Circo judicial (I)

Me tendrán que perdonar que de un tema tan importante como el juicio del 1-O haya esperado hasta ahora para escribir algo. Vaya por delante que no tengo ninguna confianza en que la Justicia castigue a los verdaderos culpables de la cosa. Siempre he mantenido la opinión –y hasta ahora los hechos no la han desmentido– que la Justicia funciona razonablemente bien mientras la política no se interponga en su camino; y que en cuanto esto sucede, empiezan a ocurrir cosas raras. Hay ejemplos donde elegir: el 11-M, el caso de Marta del Castillo, el caso del 3-per-cent… No sé, de verdad hay mucho. Y todos cumplen esa regla.

Hoy la atención mediática está dirigida a ese no-referéndum que tuvo lugar el 1-O en Cataluña y que en varias poblaciones se saldó con agresiones de diverso grado a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. En teoría los Mossos d’Esquadra pertenecen a ese conjunto; pero visto lo visto, después del 1-O resulta difícil sostener semejante afirmación.

A estas alturas del juicio oral ya podemos trazar una línea divisoria muy importante: la que separa a los peces gordos del resto. No tanto del lado separatista, sino del presuntamente nacional. Los peces gordos nacionales se han apuntado todos a la estrategia Cristina: «no-sé-no-me-acuerdo-no-me-consta». Toditos ellos: Mariano, Soraya, Montoro y Zoido. Ellos no se enteraron de nada. Y esto te lo dicen nada menos que un señor que fue Presidente del Gobierno, una señora que era ni más ni menos que la «jefa de los espías», un tercero que era el que soltaba la pasta con la que el golpe de Estado se iba financiando poco a poco y un señor con el «mando supremo» de las FCSE. Demencial. Podemos añadir a esa lista a Enric Millo, otro que no se enteraba de nada pero que sacó a relucir lo mejor de sus (malas) costumbres democristianas catalanas. Y que a la sazón ejercía de Delegado del Gobierno.

Quizá por ello los mandos intermedios llamados a declarar se dijeron a sí mismos: «Bueno, si los jefes no van a ir a la trena por lo que efectivamente han dejado de hacer y por mentir sobre el particular, yo tampoco voy a ir por respaldar las mentiras y no colaborar con el Tribunal». Y de los cuadros medios hacia abajo se han liado a contar lo que de verdad pasó, con algunos detalles espeluznantes (por ejemplo, los de la Letrada de la AJ que acosada y aterrorizada por las turbas separatistas en la Conselleria d’Economia y que tuvo que salir por el tejado).

Las preguntas se agolpan en este platillo de la balanza; pero la principal de todas es, como señalara Ray Bradbury, por qué. Responder a esa pregunta explicaría, entre tantas otras cosas, por qué el PP tiró a la basura durante cuatro años una mayoría absoluta que obtuvo cuando prometió cambiar de rumbo la deriva zapatera –es verdad que no la aceleró, pero tampoco hizo nada para detener su inercia–. Y así conoceríamos el peso real de la herencia con la que tiene que cargar Casado, que ya vemos que es muy pesada.

Patatas Rivera (y II)

Y finalmente, la cuarta patata es la que ha saltado en las hasta ahora tranquilas tierras castellanas. Castilla-León, Castilla la Vieja en mis años mozos, era un terreno en que nunca pasaba nada y el tiempo corría despacio. Tan bueno como una cura de nervios, vamos. Y ahora, de pronto, el tiempo ha empezado a acelerarse. Los vientos que corren ahora ya no son los que corrían, los de los tiempos de Aznar, Juan José Lucas y últimamente Juan Vicente Herrera. Mañueco no parece tener el fuste suficiente para mantener las aguas tranquilas y, después de tantos años de mando en plaza, el partido empieza a tener grietas.

Que la grieta se haya abierto por arriba es llamativo, pero no extraño. En las «noticias» lo dicen campanudamente: «Silvia Clemente, que lo ha sido todo en el partido y que había militado en él hace 19 años». También podría decir que ha pillado los malos hábitos de cualquier nomenklatura de partido con poder: en particular, el de hacer favores a amigos y familiares por encima de la ley. Es verdad que, comparado con el robo a gran escala producido en Valencia, lo de la señora Clemente es el chocolate del loro. Pero como no aplicamos la doble vara de medir, diremos que tan grave es una cosa como la otra, siendo lo que importa el hecho y la cantidad, un agravante. Tampoco es que importe demasiado por qué Clemente dio el portazo. Probablemente sean cuestiones internas del partido, batallitas diversas que al respetable poco importan.

El otro problema viene de juntarse el hambre con las ganas de comer. En el partido naranja existe la venerable tradición de las primarias, cosa muy saludable y muy democrática. Pero, cosa curiosa, ya desde que su ámbito territorial se limitaba a Cataluña, las primarias decían lo que decía su establishment en aquellos casos sensibles. Por eso, entre otros casos sonados, tenemos a Monsieur Valls, metido con calzador por ser la ¿apuesta personal? de Rivera. De este personaje nos ocuparemos en una próxima entrada.

Pero a lo que íbamos. Clemente creía que, por ser vos quien sois, iba derechita a la ejecutiva nacional. Esta gente nunca piensa en entrar en un partido por la puerta pequeña, como todo quisque. Quieren entrar a hombros y por la puerta grande. Algo así como Aznar o Felipe, que tras ser presidentes de Gobierno los contrataron en sendas empresas (Gas Natural y Endesa), en las que cobraban un pastón por aburrirse en los Consejos de Administración. No obstante, haber sido consejera de Agricultura primero y Presidenta de las Cortes castellanas después, intercambiándose los cargos con García Cirac, no da para tanto. Y Rivera, con todo el dolor de su corazón, le dijo: «Sométete a primarias, como todo el mundo». Tuvo enfrente a Francisco Igea, al que claramente subestimó creyendo que no se daría cuenta de la sucia treta que le iba a colar. Igea, que no es ningún tonto, denunció irregularidades en el voto telemático. Se hizo valer la antigüedad de Igea frente a la soberbia y la ambición de la recién llegada Clemente –capacidades aparte–, y ahora el primero es el candidato a presidente de la Junta, como era de ley, y no la segunda.

La posición en que queda Clemente es muy desairada, porque la militancia naranja no ha sido muy clemente con ella y ahora, después de su exposición pública (política y, sobre todo, patrimonial), ni puede volver al PP, ni puede volver a intentarlo en C’s. Y se cuidará muy mucho VOX de acogerla en su regazo. Puede que Patatas Meléndez sirva buenos tubérculos, pero meterlos en el cocido castellano naranja puede resultar de lo más indigesto. Aparte, todo el mundo sabe que no es lo mismo «tubérculo» que «ver tu culo». Y a Clemente se lo han dejado al aire.

Aviso a navegantes. Todos claman contra el transfuguismo, pero no les parece mal que alguien de fuste llame a su puerta. No obstante, parece que la política y las relaciones entre partidos se están acercando bastante a esto…

Patatas Rivera (I)

Han pasado muchísimas cosas desde el 2 de diciembre del año pasado; pero por encima de todas tengo la impresión de que sobresale C’s, partido al que están sometiendo a un escrutinio público de aúpa. Desde luego, es un partido al que no iba a votar, pero en todo este tiempo se han añadido razones para no hacerlo. Dejemos aparte que Albert Rivera haya aparecido hasta en las páginas del corazón –particularmente, me interesa poco o nada con quién comparta sus días o sus noches–… pero lo cierto es que su partido parece estar entre dos aguas… o más de dos.

La primera patata proviene del propio Rivera, de unas declaraciones suyas en las que afirmaba que «no iba a estar hablando todo el día de Franco o del aborto, porque le aburría». Lo de Franco ni siquiera lo vamos a mencionar, porque básicamente es una polémica artificial generada por el desgobierno Sánchez para distraernos de lo importante y porque en realidad es un asunto familiar de sus deudos.

Del aborto sí que es conveniente hablar. En un país que tiene un problema demográfico que ya empieza a ser acuciante (despoblación y tasa de crecimiento negativa), ¿cómo se le ocurre decir que «hablar del aborto le aburre»? Ya es conocido que en eso, como en otros temas, el partido naranja «ni sí, ni no, sino todo lo contrario» Traducido: «Dan libertad». O es un irresponsable o, como esos kolegas europeos a los que tanto quiere caer bien, piensa que España «se puede repoblar sin problemas con negros, moros y latinos». No hace tanto que nos decían «L’Afrique commence aux Pyrénnées» y eso hubiera debido bastar para no iniciar ese camino. Aparte de ser una idiotez, para mí es un motivo para no votarles.

La segunda patata es la de Juanillo Marín, que ha completado su transformación de ¿simpatiquísimo? vendedor de coches a agrio señorito cortijero andalú, no muy distinto de los señoritos cortijeros de la pesoe. Que, para más inri, ha sido una jerezana afincada en Cataluña quien le ha sentado en la vicepresidencia de la Hunta. Él sólo se limitaba a enarcar cejas. Que es lo que sigue haciendo ahora, pero con mando en plaza y prometiendo a la pesoe que «no va a cambiar nada de lo que ellos hacían». ¿Tanto prometer «er cambio» para eso? En fin. Marín hace buena esa definición de la política según la cual ésta consiste en «conseguir que los demás hagan lo que uno quiere sin mover un dedo». Luego se espantan de que VOX crezca como un cohete en votos, aunque naturalmente es un misterio lo que van a hacer mientras no tengan mando en plaza.

La tercera patata es la de Inés Arrimadas… o Arremangadas, a tenor de los resbalones que ha protagonizado últimamente. Parecía que el perfil de Arrimadas subía tras el éxito del 2-D y que, con el tiempo podría moverle la silla al mismísimo mesías naranja. Vamos, que Rivera ya no podría ser la única superstar. La solución ha sido muy sencilla. Se han aplicado dos principios: el de Adenauer y el de Corleone. El primero nos dice que «hay enemigos, enemigos acérrimos y compañeros de partido». Y el segundo, «ten cerca tus amigos, pero más cerca a tus enemigos». Consecuencia de ello es que de jefa de la oposición en Cataluña la han degradado a diputada nacional –estará más cerca del jefe–. ¿No ven cómo se le saltan las lágrimas de emoción en este vídeo? Porque son de emoción, ¿verdad?

El otro resbalón que ha protagonizado Arrimadas es lo del «feminismo liberal». Supongo que para los incondicionales «el conceto es el conceto» y «vamos a llevarnos bien, porque si no, van (a) haber hondonadas de hostias aquí, ¿eh?». Pero en mi opinión y habida cuenta del grado de apropiación por el comunismo de la cosa feminista, hablar de un feminismo liberal no tiene sentido. Máxime porque el enemigo contra el que lucha ese «feminismo comunista» no es tanto el hombre, aunque también, sino la madre. Y Arrimadas y sus campanudos seguidores no se han enterado. O, pensando igual que VOX –esas manifas feministas no los representan y no van–, quieren seguir captando a un presunto electorado de izquierdas –el de derechas se les ha ido a VOX y están nerviosos– y montan ese paripé. Como si ahora que les han cerrado el grifo de los votantes despistados «de derecha», quisieran ponerse a heredar al PSOE –tarea les mando–. Total, que la figura de Arrimadas ahora está entre la sombra y la nada comparada con la de Rivera, a pesar de que éste ahora está más en las páginas de papel couché que en las de Nacional.

Gilipollas (II)

Luego están los gilipollas sociales, que son los que te encuentras en el colegio (grupo éste amplio, que incluye a padres, madres y/o profesores). Entre éstos te encuentras siempre al típico profesor gilipollas, tanto en su variante de primaria como la de secundaria. En el primer caso la cosa puede ir así, más o menos. Tú vas a una tutoría con la educadora de turno. Te ha llamado porque parece haber un problema con el niño o la niña.

–Es que es un niño tímido –dice ella–.

Tú, que aún no sabes por dónde te va a salir, empiezas normalmente:

–Es normal. Además, es tranquilo y me saca buenas notas, así que no tengo queja de él.

Ella insiste:

–Bueno, pero es que debe socializar. No es una isla y el ideario de este colegio es que todos se relacionan con todos y…

Tú empiezas a calentarte.

–¿Cómo que debe socializar? Ya socializa bastante en casa. No me empieces a tocar los ovarios.

La educadora parece como que recula, al verte enseñar las garras.

–Bueno, no te enfades. Para estos casos tenemos un tratamiento psicológico que…

Eso ya ha sido enseñarte un trapo rojo.

–¡Nada de tratamientos! ¡Mi hijo no es un anormal! ¡Sólo necesita que respeten su ritmo natural!

Ahí la educadora saca las garras, como le han enseñado que hay que hacer con los padres recalcitrantes:

–Oye, ¿y a ti quién te ha dado el título de psicología? ¿Quién te crees que eres?

Tú, al límite de la furia:

–¡Pues me lo da el hecho de que –aquí unos cuantos decibelios más– SOY SU MADRE Y LO CONOZCO MEJOR QUE TÚ –aquí palabra mágica–, GILIPOLLAS!

Si no eres muy educada, puedes añadir un portazo que hará vibrar la estructura del colegio y un «¡Y métete el ideario de este colegio por donde puedas, que por donde deberías metértelo no te va a entrar!».

Como queda dicho, también puede ser que te los encuentres en la reunión del AMPA. Están ahí la mitad de los padres de la clase de tu hijo. La tutora de la clase tiene una sonrisa de oreja a oreja. Se aclara la voz y dice con voz tonante y falsamente entusiasta:

–¡Queridos amigos! He tenido una idea estupenda. Para mejorar la calidad educativa del curso, ¡VAMOS A HACER UNA EXCURSIÓN CON LOS DE 9º C A X, que es una ciudad cien por cien cultural! ¡Y la Directora lo ha aprobado! ¿No os parece una idea estupenda?

El entusiasmo de los padres es inversamente proporcional a la estupendez de la idea. Se ven caras de fastidio. Entonces uno de los padres pregunta:

–¿Y cuánto va a durar esa excursión? –pregunta uno, echando un bostezo–.

La tutora se queda como un soufflé aplastado.

–Ehhhh… dos días, como mucho –dice, casi a media voz–.

Otra, con algo más de entusiasmo, sugiere:

–Oye, ¿y si hablamos con la Directora para que la alargue una semana? Es que en el Club de Campo hay un campeonato de bridge y dura precisamente una semana. Mis amigas del Club no me perdonarían que no participase. Es que esto de la excursión es una minucia, o sea, ¿sabes? –dice, con desdén–.

La piel de la tutora está adquiriendo un color blanquecino. No sabe qué es peor: que una madre le endose de esa manera a su hijo o los recuerdos de una excursión que hizo el curso pasado con esa misma clase. En esa excursión le tocaron el culo, le hicieron beber una noche más de la cuenta, la grabaron y subieron la grabación a Youtube –salvó de milagro su puesto de trabajo a pesar de que se enteró todo el colegio–, le robaron las bragas de la maleta; luego se las devolvieron, pero empapadas de bomba fétida, que le estuvo picando salva sea la parte dos semanas… una pesadilla, vamos. Y ahora esos cabrones quieren que ella pase una semana con sus hijos. ¿Una semana?

–Oye –dice otro, envalentonado–, ¿y no podrían ser dos semanas? Es que me coincide con un cursillo de formación en la empresa y si no voy tendré que esperar a ascender el año que viene… Ya sabes que la Directora, si ponemos nosotros el dinero, no tiene nada que objetar.

El tipo en realidad no tiene curso ni tiene nada. Lo que tiene son unas ganas locas de retozar con su secretaria en algún lugar paradisíaco –a costa de la empresa, naturalmente– esas dos semanas, por la única razón de que a la secretaria la ve el triple de tiempo que a su mujer y la madre de sus hijos –dos, para llenar el cupo: uno tan gilipollas como el padre y el otro tan gilipollas como la madre–.

A estas alturas de la reunión, la tutora ya pone cara de pedir clemencia al César. Pero aún falta lo mejor. En la última fila hay una mujer. Le brillan los ojos del desprecio que siente por todos ellos. Y pregunta, con voz suave, pero sin titubeos:

–¿Y cuánto va a costar esa excursión? ¿Y para qué va a servir, exactamente?

Se oyen bufidos de diverso volumen y extensión. Incluso a la del bridge se le escapa el comentario: «Ya está la pobretona ésa fastidiando…».

–Puessssssss…ehmmmmmmmmm… como unos trescientos cincuenta euros, más o menos, es el promedio, ya sa…

–No sé ni para qué pregunta, si sabe de sobras que su hijo no va a ir –la interrumpe la del bridge–.

–Bueno, no nos pongamos nerviosos –dice, conciliadora, la tutora, que ha recuperado algo de compostura–. Aquí todos tenemos derecho a hablar.

La señora del fondo dice, resueltamente:

–Pues mi hijo no va a ir a esa excursión. No le veo ningún provecho, salvo que el resto se quiere librar de los suyos por un rato. Es una solemne gilipollez –otra vez la palabra mágica–.

La tutora se siente atacada y dice, con tono que quiere aparentar indiferencia:

–Si tu hijo no va, bajaré sus notas y tendrá una mención especial de mala conducta.

La madre le sostiene tranquilamente la mirada y dice:

–Atrévete, GILIPOLLAS.

Y se va.

De esta clase de «encuentros», si uno pretende ser un padre o madre responsables respecto de sus hijos y educarlos bien… pues unos cuantos a lo largo del curso escolar.

Gilipollas (I)

Debe ser algo así como que son fundamentales en la vida de uno, porque de otra forma, Dios no hubiera programado tu vida para que estratégicamente te encontraras con alguno a lo largo del día. Sin ánimo de agotar el tema, intentaremos clasificarlos.

En primer lugar, tenemos al gilipollas estándar. Éste es de los que te encuentras cuando vas por la calle y te da un codazo sin querer, pero en vez de pedirte perdón te enseña el dedo corazón y te señala como culpable por cruzarte en su camino cuando ha sido él el que te ha dado con el codo. En esta categoría hemos entrado la mayoría de nosotros alguna vez; pero admitamos que no es grave porque vuelves a tardar mucho en encontrarte a esa persona en concreto.

Luego tenemos al vecino gilipollas. Los hay en diverso grado.

Tenemos, en primer lugar, al vecino gilipollas horario. Siempre es peor vivir con él pared con pared en vez de que uno esté en un primero y otro en un sexto (en ese caso raramente te lo encuentras y seguramente puede encajar en la categoría anterior). El vecino gilipollas horario contiguo es el que te aporrea la pared cuando hablas demasiado alto –según él– a una hora en que él (o ella, no nos pongamos sexistas) quiere hacer la siesta o dormir; o coge el ascensor para no tener que encontrarse contigo en la escalera.

Una segunda categoría es el vecino gilipollas chismoso. Casi siempre hablamos de personas mayores, en este caso. Puede vivir contigo o no; pero en cualquier caso, si quieres saber algo de tu vecino Fulano o de tu vecina Zutana, puedes estar seguro de que él –o ella– lo saben. Suele presentar, además, otro rasgo molesto: siempre que te ve, siente la irresistible tentación de contarte esos detalles de la vida de los otros que él sabe. El problema es que luego preguntas por la vida de él y ésa no te la cuenta, qué va. Pero terceras personas, probablemente víctimas suyas, sí te cuentan: resulta que es un señor o una señora hechos polvo porque tuvieron una hija a la que, por discapacidad, encerraron en un sanatorio y que falleció con treinta años sin que nunca la fueran a visitar. Y, como dicen en Andalucía, te entra entonces una pena mú grande por ellos.

Sin embargo, aunque no se viva pared con pared con él, puede resultar igualmente peligroso. Puede tratarse del vecino gilipollas perruno, devoto de la religión perruna que, simplemente porque le divierte que no te gusten los perros o porque se levantó con el pie izquierdo ese día, azuza al chucho contra ti en cuanto te ve. El tamaño del perro es directamente proporcional a su gilipollez. El asunto no puede sino acabar de una forma desagradable, por denuncia ante la autoridad competente. No obstante a ése, una vez cursada la denuncia, no le vuelves a ver.

Finalmente, nos queda el vecino (o vecina) gilipollas cabroncete. Podría pertenecer a la primera categoría en apariencia, la del gilipollas estándar. Pero te das cuenta que no es así cuando coge un día y dice en una reunión de «esta nuestra comunidad»: «Estaría bien que el vecino del 1º quitara esa uralita que tiene en el patio, porque cuando llueve hace mucho ruido y me molesta». Da igual que intentes razonar que la terraza –o tu parte de ella– se llenará de cagadas de paloma si no se coloca algún tipo de resguardo. Hay que quitarla sin remedio. Ahí te das cuenta de que es un cabroncete (o cabronceta, si es que se me permite el término).

Adiós, Maduro… ¿Hola, democracia? (I)

Admitamos una cosa de buen principio: si Venezuela, ese bello país hermano, fuera un secajo y no hubiera más que arena, como ocurre, un suponer, en Palestina, no estaríamos hablando de ella. Nada importarían las «violaciones de derechos humanos» y todos esos «valores» que desde la UE se afanan en poner en valor, como dicen los pedantes. Ah, pero es que Venezuela tiene petróleo. Ah, pero es que en Venezuela hay oro y otros diversos recursos naturales. Eso cambia mucho las cosas.

Resulta que eso de la posesión de recursos naturales, en nuestro industrializado mundo, no es una bendición, sino todo lo contrario: una verdadera maldición, sobre todo si esos recursos naturales recaen en los que se llama, sin tapujos, «países pobres» y, con tapujos, «países en vías de desarrollo». La última vez que hemos visto algo parecido ha ocurrido en Ruanda, en pleno siglo XXI. Nadie sabía mucho acerca de ese país: los que más, que estaba repartido entre dos tribus, hutus y tutsis.

Y a Ruanda le cayó encima una gran desgracia: resulta que en su subsuelo encontraron un mineral llamado coltán, que al parecer es superconductor eléctrico y tiene aplicación natural en la industria de componentes informáticos. Ya la tenemos liada. Las grandes compañías, de ésas cuyo presupuesto supera con creces al de un país de tamaño pequeño-medio, dan un paso al frente. Esas grandes compañías, entre otras, tienen dos formas de operar: si hay una casta dirigente, se aprovechan del vínculo colonial y la corrompen; y si no la hay, provocan una guerra civil.

Así, pues, ¿cómo extraer ese mineral sin ser molestados? Muy sencillo: se adoptó la segunda solución. Hagamos que las dos tribus que rigen el país se maten entre ellas, y así nadie nos molestará. Primero porque «son salvajes» y segundo, porque no hay «ruandeses», sino hutus y tutsis, que es un matiz importante. Luego, los periodistas tienen su parte del melón, que es enseñar los pueblos arrasados, los asesinados, las violadas, los supervivientes… todas esas imágenes que suelen ganar los «premios fotoperiodísticos del año», para que los occidentales tengamos nuestra pizca de mala conciencia y tal, suspirando con resignación: «Pobre gente…».

En el trasfondo, los intereses no solamente de las compañías, sino también de los países. Es decir: cuando hablamos de Elf en realidad estamos hablando de Francia, que defiende de paso los intereses de Elf; o si hablamos de Exxon, en realidad estamos hablando de Estados Unidos. Ésa es la nueva forma de guerra: conseguir que una parte de los lugareños pelee por tus intereses; porque si peleara por los suyos, echaría a todos los que no fueran del país. Lo hemos visto también en la guerra de Siria-Irak. Allí no sólo se enfrentan los que dicen que se enfrentan: Estados Unidos tiene sus intereses en la zona, que son menos los de «traer la democracia» –ilusos– que aprovecharse del petróleo. Rusia, con su apoyo a Siria, otro tanto.

Y en medio, los desventurados civiles, que son masacrados por una u otra facción y castigados con pena de telediario un día sí e outro tamén. Quizá los periodistas, los que aún se consideren como tales, en vez de mostrar imágenes de las víctimas, que bastante tienen con serlo y hallarse en la desgraciada situación en la que se hallan, deberían investigar más y mostrarnos imágenes de los culpables y, en su caso, de quienes están detrás de ellos.

¡Taxi!

Pues nada. Ya lo han conseguido. En la flamante República Catalana, gobernada por el Torrat, no tienen sitio las VTC. Desde el punto de vista del taxista no lo sé; pero desde el punto de vista del cliente, los taxistas defienden su monopolio y su derecho a abusar del cliente cuando les venga en gana. Ésa es la única argumentación que se desprende de lo que se ha ido diciendo en las noticias.

Sin embargo, precisamente de lo que ha salido en las noticias, se pueden extraer unos cuantos detalles curiosos:

Los taxistas no aceptan la competencia que supondrían las VTC. Frente a los abusos de algunos taxistas –quiero pensar que la mayoría son honrados y que sólo algunos toman el pelo al respetable–, la sociedad arbitra una solución. Pero los taxistas –insisto, como colectivo–, son como ese señor que pone un puesto de venta de agua al lado de un río y hace correr la especie de que sólo su agua es buena y que la del río está envenenada. Quieren tener cautivo su segmento de mercado, como lo hacen las eléctricas. El problema, por supuesto, es que ésa es una reclamación injusta y contraria a la libertad de empresa que luce como derecho en el art. 33 de nuestra Constitución. Y que, siendo malo lo que hacen las eléctricas –que lo es–, eso no significa que haya barra libre para todos los demás sectores.

Los taxistas han mostrado unos modos y maneras incompatibles con sus reclamaciones. El hecho de que algunos salvajes de entre ellos hayan administrado palizas a unos «trabajadores» como ellos, pero de Uber o Cabify, les quita toda la razón, sea lo que sea lo que reclamen. Agredir incluso a los clientes de esos servicios está fuera de toda racionalidad. El respetable empieza a percibir a los taxistas como a unos vulgares antisistema, de esos que subcontratan los sindicatos para armar follón, romper escaparates y mobiliario urbano durante o después de la huelga sensu stricto. El Ministro del Interior ha hecho lo que tenía que hacer ordenando el desalojo de los taxistas (antes que «gay» o «de izquierdas» es Ministro del Interior y una de sus obligaciones es el mantenimiento de la seguridad ciudadana). Pero hay un hilo conductor sobre el particular del que hablaremos ahora mismo.

El hilo conductor. Quien crea que lo de los taxis ha explotado en concomitancia con las revueltas de los gilets jaunes franceses puede que sólo tenga la mitad de razón. Esto se venía preparando desde hace tiempo, y no fue exactamente Anderchenan. Quien puso la primera piedra de este conflicto fue… el propio Gobierno de la nación. Gobierno que, en una situación política precaria, no quiso comerse ese marrón y traspasó la patata caliente a las Comunidades Autónomas. Éstas hicieron otro tanto y, al final, quien se come el marrón son los Ayuntamientos, porque a fin de cuentas, se trata de licencias municipales.

Ya tenemos montado el cirio. Los Ayuntamientos regulan cada uno por su lado, sin atender a lo que es una necesidad general y teniendo en cuenta sólo el chanchullo que funciona entre ellos y el sector en su ciudad. Lo cual hace que la cosa pase de cirio a pifostio. Nadie se atreve a decir que el negocio de las VTC es «ilegal» (no lo van a decir porque no lo es), lo que pone al sector en pie de guerra. A estas alturas la «libertad» se confunde con el libertinaje; ¿pero a quién le importa?

El resto ya parece avistarse en el horizonte. No todos están de acuerdo con apalear a la competencia o a sus clientes. La Administración, con sus ¿regulaciones?, no ha hecho más que enredar. Y el panorama ahora empieza a aclararse: las VTC, aunque se han ido de Cataluña, cogen más clientes en el resto del país. Reivindicar está muy bien, pero si no se come, ¿de qué sirven las reivindicaciones? Así las cosas, el sector del taxi está dividido: por un lado, los radicales, que creen que está bien apalear a la competencia o a sus clientes; del otro, los moderados, que piensan que eso les perjudica en todos los aspectos. En fin. Parece ya una especie de culebrón venezolano (del culebrón venezolano verdadero hablaremos en otra próxima entrada).

Todo el problema está en dos cuestiones: la primera, que como es un marrón que el Gobierno no se ha querido comer, el caos generado por la diversidad de regulaciones hará necesaria una armonización de legislaciones vía 150.1 CE. Y esa palabrita causa urticaria como poco en los consejeros autonómicos del ramo. Después de la LOAPA de 1982 ningún Gobierno intentó armonizar nada. La segunda, que las reivindicaciones de sector han perdido fuerza y una huelga profesional se ha convertido en política, específicamente prohibida por el RD 17/1977, al que la STC de 8 de abril de 1981 lavó un poco la cara. Si el de huelga es un derecho fundamental, ¿para cuándo la Ley Orgánica correspondiente? Otra cosa que nuestros valientes políticos no han querido enfrentar para tener la fiesta en paz. Es como si alguien hubiera dicho: «En España nunca habrá una ley de huelga».

¿Pero saben a qué me recuerda este follón? A pesar de sus distintas consecuencias, la génesis y el desarrollo del pifostio me recuerdan mucho a la famosa huelga de estibadores. ¿Se acuerdan? Bruselas quería que se liberalizara el sector, pero alguien puso a los estibadores en pie de guerra. La cosa empezó a desinflarse cuando nos fueron informando de que la regulación del sector de la estiba –los privilegios con los que la UE quería acabar– databa del franquismo (¡horreur!), con cual la izquierda podemita, que estaba al parecer detrás del asunto, quedó «como Cagancho en Almagro» e hizo el más espantoso de los ridículos.

Con el taxi no han cometido el mismo error. Pero se les ve el plumero. Ni Peseto Loco –el nombre mismo ya es una invitación a una celda acolchada– ni otros como él van a conseguir nada. Para muchos profesionales honrados lo prioritario es ganar para comer y no andar detrás de unos señoritos (revolucionarios profesionales) que, al parecer, pueden pasarse diez días de huelga sin oler el volante. ¿Será que reciben alguna compensación que les permite variar sus prioridades? Como siempre, el tiempo traerá todas las respuestas respecto de lo que falta por saber.

 

Fumata blanca en Sevilla (I)

Bueno, pues por fin hay fumata blanca en Sevilla. La victoria del tripartito de la derechona, que diría ese numen cacumen que fue Arfonzo Guerra, va apagando los soplos del vendavá antidemocrático que se decía que iba a soplar. Se apagan las alertas antifascistas y la izquierda zascandil va arriando velas y preparándose para la travesía del desierto, aunque puede que ésta no sea muy larga. Lo único que resultó profético, hasta ahora, es la foto de Susana Díaz en las escaleras de la iglesia de la Parroquia de los Incurables, compuesta y sin novio (fue la lista más votada y la han echado de San Telmo):

Pero en estos cuarenta días tras el 2 de diciembre hay algunas cosas que han quedado claras: una, la poda de la las propuestas más ¿estridentes? de VOX, bien sea porque no son una competencia autonómica (inmigración), bien porque eso (filfa de género) podría asustar y movilizar a la izquierda que se quedó en casa por no gustarle el cartel de la plaza («En los carteles han puesto un nombre que no lo quiero mirá…»). Y dos, el papelón de C’s, que no ha hecho más que intentar enredar con la finalidad de echar a VOX del pacto de los tres.

En mi opinión, lo incomprensible es lo segundo. Ya comentamos en varias ocasiones cómo Juanillo Marín, hoy flamante Vicepresidente de la cosa, estuvo tres años de palafrenero de Susana Díaz sin despeinarse. Quizá también habría que añadir que la que debió ser nombrada Vicepresidenta de la Junta es Inés Arrimadas, pues fue ella con su salero y olé, y no Juanillo con su cara de pájaro de mal agüero, quien hizo la campaña de las andaluzas. Arrimadas enseña la patita como persona de valía –para su partido– y Rivera, al parecer, está un pelín nervioso. No es muy difícil imaginarle preguntando al espejo; y cuando éste le respondiese «InésInésInés…», el otro, presa del síndrome de Herodes, chillara descompuesto del todo:

«¡Yo soy la única Superstar!»

Centrándonos en VOX, resulta que ha recibido por parte de los partidos del sistema el mismo trato que recibían los negros en Alabama en los años 50: «Quiero tus votos; pero como eres negro y no tienes derechos, me los vas a dar a cambio de nada». El PP, más experimentado, lo ha hecho con discreción; pero C’s, a quien le están empezando a crecer los enanos dentro y fuera, ha trompeteado su desprecio a quien le ha querido oír. Rivera, mal aconsejado por sus amigotes europeos, trata a Abascal como el nom del porc. Que si le preguntan a Rivera, éste dirá: «¡Le odio, le odio y le odio!». Cosa normal, porque Rivera quería seguir jugando a la indefinición ideológica («un poco de esto y otro poco de aquello»), más o menos como Bosé, y la aparición de VOX le ha cerrado el grifo de los votos despistados de la «derecha»; de modo que ahora se ve obligado a postularse como el sucesor de la ruina en que va quedando la pesoe. De momento ya ha pillado los tics de género, que supongo su electorado no progre no le va a perdonar.

Así, pues, y por ahora, descanse en paz (políticamente) Susana Díaz

 

El nuevo tablao (y III)

Me quedaba pendiente hablar de los efectos de las elecciones andaluzas. De entrada, más que de efectos habría que hablar de onda expansiva. En Andalucía ha caído una bomba atómica que amenaza con reconfigurar el tablao nacional. El triunfo de VOX ha pillado a todos los partidos con el pie cambiado. Las reacciones son de lo más variado, así que pasaremos revista un poco para aclararnos.

El que está en mejores condiciones de sacar tajada del triunfo de VOX en Andalucía y, dadas las previsiones, de su aparición en el panorama nacional, es el PP. A fin de cuentas, VOX está formado en su mayor parte por lo que antes era el sector conservador católico del PP y no sería difícil formar una entente entre ambos partidos –lo de que VOX vuelva a la Casa Grande de la derecha vas a tener que dejarlo para otro rato, Pablo: las bofetadas del gallego y su cuadrilla duelen demasiado–. No obstante, al PP hay que recordarle, aunque no sea culpa de su presidente actual, que si el PP hubiera hecho sus deberes en Cataluña y Vascongadas no le hubieran salido el lamparón naranja primero y el lamparón verde después, ambos ya con vida propia.

Por lo que hace a los del ruido y la furia, vamos por partes: PSOE, Podemos y C’s.

Empezando por la pesoe, los que tienen mando en plaza recitan para sus adentros lo de «las barbas de tu vecino». Daba pena Lambán, que al mismo tiempo que pedía a Sánchezstein una «mayor contundencia» contra el separatismo catalán, no se acuerda de promover la derogación de la infame Ley de Lenguas, que convierte al catalán en lengua cooficial de Aragón. Otro tanto le ocurría a García Page, que nunca se acordó de que era español hasta que han llegado los de VOX y al que no le importa hacerse fotos con representantes de regímenes que violan diariamente «los derechos de la mujer» (de paso, de todos los que no son musulmanes; pero en fin, para la progresía que domina los medios de comunicación está claro que ésos no cuentan).

Pero no se acaban ahí los problemas de la pesoe. Si hay justicia, el procés debería pasar factura a Sánchezstein. No es sólo que tenga en su gobierno a una menestra (la Batet) favorable a los presos polítics, qué va. El hecho es que el PSC, en su actual configuración, es un grano en el culo de la Ejecutiva Federal e Iceta, lo más nefasto que le ha caído al PSC encima y que, como sus mentores de la logia, no juega a menos de dos barajas; sin duda, un prodigio de indefinición. Por eso en Cataluña los que antes votaban al PSC ahora votan C’s y los definidos se los ha llevado Ernest Maragall a ERC. Es factible que el PSC, si el sucesor de Sánchezstein es alguien con cara i ulls, acabe subsumido en la pesoe sin más historias y se guarde el discurso de las «nacionalidades y regiones» para mejor ocasión. Bueno, y que lo mismo les pase a Ximo Puig y a Francina Armengol (tal para cual)…

El hecho es que con la zapatiesta que se ha montado (ministros delincuentes y barones acojonados), a Sánchezstein lo único que le preocupa son dos cosas: lo primero, aguantar todo lo que pueda en Moncloa sin convocar elecciones. Y lo segundo, sabiendo que en cuanto convoque elecciones se va, agrandar todo lo posible todos los marrones que heredó de Rajoy, otro personaje que ha entrado en la historia para quedarse en nuestra galería de facinerosos y traidores a España, al lado de don Oppas, Fernando VII o Largo Caballero. A eso se dedica la menestra Celaá (de antepasado maketo, probablemente gallego) con esa ley que dice estar preparando y que esperemos el PP, dirigido por Méndez de Humo en la cosa, no se ponga de perfil. Miedito me dan ambos.

Lo de Pablemos tiene su aquél. Ahora dice que se arrepiente de unas cuantas cosas que dijo en el pasado… en una Comisión parlamentaria que investiga la financiación de los partidos. Me da la risa. Cualquier cosa para que no se hable del pastón que recibió la formación morada de forma directa o por persona interpuesta, que se han puesto ídem. Si el proceso sigue por sus trámites, Podemos perderá el voto del cabreo y quedarán los comunistas de siempre, que con suerte formarán el 10% del total. En cualquier caso, volvamos a las disculpas: no hay más que comparar ese comentario soez de Pablemos con la actitud de Carlos Herrera, exmarido de Mariló Montero. Que yo conozca, nunca ha dicho una palabra más alta que otra de ella y nunca ha hecho de su vida privada carnaza para los medios del ¿corazón? Pues eso. Carlos Herrera me parece un señor y el otro, un payaso con la gracia en los cuartos traseros.

Se me ocurren dos cosas más acerca de Pablemos: la disculpa por referirse al himno nacional como «cutre pachanga fachosa», que esperamos en palmitas. Y la segunda, como premio a la primera. Aunque seguramente Casa Real no está para bromas, digo yo que ya que Pablemos regaló a Su Majestad las cuatro primeras temporadas de Juego de Tronos, él podría corresponder a ese preciado regalo creando un título nobiliario. Yo propongo el título de Baronía de Villatinaja, más que nada porque «barón» lo ha sido mucho: nada menos que dos churrumbeles de una sola tacada a su kamaradoska. Eso es ser muy barón, oigan. Imaginen con qué orgullo colgarían el Real Decreto de concesión en el salón de la mansión. Ahí se acabaría de veras la revolucionaria carrera del tovarishch y de su costilla.

La nota, sin embargo, es para C’s. Después de haber leído las deposiciones declaraciones de su secretario general, Fran Hervías, conocido en la casa como El Hervidero, la verdad es que dan miedito, mucho más que la alarma antifascista de Pablemos. Sobre todo, porque hasta hace cuatro días los fascistas eran precisamente los de C’s. Recuerda a unas viejísimas sevillanas de La Trinca. El famoso trío estaba entonces en la órbita del PSC, lo que explica lo de las «sevillanas» (valen también para el desfile hacia Madrit de los peces gordos de C’s, acompañada de la correspondiente purga)…

Fa poc temps que  arribat
i ja em sento instal·lat.
Fa poc temps que 
 arribat
i ja em sento instal·lat,
Fa poc temps que
arribat
i jo ja dic «feixistes!»

an els que han vingut més tard.

De las razones que se han apuntado para estos exabruptos, todas bastante razonables, me quedo con dos:

a) La primera, que hasta que apareció VOX C’s tomaba votos tanto del PP como del PSC. Aparece VOX y esa fuente se les ha secado. La buena noticia es que, como VOX es, según la expresión consagrada, de extrema-extrema derecha, no va a coger votos del PSC. Como ya no pueden jugar a la ambigüedad –más o menos como Miguel Bosé, que con el tiempo se ha sabido que era de la acera de enfrente y había jugado a la ambigüedad sexual durante años–, se han definido como lo que algunos ya nos olíamos que eran: progres de izquierdas. En lo personal, nunca jamás les votaré por su postura no contraria al aborto.

b) Y la segunda, los ¿consejos? del belga Guy Verhofstadt –un bilderberg, de paso– a Albert Rivera de que «no se junte con malas compañías» y que en cambio se junte al coro de los que apostrofan a VOX como «anticonstitucional». Que ustedes dirán lo que quieran: pero llamar «anticonstitucional» a un partido que precisamente defiende la Constitución… bueno, es que sus detractores no tienen argumentos, aparte de que se quedan sin silla y sin qué-hay-de-lo-mío. Dejo para otra entrada lo de distinguir «Europa» de la «Unión Europea», que tiene mucho que ver con esto…

Por cierto, ¿se imaginan a Albert Rivera cantándole Nena a Inés Arrimadas? Yo tampoco. ¿Será por eso que, a pesar haberle hecho con éxito la campaña a Juanillo Marín, Rivera tiene confinada a la jerezana en Cataluña? Como siempre, el tiempo trae todas las respuestas, con independencia de los dimes y diretes…

Lloriqueos demográficos (I)

No sé si decir que me hacen gracia o me dan pena algunos políticos. Para ellos –y para sus terminales mediáticos– todo está en acuñar alguna frase o latiguillo que los proles, ese «pueblo» o «gente» atontado y/o embrutecido del que habla Orwell en su celebérrimo 1984 –no se engañen: para esa chusma que nos desgobierna por delegación, no somos mucho más que los proles orwellianos–. Permítanme una cita de lo que Orwell describe y, si son honestos, empezarán a reconocer algo de lo que se dice:

Nacían, crecían en el arroyo, empezaban a trabajar a los doce años, pasaban por un breve período de belleza y deseo sexual, se casaban a los veinte años, empezaban a envejecer a los treinta y se morían casi todos ellos hacia los sesenta años. El duro trabajo físico, el cuidado del hogar y de los hijos, las mezquinas peleas entre vecinos, el cine, el fútbol, la cerveza y sobre todo, el juego, llenaban su horizonte mental. No era difícil mantenerlos a raya. Unos cuantos agentes de la Policía del Pensamiento circulaban entre ellos, esparciendo rumores falsos y eliminando a los pocos considerados capaces de convertirse en peligrosos; pero no se intentaba adoctrinarlos con la ideología del Partido. No era deseable que los proles tuvieran sentimientos políticos intensos. Todo lo que se les pedía era un patriotismo primitivo al que se recurría en caso de necesidad para que trabajaran horas extraordinarias o aceptaran raciones más pequeñas. E incluso cuando cundía entre ellos el descontento, como ocurría a veces, era un descontento que no servía para nada porque, por carecer de ideas generales, concentraban su instinto de rebeldía en quejas sobre minucias de la vida corriente. Los grandes males, ni los olían.

 

El problema al que se enfrentan estos comisionistas del poder de tres al cuarto es que cada vez quedan menos. Ahora la despoblación del centro del país es un problema. Hace veinte años no lo era. Pero ahora ya sí. El número de pueblos deshabitados aumenta, porque mueren las cuatro personas que quedaban en él. Los progres a sueldo del Partido Interior, igual que encontraron la expresión «España profunda» para etiquetar acontecimientos como los de Puerto Hurraco, han encontrado ahora la expresión «España vacía». Y es enternecedor ver cómo lloriquean los gobernantes políticos: «¡Nos estamos quedando sin votantes!».

Naturalmente, nadie va a reconocer las causas. La primera de ellas, que se ha jugado a la ruleta rusa con la demografía. ¿Cómo ha sido eso posible? Bueno, hay un montón de hechos y causas que nos llevan a este hecho. Pero para fijar un punto de partida, pongámoslo en el malhadado informe NSSM 200, pergeñado por el no menos malhadado Heinrich Kissinger (con el que hasta Hitler podría estar de acuerdo) en 1974 y que al año siguiente Gerald Ford adoptó como política de Estado. ¿Cuál es la tesis básica de ese informe? Muy rápido, como dirían Les Luthiers: «Somos muchos y tocamos a muy poco». Parece mentira que esto se estuviera gestando en el período del baby boom, pero así reza el informe:

La tesis básica de la exposición fue que el crecimiento de la población en los países menos desarrollados (PMA) representaba una preocupación de seguridad nacional de EE.UU., ya que incrementaría el riesgo de disturbios civiles e inestabilidad política en los países que tenían un alto potencial para el desarrollo económico. La política da «máxima importancia» a las medidas de control poblacional, y a la promoción de la anticoncepción entre países muy poblados, para controlar el rápido crecimiento poblacional, que los EE.UU. considera perjudicial para el crecimiento socio-político y económico de estos países y de los intereses nacionales de EE.UU., ya que la «economía de los EE.UU. requerirá grandes y crecientes cantidades de minerales del extranjero», y estos países pueden producir fuerzas desestabilizadoras de oposición en contra de Estados Unidos. Recomienda a los líderes de EE.UU. «influir en los líderes nacionales» y que «un mejorado apoyo mundial a los esfuerzos relacionados con la población, debe buscarse a través de un mayor énfasis en los medios de comunicación masiva y otros programas de educación y motivación de la población, por la ONU, USIA y la USAID. (Tomado de Wikipedia)

Pero esto, en los países occidentales, se ha traducido en otra cosa. Manteniendo el propósito original (reducción de la población) se han producido derivadas indeseables.

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