Falsos paradigmas del postfranquismo

Por su interés, reproducimos este artículo de D. Emilio Lamo de Espinosa, aparecido hoy 2 de octubre en ABC (citado aquí):

La asimetría de nuestra cultura política llega a ser dramática: mis alumnos en la Universidad no olvidan el Holocausto y Hitler, pero ignoran por completo el Gulag y Stalin.

Sospecho que nos encontramos en un punto de inflexión de la cultura democrática española marcada por la doble hegemonía nacionalista y de izquierdas, que se impone desde la muerte del general Franco. Una hegemonía inevitable. Franco era un apestado político y la democracia encontró parte de su identidad en el antifranquismo, cortando con el pasado. Inevitable e incluso bueno, aunque sin exagerar; no vamos a rechazar el principio de Arquímedes porque los ministros franquistas de obras públicas lo hacían suyo. Pero la consecuencia de ese antifranquismo casi «constituyente» es que todo aquello que tuvo contacto o relación positiva con el anterior régimen aparecía lastrado por esa hipoteca, y viceversa, por supuesto, lo que tuvo (o pudo tener, u hoy se dice que tuvo, aunque sea falso) relación negativa ha gozado de un plus de legitimidad frecuentemente inmerecido. Hay así una suerte de asimetría básica que angeliza a unos y demoniza a otros, y que se manifiesta en los dos ejes en que se articula la vida política española: el eje izquierda-derecha y el nacionalista-constitucionalista.

Veamos el primero. Como sabemos, la autoubicación ideológica de los españoles está claramente sesgada a la izquierda, dato que no por conocido es evidente, ni mucho menos. Por ejemplo, España resulta ser el tercer país más a la izquierda de 19 países europeos estudiados recientemente, más que los social-democráticos países nórdicos e incluso que conocidos izquierdistas como Francia. Incluso América Latina está a nuestra derecha.

Bueno, si los españoles quieren ser de izquierdas, pues que lo sean, faltaría más. Pero son datos tan estables, tan inmutables, que cabe sospechar que no estamos ante una variable, sino ante un parámetro casi inmune a la experiencia. Los españoles «son» de izquierdas antes de decidir a quién votan o de valorar políticas o programas. Es más, son de izquierdas incluso cuando votan a la derecha (que es lo que va a ocurrir: ¿quiere usted votar a la derecha con su voto en contra?). Ello ha otorgado una suerte de hegemonía a la izquierda, que se siente moralmente superior hasta el punto de creer que la democracia es suya y la derecha («fascista», por supuesto) debe ser vigilada detrás de un «cordón sanitario». Cosa curiosa, pues en España no hay casi extrema derecha y sí bastante extrema izquierda. Veamos lo que escribe nada menos que un padre de la Constitución: «No hicimos los socialistas ni la Transición ni la Constitución con el Rey, con Adolfo Suárez y su UCD, con los nacionalistas más integradores, para facilitar el acceso al Gobierno a los antiguos franquistas, a los sectores más conservadores y reaccionarios de la sociedad». Es decir: o gano yo o rompo la baraja. Bueno, nada nuevo: ya ocurrió en 1934.

Y así aparecen teñidos de franquismo no ya la bandera, el castellano o la patria, incluso los toros y la mantilla, los curas, los pantanos y la política hidráulica, a veces incluso la contabilidad y el mismo principio de realidad. Por poner algunos ejemplos, la igualdad ante la ley y la centralización administrativa, que fue siempre jacobina y de izquierdas, hoy es franquista, mientras que la descentralización y la desigualdad jurídica (incluso bordeando el privilegio medieval), escondidas tras el discurso fuerista de la «diversidad», resultan ser, ¡vaya sorpresa!, progresistas y de izquierdas. La derecha era nacionalista, y la izquierda (hay que recordarlo, se nos ha olvidado), antinacionalista e internacionalista (se hablaba de «internacionalismo proletario»), pero hoy los términos parecen cambiados y resulta que lo progresista es el nacionalismo (de unos, claro, no el de los otros) e incluso el localismo. Y qué decir de las dictaduras de izquierdas (Castro, Chávez, incluso Ahmadineyad y por supuesto Gadafi) tratadas con simpatía o al menos con realismo político, o de los golpes de Estado que si son de derecha (como en Honduras) dan lugar a reacciones fulgurantes y llamadas a consulta de embajadores, pero si son de (supuesta) izquierda (en Irán, con asesinatos de jóvenes estudiantes) son meros «asuntos internos» (Moratinos dixit). La asimetría de nuestra cultura política llega a ser dramática: mis alumnos en la Universidad no olvidan el Holocausto y Hitler, pero ignoran por completo el Gulag y Stalin.

Asimetría que se extiende todavía más sobre el otro eje de la política española, donde el nacionalismo goza de una hegemonía muy superior a su apoyo real. La exhibición de banderas nacionalistas es un acto de libertad que se contempla con emoción, pero la de banderas españolas es irritante; sus himnos se escuchan con respeto, el de España con rechifla; promover el nacionalismo catalán desde su autogobierno utilizando la educación o los medios de comunicación, cuando no la más burda propaganda (es decir, conquistar la hegemonía), es «hacer país»; pero una similar articulación de España desde el Estado español sería una exhibición de «franquismo»; promover el uso de sus lenguas es bueno y natural, incluso si se hace a costa de otras lenguas habladas por la mayoría de la población, y, por supuesto, nadie se ha atrevido siquiera a proponer un referéndum sobre la inmersión lingüística (probablemente lo perderían). La asimetría es tal que hace años que el problema no es el lugar de Cataluña o el País Vasco en España, bien resuelto, sino el lugar de España, y en general de lo español, en esas Comunidades. Y frente a una ciudadanía que se siente española y catalana al tiempo y vive esa doble identidad con total naturalidad, los nacionalistas tratan por todos los medios de cercenar una a costa de la otra.

Ten cuidado con tus enemigos, pues acabarás pareciéndote a ellos. Y así, nada más parecido al viejo nacionalismo españolista que estos nuevos nacionalismos (y nada más franquista, por cierto, que la violencia de ETA misma): si aquel se empeñó en construir una Nación homogénea desde el Estado, si tachaba al «enemigo» de antipatriota (la «anti-España»), si imponía una lengua a costa de la otra, ¿no hacen ahora lo mismo? Nada más «viejo régimen» que ese editorial unánime de los periódicos catalanes, apoyado/impulsado por el gobierno que los financia, reiterado por todas las asociaciones, grupos, comités, colegios, universidades, ONG, bandas de música y grupos de montañeros, hasta silenciar por completo a quienes piensan de otro modo.

Ese es el sentido de leyes como la de la llamada «memoria histórica». Pues no se trataba de solucionar un problema que sigue vivo (los enterramientos clandestinos), no; se trata de reavivar el antifranquismo, contra el que se vive mejor. Y una vez más, para terminar pareciéndose al enemigo reproduciendo sus mismos errores sobre la guerra: unos eran «buenos» y otros «malos»; un lado atentó contra la legalidad, el otro salvó la legalidad que quedaba; un lado hizo una revuelta violenta, el otro trataba de mantener el orden; unos buscaban la paz, los otros la guerra. De nuevo el mismo discurso, los mismos argumentos, aunque invertidos en un espejo. Y cuando creíamos que la Transición se había hecho contra la guerra (es decir, contra el franquismo y contra el antifranquismo), hete aquí que se trata de reavivarla, no de apaciguarla. Antifranquistas de poca memoria que pueden decir con serenidad, por ejemplo, que el «orden público» está por encima de las leyes y la Policía no está para crear conflictos, algo así como «la calle es mía», pero en fino. Efectivamente, el franquismo nunca se ha ido del todo y lo encontramos en los lugares más insospechados. Puede que la verdadera segunda Transición sea ésta: pasar desde una democracia antifranquista que ve el mundo por el espejo del retrovisor a una democracia a secas que mira de frente al futuro. Y vaya si hace falta mirar el futuro.

Pero el derrumbe del Partido Socialista Obrero Español está siendo dramático. Desde luego, porque coincide con una grave crisis económica que no ha sabido gestionar y que profundiza la desconfianza política, pero sobre todo porque las piruetas ideológicas del PSOE, que no es ya ni español, ni obrero ni socialista, sino solo (y sobre todo) partido, han sido caladas por el electorado. Ganó poder a costa de los principios y ahora se va a quedar sin principios y sin poder. Sospecho que no estamos ante un simple cambio de mayoría de gobierno; estamos ante un fin de ciclo.


 

Estocada (a la) Monumental

Bien, pues los nacionalistas ya han conseguido un objetivo más. Con la pasividad de un Gobierno enemigo de España (no el Gobierno de España que aparece pomposamente en la propaganda oficial). Ellos, pasito a pasito, van borrando el rastro de todo lo que en Cataluña nos identifica como parte de España. Primero fue el toro de Osborne (supongo que porque no estaba rotulado almenys en català); ahora ya, por fin, los toros de verdad, los de capote, puya, banderilla y estoque. Continuar leyendo «Estocada (a la) Monumental»

¿Socialismo o franquismo?


Original aquí.

Democracia es mucho más que introducir un voto en una urna cada cuatro años. Democracia es que el Estado sea una institución al servicio de la ciudadanía y no un instrumento de la oligarquía financiera o política.

Ahora padecemos un poder ejecutivo-legislativo que penetra y se compenetra con el Estado desbordando lo que debería ser la neutralidad de la institución tanto nacional como autonómica o municipal. Así ese Estado hoy está ocupado por centenares de miles de colocados o «enchufados», convirtiendo en irrisorio el exigido y exigible profesionalismo del funcionariado. El mejor camino para oficiar en la Administración pasa por los partidos políticos, no por las oposiciones.

En los años setenta Alfonso Guerra afirmó con desparpajo digno de mejor causa (o cínica premonición) «Montesquieu ha muerto». He de reconocer que me sonó a boutade… pero los hechos lo han dejado corto.

Ocupado el Estado, el poder judicial, ¡no digamos el Tribunal Constitucional!, se conforma mediante reparto de los puestos clave entre los partidos mayoritarios. Es habitual el bochornoso escándalo de la literal predictibilidad en su resultado y en sus votos de las resoluciones judiciales más trascendentes. Y como siempre hay un plus ultra. Nos encontramos, ¡colmo absoluto!, con la ministra Chacón y el ex vicepresidente y candidato Rubalcaba clamando sin enrojecer de vergüenza contra los Tribunales que se atreven (¡máximo «crimen democrático»!) a dictar sentencias contrarias a «la voluntad popular». Me deja atónito que quienes ejercen (o ejercieron) altos cargos en el Estado olviden (si alguna vez lo supieron) que los Tribunales sólo están sometidos a la ley, no a los diputados o al Gobierno… como ocurre en regímenes totalitarios o bananeros. Entristece contemplar el grado de degradación moral al que nos ha llevado el zapaterismo: la nación hundida, el partido socialista laminado y la ética (y la estética) escarnecida. La izquierda y la democracia son otra cosa.

Tal vez no estaría de más recordar al señor Nart que en el ámbito de la izquierda cuanto más «pura» ha sido ésta menos democracia ha habido. Pero salvo ese punto, lo demás queda suscrito con todas sus letras.

Una comida diferente

Por su interés reproducimos este artículo aparecido en ABC Sevilla, de 8/11/2010. En principio no es apto para perroflautas y otras hierbas; pero consideramos que no les haría ningún daño leerlo.

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Mi lugar, mi pequeño sueño

Ya saben ustedes que en esta casa, a pesar de que los últimos tiempos son muy moviditos y casi no queda espacio para hablar de otra cosa que no sea de política, rompemos a veces el curso normal de los acontecimientos para introducir alguna variación, algún desvío en esa highway to hell que parece ser la vida pública española.

Es el caso, pues, que quiero traerles a colación la última lectura de la que hemos dado cuenta, tomando buena nota del aforismo de Groucho Marx («Nunca agradeceré lo bastante a la televisión lo que ésta ha hecho por mi cultura: la cierro y me pongo a leer»). En esta ocasión el libro se titula Mi lugar, mi pequeño sueño, de don Luis Anguita Juega, editado por el sello Nostrum. Y como le prometí al autor un breve comentario (o mejor dicho, «comentario en breve»), allá vamos.

El fondo

La novela comienza in medias res, presentando a uno de los protagonistas en la peor (por lo menos en nuestra opinión) en que un personaje se puede encontrar: postrado en la cama de un hospital, en estado de coma tras sufrir un atropello. La línea argumental va desgranando sus idas y venidas coast-to-coast entre Cataluña y Galicia, cómo va encontrándose en el camino a personas que adquirirán una relevancia fundamental en su vida y, sobre todo, cómo aquellas personas que parecían un sueño inalcanzable van acercándose progresivamente.

Lo interesante de la novela, a nuestro entender, es que el autor habla a través de dos personajes, no de uno. No solamente nos cuenta lo que piensa y siente uno de ellos, sino que también nos habla de las peripecias, pensamientos y emociones del otro. Y a través de estos dos personajes se van añadiendo capas (y páginas) a la historia, que verdaderamente ha de entenderse conseguida, pues debo confesar a ustedes que una vez empecé a leer no fui capaz de soltarlo hasta enterarme de cómo terminaba la novela.

Más allá de lo puramente novelístico, la novela también habla de verdades (no sé si llamarlas «eternas» en este mundo relativista en el que estamos inmersos), de las cuales la que quizá sea más evidente se halla escrita en las primeras líneas de la dedicatoria:

«A lo largo de tu vida te vas a encontrar con objetivos que pueden ser muy difíciles de superar. Si sólo te fijas en el camino que te queda por recorrer y la multitud de puentes que hay que cruzar para alcanzarlos, seguramente te venza el desánimo; pero si mantienes la confianza en ti mismo, el compromiso en lo que quieres, la constancia en tu lucha diaria y el coraje para cuando comiencen las dificultades, seguramente podrás conseguir que se cumpla tu sueño».

También nos gustaría destacar el hecho de que el autor apela a principios morales. Sobre todo cuando el protagonista principal va a cambiar de rumbo en su vida. Cuestiones que éste nunca se había planteado seriamente emergen en un momento determinado de la novela y provocarán un cambio fundamental en la misma.

En resumen, una novela optimista, que nos muestra cómo prácticamente todos los personajes consiguen esas «tres cosas que hay en la vida» porque nunca se olvidan de su objetivo, porque ponen el empeño necesario y porque en su caminar se encuentran con las personas adecuadas. En ese punto, incluso los que en un primer momento parecen haber equivocado la elección corrigen el rumbo o la vida les presenta una segunda oportunidad.

Y una novela que gusta porque en todo momento hay la posibilidad de identificarse con alguno de los personajes en las situaciones que esté viviendo en ese momento. Desde ambas perspectivas cabe recomendar la novela total y absolutamente.

La forma y estilo

En este apartado no hay gran cosa que señalar. Hay, sí, un par de puntos que nos gustaría remarcar. El primero de ellos es que nos hemos encontrado con una falta de ortografía (p. 104: «Hay Andresillo, para eso hay que ser madre»). No hemos observado que haya ninguna más; en todo caso, como se suele decir, «dedúzcase el tanto de culpa a quien corresponda».

El segundo de los puntos que citábamos es harto resbaloso, pues se trata de la puntuación. Y decimos resbaloso porque aquí nos encontramos con un problema: ¿dónde termina la «licencia de estilo»? No es, ni mucho menos, un problema de esta novela. Lo pueden encontrar ustedes en los periódicos, en las revistas… Lo que entendemos aquí que se produce es una especie de confusión entre agilidad y prisa. Confusión muy de nuestra época, por dos motivos: primero, la vida parece que está sometida a breves plazos (señaladamente los plazos judiciales, como el autor sabrá bien); por ello, parece también que no hay que entretenerse en detalles. Segundo, parece que para que una novela se venda es necesaria esa sensación de velocidad, algo así como de que «no cuesta leerla porque se lee rapidito». Pero este segundo motivo no tiene que ver con el autor, sino con las editoriales. No quiero imaginar los problemas que hubiese tenido Cervantes si hubiese querido colocar hoy su obra maestra en alguna editorial mayor.

La aludida confusión, con las connotaciones mencionadas, provoca que el autor abuse de la coma («la coma que sirve para todo») o que a veces incluso prescinda de ella (p. 105: «María que me vas a preocupar de verdad»; p. 217: «¿Xavier me permites una pregunta?»). En alguna ocasión también prescinde de signos de interrogación; si bien, como decimos, son detalles que se ven también en la prensa, marcada –en estos tiempos más– por la inmediatez y la velocidad. No hay tiempo para dedicarse, como el antiguo artesano, a pulir esos pequeños detalles.

En resumen: mi valoración de la novela es muy positiva y recomiendo su lectura. Es fácil que otros vean como un defecto el «exceso de moralina»; pero particularmente a mí me parece correcto que se recuerden estas cosas, en esta época en que a veces hay que recordar lo obvio. Espero no haber revelado mucho de la novela y espero también que si ustedes deciden adquirirla, la disfruten como se merece.

Un resumen

Quizá algunos de ustedes no compartan mi análisis; pero como hace días que no escribo en el blog, quisiera dejarles lo que se podría considerar un intento de resumen de lo que han sido estos 7 años y medio con ZP de okupante de la Moncloa.

Que lo disfruten con salud (más, teniendo en cuenta que a ZP le quedan menos de 70 días):

Reforma consumada (y III)

Termino esta serie de entradas con la traca final, que es, valga la redundancia, de traca:

Disposición adicional única.

1. La Ley Orgánica prevista en el artículo 135 de la Constitución Española deberá estar aprobada antes de 30 de junio de 2012.

2. Dicha ley contemplará los mecanismos que permitan el cumplimiento del límite de deuda a que se refiere el artículo 135.3.

3. Los límites de déficit estructural establecidos en el 135.2 de la Constitución Española entrarán en vigor a partir de 2020.

Ésta sí que es buena. Como decía el otro, «a largo plazo, todos muertos». En 2020 no sabemos si se habrán cumplido las profecías majas sobre 2012 y nos habremos ido a tomar viento. En caso de que no haya sido así, no sabemos si todavía existirá España. De existir, no sabemos si existirá tal como la conocemos o la habrán convertido en un Estado islámico. Si no es así, no sabemos si estará al frente el PP o el PSOE. Caso de ser el PP, lo más probable es que Rajoy acabe hasta las narices y se vea desplazado por la ambiciosa baronesa (De) Cospedal. Del PSOE posiblemente haya que olvidarse durante 4 años por lo menos, metidos como estarán en navajazos y travesías del desierto. Con suerte, puede que C’s haya crecido lo bastante como para ser interlocutor a nivel nacional.

Quiero decir con todo esto que fiar el cumplimiento de estas previsiones normativas al plazo de 8 años (dos legislaturas, plazo habitual para el PP y más que lo que tuvo el pobre Gil-Robles) es, como poco, aleatorio. Lo mismo daría escudriñar las estrellas a ver qué nos depara el futuro. Puede que algún día les hable de eso.

Reforma consumada (II)

Siguiendo la exposición anterior, tomemos el apartado 3 de la nueva redacción del art. 135 CE:

3. El Estado y las Comunidades Autónomas habrán de estar autorizados por Ley para emitir deuda pública o contraer crédito.

Los créditos para satisfacer los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta. Estos créditos no podrán ser objeto de enmienda o modificación, mientras se ajusten a las condiciones de la Ley de emisión.

El volumen de deuda pública del conjunto de las Administraciones Públicas en relación al producto interior bruto del Estado no podrá superar el valor de referencia establecido en el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea.

La redacción es profusa e intenta no dejar cabos sueltos al albur de políticos manirrotos. Sin embargo, hecha la ley, hecha la trampa. En un sistema político como el nuestro, en que no hay verdadera separación de poderes (el Gobierno puede llegar a imponer a las Cortes sus proyectos de ley y decretos leyes con una mayoría suficiente, no necesariamente absoluta, y mete las narices en el Poder Judicial todo lo que quiere), la autorización por Ley no es problema.

Es de imaginar que algunas instancias intentarán retorcer esta redacción para que diga lo que éstas quieran en vez de lo que dice. Pero lo tienen muy crudo, a no ser que tiren por la calle de en medio e incumplan directamente el precepto. Nuevamente, la referencia son los valores establecidos por la UE vía Tratado. Y el precepto insiste machaconamente en el conjunto de todas las Administraciones. Es decir, que se aplica un criterio que apareció con el SEC-95: los Estados, cualquiera que sea su forma política, se tratan como unidades, de forma que las Administraciones regionales o locales quedan automáticamente incluidas en el conjunto.

En cuanto a la prioridad en el pago… bueno. Bien está que recordemos el número de proveedores de la Administración que se han quedado con un palmo de narices porque la Administración no ha pagado, ya sea porque no tenía, o porque no tenía ganas de pagar. Quizá con la Administración haya que usar el método Adela, dado que no es buena pagadora (el retraso en los pagos no ayuda al buen funcionamiento de las empresas).

4. Los límites de déficit estructural y de volumen de deuda pública sólo podrán superarse en caso de catástrofes naturales, recesión económica o situaciones de emergencia extraordinaria que escapen al control del Estado y perjudiquen considerablemente la situación financiera o la sostenibilidad económica o social del Estado, apreciadas por la mayoría absoluta de los miembros del Congreso de los Diputados.

Nada que objetar a ello, si es aplicado con sentido común. Claro que dejar al albur del político o de la casta en este caso, determinar qué sea una «situación de emergencia extraordinaria que escape al control del Estado» es complicado. En sus términos, debería ser algo así como el hundimiento de la Atlántida; porque si lo referimos, un suponer, a los casos de la colza o de la rotura de la presa de Tous, va a ser que no será necesario poner en marcha este mecanismo. Bastará con ir dando largas a los damnificados y que vayan falleciendo (solución equivalente al problema de la Sanidad catalana), de forma que la cantidad a pagar vaya reduciéndose con los años. La coletilla se corresponde con el espíritu de la Ley Orgánica 4/1981, de los Estados de Alarma, Excepción y Sitio.

5. Una Ley Orgánica desarrollará los principios a que se refiere este artículo, así como la participación, en los procedimientos respectivos, de los órganos de coordinación institucional entre las Administraciones Públicas en materia de política fiscal y financiera. En todo caso, regulará:

a) La distribución de los límites de déficit y de deuda entre las distintas Administraciones Públicas, los supuestos excepcionales de superación de los mismos y la forma y plazo de corrección de las desviaciones que sobre uno y otro pudieran producirse.

b) La metodología y el procedimiento para el cálculo del déficit estructural.

c) La responsabilidad de cada Administración Pública en caso de incumplimiento de los objetivos de estabilidad presupuestaria.

Huy, huy… por aquí no vamos bien. De entrada, nueva remisión a la Ley Orgánica, que además regulará la participación de las CC.AA. en la organización de la reparación del desastre. Cabe imaginar que los representantes catalán y vasco, a quienes se les habrá acabado el chollo de la amenaza y el chantaje, practicarán la política de silla vacía. O forzarán las cosas para seguir llevándose la parte del león en lo poquito. Sabiendo como sabemos que han sido «leales a España» en función de su propio interés, esto es lo que cabe temer de ellos.

El punto importante es, con todo, el c): la regulación de la responsabilidad de la Administración incumplidora. Sea cual sea el contenido de esa «regulación», en nuestra modesta opinión no debería decir algo distinto de lo que dice el art. 155 de la CE, máxime en estos tiempos en que el horno no está para bollos. Habida cuenta de la historia de este precepto constitucional, se corre el riesgo de que tal responsabilidad sea exigida «tarde, mal y nunca». Pero sería un punto importante su aplicación cuando jurídicamente sea exigible. Ayudaría a que algunas CC.AA., que hasta ahora han tomado al Estado por el pito del sereno, aprendiesen un poco de respeto y modales.

6. Las Comunidades Autónomas, de acuerdo con sus respectivos Estatutos y dentro de los límites a que se refiere este artículo, adoptarán las disposiciones que procedan para la aplicación efectiva del principio de estabilidad en sus normas y decisiones presupuestarias.

Es decir, se obligará a Comunidades como Cataluña o País Vasco (particularmente a Cataluña, que tiene un Estatuto nacional) a modificar sus disposiciones presupuestarias para adecuarlas a ese principio. No sé ustedes, pero yo veo al President Mas conspirando para volver a meter en el ghetto a Sánchez-Camacho. El rei Artur le diría : «¡Con lo bien que estábamos, y lo mucho que nos queríamos, Alicia, y tu jefe va y me hace esto!». De nada le valdrían a Sánchez-Camacho sus protestas de «oye, que no es culpa mía… que esto viene de Madrit». De hecho, ya estamos viendo a CiU volver a las andadas. Y lo que te rondaré, morena.

Reforma consumada (I)

Acabo de leer el texto que finalmente reforma el art. 135 de la Constitución, ubicado sistemáticamente en el Título VII ( «Economía y Hacienda»), que establece fundamentalmente los principios básicos en materia presupuestaria y tributaria. Comparada con la redacción anterior, la actual es una especie de Biblia en verso: nada menos que seis párrafos donde muy historiadamente se explica que ninguna Administración podrá gastar más que lo que ingrese (que es, con perdón de los keynesianos de saldo, lo que hacen las sufridas amas de casa en estos tiempos interesantes en que nos toca vivir). Vean, si no, el comienzo:

1. Todas las Administraciones Públicas adecuarán sus actuaciones al principio de estabilidad presupuestaria.

Conviene recordar que durante la segunda legislatura aznarista se aprobó una Ley de Estabilidad Presupuestaria (2001) que ya especificaba esto mismo. Esa ley, no obstante, tenía un defecto: obligaba a todos a apretarse el cinturón y a mantener en el tiempo una «austeridad castellana» que desde luego muchos no estaban dispuestos a mantener. Unos, por el mastodóntico tamaño de la galaxia (paniaguados a sueldo y clientes diversos) que tenían (tienen) que mantener; otros, porque su proyecto nacional demandaba (demanda) constantes sangrías presupuestarias a las que nunca quisieron renunciar. Y unos terceros, por ambos motivos. Por eso, una de las primeras medidas que tomó ZP fue derogar esa ley molesta que obligaba prácticamente al déficit cero.

El párrafo segundo incide en la misma idea, pero añade un componente perturbador:

2. El Estado y las Comunidades Autónomas no podrán incurrir en un déficit estructural que supere los márgenes establecidos, en su caso, por la Unión Europea para sus Estados Miembros.

Una Ley Orgánica fijará el déficit estructural máximo permitido al Estado y a las Comunidades Autónomas, en relación con su producto interior bruto. Las Entidades Locales deberán presentar equilibrio presupuestario.

El texto establece algo que ya sabíamos y que el Gobierno ha ocultado todo el tiempo que ha podido: que ya no tenemos autonomía presupuestaria. Es difícil de saber desde cuándo esto es así de hecho; pero el texto sólo pone negro sobre blanco algo que ocurría ya desde (pongamos) por lo menos febrero del 2010, a partir de la visita de Frau Merkel, que convirtió a nuestro Mr. Bean nacional en Herr Schlemmer. Desde entonces ZP lleva dando más taconazos que un Gefreiter en la Bundeswehr. Tampoco importa ya si ZP nos lo iba a contar alguna vez, porque para dos meses escasos que le quedan en el convento… pues eso, para qué nos lo iba a contar.

El segundo párrafo casi tiene más miga que el primero. Lo primero es que los redactores del texto (o negociadores, que no siempre coinciden) no se atrevieron a poner una cifra concreta de déficit y remitieron a la posterior fijación por Ley de dicho porcentaje, para poderla modificar en caso necesario. Convinieron en que esa Ley, dada la materia que tenía que regular, no podía ser ordinaria y que necesitaría de un consenso mayor. Tal vez hubiera sido más sencillo volver a los famosos criterios de convergencia del euro y establecer esa cifra en un 60%, que es lo máximo que aquellos benditos criterios permitían. Todo lo cual denota esa reforma a regañadientes y con líneas de fuga en caso necesario.

El componente perturbador es que las medidas de estabilidad presupuestaria se aplican no sólo al Estado, sino también (y muy especialmente) a las CC.AA. Por eso Durán i Lleida se ha quitado la máscara del home d’Estat y se ha calado la del català emprenyat. Ya no es solamente que no contaran con él (pecado de leso consexo); ahora, además, le están diciendo al President Mas que recibirá menos y que de lo que reciba no puede gastar lo que quiera en lo que quiera. La reacción no se ha hecho esperar: la vicepresidenta Ortega ha dicho que se mantendrán los gastos en ambaixadetes y promoció del català. Tal vez piense que el tema de la Sanitat se arreglará con el tiempo: según vayan faltando catalanes enfermos, dejarán de ser necesarias tantas plazas hospitalarias.

Francisco Alegre

¡Qué veranito, señores, qué veranito! Parecía que, como todos los años, el españolito medio se iba a ir de vacaciones julianas o agosteñas con el país dormido y/o bostezando, y en cambio hemos tenido un verano caliente, no sólo por la temperatura, sino también por el juego que han dado las acciones y declaraciones de los dos principales gallitos del corral parlamentario. Sin embargo (por fin), parece que las cosas se van aclarando. Aclarando, naturalmente, en el sentido de que a los españoles nos espera un otoño electoral caliente, con jugadas de lo más sucio por parte de la pesoe y silencios cada vez más largos por parte del pepé, seguros de su estrategia de no entrar al trapo en ningún momento.

El veranito español pasado por los espejos de la Calle del Gato, sin embargo, nos deja unas cuantas imágenes más o menos definidas, que yo relaciono a ustedes pero no necesariamente en su orden cronológico.

La primera de todas es la escena de la carta. Lo peor no es, con todo, que haya carta, que ya sabemos que sí hay. Lo peor es que sólo parcialmente conocemos su contenido y que además será Rajoy quien tenga la obligación de leernos la carta completa (ZP es incapaz por definición de enfrentar a sus gobernados con la verdad). Más que nada, porque si no lo hiciera, demostraría para muchos lo que unos cuantos nos hemos maliciado siempre: que para la clase política somos unos niños de teta, unos imbéciles, y que no merecemos explicación alguna cuando se le pregunta qué hacen con nuestro dinero.

La segunda estampa es la de algunos tragando el sapo de la «reforma constitucional exprés», aunque por diferentes motivos:

a) Unos, como el candidato Alfredo P., porque les entraba la risa floja hace un poco más de un año cuando el PP propuso que sería una buena decisión para cortarle el suministro a esa bestia insaciable llamada «Administración autonómica». En aquel entonces el que aún era ministro de interiores se burlaba de la solución brindada por Rajoy, por la única y demencial razón de que «la había propuesto el PP». Hace pocos días, en cambio, hemos asistido al esperpento de oírle que «se declaraba convencido por ZP en un pispás».

b) Otros, como el nacionalista presuntamente moderado -«la cara amable del cavernícola nacionalismo catalán en Madrit»-, Duran i Lleida, emprenyat porque no se le había tenido en cuenta para decidir la reforma, después de todo el apoyo que han prestado al partido que ha creado el actual desastre. Claro que su postura es comprensible: se les pretende impedir que gasten dinero inútilmente, es decir, en ambaixadetes y en promoció del català; que racionalicen sus recursos y los dediquen a lo que es importante para los ciudadanos de aquí (entre otras cosas, la sanidad, que buena falta hace). Y claro: això no pot ser. Cataluña debe seguir siendo nacionalista gobierne quien gobierne, como patrimonio cultural y sobre todo administrativo que es del nacionalismo (particularmente de CiU), y además hay que tener influencia en Madrit (doctrina Cambó, si no me equivoco).

c) Y en un tercer grupo están el resto. Ese gran resto con el que los grandes partidos cuentan sólo cuando les conviene y que ahora, por mor de la reforma constitucional, parece que acaban de descubrir que no son bisagra, sino comparsa. Sería el caso de Llamazares, poco menos que exigiendo la posibilidad de refrendar la reforma (y de paso recoger algunas migajas del presunto mérito de la misma, aunque le queden apenas dos meses en el convento). No importa que se le explique que de acuerdo con el Título X de nuestra norma fundamental no es necesario el referéndum, sino una mayoría determinada en el Congreso para realizar la reforma. Él seguirá indignao.

La tercera (y no menos esperpéntica) que nos deja el verano es la de Alfredo P. escuchando un «No, gracias» de sus compañeros de partido ante la petición del «presunto líder» de acompañarles en la lista electoral. Parece en el PSOE que algunos se han puesto de acuerdo para fastidiarle, mientras Elenita Valenciano le canta el viejo pasodoble Francisco Alegre, aunque con algunas variaciones, claro…

En los carteles
te han puesto un nombre
que no lo quiero mirar,
Alfredo Pérez y olé, Alfredo Pérez y olá…

La gente dice «Me voy pa casa»
porque se va a presentar,
Yo estoy rezando por él
con la boquita cerrá…

Pueden imaginar ustedes cómo sigue la letra de la copla. Pero lo que no podían imaginar ustedes (ni yo mismo, desde luego) es el nivel de cutrerío alcanzado por el candidato en cuanto a propaganda. La foto del equipo electoral de Rubalcaba presentaba el siguiente aspecto:

Observen ustedes atentamente la foto. Está hecha en un patio interior, cuando lo suyo hubiera sido hacerla en la entrada principal o por lo menos en un lugar donde no se viese, según la coplera, la ropa tendía (nada más que faltaban dos chonis a voz en cuello: «¡Nenaaaaa, que a vé si me dá una poca de asúcaaaaaa!»).

Pero lo peor es el logo. Un logo sin rosa. Un logo sin puño (¡horror!). Y sobre todo, un logo sin fondo rojo (¡horror y horror!) y nada menos que de color azul (el color del ganador más que probable de las elecciones: ¡más horror!).

Créanme ustedes si les digo que esta foto se la ha hecho a Alfredo P. su peor enemigo por encargo. No falta un solo detalle para hundirle. ZP apoyó a Carme Chacón y la hundió. Y ha estado apoyando a Alfredo P. y lo está hundiendo. O casi: lo poco que se le ve al pobre candidato sobre el agua apenas es la coronilla. Más vale que manden a ZP de vuelta a León y que lo encierren en su casoplón (pagado con dinerito de todos los españoles) antes que el PSOE desaparezca, irremisiblemente hundido y necesitado de refundación, en el tsunami azul que se le viene encima.

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El Patito se vió reflejado en el agua, y la imagen que ésta le devolvía le cautivó por su hermosura: era un magnífico Cisne

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