El consenso socialdemócrata 1

Primera parte de las impresiones y reflexiones sobre una conferencia de Almudena Negro

Sepan ustedes que éste es el título de una conferencia que mi apreciada Almudena Negro pronunció en el Instituto Juan de Mariana el pasado sábado 14 de diciembre. Conferencia a la que, dada la falta de recursos, un servidor de ustedes no pudo asistir en persona. Afortunadamente, las maravillas de la técnica moderna me permitieron descargar el vídeo de la conferencia, de forma y manera que sí puedo comentarles lo que más me llamó la atención de la conferencia.

El introductor de la conferencia, Fernando Díaz Villanueva, explicó ya que el tema no es nuevo en Almudena, que lleva bastante tiempo con él. De hecho, es de obligada cita en este punto el artículo de su padre, D. Dalmacio Negro, La tiranía del consenso, en el que explora las ramificaciones de ese consenso. En esto me perdonarán ustedes que yo me atenga más a la definición de consexo, dada por los periodistas Yale y Julen Sordo en su Diccionario del Pasota (p. 43-44), en un año (1979) en que estas cosas todavía se podían decir:

«Palabra acuñada por Yale que podría traducirse, más o menos, como el coño de la Bernarda en versión política. El consexo es algo así como el pacto de la Moncloa. O sea, un consenso con miras a joder al personal. Los grandes inventores del consenso, entre otros, son Abril Martorell, Santiago Carrillo, Felipe González y Fraga Iribarne, aunque éste a regañadientes y gritando «¡La calle es mía!». No sé si me explico».

Sea como fuere y se atengan ustedes a la definición que se atengan, el consenso socialdemócrata existe sin duda ninguna y es lo que ha regido nuestras vidas aún caliente el cadáver del dictador Franco. Tal y como explica D. Jesús Neira en su libro España sin democracia, se reunieron un día las élites franquistas con la famélica legión de los 40 años de vacaciones y sellaron un pacto, que quedó perfectamente escriturado en la Constitución de 1978, esa Constitución que Almudena denomina Carta Otorgada por dos motivos:

  1. Primero, no surgió de unas Cortes Constituyentes. Si las Cortes que surgieron de «las primeras elecciones libres» (15 de junio de 1977) hubieran sido tales, hubieran redactado la Constitución y acto seguido se hubieran disuelto, dejando paso a un nuevo proceso electoral en el que se hubieran elegido, ahí sí, unas Cortes legislativas bajo el imperio de la nueva Constitución. No es difícil imaginar por qué no se dio ese segundo paso.
  2. Segundo, es una Carta Otorgada porque, al modo del Estatuto Real de 1834, hay un pacto de las élites políticas con la Monarquía, por el que el Rey consiente en gobernar a sus súbditos y se introduce el pack monárquico entero en el texto constitucional, sin posibilidad de discutirlo por separado. En nuestro caso y si quieren una prueba de ello, vean el art. 56.3 CE: «La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo, salvo lo dispuesto en el artículo 65, 2.». ¿Quién no querría ser Rey en estas condiciones?

Sentado esto, nos previene Almudena Negro que estamos ante un fin de siècle, un fin de época. Uno no puede evitar remontarse a los años previos a 1914 (justamente el año que viene celebraremos el centenario de la última gran guerra europea y la primera en que se usó armamento químico) y oler la misma gangrena que, entre otros, detectaron Van Gogh o Gustav Mahler en el plano artístico o Nietzsche en el filosófico. Hoy estamos también ante un escenario crepuscular: las grandes ideologías han caído, víctimas de la contradicción entre sus postulados y la actuación de quienes decían profesarlos. Al igual que entonces había una especie de imperio policía, el austro-húngaro, hoy asistimos a la progresiva retirada del otrora llamado guardián de Occidente, al que el consenso socialdemócrata lleva royendo desde hace años pero que con Obama, el ZP negro, ha cogido carrerilla.

Almudena dibuja un gran arco, que va desde 1848, el año de las primeras revoluciones socialistas (tampoco es de desdeñar que justo en esos años se descubre el planeta Neptuno… en 1846) hasta nuestros días. Wagner comparte asiento con Bakunin en Dresde, escapando de la policía, lo que parece mentira si consideramos la diversa trayectoria posterior de uno y otro. El caso es que, retomando el hilo de su conferencia, nos cuenta Almudena que el Romanticismo tiene dos hijos: uno tonto y otro malvado, podríamos decir. Estos hijos son el socialismo y el nacionalismo. De acuerdo con Almudena, el nacionalismo surge en 1848 y el socialismo es anterior. Punto con el cual discrepo: en 1830 y siguiendo a Hobsbawm, surge el nacionalismo, representado por la independencia de Bélgica y de Grecia; y en 1848 surge el socialismo, rubricado por la aparición del Manifiesto Comunista, de Marx.

El caso es que ambas facciones se llevan dando de garrotazos desde entonces y es una contienda que no ha terminado: el último encontronazo, respecto del ámbito español, en las asambleas IV, V y VI de ETA. Y dado que, según deduzco, la tensión entre ambas facciones se resuelve en el consenso socialdemócrata, es bastante lógico lo que ha ocurrido, siempre de acuerdo con la teoría: que tanto PP como PSOE, muñidores del mismo, están terminando de integrar a los etarras en el reparto del pastelazo y vistiéndolos de lagarterana. ¿Por qué? Porque, según sostiene Almudena, ETA forma parte también de la maquinaria. Aunque esto pueda espeluznar, ETA ha tenido su utilidad: ha servido para distraer, con el miedo que produce, de la floración y desarrollo del consenso socialdemócrata; y para que, viendo el horror de ETA, nos posicionáramos del lado bueno, del lado del consenso.

Respecto de Aznar, también discrepo de la visión que da del personaje: es cierto que llegó a pronunciar lo del «MLNV»; pero no es menos cierto que tras el vil asesinato de Miguel Ángel Blanco buscó modos y maneras de combatir el terrorismo etarra, primero acabando con la kale borroka y después propiciando la promulgación de la Ley de Partidos. Una vía que desgraciadamente Mariano ha demostrado no querer andar al comerse enterita la hoja de ruta de los hijos de puta. Y la trayectoria de ZP en ese campo se comenta sola.

Demasiados protectores

Recupero para ustedes este artículo que cierto periodista (ahora no recuerdo muy bien si fue Joan Barril u otro columnista de El Periódico), que debe andar en la hemeroteca allá por el 2001 o 2002. Cosas de un servidor de ustedes, que no tomó nota del articulista y de la fecha del artículo. En cualquier caso, lo considero de interés por cuanto, en cierta forma, la enfermedad estatista ha avanzado mucho en estos diez años últimos y estas palabras resultan proféticas. En el bien entendido de que un profeta no es –o no sólo es– alguien que ve el futuro, sino alguien que recuerda la historia.

El Estado está para protegernos, dicen. Pero hay diversas formas de atender la protección. En tan sólo un siglo, el Estado moderno ha experimentado muchísimos cambios doctrinales. El Estado servía para crecer y administrar la metrópoli y para garantizar el buen negocio de los poderosos. Pero a primeros de siglo el Estado empezó a abusar de la gente. Se movilizó a las multitudes para mandarlas a morir a los campos de batalla y eso, tarde o temprano, se tenía que compensar. Apareció entonces un Estado paternal y protector. Un Estado que decidía cuándo se trabajaba y cuándo era fiesta. Un Estado que velaba por las pensiones y por la sanidad pública, por la instrucción de los niños y el retiro de los mayores.

Pero eso también se acaba pagando. Porque de tan agradecidos no nos dimos cuenta de que el Estado había entrado en casa y se atrevía con todo. Un Estado protector no lo es únicamente en la necesidad. También nos pretende proteger desde la arbitrariedad. Cuando damos al Estado la confianza de la seguridad social el Estado se toma atribuciones excesivas. ¿No queríamos ser atendidos en la enfermedad? Pues la mejor manera de evitar la enfermedad es la prohibición salutífera de todos los vicios. Es entonces cuando el Estado se dispone a atarnos corto y limita velocidades, prohíbe fumar y establece que a partir de ciertas horas ya no se puede beber.

España es un país tolerante y pactista que no resiste el corsé de reglamentos asfixiantes. Pero basta ir a Inglaterra para encontrar la paradoja de prohibiciones imposibles y de prevenciones absurdas. El turista llega a uno de sus famosos pubs. Es fin de semana y el establecimiento está lleno. El turista se acerca al mostrador donde se alinean espectaculares fuentes de cerveza y, con su mejor inglés, pide una pinta. Lo sienten, claro. Cualquier conversación en inglés suele incluir en algún momento esa referencia al sentimiento. Lo sienten de verdad, están desolados, darían su vida por satisfacer nuestras pequeñas demandas pero, ya lo ve usted, son más de las once y a las once no se puede servir cerveza. De nada sirve que sólo pase un minuto de las once. La ley establece que más allá de las once los grifos se cierran. Ni un minuto ni una hora: sólo más allá. El turista advierte entonces que, a su alrededor, los otros parroquianos continúan sus charlas, sus partidas de billar o de dardos, acompañados de grandes reservas de pintas de cerveza completamente llenas. ¿Y éstos?, pregunta el turista. ¿Por qué beben pasadas las once? La ley es exacta: las once es el límite de servir, pero no de beber. Sutiles bebedores estos británicos. Han acompasado el sorbo amargo de la cerveza al reloj implacable de la Administración.

Durante muchos años circuló el chiste anticomunista de aquel ciudadano búlgaro que se paseaba por Sofía con un paraguas y una gabardina bajo un sol abrasador. Preguntado por los motivos de su extraño atuendo el hombre respondía: «Es verdad que en Sofía hace sol. Pero en Moscú está lloviendo». La penetración del Estado en nuestros hábitos más personales parecía hasta ahora un signo de los totalitarismos. La China de Mao controlaba la natalidad, el Chile de Pinochet quemaba los libros incómodos, la España de Franco impedía la entrada en un hotel de las parejas sin libro de familia.

Y por lo visto a medida que el mercado sustituye al Estado y que los grandes ejecutivos de las corporaciones hacen y deshacen las estructuras del poder político, el Estado abandona su misión ancestral y se queda con las tonterías. Por un lado nos recuerdan que el sistema de pensiones va a la bancarrota, pero por el otro se encastillan en la limitación de los extraños horarios del ocio juvenil. Por un lado advierten que nos tendremos que pagar las medicinas; por el otro nos conminan a separar las basuras en bolsas discriminadas. Por una parte nos recortan las más mínimas facilidades para la natalidad, y por la otra dicen protegernos de nuestros amigos extranjeros no por amigos cuanto por extranjeros. El Estado ya no manda como antes. Pero ese Estado debilitado y quisquilloso se está especializando en hacernos la puñeta.

Tal vez sí algunos tienen lo que se merecen

(tomado del muro de José Rivas Carreño)

-¿Qué vas a tomar?
-Una Alhambra especial.
-Por favor, dos Alhambras especiales
-Oye, ¡cuánto tiempo sin vernos!
-Sí, ya era hora que echáramos unas cervezas y charláramos.
-¿Cómo te va?
-No me puedo quejar. Sigo aún con el taller en el pueblo. ¿Y tú?
-Bueno, pasé por el tribunal médico y me dieron la invalidez gracias a Juan Sola, el abogado del pueblo, pero sigo atendiendo el negocio con mi mujer aquí en la capital.
-Has hecho bien porque está muy jodida la situación. Yo tenía a tres trabajadores contratados en el taller, pero hablé con ellos. Llegamos a un acuerdo de despido, pero siguen trabajando.
-¿Están despedidos y siguen trabajando?
-Sí. Nos viene bien a todos: yo me ahorro los seguros sociales, que son altísimos y ellos cobran el paro y el sueldo. Claro que les pago menos que cuando tenían contrato. Todos contentos: ellos ganan y yo también.
-¿Y si te enganchan?
-¿Quién va a pasar por el pueblo? Además, los tres talleres del pueblo hacemos lo mismo y no nos vamos a denunciar unos a otros porque nos perjudicaríamos.
-¡Ah, vale! A nosotros, en el negocio, un día nos visitó un inspector de trabajo y, por suerte, yo me encontraba en la puerta del local, fumando un cigarrillo.
-Pero estaría tu mujer, ¿no?
-No, qué va. El negocio lo llevo en realidad lo llevo yo, pero les dije que lo regentaba mi mujer, que es la que aparece en los papeles, y que yo estaba allí ocasionalmente porque ella había salido un minuto a un asunto urgente. Suerte que al «panchito» que tengo allí sin contrato estaba ese día en el médico.
-¿Y se lo tragó?
-Al parecer sí. De hecho se fue y no ha vuelto más. Pero sí, me acojoné un poco, ya que si el inspector no se traga aquello nos multa y a lo mejor hubiera perdido yo la paga. Al menos eso me dijo Juan Sola.
-La verdad, es que estos inspectores son unos crédulos o a lo mejor es que están desmotivados porque ganan menos. Total, para lo que hacen mucho ganan aún. Hablando de inspecciones, mi hija pequeña estuvo a punto de perder la beca porque alguien fue por ahí contando que el taller no estaba declarado y nos daba muchos ingresos y tal. Desde ese día le he prohibido que vaya con su BMV A3 y su iPhone 5 a clase.
-¿Y qué pasó?
-No, nada. No se pudo demostrar lo que decía el cabrón anónimo ya que lo tengo bien atado. La niña sigue cobrando todos los años la beca máxima, unos 5000 euros, que son para ella solita.

(Irrumpe un tono de teléfono móvil: ¡¡Por mi hija maaaaato!!)

-Tío, que me he llevado un repullo con ese tono de la tipa esa de la tele. ¿Cómo se llama…?
-Sí, la Esteban, Ésa sí que es lista, jeje… Perdona, que es un proveedor. ¡Oye, que significa esa factura con IVA del otro día! ¿Cómo? Nada de eso. Me la emites de nuevo sin IVA o no cobras…sí, hasta las seis estoy allí. Hasta luego.
-¿Te quieren meter el IVA?
-Sí, se lo he dicho al tío de las pizzas mil veces y sigue dale que te pego con el IVA de los… y para colmo ahora que lo han subido los chorizos estos del Gobierno.
-Sí, vaya mierda de país, con tantos impuestos.
-Por cierto, ¿sabes que me he comprado un Audi?
-¿Sí? ¿Cuál?
-El Q7
-Joder, ¡el que llevan los futbolistas! ¡Qué pedazo máquina…! Te habrá costado un pastón, seguro.
-Sí, es caro, pero me he ahorrado una pasta. Si quieres te digo cómo.
-Dime, dime…
-¿Tienes a algún minusválido en tu familia o a alguien de confianza que lo sea?
-Pues no sé, tendría que verlo…
-Yo lo he puesto a nombre de mi padre que, como sabes, tiene una gran minusvalía. Me he ahorrado el Impuesto de Matriculación, me han hecho una rebaja en el concesionario, no pagaré jamás el Impuesto de Vehículos al Ayuntamiento y, para colmo, aparcaré donde me salga de los huevos, en cualquier plaza de aparcamiento reservada para minusválidos ¿Por qué te crees que hay tanto coche de gran cilindrada con el cartel de minusválido en las calles?
-Estás en todo, macho; pero ¿se tragarán que tu padre conducirá eso con 80 años siendo minusválido?
-Éstos del Ayuntamiento se lo tragan todo. Por cierto, hablando del Ayuntamiento, ¿te has enterado lo del alcalde del pueblo? ¡Qué cabrón! ¡Que bien amañado lo tenía todo! ¡Qué poca ética! A mí me extrañaba que la recogida de basura siempre la ganara la misma empresa.
-Sí, ¡qué cantidad de corruptos nos gobiernan! Y para colmo hay que sostenerlos a todos. ¿Y el asunto de ese que era presidente de la Junta, dándole un pastón a la empresa de la hija?, por no hablar de las comisiones del niño… que maná de corruptos, ¡vaya mierda de país!
-Ni que lo digas, vaya país de sinvergüenzas y corruptos nos gobiernan. No hay que votar a ninguno, que son todos iguales. Van a lo que van.
-Oye, ¿quieres otra cerveza?
-Sí, si, vale. Pero disculpa un segundo, que voy a asomarme a ver el coche, que está en segunda fila.

(Decidme, ¿quién no ha escuchado alguna vez una conversación como ésta o parecida en la barra de cualquier bar, o a algún amigo, familiar o conocido. Luego, ¿es probable que, en términos generales, merezcamos los políticos que nos gobiernan? La pregunta queda hecha.)

Comentario a Edurne II

Tal y como les prometí, aquí va la segunda parte de la entrada anterior.

¿Modus operandi? Uno: controle usted a la prensa local, que es la que mucha gente lee junto con un diario de tirada nacional, vía subvenciones directas e inserción de publicidad institucional. No se atreverán a decir ni pío contra las cacicadas que usted se dedique a perpetrar por miedo a no saber si vivirán para ver el mes siguiente cuando usted les corte esa importante fuente de ingresos. Importante también: consigna no escrita es que ningún medio desafecto debe aparecer en los bares donde el rebaño pueblo toma el café o la caña (o más de un café o más de una caña: seamos amplios). En la misma dirección, si en el local hay una televisión, ésta no debe emitir imágenes de medios nuevamente desafectos. El rebaño pueblo sólo debe tener una versión de la realidad, con ligeros matices dependiendo del lugar en que se emita y de la presunta ideología del mismo. Y ése es el papel de su medio de usted. No hay contradicciones con la realidad cuando la única vía de información real es la suya.

Otro tanto se diga de los medios audiovisuales. Usted debe tener uno y éste debe ser instrumento de su política, por encima de otros que la «democracia» permita crear. Hoy la censura se llama «línea editorial», y en Cataluña, «editorial conjunto». Si usted, propietario de un medio de comunicación, se permite el lujo de no acudir al toque a rebato del poder para la defensa nacional (catalana) o el progresismo (en otras regiones), verá usted cómo se quedará sin licencia para emitir; o, si le dejan seguir emitiendo, verá cómo le hacen la vida a cuadritos (actividad que es una verdadera adicción para ciertos elementos incrustados en la Administración). Incluso puede ser que le metan en una lista negra y por esa sola razón le nieguen subvenciones y le resuelvan recursos en contra cuando pida o proteste. Hasta que se canse. La Administración no tiene prisa cuando cumple órdenes políticas; recuérdelo.

Dos: metidos así en el bolsillo aquellos medios cuya obligación fundamental es proporcionar al rebaño pueblo una instantánea diaria veraz de la realidad, tiene usted el camino expedito para proveer al pueblo de ideología en vez de información. En el caso catalán es la construcció nacional, que desde este blog ya hemos denunciado que no se trata sólo de Cataluña, sino de lo que los ceballuts llaman «Països Catalans»: es decir, a Cataluña hay que añadir Valencia y Baleares, así como una parte de Aragón (la Franja, aunque dudo mucho que se quede ahí el proyecto, mal que les pese a los maños). El fantasma de conceptos nacionalsocialistas como el de lebensraum vuelve a cabalgar disfrazado de «construcció nacional». Así pues, todo lo que favorece a ésta es bienvenido en los medios, mientras que lo que la perjudica, como los recortes y los rescates y todas esas molestas «medidas de ajushte» es calificado de atacs feixistes a la nació catalana –en el caso de otras regiones se puede vender como «ataque (fascista, of course) al derecho a la autonomía de la región»–. El acoso es de tal calibre que uno o bien se convence o bien deja de ver y leer los medios afectos.

Y tres. Naturalmente, la joya de la Corona: actuar directamente sobre el rebaño pueblo. Esto se consigue de dos maneras: la primera, dividiendo a los ciudadanos en buenos y malos. O en «progresistas» y «fascistas», en «abertzales» y «txakurras», o en «catalans de soca-rel» y «xarnegos» o «españolistas». Y enseñar desde pequeños que, en la práctica, el país conocido no es España, sino la Comunidad Autónoma. «España» sería, según el estándar del Conocimiento del Medio, una entelequia general, pero no real. Por eso en Cataluña se enseña a los más pequeños y a los nouvinguts («newcomers»), que el país en el que se hallan es Cataluña y no España.

Que ésa es precisamente la otra forma de actuar sobre el rebaño pueblo: la educación, que los niños tragarán porque no tienen defensa alguna y muchos padres, de clase media y recursos económicos también medianos, aceptarán porque no tienen el dinero suficiente para litigar contra la Administración (aunque ciertamente hay quienes lo han intentado y el éxito, por ahora, ha sido medianejo). El efecto oveja y el temor al estigma social harán el resto. Otro éxito de la dictadura nacional-socialista que se padece soterradamente en algunas partes de España. La educación, además, es otro cierre del sistema: permite su perpetuación. Si a un niño se le enseña a obedecer en vez de a esforzarse y pensar, andando el tiempo se integrará sin problemas en la maleable masa borrega en la que anteriormente militaron sus padres. Los perfectos ciudadanos-bonsais.

Para eso sí han servido las autonomías, miren ustedes.

Comentario a Edurne

En su columna del sábado en ABC, Edurne Uriarte se pregunta para qué han servido las autonomías. Y no podemos sino compartir sus respuestas. A fecha de hoy, 2012, resulta que el modelo de Estado que nos vendieron, que «iba a acercar la Administración al ciudadano», que «integraría a todos los pareceres en una España plural» y otras zarandajas que se decían durante el clandestino proceso constitucional, no ha servido para nada de eso.

Para empezar, los nacionalistas no se integraron jamás en esa pretendida «España plural». Desde el mismo momento en que Tarradellas, que fue bastante más leal que Pujol (cuestión de estatura, y no sólo política) pronunció las seis célebres palabras («Ciutadans de Catalunya: ja sóc aquí!»), los nacionalistas de CiU se dedicaron a lo suyo, que era avanzar en la independencia, y a jugar a dos barajas. Aparte de crear el engranaje del oasi, que tan bien ha funcionado durante treinta años, los 23 años de pujolismo no han servido para otra cosa que para tensar la cuerda de la cohesión nacional. Una sabia combinación de victimismo y amenazas ha servido para que Madrit se plegara siempre a sus deseos, unas veces por conveniencia, otras veces por exceso de autocomplacencia. Otra cosa es que si consideramos la integración como «aceptación de la invitación al banqueteo presupuestario», necesariamente hemos de admitir que sí se integraron, ya lo creo. Tanto, que ya han solicitado el rescate, aunque en tierras catalanas se venda la cosa como que «Madrit nos va a restituir ahora lo que nos ha robado siempre».

¿Y qué hay de lo de «acercar la Administración al ciudadano» y bla-bla-bla? Tras treinta años de modelo autonómico, constatamos que la Administración se ha acercado, pero sólo a algunos ciudadanos. A todos esos que han conseguido contratas a dedo, o puestos de asesores a dedo sin necesidad de saber hacer la O con un canuto pero con el carnet del partido en la boca. A todas esas Cajas de Ahorro, que los políticos autonómicos sin excepción (y en todo lo ancho de su espectro parlamentario, que tiene narices la cosa) habían convertido en su Banca particular (lo hemos visto con Bankia y ahora también con CCM). A todos esos políticos, en fin, que han creído que podían hacer de su Comunidad Autónoma su taifa particular, dedicándose con afán imitador de Cataluña y País Vasco o poniendo a prueba su creatividad a crear su estadito propio. A los demás ciudadanos de a pie resulta que la Administración sólo se nos ha «acercado» para freírnos a impuestos, destinados en su mayor parte a sostener todo ese aparato de empleados públicos suntuarios en todos los niveles administrativos.

La imagen que se me viene a la cabeza es la siguiente: imagínense ustedes un mapa de nuestra acuchillada piel de toro. Imaginen ahora que han aparecido unos globos en cada región. Se van hinchando, y nadie hace nada por detener esa hinchazón. Llega un momento en que los globos se han hinchado de tal manera que ni caben dentro de sus límites ni los que insuflan aire a los mismos pueden seguir haciéndolo porque ya no tienen espacio para respirar.

La burbuja

Además de todo lo anterior, hay un tercer factor que creo necesario incluir en el análisis: la burbuja. Pero no la burbuja inmobiliaria, esa tan cara a los progres, que cuando estaba en su apogeo la susodicha no se oyó a ningún progre protestar. Menos aún a la Paella, cuyo maridito es o era el orgulloso propietario de una inmobiliaria. No, nos referimos a esa burbuja. Nos referimos a la burbuja en que vive la casta política, con sus adherencias bancarias, judiciales y mediáticas.

Es una burbuja con cáscara de cemento armado, de forma que sólo los que están dentro de ella pueden modificar sus condiciones ambientales. Ningún ruido exterior llega hasta donde la casta y sus adherencias deciden, de espaldas al pueblo, el destino de la nación. Y podríamos decir más: dentro de la burbuja sólo algunos de ellos pueden provocar verdaderamente el cambio. Los demás están ahí dentro, premiaditos por servicios prestados al Partido Único Bicéfalo y sobre todo, calladitos, no sea que los tilden de «verso suelto» y los echen a patadas. En esa burbuja es de patanes mencionar que tal vez el pueblo debería saber algo de lo que se cuece ahí dentro y ciertamente provocaría su expulsión.

Más aún. El cierre de seguridad más valioso de esa burbuja son los medios de comunicación… social. Medios que deberían estar pensando en deberse a la sociedad, pero dado que están comprados o controlados en buena parte por la casta, se debe a ésta y toda su actividad se centra en entretener (nada de «informar» y mucho menos «formar», qué cosas tiene usted, caballero. Un pueblo informado y formado nos obligaría a quitarnos la máscara y eso no nos lo podemos permitir… aún). Es decir: en desinformar, en desviar el interés y en proveer a la masa borrega de conocimientos perfectamente inútiles que le hagan creer que «está al día», como ya escribiera en su momento Ray Bradbury.

¿Sociedad civil?

La prensa sería, en fin, el ariete que la sociedad civil podría utilizar contra la burbuja al efecto de abrir un boquete. Pero la situación es justamente la contraria: es la burbuja la que utiliza a la prensa contra la sociedad civil. Esto nos lleva a otra cuestión importante: ¿sociedad civil? ¿De qué sociedad civil hablamos, por el amor de Dios (o por Jakin y por Boaz, para citar lo que hoy está de moda en las altas esferas en materia religiosa)? De otras regiones no puedo hablar (aunque seguro que hay concomitancias); pero en Cataluña, desde luego, si hubo alguna vez una sociedad civil, hoy está casi por completo estabulada. De otro modo, es decir, con una sociedad civil (que supongo será «civil» para contraponerla a la «política») fuerte y bien cohesionada, el caso Palau no hubiera podido ocurrir de ninguna de las maneras. Ni ése, ni el Pretoria, ni otros que puede ser que cobren nueva vida tras años de estar muertos en los Juzgados. El modus operandi daría para otro post, que les prometo aparecerá en breve.

«Que se j…»

En la pasada semana hemos tenido otra prueba más del apabullante dominio que tiene la izquierda de la demagogia y del agit-prop frente a un PP absolutamente inerme. Es decir: funcionan como casta tras las bambalinas, pero de cara a la galería y cuando el PP menos se lo espera, garrotazo y tentetieso.

El asunto ha venido a cuenta de cierta expresión desafortunada de la diputada del PP por Castellón Andrea Fabra. En un pleno movido, en que Mariano anunciaba los reco… esteeeeeeeee ajushtesh que los españolitos de a pie vamos a sufrir en prácticamente toda nuestra esfera más cercana y justo en el momento en que Mariano anunciaba los recortes a los parados, los españolitos vimos como la susodicha profería una expresión poco acorde con la dignidad del lugar en que se encontraba.

Estaremos de acuerdo en que no fue una expresión afortunada. Incluso podemos argumentar que la dignidad de las paredes del vetusto edificio ya se demedió bastante con la autorización a ZP para «negociar» con ETA. A partir de aquí, la manipulación ha sido monumental. Primero, porque en el momento de la algarada, todas las cámaras enfocaban a la bancada del PP. A mi entender, éste es un detalle fundamental: los españolitos que vimos aquello podríamos haber determinado a quién verdaderamente se dirigía la soez expresión.

Y segundo, porque no podía ser otra la destinataria que la bancada socialista. Aquí la segunda manipulación: a alguien le faltó tiempo para anudar los recortes a los parados con la expresión de la nena Fabra. Lo cual, sin duda, fue como encender la mecha de un barril lleno de dinamita. Una mecha muy corta, dadas las circunstancias. A partir de ese momento hirvió Twitter, hirvió Facebook, Youtube repite una y otra vez las palabras de la diputada fuera de contexto. Y todo ello sirvió para caldear el ambiente aún más de lo que ya estaba.

Y aquí ya las cosas se salieron de madre. Los trolls socialistas metidos en las redes sociales repitieron las correspondientes consignas, que cito aquí de un usuario de Facebook:

Recortar la prestación a los parados y alegrarse de ello, y regodearse, es propio de hijos de puta. Y con perdón de las putas, que se merecen mayor respeto. No es un rifirrafe parlamentario, no le dijo «que os jodan», a los del PSOE, dijo ¡QUE SE JODAN!, a los parados, que son el pueblo español, que son de TODAS las ideologías. Yo te digo que eres una ¡HIJA DE PUTA! y que no puedes representar a nadie.

Esta sarta de mentiras y sandeces revueltas es lo que durante unas horas se convirtió en trending topic, dentro y fuera de Twitter. En la verdad absoluta que no admitía discusión. Fueron inútiles los intentos de hacer razonar al respetable, prueba de que la manipulación funcionó como un reloj. La manipulación consiguió, además, desviar el resentimiento y justificar la desviación. Es decir, se quitó al PSOE, que es el verdadero culpable de que haya que recortar (aunque eso, quién sabe por qué extraña cortesía, no se dice mucho desde Génova, 13), de la línea de fuego, y se redirigió éste contra el PP, sólo porque ahora está gobernando. Se borró del panorama de la actualidad el escándalo de los 97.000 euros que se auto-otorgó Patxi Nadie u otros asuntos que, de no haber prendido esta manipulación, la gente hablaría de ellos.

Y más aún: ley del embudo socialista. ¿Se imaginan ustedes si lo siguiente hubiera sido dicho por un personajo del PP?

Así, pues, el PP se comió el resentimiento nacional contra la casta política. Por sus privilegios, tan compartidos con el PSOE y con las demás fuerzas con representación parlamentaria (gracias, PSOE, por incluir en ellas a Amaiur, a quien no le importa que la subvencionen con dinero español). Resentimiento en el que hay que incluir al propio PSOE, destinatario real y verdadero del exabrupto pese a todo el chorreo que ha caído en otras direcciones. Resentimiento que ha servido para justificar la instigación de ataques contra personas del entorno de la nena Fabra:

  1. Por un lado, su padre, Carlos Fabra. Tal vez sea un digno discípulo de Don Vito Andolini di Corleone, pero eso es algo que deben determinar los Tribunales y no la ira del pueblo justiciero (bien dirigida y mantenida por los que ya sabemos).
  2. Por otro, su marido, Juan José Güemes. En el PSM de Fostiatus le tienen una inquina orgánica, fisiológica y fundamental porque, siendo consejero de Sanidad, no se arrugaba ante las tretas de la bruja Maru(ja). Además, los ridiculizaba una y otra vez (sus vídeos sobre el progresí son memorables) y eso justificó también el palo a la nena Fabra.

Caldeado el ambiente de todo caldeamiento, ya no importaron las explicaciones que diera la nena Fabra. Todo lo anterior, además, sirvió para justificar el ataque a sedes del PP y militantes y cargos públicos del PP. Ahí aparecieron los que se escudaban en la masa cobarde. Aquellos que en otro tiempo o lugar hubieran aplaudido el sambenito, la coraza de sapos y la hoguera. Los que hubieran aplaudido el ahorcamiento o lapidación en la plaza pública. Todos esos, escondidos cobardemente en la masa y en el clima propiciado por la miserable manipulación, agredieron verbal (y en algún caso físicamente) «al PP» en las personas de sus militantes, cargos públicos y electos. ¿Habrá quien se atreva, después de esto, a decir que la española es una «sociedad democrática»?

Qué lástima que estos hechos no los tuvieran que sufrir la pesoe y sus militantes dos años antes, cuando ZP aprobó sus recortes. No recuerdo que nadie saliese a la calle por eso. Bueno, sí, los sindicatos: pero con mucho cariño, porque lo hicieron tres meses después de aprobarse el famoso decretazo. Aparte de eso, nadie quemó, apedreó las sedes de la pesoe entonces. Nadie increpó o agredió a cargo de la pesoe alguno. ¿Es que acaso el PSOE es el único que puede manipular, insultar y agredir a quien, legítimamente, le arrebate el poder en las urnas? ¿Habrá quien se atreva a decir que, de puertas afuera, el PSOE es un «partido democrático»? Que de puertas adentro no lo es ninguno. Pero que no lo sean aquellos a quienes no se les cae la palabra «libertad» de la boca, pues… como que queda más feo aún.

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Vía Noatodo, nuevamente, llego a este cortometraje que es la mise en cinema de un relato corto de Kurt Vonnegut. Es sencillamente aterrador a lo que se puede llegar aplicando al extremo el principio de igualdad. El sueño húmedo de cualquier «socialista de todos los partidos»: todos iguales. Nadie peor, nadie mejor, nadie diferente. En otros países no sé… ¿pero a ustedes les cuesta imaginar a la Pajina y a la Miembra (incluso a sus clones marmolejos) con abrigo de cuero negro y un látigo? Después de ver esto, créanme que a mí no.

Posturas (presuntamente) no fértiles

Vía Noatodo recojo esta noticia curiosa conocida en Ucrania. Que uno la lee y e inmediatamente le viene esto a la memoria…

En cuanto a que «la postura del misionero no es la más adecuada para la fertilidad», pues… seguro que hay expertos en la materia; pero dijésemos que es la tradicional y la que mayormente ha conseguido que lleguemos a los 7.000 millones de seres, seras y seros humanes, humanas y humanos. Por otro lado, si lo que tienen en ese país es un problema de fertilidad, aconsejo al Gobierno que promueva medidas que ayuden a las familias no sólo a existir, sino a crecer. Promuevan ustedes, señores gobernantes ucranianos, las condiciones económicas y sociales necesarias; lleguen al bienestar general conveniente para que los jóvenes se planteen crear familias, numerosas incluso. Quizá, con el trabajo que eso daría a los señorías y señoríos y ministras y ministros ucranianos, todos ellos dejarían de perder el tiempo legislando acerca de «cuál sea la mejor postura para la fertilidad».

Curiosamente, China legisla en sentido contrario. Unos tanto, y otros tan poco…

Rabiosos

Hay que ver, hay que ver… La izquierda que ha perdido las elecciones hace tres meses ha decidido quemar la calle al mejor estilo revolucionario. Nietos de Largo Caballero o Indalecio Prieto, han decidido que les sale más a cuenta arrancarse la máscara de «nos adaptamos a la farsa democrática» y han vuelto por los fueros que gastaban en los turbulentos años 30. Hasta Rubalcaba (un hijo del Régimen, como la mayoría de la actual cúpula dirigente de la pesoe) ha señalado como enemigo a batir a la Iglesia, con sus extemporáneos deseos de «revisar el Concordato» (asunto que hoy por hoy sólo interesa al contingente masónico de sus huestes). Vamos, que sólo le ha faltado añadir a la burguesía (no puede porque muchos de sus camaradas, como la indecible Elenita Valenciano, la Paella, son miembros y miembras de pleno derecho de ella) y al Ejército. Bueno, a este último no hace mucha falta, porque hoy por hoy, al Ejército lo han capitidisminuido de tal manera entre los hunos y los hotros que apenas da bien en los desfiles de su día.

La última, como saben ustedes, es la de chafar el día que muchos en nuestro corazón hemos reservado a las víctimas del terrorismo (que no sólo lo es de las del 11-M, sino de todas y además, es también Día Europeo de la cosa). Máxime cuando parece que el 11-M dista de ser un caso cerrado. Los últimos descubrimientos de restos de vagones, las preguntas muy incómodas que se plantean a la ciudadanía (aunque buena parte de ella todavía prefiera ver en la tele a José Mota)… ¿Se puede adormecer a la ciudadanía de tal modo que ya no quiera saber qué ocurrió en ese día aciago en que un atentado segó 192 vidas e hirió a 1.500 personas? Diríamos que sí se puede: señalando como «fachas» (el insulto preferido de los beneficiarios directos del atentado) a los que nos preguntamos acerca de la verdad cuestionando la sentencia que pretendió cerrar (en falso) el asunto. Se puede, comprando el silencio de determinados mandos de la policía, que estuvieron en el ajo y a los que con un ascenso se puede comprar. Se puede, satisfaciendo la ambición de determinados personajes togados. Se puede, amenazando, coaccionando o haciendo la vida a cuadritos a quienes intentan saber la verdad, como D.ª Coro Cillán. Seguro que en el caso de esta mujer, el procedimiento disciplinario que le quieren montar no sería relevante de no ser ella quien pretende reabrir el caso del 11-M, que al parecer es tabú en las altas esferas judiciales.

Escuchar las sandeces llenas de odio de la señora Pilar Manjón, además de encoger el corazón, conecta directamente con esos Indalecio Prieto, Largo Caballero y Carrillo que declararon la guerra a «los burgueses, los curas y los militares». Conecta con la década en que los totalitarismos de todo signo se apoderaron y enseñorearon de la vieja Europa, convirtiéndola finalmente en un jodido campo de batalla, en el que la mentira guerreaba contra ella misma y dejaba montañas de cadáveres. Atrás quedaban los locos años veinte: era necesario hacer una guerra para que la gente olvidara por qué era pobre, por qué los buenos tiempos de antaño no iban a volver y quién había sido el causante de que la gente que antes vivía más o menos bien ahora chapoteara en la miseria. No es muy diferente a la época actual. Quedan hoy igualmente lejos aquellos ochenta, que según el título de la obra de Ana Diosdado, «fueron nuestros».

La explicación de todo, o como diría Quim Monzó, el perquè de tot plegat, en lo que se refiere a España, es que hay que deconstruirla. No sólo económicamente (somos más pobres hoy que hace 8 años), no sólo políticamente (en la política española hay gente honrada, pero las ratas han sido ayudadas a trepar a puestos desde los que han deteriorado la vida pública a extremos impensables). La doctrina Kissinger exige que España sea destruida incluso espiritualmente: que no quede nadie que pueda sentirse orgulloso de ser español y que se arranque de cuajo esa parte tan importante de España y del ser español que ha sido la religión católica. Sin regla moral en la que mirarse y sin raíces, España como idea y, sobre todo, como realidad histórica, perecerá. Todas estas líneas de ataque están formadas contra España. Y la ventaja de sus enemigos es que quienes deberían formar la primera línea de defensa no hacen otra cosa que contemporizar y decirse «no se atreverán». Y cuando se atreven, resulta que no hay respuesta por el otro lado.

La izquierda, rabiosa por haber perdido el poder (lo único que realmente les importa), se apresta a hacer la vida a cuadritos al Gobierno legítimo (en tanto que surgido de unas elecciones y por tanto, con legitimidad en origen, cuando menos). Digna reacción de los hijos de… Largo Caballero e Indalecio Prieto.

Guirigay

Permítanme ustedes que hoy les hable de un tema al que llevo dando vueltas hace ya un tiempo. La tertulia es un género periodístico que parece haberse puesto de moda. En todas las cadenas televisivas o radiofónicas hay una tertulia, en la que unos señores, más o menos equilibrados por un moderador, hablan, comentan y opinan sobre un tema que éste propone, generalmente de actualidad. Los comentaristas suelen ser personas que siguen la línea editorial de la cadena, si bien a veces se incorpora a alguien de tendencia contraria para dar la impresión de que es una tertulia plural; de forma que los alineados se dedican a dar leña al mono (o sea, al tertuliano no coincidente con la línea editorial) hasta que acaba hablando inglés. Porque sepan ustedes que tertulias y tertulianos en este país los hay de dos clases: de izquierdas y de derechas. El desolador panorama recuerda a los versos de D. José Joaquín de Mora «Si no eres de Voltaire, eres de Ignacio…»

Sin embargo, ahondando en el hecho tertuliano, en el caso español nace de dos de nuestros pecados capitales, que diría mi admirado D. Fernando Díaz-Plaja. En primer lugar, la Pereza. Para los españoles no hay cosa más placentera que pasar el rato hablando de lo humano, de lo divino y de lo de en medio sentados en una mesa, frente a un café (o a algo más fuerte, si su cuerpo y su presupuesto se lo permiten). No es exactamente productivo, pero engrasa las neuronas y es una forma no demasiado mala de mantenerse mentalmente activo. Y en segundo lugar, la Soberbia. Tal como dice el profesor Díaz-Plaja, será difícil encontrar a un español que lo sea de verdad y que, preguntado por su opinión acerca de cualquier tema, no tenga nada que decir. Con esos dos ingredientes (y a veces, tratándose de nosotros, departir amigablemente significa intercambiar conceptos a grito pelado, gracias a la Ira) nacen las tertulias españolas.

No obstante, llevo observando un tiempo esas tertulias (pongan ustedes la cadena que quieran: el ambiente es muy parecido) y la adrenalina me sube que da gusto. No tanto por el contenido de las expresiones, sino por el guirigay que se forma cuando todos a la vez quieren expresar su opinión. Se cortan, no se respetan los turnos y lo que el espectador percibe es una cacofonía absolutamente ininteligible. Oigan, ¿pero es que a los tertulianos les pagan a un euro la palabra o qué? No sé si ustedes tengan paciencia con estas cosas, pero les aseguro que cuando veo/oigo algo así se me acaba. Parece mentira que hasta en las tertulias que podrían considerarse serias haya calado lo que se podría llamar escuela Iglesias-Sopena.

También es de tomar en consideración el siguiente detalle. No pocas personas que ven/oyen esos debates son personas mayores a las cuales les cuesta seguir el ágil debate (el guirigay con ruido de fondo, queremos decir).

¿La solución? Hoy estoy constructivo, así que propondré una. Frente a tertulianos que no dejan terminar a los demás o que se enrollan innecesariamente, una moderación más estricta no estaría de más. Y en último término, si aquella resulta impracticable, cabría establecer el sistema de los 59 segundos, por turno estricto. En 59 segundos, hablando deprisa, se pueden decir muchas cosas. Y con el sistema de turno estricto, no se molesta al otro contertulio y los sufridos espectadores podemos escuchar el argumento en su integridad. Cierto es que en TVE, donde se probó esa solución, al final resultó que eran «59 segundos, segundo arriba, segundo abajo» según fuera el personaje que acudía al programa. Y tampoco es eso, claro.

De otro modo, si el tema no se arregla, me aplicaré la ácida frase de Groucho Marx sobre la televisión, leeré el Quijote (hace mucho que no lo releo) y dejaré que esos contertulios que no me respetan como espectador se sigan tirando los trastos a la cabeza (pero no ante mis ojos).

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