y no vuelvan en toda la Semana Santa. Nadie los necesita.

“Dignidad” ante la blasfemia (II)

Pero el cuadro más lamentable, naturalmente, no es el del hecho en sí. El cuadro más lamentable es el de las reacciones ante el hecho. Veamos.

La autora dice que “no quería ofender con su poema”. Eso es como si a uno le dan un puñetazo y después, mientras a uno le sangra la nariz, le presentan excusas: “Perdona, no quería hacerte daño”. O aún peor, como hace la izquierda paternalista y condescendiente, “es por tu bien”. Todas las demás explicaciones que da la autora no son más que humo bioideológico feminista y poco más. Lo mollar del asunto es que se permitió con plena conciencia de lo que iba a suponer.

La flamante (o flamboyante) alcaldesa de Barcelona se agarra al manido argumento de la «libertad de expresión». Pero ya sabemos que la libertad de expresión, en el progrerío, es one-way: dicho pronto y muy mal, ellos pueden ofender impunemente tus sentimientos religiosos, pero tú, en respuesta, no te puedes cagar en ellos y en su puta madre. Por otra parte, como hemos dicho alguna vez en este blog mío y de ustedes y otros usuarios remarcan, el contexto es de ataque únicamente a la religión católica. No atacan a la religión judía (a los judíos sí, no obstante, por lo del “genocidio palestino”) y menos aún a los musulmanes, respecto de los que ni siquiera levantaron la voz cuando se masacraban a los cristianos en Siria. Están muy presentes las imágenes de París, de los charlies y claro, «cuando las barbas de tu vecino veas quemar…». ¿Religión de paz? Aprendieron la lección.

Pero la reacción más interesante de todas fue la de Alberto Fernández Díaz. Al parecer, nada más oír los versos, se levantó y se fue. Una reacción valiente, sin duda. También la que se espera de los católicos: es decir, que no hagan nada. Si los católicos hubiéramos actuado como los musulmanes, un cura católico hubiera gritado un anathema sit! (el probable equivalente católico a la fatwa musulmana) y a esa ¿señora? cualquier creyente la hubiera podido matar donde la hubiera encontrado. Claro que una Asociación de Abogados Católicos va a interponer una querella contra ella y a lo mejor contra el Ayuntamiento también; pero es probable que la cosa quede en nada: una multa, que el Ayuntamiento pagará religiosamente y aquí paz y después gloria (la Justicia ya está bien aleccionada sobre ese particular).

Quizá el señor Fernández Díaz debería haber montado el escándalo él mismo y haber parado los pies a esa ¿señora? De la misma manera que a él un passerell (extranjero, para más inri) le impidió colocar una bandera española en el balcón de un Ayuntamiento español. Quizá así se vería que los católicos (y dentro de éstos, los del PP) no están muertos, ni acollonados. No hay apelaciones a la dignidad de la huida cuando se insultan no sólo los sentimientos religiosos de buena parte de los barceloneses, sino que a ello se añade la ofensa de pagar el hecho con dinero público (es decir, de todos). Seguramente, Fernández Díaz hubiera tenido que tragarse los apóstrofes habituales de la izquierda cainita («opusiano», «meapilas», y otros del mismo jaez) y deposiciones periodísticas en los digitales habituales. Pero es lo menos que hubiera podido hacer, en vez de despacharse en las redes sociales sobre su presunta «gallardía».

Frente a una agresión ilegítima y completamente gratuita (el formato del Pare Nostre usado también por Martí i Pol no es ofensivo e incluso se puede decir que tiene su gracia, absolutamente incomparable con la ventosidad emitida por la ¿señora? Miquel) creo sinceramente que no hay que esconderse (Benedicto XVI, Jn 16, 33). Por mucho que nuestra casta política (de la que ya forma parte Podemos) quiera primero retirarnos de las calles, después relegarnos a las catacumbas y finalmente perseguirnos, como todavía se sigue haciendo hoy en otras partes del mundo. Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra? Debería haber una forma de hacer entender a los rojelios y a los masones que se parapetan tras ellos que esa clase de ofensas no sale gratis. Pero no espero que eso se produzca ni mañana ni pasado mañana.

Finalmente, un recordatorio para la ¿señora? Miquel. Por cosas como ésta acaban haciendo las personas la guerra: contra «els fills de puta que avorten l’amor (cristià)».

“Dignidad” ante la blasfemia (I)

Estos presuntos laicistas no desaprovechan ocasión ninguna para dar la nota. Ya se trate de Rita-me-irrita Maestre, la de “arderéis como en el 36” con las domingas al aire en una capilla católica, la profanación de tumbas, la damnatio memoriae —que intentaron pero luego tuvieron que dar marcha atrás porque lagente se les puso en contra y son cobardes, en el fondo— de ocho novicios asesinados vilmente por los comunistas… siempre hay motivo para que den el cante.

La última vez, anteayer. Una ¿señora? que atiende por Dolors Miquel y que se presenta como «poetisa», pero desconocida en el panteón de les grans lletres catalanes, tenía que leer algo en una entrega de premios. Y el resfriado ingenio de esa ¿señora? no ideó otra cosa más original que leer un poema que parió en 2006. Un Padrenuestro pretendidamente «feminista», pero en realidad blasfemo y ofensivo para muchas personas, católicas o no, pero en este último caso respetuosas con las que sí lo son. No quería hacerlo, porque ya se le da bastante publicidad por ahí, pero simplemente para que ustedes puedan juzgar dejo texto y traducción:

Mare meva, que no ni sé on ets,
de qui només en tinc el nom…

Mare nostra que esteu en el zel
sigui santificat el vostre cony,
l’epidural, la llevadora,
vingui a nosaltres el vostre crit
el vostre amor, la vostra força.
Faci’s la vostra voluntat al nostre úter
sobre la terra.

El nostre dia de cada dia doneu-nos avui.
I no permeteu que els fills de puta
avortin l’amor, facin la guerra,
ans deslliureu-nos d’ells
pels segles dels segles,
Vagina.
Amèn…

Madre mía, que ni sé dónde estás,
De quien sólo tengo el nombre.

Madre nuestra que estás en el celo,
Santificado sea tu coño,
La epidural, la comadrona.
Venga a nosotros tu grito,
Tu amor, tu fuerza
Hágase tu voluntad en nuestro útero
Sobre la tierra.

Danos hoy nuestro día de cada día
Y no permitas que los hijos de puta
Aborten el amor, hagan la guerra,
Y líbranos de ellos
Por los siglos de los siglos,
Vagina.
Amén…

Si lo que esa ¿señora? pretendía era un «canto a la maternidad», podría haberlo redactado en términos menos ofensivos. Pero en realidad es menos original de lo que parece, bien mirado. El escándalo es el recurso de los mediocres (es una “poesía” mediocre y adscrita, en el fondo al “caca-culo-pedo-pis”). Y esta ¿señora? no desaprovechó su escaso minuto de gloria. La ultraizquierda —pero no sólo ella— es muy fan de la frase (que le oí en cierta ocasión al Follonero, hoy reconvertido a reportero serio) «Es mejor pedir perdón que pedir permiso». Los educados lo somos de la contraria, sin más, y la diferencia es notable.

Cabalgatas marca NOM

Estamos en 1983. El flamante nuevo ministro de Educación, José María Maravall, suelta esa frase lapidaria que desde entonces lleva marcando la educación —tomaron al asalto la Educación batueca y aún no se han bajado de ese cielo—: «Hay que secuestrar el alma de los niños». Desde la LODE parida por Rubalcaba y Marchesi hay que decir que han conseguido ampliamente su objetivo. Vino una LOGSE e incluso, en 2006, aún vino una LOE zapatera. Hoy España es educacionalmente de izquierdas. Han conseguido que incluso los votantes del PP —salvo cuando eran mayoría social— se sientan raros votando a su propio partido, porque esa educación les ha robado esa total independencia emocional.

¿Y en qué se ha traducido esa hegemonía educativa, cultural y educacional? Bien, como era de esperar, tanta hegemonía ha devenido en corrupción, en «vieja política», en «casta». La izquierda y la derecha han borrado sus límites de tal modo que, como diría Orwell,

Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro.

La famosa nueva política no es mejor. Tal y como dice el autor de la entrada anterior, las juventudes de los partidos no aspiran a otra cosa que a suceder a sus mentores en el reparto del pastelazo. No han aprendido a gobernar, ni a poner los intereses «del pueblo» o de «la gente» por delante de los suyos propios o los de su partido. Ah, el Partido. Die Partei hat immer recht. No se discute el Fuhrerprinzip, ya se trate de un partido socialdemócrata (PP) o comunista (Podemos).

Esta ciudadanía obediente que ha intentado crear la vieja política es la que la nueva política saca a la calle para moverla como marionetas conforme a sus intereses. Así, ahora nos encontramos indefensos. Claro que puede usted protestar en las redes sociales: puede ciscarse en el político de turno (cada vez hay más insultadores y menos razonadores en las RRSS) y probablemente, una vez haya usted manifestado su desacuerdo con Fulano o con Mengano, ahí quedará todo.

La nueva política consiste en mantener a ustedes en el redil social. A los políticos nuevos les da igual que protesten ustedes en redes sociales. Al contrario: les encanta, porque así les tienen más controlados. Lo que les preocuparía es que saliesen a la calle, como han demostrado las feminazis contra unas mujeres de VOX. A Carmena y a su troupe anticatólica les preocuparía y mucho que «la gente» organizara una manifestación contra el Ayuntamiento, aunque fuese por la suciedad que en la Villa y Corte campa por sus respetos…


Todo lo anterior explica muchas cosas. La primera, que la famosa Kabalkutre madrileña (pero también de Barcelona, Valencia o Sevilla), no es para nada un hecho inocente. Si fueran «laicistas» como dicen, es posible que no hubiera habido cabalgata; pero manteniéndose en el respeto constitucional a todas las creencias religiosas, tal vez hubieran permitido que se hubiera podido organizar de forma privada. Sin embargo, son anticatólicos porque usando dinero de todos, lo que han hecho es ofender las creencias religiosas de muchos madrileños, barceloneses, valencianos o sevillanos. Entérense, podemitas descerebrados: la cabalgata no es un acto «municipal», sino religioso católico. Y como tal, no se puede obviar su simbología y su relación con Jesucristo. Es, sencillamente, la conmemoración de la adoración del niño Jesús por tres magos, que la tradición piadosa ha convertido en “reyes”.

Lo que han hecho Doña Rojelia y sus conmilitones allí donde corresponda es sencillamente burlarse de los católicos. Pero no sólo eso. Han insertado un recuerdo horrible en la memoria de los niños. Les han arrebatado su infancia travistiendo a los «Reyes Magos» en cómicos de la legua y tristes payasos, alguno de los cuales ha dicho incluso «odiar a los Reyes Magos». Es verdad que toda esta mierda (y perdonen el exabrupto) comenzó con las cabalgatas acomplejadas de Gallardón, mal aconsejado probablemente por alguien de la Logia. Primaba el aggiornamento municipal. Pero está claro ahora que estamos sufriendo una escalada de ataques contra la religión… católica. A los demás, especialmente a los moros, no hay que cabrearlos. Y los podemitas no van a cejar.

Ubi sunt?

Preguntaría por los políticos de la oposición municipal, pero es que no he oído crítica alguna a este hecho atroz por parte del estamento político. A los políticos de la hoy oposición sólo les preocupa su trasero, gordo o fino. «No se meten» en materia de religión para no verse llamados «meapilas», «nacionalcatólicos» u otras sandeces semejantes que profieren los anticatólicos a falta de argumento alguno. Hasta los liberales están desaparecidos: se escudan en que «hay libertad» (pero es con ira, señora) y ahí queda todo. Hay más miedo al escrache anticatólico (llamemos a las cosas por su nombre) que a proclamar la verdad.

Preguntaría a la Iglesia dónde estaba. Pero me imagino el plan. Después de la caña que le dieron al obispo Reig Pla por decir unas cuantas verdades —iluso: creería que la libertad de expresión va en ambos sentidos, como creería cualquier persona normal— sobre el colectivo LGTB que a éste no le gustaron, imagino al purpurado de turno:

—Hijo mío, son tiempos difíciles. Hay que rezar mucho y no desesperar. Hemos de practicar la virtud de la misericordia, que para eso el Papa ha declarado este año como de la…

—Entonces, Ilustrísima, ¿no van a protestar ni a ejercer algún tipo de acción legal? —pregunta uno, ya amostazado—.

—No, hijo. Todos buscamos a Dios, aunque sea por caminos extraviados. Hay que comprender a esas pobres ovejas descarriadas. Aparte, estaríamos entrando y saliendo de los Tribunales todos los días, y gastando un dinero que no tenemos y…

Pero uno ya no escucha más. La sensación de desamparo es total. Porque luego resulta que esos purpurados y demás próceres eclesiásticos son los que sacan el hacha contra los divorciados y vueltos a casar. «¡No tienen derecho a comulgar!», declaran enfáticamente, llenos de virtuosa indignación. O a lo mejor sí, como en Alemania; pero sólo si uno paga el correspondiente impuesto religioso. O que luego son tan comprensivos con la homosexualidad dentro de la Iglesia, por motivos no demasiado confesables.

Es verdad que algunos comunicadores y «líderes de opinión» sí han manifestado una opinión contraria a estos ataques: Carlos Herrera, Hermann Tertsch, Federico Jiménez Losantos… Sí hay ciudadanos de a pie que manifiestan su enfado; pero eso a Doña Rojelia y a sus mariachis se la trae al pairo. Saben que no recibirán contestación alguna desde instancias políticas y/o religiosas, que sería lo preocupante. Y es precisamente esa ausencia de reacción lo que «les anima a seguir trabajando en la misma línea con denodado ardor».

No abrigo muchas esperanzas. Sólo espero que alguna vez dejemos de ser «la gente» o «el pueblo», y nos convirtamos en ciudadanos. Pero de los de verdad. No de ésos que te dicen que si eres provida no entras en el club, por feo.