Cabalgatas marca NOM

Estamos en 1983. El flamante nuevo ministro de Educación, José María Maravall, suelta esa frase lapidaria que desde entonces lleva marcando la educación —tomaron al asalto la Educación batueca y aún no se han bajado de ese cielo—: «Hay que secuestrar el alma de los niños». Desde la LODE parida por Rubalcaba y Marchesi hay que decir que han conseguido ampliamente su objetivo. Vino una LOGSE e incluso, en 2006, aún vino una LOE zapatera. Hoy España es educacionalmente de izquierdas. Han conseguido que incluso los votantes del PP —salvo cuando eran mayoría social— se sientan raros votando a su propio partido, porque esa educación les ha robado esa total independencia emocional.

¿Y en qué se ha traducido esa hegemonía educativa, cultural y educacional? Bien, como era de esperar, tanta hegemonía ha devenido en corrupción, en «vieja política», en «casta». La izquierda y la derecha han borrado sus límites de tal modo que, como diría Orwell,

Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro.

La famosa nueva política no es mejor. Tal y como dice el autor de la entrada anterior, las juventudes de los partidos no aspiran a otra cosa que a suceder a sus mentores en el reparto del pastelazo. No han aprendido a gobernar, ni a poner los intereses «del pueblo» o de «la gente» por delante de los suyos propios o los de su partido. Ah, el Partido. Die Partei hat immer recht. No se discute el Fuhrerprinzip, ya se trate de un partido socialdemócrata (PP) o comunista (Podemos).

Esta ciudadanía obediente que ha intentado crear la vieja política es la que la nueva política saca a la calle para moverla como marionetas conforme a sus intereses. Así, ahora nos encontramos indefensos. Claro que puede usted protestar en las redes sociales: puede ciscarse en el político de turno (cada vez hay más insultadores y menos razonadores en las RRSS) y probablemente, una vez haya usted manifestado su desacuerdo con Fulano o con Mengano, ahí quedará todo.

La nueva política consiste en mantener a ustedes en el redil social. A los políticos nuevos les da igual que protesten ustedes en redes sociales. Al contrario: les encanta, porque así les tienen más controlados. Lo que les preocuparía es que saliesen a la calle, como han demostrado las feminazis contra unas mujeres de VOX. A Carmena y a su troupe anticatólica les preocuparía y mucho que «la gente» organizara una manifestación contra el Ayuntamiento, aunque fuese por la suciedad que en la Villa y Corte campa por sus respetos…


Todo lo anterior explica muchas cosas. La primera, que la famosa Kabalkutre madrileña (pero también de Barcelona, Valencia o Sevilla), no es para nada un hecho inocente. Si fueran «laicistas» como dicen, es posible que no hubiera habido cabalgata; pero manteniéndose en el respeto constitucional a todas las creencias religiosas, tal vez hubieran permitido que se hubiera podido organizar de forma privada. Sin embargo, son anticatólicos porque usando dinero de todos, lo que han hecho es ofender las creencias religiosas de muchos madrileños, barceloneses, valencianos o sevillanos. Entérense, podemitas descerebrados: la cabalgata no es un acto «municipal», sino religioso católico. Y como tal, no se puede obviar su simbología y su relación con Jesucristo. Es, sencillamente, la conmemoración de la adoración del niño Jesús por tres magos, que la tradición piadosa ha convertido en «reyes».

Lo que han hecho Doña Rojelia y sus conmilitones allí donde corresponda es sencillamente burlarse de los católicos. Pero no sólo eso. Han insertado un recuerdo horrible en la memoria de los niños. Les han arrebatado su infancia travistiendo a los «Reyes Magos» en cómicos de la legua y tristes payasos, alguno de los cuales ha dicho incluso «odiar a los Reyes Magos». Es verdad que toda esta mierda (y perdonen el exabrupto) comenzó con las cabalgatas acomplejadas de Gallardón, mal aconsejado probablemente por alguien de la Logia. Primaba el aggiornamento municipal. Pero está claro ahora que estamos sufriendo una escalada de ataques contra la religión… católica. A los demás, especialmente a los moros, no hay que cabrearlos. Y los podemitas no van a cejar.

Ubi sunt?

Preguntaría por los políticos de la oposición municipal, pero es que no he oído crítica alguna a este hecho atroz por parte del estamento político. A los políticos de la hoy oposición sólo les preocupa su trasero, gordo o fino. «No se meten» en materia de religión para no verse llamados «meapilas», «nacionalcatólicos» u otras sandeces semejantes que profieren los anticatólicos a falta de argumento alguno. Hasta los liberales están desaparecidos: se escudan en que «hay libertad» (pero es con ira, señora) y ahí queda todo. Hay más miedo al escrache anticatólico (llamemos a las cosas por su nombre) que a proclamar la verdad.

Preguntaría a la Iglesia dónde estaba. Pero me imagino el plan. Después de la caña que le dieron al obispo Reig Pla por decir unas cuantas verdades —iluso: creería que la libertad de expresión va en ambos sentidos, como creería cualquier persona normal— sobre el colectivo LGTB que a éste no le gustaron, imagino al purpurado de turno:

—Hijo mío, son tiempos difíciles. Hay que rezar mucho y no desesperar. Hemos de practicar la virtud de la misericordia, que para eso el Papa ha declarado este año como de la…

—Entonces, Ilustrísima, ¿no van a protestar ni a ejercer algún tipo de acción legal? —pregunta uno, ya amostazado—.

—No, hijo. Todos buscamos a Dios, aunque sea por caminos extraviados. Hay que comprender a esas pobres ovejas descarriadas. Aparte, estaríamos entrando y saliendo de los Tribunales todos los días, y gastando un dinero que no tenemos y…

Pero uno ya no escucha más. La sensación de desamparo es total. Porque luego resulta que esos purpurados y demás próceres eclesiásticos son los que sacan el hacha contra los divorciados y vueltos a casar. «¡No tienen derecho a comulgar!», declaran enfáticamente, llenos de virtuosa indignación. O a lo mejor sí, como en Alemania; pero sólo si uno paga el correspondiente impuesto religioso. O que luego son tan comprensivos con la homosexualidad dentro de la Iglesia, por motivos no demasiado confesables.

Es verdad que algunos comunicadores y «líderes de opinión» sí han manifestado una opinión contraria a estos ataques: Carlos Herrera, Hermann Tertsch, Federico Jiménez Losantos… Sí hay ciudadanos de a pie que manifiestan su enfado; pero eso a Doña Rojelia y a sus mariachis se la trae al pairo. Saben que no recibirán contestación alguna desde instancias políticas y/o religiosas, que sería lo preocupante. Y es precisamente esa ausencia de reacción lo que «les anima a seguir trabajando en la misma línea con denodado ardor».

No abrigo muchas esperanzas. Sólo espero que alguna vez dejemos de ser «la gente» o «el pueblo», y nos convirtamos en ciudadanos. Pero de los de verdad. No de ésos que te dicen que si eres provida no entras en el club, por feo.

¿Quién teme a Carrillo II?

Capilla «infrautilizada». Ya.

Qué oportuno ha sido, señores, el intento de cierre de la capilla de la Facultad de Geografía e Historia de la Complutense. Toda una alegoría de lo que ocurre en una de las Universidades otrora más señeras de España. Se extrañarán ustedes de que utilice la palabra «oportuno». Pues sí: ha sido oportuno porque aquí se han retratado muchos, tanto por acción como por omisión. Continuar leyendo «¿Quién teme a Carrillo II?»

Fumus Sathanae

Este artículo es complemento de una reflexión leída aquí.

Qué duda cabe que la noticia de la semana (y casi del mes) es la renuncia del Papa Ratzinger. Quizá no debería ser noticia, ni siquiera por el hecho de que muy pocos Papas han usado esta figura para dejarlo, perfectamente enmarcada en los cánones 331 y 332 del Codex Iuris Canonici. Se lo ha afeado el cardenal Dsziwisz, antiguo secretario de Juan Pablo II: según él (opinión no solitaria tampoco), los Papas deben morir ad Crucem en vez de mostrar la «debilidad» de dejarlo cuando no se sienten capaces de llevar las riendas del cargo. Pero para muchos otros, entre los que me cuento, no estar en condiciones vitales de manejar el cargo es una buena razón para dejarlo y en ese sentido opinamos que el Papa ha actuado correctamente.

No obstante y dado el criterio anterior, suponíamos que no se trataba solamente de una renuncia por motivos de salud. Había más. Si ya es complicado gobernar una organización a cuyo cargo están millones de almas, mucho más lo es todavía cuando sus pastores están afilando los cuchillos para utilizarlos no contra el lobo, sino contra los demás pastores. Como dice Mc 14, 27: «Jesús les dijo: «Todos me vais a abandonar, porque así lo dicen las Escrituras: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas«». Suena el rumor de que bajo la cúpula de San Pedro se tejen y destejen complots dentro de complots y que lo que prima entre los purpurados es la soberbia, la ambición y los intereses oscuros.

Como siempre, todo hecho tiene varias perspectivas. La más completa es sin duda la de alguien que esté metido en la Curia, que no podrá decir todo lo que sabe por más que conozca la historia y sus implicaciones de principio a fin. Alguien que sepa, en suma, qué engranajes encajan dentro de otros engranajes, qué trampas existen dentro de qué otras trampas y qué complots se trenzan dentro de qué otros complots. Política vaticana, podríamos decir: más complicada por cuanto hablamos de personas que han dedicado mucho tiempo a meditar, a reflexionar, a estudiarse a sí mismos y a quienes les rodean.

Al nivel de un servidor de ustedes, en todo caso, que es el de un feligrés de a pie, todas esas conspiraciones palaciegas le pillan lejos. Me interesa –y me preocupa– mucho más el hecho de que mientras allá en las alturas están afilando los cuchillos, los enemigos de la Iglesia se han unido y van atacando cada uno en su frente. Y lo hacen, a mi modesto entender, por una ausencia de dirección firme. Falta de firmeza que a su vez nace de la debilidad de la comunicación de la fe. Con lo cual ya entramos en terreno pantanoso: ¿significará esa debilidad la debilidad de la misma fe en quienes han de proclamarla?

Lo que sí veo, al menos hasta donde me alcanza la vista, es que en España no todo el mundo va al mismo paso. Por supuesto, hay firmeza cristiana: hay cristianos que siguen el ejemplo evangélico cuando se ofrecen voluntarios allí donde su parroquia o su diócesis les manden a apostolar; hay sacerdotes entregados en territorios muy complicados, y no pocos de ellos han dado la vida por su fe. Pero hay otros que confunden el púlpito con otra cosa y ya no piensan en servir, sino en ser servidos. Olvidan el mandato evangélico de Mc 9, 35: «Si alguno quiere ser el primero, colóquese en último lugar y hágase servidor de todos». Otros, medrosos, se encierran en su sacristía esperando que escampe el temporal (los ataques anticatólicos, cada vez más agresivos). Por si faltara algo, la grey está confundida. Confusión a la que ayudan esos medios de comunicación que cuando no son exquisitamente neutros se dedican a crear un clima hostil (lluvia fina) contra la Iglesia, magnificando las pifias y ocultando los méritos de la institución. Y dando caña a aquellos que, como el obispo Reig Pla, se atreven a hablar en voz alta contra el discurso políticamente correcto dominante. Ello, frente a una jerarquía que parece querer «tener la fiesta en paz» con los poderes fácticos.

Queda muy claro que el próximo Papa (que espero no sea nombrado por el cardenal Bertone), se ate los machos para la pelea que viene. Porque lo que necesitamos ahora los católicos es prepararnos para combatir. Y necesitamos un Papa que nos acompañe en esa lucha. Los cánticos melifluos al sexo de los ángeles y las discusiones sobre qué color conviene a cada celebración quedaron arrumbados para siempre. Llegará el tiempo en que deberemos examinar en qué bando estamos. Los intrigantes, arribistas, ambiciosos y los que quieren hacer caer a la Iglesia desde dentro, de un lado, y los católicos verdaderos de otro. Parafraseando a Albus Dumbledore, «muy pronto tendrán que elegir entre lo que es correcto y lo que es fácil».

Tenía razón el Papa Pablo VI: «Se ha introducido en la Iglesia el humo de Satanás». Lástima que no llegara a prever los efectos de ello ni la situación actual.

Ubi Caritas

Seguro que muchos de ustedes conocen esa canción, sobre todo si han estado en Taizè y otros movimientos eclesiales de inspiración cristiana, interconfesionales o no. Viene a cuento porque Rubalcaba y sus acólitos han puesto el tema de moda a través de sus terminales mediáticas, blogosféricas y en las redes sociales. Continuar leyendo «Ubi Caritas»

Hora de admitirlo: la Iglesia tenía razón

Original aquí.

Al hilo de los intentos del Presidente Obama de obligar a las instituciones de la Iglesia a pagar esterilizaciones, anticonceptivos y abortos a sus empleados, están corriendo ríos de tinta en los Estados Unidos. Gracias a Dios, los obispos y prácticamente toda la Iglesia en Estados Unidos se están enfrentando sin fisuras a esta imposición inaceptable del gobierno.

Traigo hoy al blog un artículo que me ha parecido espectacular. Teniendo en cuenta que se trata de un periódico económico, el Business Insider, el título del artículo es verdaderamente provocador: «Es hora de admitirlo: La Iglesia siempre ha tenido razón sobre el control de la natalidad». No se lo pierdan, porque merece la pena. Es bueno, breve y sin complejos. Ojalá lo hubiera escrito yo, pero al menos lo he traducido para que lo disfruten mis lectores.

………………………………………………..

Pintar a la Iglesia Católica como «fuera de contacto con el mundo actual» es lo más fácil del mundo, con tanto sombrerito extraño y las iglesias llenas de pan de oro. Y nada lo hace más fácil que la postura de la Iglesia contra los anticonceptivos.

Mucha gente (incluido nuestro editor) se pregunta por qué la Iglesia Católica no abandona simplemente esta norma. Señalan que la mayoría de los católicos la ignoran y que casi todos los que no son católicos consideran que crea división o que está pasada de moda. «¡Venga ya, que estamos en el siglo XXI!», dicen. «¿Es que no VEN que es algo ESTÚPIDO?», gritan.

Hay algo que conviene tener en cuenta, sin embargo: la Iglesia Católica es la mayor organización del mundo y la más antigua. Ha enterrado a todos los grandes imperios conocidos por el hombre, desde los romanos hasta los soviéticos. Cuenta con establecimientos literalmente en todo el mundo y está presente en todos los ámbitos del quehacer humano. Nos ha dado algunos de los más grandes pensadores del mundo, desde San Agustín hasta René Girard. Cuando hace algo, por lo general tiene una buena razón para ello. Todo el mundo tiene derecho a estar en desacuerdo, pero no se trata de un montón de blancos viejos y locos que se quedaron atascados en la Edad Media.

Entonces, ¿qué está pasando?

La Iglesia enseña que el amor, el matrimonio, el sexo y la procreación son cosas que deben ir juntas. Eso es todo. Pero es muy importante. Y aunque la Iglesia lo enseña desde hace 2.000 años, probablemente nunca ha sido tan significativo como hoy en día.

Los mandatos contra el control de la natalidad fueron reafirmados en un documento de 1965 firmado por el Papa Pablo VI, llamado Humanae Vitae. El Papa advertía que se producirían cuatro resultados si se aceptaba el uso generalizado de anticonceptivos:

– Reducción general de los estándares morales

– Un aumento de la infidelidad y la ilegitimidad

– La reducción de las mujeres a objetos utilizados para satisfacer a los hombres

– Coerción por parte de los gobiernos en asuntos reproductivos.

¿Suena familiar?

Porque se parece mucho a lo que ha estado sucediendo en los últimos 40 años.

Como escribió George Akerloff en Slate hace una década: «Al convertir el nacimiento del niño en una elección física de la madre, la revolución sexual ha convertido el matrimonio y el sostenimiento de los niños en una elección social del padre».

En lugar de dos padres que son responsables de los niños que conciben, una expectativa defendida por las normas sociales y por la ley, ahora damos por sentado que ninguno de los padres es necesariamente responsable de sus hijos. Se considera que los hombres cumplen sus obligaciones simplemente mediante el pago por orden judicial de la pensión alimentaria a los hijos. Se trata de una reducción muy drástica de los estándares de la «paternidad».

¿Qué tal nos va en lo demás desde la gran revolución sexual? El matrimonio de Kim Kardashian duró 72 días. Los hijos ilegítimos: en aumento. En 1960, el 5,3% de todos los hijos nacidos en los Estados Unidos fueron de mujeres solteras. En 2010, la cifra había subido a un 40,8%. En 1960, las familias basadas en un matrimonio formaban casi tres cuartas partes de todos los hogares, pero según el censo de 2010 ya sólo representaban el 48 por ciento de los mismos. La cohabitación fuera del matrimonio se ha multiplicado por diez desde 1960.

Y si usted no cree que las mujeres están siendo reducidas a objetos para satisfacer a los hombres, bienvenido a Internet. ¿Cuánto tiempo hace que conoce la Red? En cuanto a la coerción del gobierno: basta mirar a China (o a los Estados Unidos, donde el gobierno ha establecido una norma sobre la cobertura obligatoria de la anticoncepción que es la razón por la que estamos hablando de esto ahora mismo).

¿Todo se debe a la Píldora? Por supuesto que no. Pero la idea de que una disponibilidad general de la anticoncepción no ha dado lugar a un cambio social dramático, o que este cambio ha sido exclusivamente para bien, es una noción mucho más absurda que cualquier cosa que enseña la Iglesia Católica.

También lo es la idea de que es OBVIAMENTE ESTÚPIDO recibir indicaciones morales de una fe venerable (¿En lugar de recibirlas de quién? ¿De Britney Spears?).

Pasemos a otro aspecto de este tema. La razón por la que nuestro editor piensa que los católicos no deberían ser fructíferos y multiplicarse tampoco se sostiene. La población del mundo, escribe, está en un camino «insostenible» de crecimiento.

La Oficina de Población del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas considera que la tasa de crecimiento de la población disminuirá en las próximas décadas y se estabilizará alrededor de los nueve mil millones en 2050… y se quedará ahí hasta el 2300 (y tengamos en cuenta que las Naciones Unidas, que promueven el control de la natalidad y los abortos en todo el mundo, no son precisamente partidarias del dad-fruto-y-multiplicaos).

En términos más generales, la visión maltusiana del crecimiento ha persistido, a pesar de haberse probado una y otra vez que estaba equivocada y que había causando gran cantidad de sufrimientos humanos innecesarios. Por ejemplo, China se encamina hacia una crisis demográfica y hacia la dislocación social debido a su equivocada política del hijo único.

El progreso humano es la gente. Todo lo que hace la vida mejor, desde la democracia a la economía, pasando por Internet y la penicilina, fue descubierto o creado por la gente. Más gente significa más progreso. El inventor de la cura para el cáncer podría ser el cuarto hijo que alguien decidió no tener.

Finalmente, para resumir:

– Es una buena idea que las personas den fruto y se multipliquen.

– Independientemente de lo que le parezca la postura de la Iglesia sobre el control de la natalidad, es una postura que ha demostrado ser profética.

Michael Brendan Dougherty y Pascal-Emmanuel Gobry.

Ah, ¿y no eran malos?

Me imagino que a esta señoritinga de pan pringao nadie le va a decir nada. La Iglesia, por aquello de mantener la paz social, se callará. En realidad, y bien que lo lamenta un servidor de ustedes, hace otra cosa: renunciar a su auctoritas moral batiéndose en retirada social ante la agresividad de la caverna anticlerical, tanto de la troglodita sin tapujos como de la que se hace pasar por «moderada».

La pesoe ha decidido ya que el enemigo a batir es «la Iglesia» y por eso salen los pedorros y pedorras de turno profiriendo estos insultos. Que, por otro lado, bien le van a Rajoy, para que no prestemos demasiada atención a sus reformas (ya hay quien dice que no son todo lo valientes que debieran ser).

Y mientras tanto, los fieles van dejando de ir a la iglesia, al ver que sus pastores callan (por prudencia mal entendida), contemporizan con el socialismo y el progresismo (la malhadada Ostpolitik y restos de la teología marxista de la liberación) o abrazan sin tapujos la religión política nacionalista, moralmente menos exigente y políticamente más rentable (para ellos, no para la Iglesia).

Nadie va a decir nada a esta señorita. Y eso, a pesar de que lo que esa piedra recuerda es verdad. Claro que según cuenta la noticia, se apresuró a borrar cobardemente la primera frase, porque alguien le diría que eso es un delito tipificado en el art. 525.2 del Código Penal. Pero la Iglesia callará, cansada, aun tratándose de sus muertos. «Paz social» sí; ¿pero a cualquier precio?

Luego se enfadan porque un señor como Salvador Sostres (con quien no comparto ideario, pero cuando tiene razón se la doy, faltaría más) les pone las peras a cuarto y dice que «para hacer feliz a un socialista, dale un convento que quemar». ¿Les traiciona el subconsciente? ¿Cómo se puede estar en 2012 con la mentalidad de 1936? ¿Será que entienden que la única posibilidad de que saquen tajada es revolviendo el río? No lo sé. Pero cada vez veo más claro que quieren destapar a toda costa la caja de los truenos, los que nos llevaron al campo en 1936. ¿O será, por otro lado, que apoyándose en Heinrich Kissinger (sí, está bien escrito: judío alemán emigrado a los USA) en alguna tenida construyeron el siguiente silogismo?:

  1. España, cuando es poderosa, es peligrosa (Kissinger).
  2. España es un país donde la Iglesia tiene poder.
  3. Para impedir que España progrese, hay que eliminar a la Iglesia.

Pero que no se preocupe la sectaria e ignorante Martu Garrote. Nadie le va a hacer nada. Pero sí: fueron malos. Muy malos. 8.000 religiosos, entre torturados, violados y asesinados, son testigos de ello.

Esto no es noticia

Esta impresionante foto, que han llegado incluso a censurar en Facebook (algún conocido tuvo problemas por postearla) no aparecerá en primera página de ningún periódico. Ni se comentará en las tertulias televisivas o radiofónicas, más atentas a otros asuntos. Pocas voces se alzarán para denunciar esta masacre. Los bienpensantes y los administradores de la corrección política mirarán pudorosamente para otro lado.

Algún descerebrado dirá: «Bueno, sólo son negros. ¿Y qué?». Bueno, sí. Son negros. Y están negros también. Lo segundo es porque los han quemado. A alguien se le ocurrió hacer una masacre con esta pobre gente. ¿Razón? Grandísimo pecado: eran cristianos. No me cuesta imaginar quiénes hayan podido ser las malas bestias que han ordenado semejante acto, teniendo en cuenta el imparable avance del Islam en África y sobre todo en Nigeria («tierra de negros»). Ese Islam que al parecer preocupa poco o nada en Europa, pero que ya está aporreando las puertas de nuestras casas (está claro que las de los políticos no).

Pero como decía, los bienpensantes, los administradores del consenso y de la corrección política, los vociferantes contra la Iglesia (el Papa sí ha protestado, «¿pero quién hace caso al Papa»?) y muchos lacios que van de librepensadores (cuando en realidad están presos de su prejuicio anticatólico) no tienen nada que decir. Eran cristianos. Para esa gentuza, ese dato excluye a estos asesinados de la piedad oficial.

A ninguno de estos políticos de carne de burro y flujo de garañones (Ez 23, 1-49) que padecemos a nivel europeo parece preocuparles. Pero el castigo por su desidia (o su codicia, que también) será para todos.

Una comida diferente

Por su interés reproducimos este artículo aparecido en ABC Sevilla, de 8/11/2010. En principio no es apto para perroflautas y otras hierbas; pero consideramos que no les haría ningún daño leerlo.

Continuar leyendo «Una comida diferente»

Descensus ad inferos

Podría haberlo titulado Reise nach Nibelheim, para que los lacios (que no «laicos», porque laicos en realidad somos todos los que no somos sacerdotes ni hemos profesado en religión) y otras especies anticatólicas no se cabrearan, pero hoy hace un calor brutal y no me apetece andarme con muchos rodeos.

Viene a cuento la entrada de hoy de la idea de algunos de que «la Iglesia no puede ocupar la calle». Salen los consabidos propagandistas de ya saben ustedes dónde diciendo que como «la calle es de todos, nadie puede quedársela». Argumento que ya oímos cuando el PP-auténtico se manifestaba sin complejos por la calle y era seguido por muchas personas portando banderas españolas constitucionales (remarco esto último por si a algún perroflauta se le ocurre llamarme franquista) y terminando siempre con el himno nacional oficial (ídem). Vean ustedes que confundir el uso con la apropiación es un argumento muy propio de los perroflautas (de paso, sin que a ellos les parezca mal apropiarse de la Historia común para reescribirla a modo).

Retomo el tema. Según estos perroflautas, decíamos, «la Iglesia no puede ocupar la calle». Pero lo que están diciendo es «Hay que restar visibilidad a la Iglesia». Y en la línea, argumentan que «la fe es un asunto privado y hay que dejarlo en casa», para justificar en un momento posterior el cierre o «demolición» (los más radicales) de los templos católicos. Poco importa que se trate de Patrimonio Histórico Español y, que dentro de ese conjunto, algunos templos (Sagrada Familia) sean Patrimonio de la Humanidad. Dignos herederos del camarada Mik Bronstein:

«Un comisario ruso, Mik Bronstein, quería volar el templo del Tibidabo y la Sagrada Familia, de Gaudí. A su entender eran el símbolo del alma de los catalanes, contra el cual había que luchar».

(José Mª Gironella, Los hombres lloran solos)

En ese sentido han ido leyes como la de Centros de Culto de la Generalitat (patrocinada por el masón Dalai Carod) y quieren ir otros proyectos de ley como el de la nueva «Ley Orgánica de Libertad Religiosa» (patrocinada por el también masón Caamaño), la cual, según el consagrado eufemismo socialista, protege la libertad religiosa cercenándola. Esperemos que se obre el milagro y ese proyecto de ley no se apruebe. En caso contrario, pasaríamos a una segunda fase.

Fase en la que, además de desaparecer la religión católica de un espacio que pertenece a todos (a ésta también), posiblemente se pondrían trabas a quienes no se avergonzaran de ser católicos a pesar de las limitaciones. Trabas, limitaciones, dificultades… como ya ocurre en los países árabes, en donde además, según en qué partes (partibus infidelium, desde luego), a uno le matan por no profesar la religión oficial (o por irse de ella).

Deslizándonos por esa pendiente volveremos a las dantescas imágenes de la última persecución religiosa ocurrida durante la guerra incivil, que «entregó a la muerte el hermano al hermano, y el padre al hijo: y se levantaron los hijos contra los padres, y los mataron» (parafraseando a Mc 13,12). Que ya se ven en países como Egipto o Pakistán, o incluso la India.

Todo esto se está fraguando muy lentamente. De los porqués ya hemos hablado en una entrada anterior. Si no hacemos nada, llegará el tiempo. Y entonces, como dice Albus Dumbledore, pronto tendremos que escoger entre lo fácil y lo correcto. Y quedarán los que verdaderamente sienten su fe. Los otros, los que rechazan la exigencia moral que conlleva ser católico y prefieren el hedonismo, o que antes eran católicos porque eso ayudaba a progresar, habrán desaparecido.

Aquí me tienen: yo también soy católico


 (original aquí)

En enero de 2009, tras varias agresiones antisemitas en Barcelona, publiqué aquí una entrada titulada «Que vengan a por mí: yo también soy judío». Entonces dije que soy cristiano católico, pero si lo que buscan los antisemitas es un judío al que atacar, entonces yo me siento como un judío más. Ahora quienes han sido víctimas del odio y del fanatismo son los jóvenes católicos que han ido a Madrid a la Jornada Mundial de la Juventud. El lugar de los antisemitas lo ocupan ahora los cristianófobos que disfrazan sus prejuicios con falsas apelaciones a la laicidad. Si hace dos años el motivo para ser agredido era lucir una kipá o una Estrella de David, ahora lo es portar un crucifijo o una camiseta de la JMJ.

Existe, eso sí, una coincidencia entre las citadas agresiones a los judíos y la violencia desatada contra los católicos por una minoría radical estos días en Madrid. Entonces un dirigente socialista negó los ataques, y otro dirigente socialista llegó a abroncar al Embajador de Israel por denunciar la violencia antisemita. Parece que cierta izquierda siente una especial cercanía hacia quienes agreden a los que mantenemos vivas las raíces judeo-cristianas de la cultura occidental, porque ahora otros dirigentes socialistas han llegado a la infamia de acusar a los católicos agredidos de provocar a sus agresores (usando así el viejo y detestable argumento de la mujer violada que provoca al violador). Frente a esa perversa tendencia del partido en el poder a dar cancha a los mensajeros del odio, la actitud de los jóvenes cristianos ha sido admirable. A las infamias y agresiones han respondido con entereza y templanza, sin dejarse envenenar por el odio y la ira de los cristianófobos.

Frente a esos fanáticos violentos e igual que hace dos años me pronuncié en defensa de nuestros hermanos judíos, hoy sólo tengo que manifestarme como lo que realmente soy. Frente a los que van buscando gente con crucifijos a la que agredir sólo me cabe decir que aquí estoy: yo también soy católico. Yo lo soy, pero no hace falta serlo para expresar un sentimiento de solidaridad con los jóvenes peregrinos -algunos de ellos menores de edad- que han sido acosados y atacados por los intolerantes. Ante esa persecución, que no esperen de mí la otra mejilla: a los violentos hay que plantarles cara y hacerles frente entre todos, amparando a sus víctimas. No podemos permitir que una minoría de extremistas se haga dueña de la calle ni que secuestre nuestras libertades a su antojo.

Comentario nuestro. Como dijo Quevedo hace ya muchos años, donde no hay justicia es peligroso tener razón. Por lo que a nosotros respecta y mientras no se demuestre lo contrario, estos energúmenos que atacaron a los peregrinos no están preparados para vivir en democracia. Pero no sólo ellos tienen la culpa. La tienen sus padres, que no han vigilado (y en más de un caso, alentado). La tienen esos partidos de izquierda que, para dominar el futuro, corrompen moralmente a la juventud y la echan literalmente en brazos del caos. Lo que nos va a costar enderezar el rumbo, pues la perversión de una nación comienza por la perversión moral de la juventud…

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