Bolinaga


Sin duda, es el apellido de moda estos días. Sí, ya sé qué me van a decir ustedes: que no es solamente «Bolinaga», sino Uribetxeberría Bolinaga. Los apellidos de alguien presuntamente perteneciente al género humano y uno de los captores de José Antonio Ortega Lara, el señor de los «532 días». Ese hombre que al parecer va a salir de prisión por «padecer una enfermedad terminal», diagnóstico que se está poniendo en duda. Y que lo va a hacer porque, como dijo el maestro Carrascal, «no somos como ellos».

Por supuesto que no lo somos. Sin embargo, el argumento tiene un pequeño fallo: el maestro Carrascal omite que entre el «no somos como ellos» y el «somos como ellos» hay una inmensa zona gris por la cual transitan muchos Estados y cuya división es establecida mediante los criterios «legalidad» y «moralidad». No es una división rígida, desde luego; y en no pocos casos existen acciones que no tienen cobertura de la una o de la otra, si bien es cierto que en estos tiempos que corren la moralidad cotiza a la baja y para determinadas personas o situaciones es prácticamente prescindible.

A partir de ahí, la cuestión es la siguiente: ¿cuánto poder es posible ceder sin que los beneficiarios de esa cesión no tomen al Estado por el pito del sereno y le den por rendido? Francia o Alemania no tienen piedad con los terroristas, y sin embargo no se hacen campañas contra ellos por el trato dispensado a éstos, sean islámicos o no.

Todo lo cual me hace recordar haber oído ese apellido en otro contexto. Concretamente, en relación a cierto teniente coronel (entonces) de la Guardia Civil, de cuyo nombre tuvimos noticia porque al parecer, estuvo machacando a un inferior con grado de teniente (entonces) y que hoy, ascendido a coronel, machaca las teclas en Toledo. Qué extrañas coincidencias tiene la vida. O no.

Patxi se larga

A partir de hoy habemus notitiam por lo menos durante tres meses. Patxi Nadie ha decidido que ya no puede más y, tal como resalta ABC, «tira la toalla». Todos los ojos estarán puestos en el País Vasco por lo menos hasta el 21 de octubre, lo cual sin duda servirá para tapar las verdaderas noticias, de acuerdo con el cínico pero verídico aserto de Lord Northcliffe («Noticia es todo aquello que alguien en algún lado no quiere que se publique; lo demás es sólo publicidad»).

Parece ser que el adelanto electoral obedece a una razón principal: impedir la efectividad del voto del llamado exilio vasco. Las discusiones sobre el mismo concepto de lo que sea «exilio vasco» retratan a quienes discuten. Por un lado, quienes lo niegan: lo hace la izquierda destronada, para dar fuerza a su mentira del «fin del terrorismo» y del «éxito del proceso de paz». En este bando milita también, curiosamente, Jon Juaristi, un señor de San Sebastián que vive y trabaja en Madrid, en la odiada España. Y digo sorprendente por ser él el autor de esa excelente disección del imaginario nacionalista que es El bucle melancólico (y de una continuación, Sagrada Némesis, que a día de hoy creo que está descatalogada). Y en el otro bando, los que consideramos que el exilio vasco sí ha existido: como colectivo de personas que tras un período de presión ambiental por todos los medios (incluido el asesinato), han decidido que su lugar está lejos de la tierra que los vio nacer o crecer. El clásico «o te vas, o te callas, o te mato».

Y Patxi se larga, después de haberse blindado una jugosa pensión de exlehendakari. Naturalmente, no iba a ser menos que sus homólogos catalanes, que desde 2003 tienen garantizado el 80% del sueldo que cobraban en activo. Lo cual no deja de ser una vergüenza, tratándose de personas que en realidad no lo necesitan (Pujol o Maragall, originarios del rovell de l’ou de la burguesía nacionalista catalana, antes devota franquista), o que fuera de la política no tienen dónde caerse muertos (Montilla y también el actual president Mas).

Un poco de historia

No sé si ha llegado el momento de hacer balance de una legislatura que a duras penas puede considerarse «constitucionalista». No obstante, en nuestra opinión hay que mirar un poco hacia atrás: concretamente, al momento y circunstancias en que Patxi López asciende a presidente regional del PSE. Patxi López es el sucesor de Nicolás Redondo Terreros, de la mano de ZP. Pero no lo es conforme a un proceso democrático y/o representativo: unas primarias, por ejemplo. En absoluto: ZP defenestró a Redondo, Jr. porque según la apestosa, consagrada y gramaticalmente incorrecta expresión, «hacía demasiado seguidismo del PP».

Pero no sólo eso: todo tenía que cambiar en el mapa político vasco de 2005. Y vaya si cambió. Había que romper el verdadero frente constitucionalista que en aquellos años formaban el PSE y el PP. De un lado, Redondo Terreros; de otro, María San Gil, apoyada hasta 2004 por Jaime Mayor Oreja, el mejor ministro de Interior que España ha tenido en el período que algunos todavía llaman «democracia», y después por sus convicciones y principios. Ése sí habría sido un pacto que podría haber acabado con el terrorismo de verdad, sin negociaciones ni precios políticos. Pero a alguien no le interesaba ese pacto, lo cual sin duda pudo haber «justificado» el atentado del 11-M (entre otras razones que probablemente no haya que buscar en suelo nacional ni en «desiertos lejanos»).

Demos ahora un salto a 2009. La situación ha dado un giro radical: ZP hace un año que ha ganado, incomprensiblemente, las elecciones de 2008. También hace un año de la excursión ultramarina de Rajoy en la que, previsiblemente, le metieron en la logia. María San Gil ha sido vilmente defenestrada por sus compañeros de partido tras una campaña infame, en la que destacan los exabruptos del hoy flamante Secretario de Estado de Cultura, el burlón Arribaspaña del también flamante hoy Ministro de Turismo y la puñalada de Labiotoldo Sánchez Camacho. Asimismo, se procede a laminar a los elementos del PP-verdadero, es decir, a los que creen aún que la política debe incorporar principios morales. Mayor Oreja, Iturgaiz y otros representantes de esa corriente son enviados a Bruselas para que no estorben la labor de los basagoitis y demás comparsa. Y a los que por trayectoria política no los pueden mandar a Bruselas, los aíslan o son objeto de mobbing político (señaladamente el caso de Nerea Alzola).

Planteadas así las cosas, la legislatura de Patxi López se ha caracterizado por el apoyo sin fisuras al mal llamado proceso-bajada de pantalones de ZP. Así, subraya con silencios o con declaraciones vomitivas los distintos jalones de ese «proceso», o incluso con acciones de propaganda, como la de impedir la entrada de dirigentes del PP en la capilla ardiente de Isaías Carrasco, asesinado por ETA y cuya muerte huele que apesta a gato encerrado.

Hoy

El último paso que faltaba por dar en el cambio del mapa político vasco era el de convertir en verdaderos
hombres de paz a los asesinos etarras y a su konparsa civil. Terroristas vestidos de lagarterana con mando en plaza sin intermediarios. Se trataba de ofrecerles en bandeja todo lo que ellos quisieron conseguir aunque fuese a tiros. Y se consiguió, desde luego: tras la conferencia de los pavos al Currin los asesinos etarras «declararon unilateralmente el fin del terrorismo». El comunicado que emitió en aquella ocasión el PP es la prueba de que las víctimas del terrorismo ya no eran una prioridad y de que también molestaban al PP en sus manitas bajo la mesa con el PSOE. No es sorprendente que la indocumentada de Elenita Valenciano defienda como éxito de Patxi el famoso «proceso de paz».

En el plano jurídico han sido necesarias tres sentencias: dos del TC y una del TEDH. Las dos primeras, las de legalización-bendición de Sortu y Bildu, las marcas blancas de ETA (ignominia que un servidor de ustedes espera que quede en los anales de la Historia de España). La del TEDH, por su parte, se refiere a la desautorización de la Ley de Partidos, contra la que Adela Asúa, aún magi-astada del TC designada por los nazionatas vascos, ha cargado desde que aceptó el cargo.

Sólo queda que ETA aparezca en escena con una lehendakari de transición, como es Laura Mintegi, la que calentará la silla mientras llega Otegi, el mesías de Euskal Herria. El bloque constitucionalista está virtualmente deshecho, gracias a la miopía y falta de altura de miras de sus dos protagonistas principales. Volverá el PNV y volveremos a la comedia de sacudir el Gernikako arbola, que no sé si será un nogal, pero desde luego se le parece mucho.

Las cosas no han mejorado políticamente en las tierras vascas (aunque es la cuarta CA en términos de buena administración económica). Para pensarlo.

Comentario a D. Andrés Ollero Tassara

Me ha merecido una especial atención la Tercera del ABC escrita por D. Andrés Ollero Tassara, pues es la primera vez que D. Andrés se pronuncia como Magistrado electo del TC. Con gusto le he leído en ocasiones anteriores; sin embargo, esta vez creo que debo discrepar de algunas afirmaciones que vierte en su artículo.

Comienza D. Andrés discrepando de aquellos que opinan que Eugeni(o) Gay Montalvo, a causa de su religión católica, no debería «defender la ley del aborto». En esta afirmación entran en juego, a mi entender, dos preceptos: por un lado y como bien señala D. Andrés, el 16.2 de la CE, en unión también del art. 14. Lo que viene a decirse, por tanto, son dos cosas: la primera, que nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias; y segundo, que el profesar una determinada ideología, religión o creencia no debe ser objeto de discriminación.

Al efecto quisiera traer a colación unas palabras que a mi entender describen exactamente cuál es nuestra situación en España y, por ende en Europa, en este punto (negritas y comillas nuestras):

«No obstante, aunque la religión y la moral cristianas son atacadas virtualmente, no existe en Norteamérica el desprecio que se advierte en Europa y la religión y las Iglesias tienen, a pesar de su crisis, una notable vitalidad. Como observara en el siglo XIX Tocqueville, en Estados Unidos, heredero directo de la Ilustración, no de la Revolución Francesa, la religión forma parte de la cultura. Por eso a muchos europeos les sorprende y les molesta que el actual Presidente Bush (la primera edición del libro apareció en 2004) no tenga reparo en rezar en público y ridiculizan y presentan su fe como a weapon of mass destruction. Al jefe del Gobierno inglés Tony Blair, que es creyente, le disuadieron de terminar sus intervenciones televisivas durante la guerra de Iraq con las palabras God Bless You. En contraste con Norteamérica, en Europa empieza a ser normal calificar de «fanática», «integrista» o «fundamentalista» cualquier actitud que postule el reconocimiento público de la religión, la invoque o la tenga públicamente en cuenta; incluso en el plano privado

Dalmacio Negro, Lo que Europa debe al Cristianismo,
(Unidad Editorial, Madrid, 2006) 2ª ed. revisada, p. 163.

Cabe decir que estas palabras escritas en 2004 han recibido confirmación por la vía de hecho: por un lado, los casos de pederastia dentro de la Iglesia, convenientemente jaleados por los enemigos de ésta, han provocado una cierta actitud de rechazo hacia la religión, y la «idea lacia» de que «nadie debe actuar públicamente conforme a los preceptos de su religión». Según esa regla de tres, efectivamente: los católicos deberíamos llevar una cruz que públicamente nos identificara como católicos, sentarnos en los asientos reservados para los católicos en los autobuses y… bueno, ya conocen ustedes el resto. La segunda vía de confirmación viene del hecho de que en el mundo musulmán los católicos simplemente no tienen derecho a existir: los matan o los acollonan de tal manera que no tienen más opción que huir. Más o menos como los etarras hacen con quienes no comulgan con sus ruedas de molino. Eso, desde luego, a los lacios no les preocupa lo más mínimo (no es su cuello el que está en peligro, naturalmente; y todo lo que elimine la competencia es «bueno» para ellos).

D. Andrés sigue perorando acerca del juicio estrictamente constitucional al que deben someterse las leyes. Es una declaración positivista de principios: la Constitución es la Constitución, todo está en ella y no necesita ningún tipo de validación externa (a pesar del art. 10.2, que remite en sede de interpretación a «la Declaración Universal de Derechos Humanos y los Tratados internacionales ratificados por España»). Una posición iusnaturalista, por el contrario, es peligrosa porque remite a un marco de referencia externo y sobre todo, superior a la ley, en tanto que religioso y que en Occidente sólo puede referirse al cristianismo, por mucho que les pese a los lacios y otras hierbas equidistantes y «neutrales».

Pasemos a la segunda parte de su artículo, que gira en torno a los límites constitucionales. Si D. Andrés habla de límites, he aquí uno infranqueable: «Todos tienen derecho a la vida». No dice «todas las personas», expresión en la que los abortistas podrían fundar su argumentación afirmando que el nasciturus «aún no es persona». Afirmación que ya hizo la inculta menestra Aído-y-no-ha-vuelto equiparándose nada menos que a… Adolf Hitler setenta años después.

¿Será necesario recordar que la única religión que defiende en toda su extensión ese limes es la cristiana y, dentro de ésta, especialmente la variante católica? Al parecer sí es necesario. Para que lo vean más claro, les propongo un pequeño ejercicio: tomemos el precepto constitucional y formulémoslo a contrario sensu. El resultado podría ser éste: «Nadie tiene derecho a privar de la vida». Es algo que podría firmar perfectamente cualquier católico, pues para los católicos sólo en Dios reside ese derecho; para los demás, podría basarse en que todos los hombres son iguales en derechos o en declaraciones más o menos humanitarias al uso.

De aquí se seguiría que quien priva del derecho a la vida debería merecer el más duro de los reproches jurídicos (no sólo el político y el moral). Como somos tan civilizados y tan progresistas que hemos eliminado de la Constitución la pena de muerte incluso para «lo que dispongan las leyes en tiempo de guerra», con eso no hay que contar. Lo que me recuerda que para el buen amigo de D. Andrés no hay reproche posible, como demuestran sus votos a favor de la legalización primero de Bildu y después de Sortu. Pero eso es lo que ocurre, D. Andrés, cuando se limita la mirada exclusivamente a la Ley: que si ésta tiene más agujeros que un queso de Gruyère y quienes deben aplicarla se remiten exclusivamente a ella, los asesinos saltan entre sus intersticios como si estuvieran jugando a la rayuela o a las tabas, felices porque es la ley (o mejor dicho, su insuficiencia no corregida) la que se lo permite. Y burlándose de los que hasta ahora no han pedido otra cosa que justicia y de quienes les apoyamos en su reivindicación. Burla en la que la izquierda de salón y alguna derecha con síndrome de Estocolmo colaboran sin empacho alguno. Igual que el buen amigo de D. Andrés. Aunque «sea de mal gusto» decirlo.

Serpiente roja de verano

Todos los veranos hay una noticia que, según la frase consagrada, se convierte en serpiente de verano, cuya virtualidad es no durar más allá de la calurosa estación. Durante estos últimos años ha habido serpientes de verano de los más variados tipos, tamaños y pelajes: desde rumores del corazón hasta noticias de calado más serio. A medio camino, a nuestro entender, se sitúa la noticia que hoy nos ocupa.

Trata la noticia del asalto y robo «acción revolucionaria de reivindicación como propiedad del pueblo de una superficie comercial», con agresión a «lacaya del capital» honrada trabajadora de la misma incluida. Lo sorprendente es que el Curro Jiménez del siglo XXI al frente de la cosa es el alcalde de la villa de Marxinaleda, Juan Manuel Sánchez Gordillo y los autores materiales unos 200 valientes muchachos, autodenominados «sindicato» y que, como es habitual, no representan a nadie más que a sí mismos.

De cualquier modo, no hay que sorprenderse mucho. El que avisa no es traidor, dice el dicho. Sánchez Gordillo ya dio muestras de estar imbuido (más bien emborrachado) de toda esa retórica revolucionaria de la acción directa y de la toma del Palacio de Invierno en el acto de su juramento o promesa como parlamentario autonómico. Entonces hubo mucha gente a quien le entró la risa floja y a no pocos les vino a la mente la palabra «payaso». Hoy las cosas presentan un cariz mucho más feo y el valiente alcalde de Marxinaleda podría ser acusado de cometer e incitar a cometer un delito de robo.

Como dice Hermann Tertsch en su columna Montecassino del día 10 de agosto (la negrita es nuestra):

«(…) Con mucha ideología y manipulación de la ignorancia, la apología sistemática del frentepopulismo ha hecho mucho daño a la cultura política de este país. Y aumentado el nefasto prestigio de eso que se dio en llamar la acción directa: desde un saqueo, una ocupación, una paliza o un secuestro a –¿por qué no?– el crimen. El grotesco espectáculo dado por el alcalde de Marinaleda va en ese sentido. Se trata de animar al mayor número de ciudadanos posibles a cruzar las líneas rojas de la violación de la ley. Y cuestionar la propia validez de las leyes violadas. Primero las de la propiedad. Y las del orden público. Y llegado el momento se pondrían en cuestión todas. Acabar con el imperio de la Ley y con el Estado de Derecho es el principal objetivo de cualquier fuerza revolucionaria. Y da la impresión de que en sectores radicalizados de nuestra izquierda ya se ha declarado enemigo al Estado de Derecho

Para entenderlo, que no justificarlo, habría que acudir a un tópico específicamente andaluz: la popularidad del anarquismo en el campo andaluz, justificada por los abusos de los señoritos (que hoy votan o pertenecen en su mayor parte al PSOE, curiosamente). Quizá por eso en Andalucía no se ha producido una reacción apreciable, fuera del distanciamiento público de los socios socialistas y del silencio de Diego Valderas, coordinador general de IU en Andalucía. En Madrid sí; pero en fin, a Llamazares ya lo conocemos.

Pero tal como pone de relieve Tertsch en las líneas que hemos transcrito, lo peligroso no es tanto el revival de las «alegrías revolucionarias» de 1917 o de 1931, sino el carácter de ejemplo que pueden tener esas acciones revolucionarias hoy en día, con un umbral reconocido de 5.700.000 parados y de 11 millones de personas que viven en el umbral de la pobreza (sí, según Cáritas). Personas pertenecientes a la antes extendida clase media que hoy, gracias a los políticos y otros bergantes vestidos de lagarterana, se ven en el dilema moral dar de comer a sus familias o de cometer un delito.

Además del carácter propagandístico de la acción, hay otra dimensión. Sánchez Gordillo no para de berrear «Zoi aforao». Es clarísimo que esa expresión va dirigida a los ignorantes: lo que éstos interpretan sin esfuerzo es «soy intocable y hago esto porque a mí no me van a tocar un pelo». No es muy distinta la actuación a la de cierto Joan Puig, que hace unos cuantos calurosos veranos intentó allanar la residencia de Pedro Jota en Mallorca, carnet de diputado en la boca. Con los demás no cuela, desde luego: eso sólo significa que por su cualidad de parlamentario autonómico no le enjuiciará un Tribunal cualquiera, sino el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía. Pero para ello, como siempre, harán falta dos cosas:

  • que los funcionarios del senyor ministre reciban la orden de cumplir con la misión que les encomiendan las leyes.
  • que la Justicia juzgue y condene a este señor, que ha pretendido presentarse como el Curro Jiménez del siglo XXI (eso sí, con cargo electo y viajes en first class) y no es más que un delincuente que apela a una presunta razón superior.

Que por otro lado, lo que no dice el alcalde de Marxinaleda y revolucionario de tres al cuarto es también «Zoi zuvencionao» y no sólo por lo que él recibe como diputado y demás, sino por las cantidades que le llueven al sindicato del que es patrón pueblo tanto desde la Junta como desde el Estado. Pero ya es sabido, y es cosa que también decía Maggie, que el socialismo solamente es boyante cuando funciona con el dinero de los demás y que cuando se acaba el dinero, se acaba el zozializmo.

Hablando de eso, ayer falleció el actor Sancho Gracia, quien encarnara para la posteridad precisamente al bandolero de la época napoleónica, a los 75 años y debido a un cáncer de pulmón que padecía desde hacía tiempo. Quizá ha sido casualidad; pero poéticamente se podría decir que el actor no ha querido presenciar en vida la degradación del personaje por el que siempre le recordaremos en las barbas marxistas del alcalde de Marxinaleda.

Le petit Fouché

Nuestros peores temores han sido confirmados. Ya en este blog anunciábamos las semejanzas de Joseph Fouché, tenebroso personaje que contempló con mirada fría e inexpresiva el paso de tres generaciones de políticos (Revolución, Imperio y Restauración) a las que supo dominar jugando con sus trapos sucios, con Alfredo Pérez Rubalcaba, casi igual de insumergible que su avant-passé francés.

Tras estallar el escándalo de las presuntas escuchas, tenemos una semejanza más: el convencimiento de ambos de que la información es poder, y que no importa por qué medios se obtenga ese poder. Fouché había articulado una red de informadores que cubría toda Francia y parte del extranjero. Curiosamente, no a nosotros. A Fouché, frío e intelectual pero no libre del todo de esa estomagante grandeur francesa, los españoles no le parecíamos suficientemente importantes en la cosa militar (nuestro ejército eran «sólo partidas de bandoleros») como para inquietar al Empereur, y por eso Napoleón fue expulsado de España. Eso sí: con la inestimable ayuda británica, que se ocupó además de eliminar la competencia comercial haciendo saltar por los aires nuestras Reales Fábricas de Tapices de Segovia y Salamanca.

Asimismo, Rubalcaba llegó al Ministerio del Interior para cerrar las goteras que se producían mientras su antecesor duró la dirección de ese Ministerio. Porque José Antonio Alonso, al parecer, antes que socialista era juez. Y esa formación jurídica imbuye un respeto básico por el ordenamiento jurídico que impide moralmente actuar contra la ley o, cuando menos, crea un remordimiento insoportable por actuar contra ella. Para que me entiendan ustedes, se parecería a romper el condicionamiento de un doctor Suk de los que aparecen en la saga Dune de Frank Herbert (el personaje Wellington Yueh, interpretado por Dean Stockwell en la película de David Lynch, es el caso). Hacía falta un sujeto que no tuviera escrúpulo moral alguno en hacer lo que el Partido demandaba, que fuera socialista ante todo y por encima de todo, incluso de la Ley. Y ese sujeto, frío como un pez y doctor en Químicas, era perfecto para lo que necesitaban ZP y su entorno. Su fama le precedía: portavoz socialista en los peores casos de corrupción de nuestra democracia y factótum en la época zapatera tras la caída de la Voguemomia, era sin duda el más indicado.

Por algo dijimos, cuando nombraron a Rubalcaba, que ponerle al frente del Ministerio del Interior era como poner al zorro a guardar el gallinero. Sobre todo el gallinero de Interior, en el que la línea entre el bien y el mal suele volverse bastante borrosa (ambigüedad en la que Rubalcaba se mueve como pez en el agua). Resuenan aquí las palabras del Profeta de Khalil Gibran (cito de memoria):

Hablaré del bien que hay en vosotros,
mas no del mal.
Pues, ¿qué es el mal sino el bien
atormentado por su propia hambre y su propia sed?
En verdad, cuando el bien tiene hambre
se alimenta en oscuras cavernas,
y cuando tiene sed
bebe hasta de las aguas estancadas.

Al parecer, esas oscuras cavernas y esas aguas estancadas son el hábitat natural de Rubalcaba. Quizá, al saltar el escándalo del Rubalgate, el hombre de la guadaña ha decidido que ya es tiempo de que salga de ahí porque su cometido puede haber terminado.

Comentario a Edurne II

Tal y como les prometí, aquí va la segunda parte de la entrada anterior.

¿Modus operandi? Uno: controle usted a la prensa local, que es la que mucha gente lee junto con un diario de tirada nacional, vía subvenciones directas e inserción de publicidad institucional. No se atreverán a decir ni pío contra las cacicadas que usted se dedique a perpetrar por miedo a no saber si vivirán para ver el mes siguiente cuando usted les corte esa importante fuente de ingresos. Importante también: consigna no escrita es que ningún medio desafecto debe aparecer en los bares donde el rebaño pueblo toma el café o la caña (o más de un café o más de una caña: seamos amplios). En la misma dirección, si en el local hay una televisión, ésta no debe emitir imágenes de medios nuevamente desafectos. El rebaño pueblo sólo debe tener una versión de la realidad, con ligeros matices dependiendo del lugar en que se emita y de la presunta ideología del mismo. Y ése es el papel de su medio de usted. No hay contradicciones con la realidad cuando la única vía de información real es la suya.

Otro tanto se diga de los medios audiovisuales. Usted debe tener uno y éste debe ser instrumento de su política, por encima de otros que la «democracia» permita crear. Hoy la censura se llama «línea editorial», y en Cataluña, «editorial conjunto». Si usted, propietario de un medio de comunicación, se permite el lujo de no acudir al toque a rebato del poder para la defensa nacional (catalana) o el progresismo (en otras regiones), verá usted cómo se quedará sin licencia para emitir; o, si le dejan seguir emitiendo, verá cómo le hacen la vida a cuadritos (actividad que es una verdadera adicción para ciertos elementos incrustados en la Administración). Incluso puede ser que le metan en una lista negra y por esa sola razón le nieguen subvenciones y le resuelvan recursos en contra cuando pida o proteste. Hasta que se canse. La Administración no tiene prisa cuando cumple órdenes políticas; recuérdelo.

Dos: metidos así en el bolsillo aquellos medios cuya obligación fundamental es proporcionar al rebaño pueblo una instantánea diaria veraz de la realidad, tiene usted el camino expedito para proveer al pueblo de ideología en vez de información. En el caso catalán es la construcció nacional, que desde este blog ya hemos denunciado que no se trata sólo de Cataluña, sino de lo que los ceballuts llaman «Països Catalans»: es decir, a Cataluña hay que añadir Valencia y Baleares, así como una parte de Aragón (la Franja, aunque dudo mucho que se quede ahí el proyecto, mal que les pese a los maños). El fantasma de conceptos nacionalsocialistas como el de lebensraum vuelve a cabalgar disfrazado de «construcció nacional». Así pues, todo lo que favorece a ésta es bienvenido en los medios, mientras que lo que la perjudica, como los recortes y los rescates y todas esas molestas «medidas de ajushte» es calificado de atacs feixistes a la nació catalana –en el caso de otras regiones se puede vender como «ataque (fascista, of course) al derecho a la autonomía de la región»–. El acoso es de tal calibre que uno o bien se convence o bien deja de ver y leer los medios afectos.

Y tres. Naturalmente, la joya de la Corona: actuar directamente sobre el rebaño pueblo. Esto se consigue de dos maneras: la primera, dividiendo a los ciudadanos en buenos y malos. O en «progresistas» y «fascistas», en «abertzales» y «txakurras», o en «catalans de soca-rel» y «xarnegos» o «españolistas». Y enseñar desde pequeños que, en la práctica, el país conocido no es España, sino la Comunidad Autónoma. «España» sería, según el estándar del Conocimiento del Medio, una entelequia general, pero no real. Por eso en Cataluña se enseña a los más pequeños y a los nouvinguts («newcomers»), que el país en el que se hallan es Cataluña y no España.

Que ésa es precisamente la otra forma de actuar sobre el rebaño pueblo: la educación, que los niños tragarán porque no tienen defensa alguna y muchos padres, de clase media y recursos económicos también medianos, aceptarán porque no tienen el dinero suficiente para litigar contra la Administración (aunque ciertamente hay quienes lo han intentado y el éxito, por ahora, ha sido medianejo). El efecto oveja y el temor al estigma social harán el resto. Otro éxito de la dictadura nacional-socialista que se padece soterradamente en algunas partes de España. La educación, además, es otro cierre del sistema: permite su perpetuación. Si a un niño se le enseña a obedecer en vez de a esforzarse y pensar, andando el tiempo se integrará sin problemas en la maleable masa borrega en la que anteriormente militaron sus padres. Los perfectos ciudadanos-bonsais.

Para eso sí han servido las autonomías, miren ustedes.

Comentario a Edurne

En su columna del sábado en ABC, Edurne Uriarte se pregunta para qué han servido las autonomías. Y no podemos sino compartir sus respuestas. A fecha de hoy, 2012, resulta que el modelo de Estado que nos vendieron, que «iba a acercar la Administración al ciudadano», que «integraría a todos los pareceres en una España plural» y otras zarandajas que se decían durante el clandestino proceso constitucional, no ha servido para nada de eso.

Para empezar, los nacionalistas no se integraron jamás en esa pretendida «España plural». Desde el mismo momento en que Tarradellas, que fue bastante más leal que Pujol (cuestión de estatura, y no sólo política) pronunció las seis célebres palabras («Ciutadans de Catalunya: ja sóc aquí!»), los nacionalistas de CiU se dedicaron a lo suyo, que era avanzar en la independencia, y a jugar a dos barajas. Aparte de crear el engranaje del oasi, que tan bien ha funcionado durante treinta años, los 23 años de pujolismo no han servido para otra cosa que para tensar la cuerda de la cohesión nacional. Una sabia combinación de victimismo y amenazas ha servido para que Madrit se plegara siempre a sus deseos, unas veces por conveniencia, otras veces por exceso de autocomplacencia. Otra cosa es que si consideramos la integración como «aceptación de la invitación al banqueteo presupuestario», necesariamente hemos de admitir que sí se integraron, ya lo creo. Tanto, que ya han solicitado el rescate, aunque en tierras catalanas se venda la cosa como que «Madrit nos va a restituir ahora lo que nos ha robado siempre».

¿Y qué hay de lo de «acercar la Administración al ciudadano» y bla-bla-bla? Tras treinta años de modelo autonómico, constatamos que la Administración se ha acercado, pero sólo a algunos ciudadanos. A todos esos que han conseguido contratas a dedo, o puestos de asesores a dedo sin necesidad de saber hacer la O con un canuto pero con el carnet del partido en la boca. A todas esas Cajas de Ahorro, que los políticos autonómicos sin excepción (y en todo lo ancho de su espectro parlamentario, que tiene narices la cosa) habían convertido en su Banca particular (lo hemos visto con Bankia y ahora también con CCM). A todos esos políticos, en fin, que han creído que podían hacer de su Comunidad Autónoma su taifa particular, dedicándose con afán imitador de Cataluña y País Vasco o poniendo a prueba su creatividad a crear su estadito propio. A los demás ciudadanos de a pie resulta que la Administración sólo se nos ha «acercado» para freírnos a impuestos, destinados en su mayor parte a sostener todo ese aparato de empleados públicos suntuarios en todos los niveles administrativos.

La imagen que se me viene a la cabeza es la siguiente: imagínense ustedes un mapa de nuestra acuchillada piel de toro. Imaginen ahora que han aparecido unos globos en cada región. Se van hinchando, y nadie hace nada por detener esa hinchazón. Llega un momento en que los globos se han hinchado de tal manera que ni caben dentro de sus límites ni los que insuflan aire a los mismos pueden seguir haciéndolo porque ya no tienen espacio para respirar.

La burbuja

Además de todo lo anterior, hay un tercer factor que creo necesario incluir en el análisis: la burbuja. Pero no la burbuja inmobiliaria, esa tan cara a los progres, que cuando estaba en su apogeo la susodicha no se oyó a ningún progre protestar. Menos aún a la Paella, cuyo maridito es o era el orgulloso propietario de una inmobiliaria. No, nos referimos a esa burbuja. Nos referimos a la burbuja en que vive la casta política, con sus adherencias bancarias, judiciales y mediáticas.

Es una burbuja con cáscara de cemento armado, de forma que sólo los que están dentro de ella pueden modificar sus condiciones ambientales. Ningún ruido exterior llega hasta donde la casta y sus adherencias deciden, de espaldas al pueblo, el destino de la nación. Y podríamos decir más: dentro de la burbuja sólo algunos de ellos pueden provocar verdaderamente el cambio. Los demás están ahí dentro, premiaditos por servicios prestados al Partido Único Bicéfalo y sobre todo, calladitos, no sea que los tilden de «verso suelto» y los echen a patadas. En esa burbuja es de patanes mencionar que tal vez el pueblo debería saber algo de lo que se cuece ahí dentro y ciertamente provocaría su expulsión.

Más aún. El cierre de seguridad más valioso de esa burbuja son los medios de comunicación… social. Medios que deberían estar pensando en deberse a la sociedad, pero dado que están comprados o controlados en buena parte por la casta, se debe a ésta y toda su actividad se centra en entretener (nada de «informar» y mucho menos «formar», qué cosas tiene usted, caballero. Un pueblo informado y formado nos obligaría a quitarnos la máscara y eso no nos lo podemos permitir… aún). Es decir: en desinformar, en desviar el interés y en proveer a la masa borrega de conocimientos perfectamente inútiles que le hagan creer que «está al día», como ya escribiera en su momento Ray Bradbury.

¿Sociedad civil?

La prensa sería, en fin, el ariete que la sociedad civil podría utilizar contra la burbuja al efecto de abrir un boquete. Pero la situación es justamente la contraria: es la burbuja la que utiliza a la prensa contra la sociedad civil. Esto nos lleva a otra cuestión importante: ¿sociedad civil? ¿De qué sociedad civil hablamos, por el amor de Dios (o por Jakin y por Boaz, para citar lo que hoy está de moda en las altas esferas en materia religiosa)? De otras regiones no puedo hablar (aunque seguro que hay concomitancias); pero en Cataluña, desde luego, si hubo alguna vez una sociedad civil, hoy está casi por completo estabulada. De otro modo, es decir, con una sociedad civil (que supongo será «civil» para contraponerla a la «política») fuerte y bien cohesionada, el caso Palau no hubiera podido ocurrir de ninguna de las maneras. Ni ése, ni el Pretoria, ni otros que puede ser que cobren nueva vida tras años de estar muertos en los Juzgados. El modus operandi daría para otro post, que les prometo aparecerá en breve.

Diez años

Hoy recordamos a la niña Silvia, que tal día como hoy hace diez años tuvo la «mala suerte» –al decir de los cínicos– de encontrarse con una mochila sospechosa paseando por las calles de Santa Pola (Alicante) y que esa mochila sospechosa explotara arrancándole la vida y la de su abuelo, que la acompañaba. A las 8 de la tarde se celebrará un acto en esa población en recuerdo de Silvia y en apoyo de sus padres, Joaquín y Toñi. Un servidor de ustedes no podrá, desgraciadamente, asistir a dicho acto; pero sí quiere dejar cumplida constancia de cumplir la promesa de acordarse de Silvia e intentar estar en espíritu en su celebración.

Si la violencia etarra no se hubiera cruzado en su camino, hoy Silvia sería una adolescente de 16 años, no muy diferente a tantas otras muchachas que hoy tratan de aprender a elegir un camino en la vida. Probablemente escogería el camino del Bachillerato y de la Universidad. O tal vez hubiera preferido colgar los libros y decir a sus padres: «Mirad, no me gusta estudiar y quiero buscar curro». Lo terrible de la muerte a los seis años es eso: que ya nunca tendremos la certeza de saber qué hubiera escogido esa persona cuando llegara el momento de elegir. Y lo terrible del terrorismo es su indiscriminación: no importa quién seas, ni de qué trabajes, ni quién sea tu familia, o tu filiación política. Si estás en el sitio equivocado en el momento equivocado la bomba se te lleva por delante. Como a tantos ciudadanos de Vallecas. O tantos otros en el Hipercor. O tantos otros en Atocha y Santa Engracia. Ninguna de esas personas era enemiga de la tierra y la patria vasca, como no lo eran los niños que murieron en el atentado a la Casa Cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza.

No. Todos ellos, incluida Silvia, fueron víctimas colaterales del conflicto vasco, ese conflicto que ETA y sólo ETA, el último rescoldo del franquismo, mantiene con los Estados español y francés «opresores y torturadores». Aunque más con el nuestro, claro. Que si nosotros tratáramos a los terroristas como los tratan en Francia, pronto se acababa la broma terrorista y el cuento de los recogenueces, incluso de los que lo son ad maiorem Dei gloriam. Pero aquí somos más garantistas que nadie, más «demócratas» que nadie, más «progresistas» que nadie. Al parecer, ante cierta opinión internacional todavía hemos de hacernos perdonar los 40 años de «dictadura franquista». Eso explica probablemente que a uno de los captores de José Antonio Ortega Lara no haya que dejarle morir como a un perro, a pesar de que como a un perro tuvieron al funcionario de prisiones Ortega Lara 532 días en un zulo.

Hoy recordaremos a la niña Silvia, la alegría de sus padres y de todos los que la trataron y conocieron. Y afortunadamente, sus padres se verán acompañados de gente que los aprecia y los quiere. No habrá declaraciones campanudas de políticos con cara de palo hablando de «serenidad y firmeza». El senyor ministre, ese traidor, no será bienvenido en ese ambiente. Todo el mundo sabe que tras la conversación (¿tenida?) con ZP, el Ministerio del Interior ha profundizado en la misma política, a saber: la de convertir a unos asesinos brutales en saqueadores del erario público vestidos de lagarterana –«¿es puta o puta como nosotras?»–. Olvidando que la violencia no es un fin en sí mismo para esas malas bestias, sino un medio para conseguir sus objetivos. Eso sí, sin obligarles a renunciar al objetivo de la independentzia, porque eso es «criminalizar ideas» y nosotros, como somos tan «demócratas» y tan «progresistas», no podemos hacer eso.

Dos palabras más me quedan. La primera para los que hablan del «coñazo de las manifestaciones de las víctimas del terrorismo». Mientras no se haga justicia total y completa con esas personas, las víctimas tienen todo el derecho a manifestarse en demanda de memoria, dignidad y justicia todas las veces que quieran. Mientras quienes han asesinado no paguen conforme a la ley sus crímenes y no cumplan íntegramente sus penas en prisión (que un servidor de ustedes preferiría que fueran de 25 años en vez de 1.000, pero sin beneficios penitenciarios y posibilidad de realizar servicios a la comunidad tales como prevención de incendios), no habrá verdadera justicia. Mientras los tribunales se laven las manos y se excusen en que «ellos sólo aplican la ley» y que «la culpa es de los que hacen las leyes» no habrá verdadera justicia. Mientras un político pueda redactar una sentencia a un juez, no habrá verdadera justicia.

Las víctimas solamente piden eso: justicia. No piden «venganza», como han insinuado algunos miserables a quienes hemos tenido la desgracia de leer. Venganza sería el ojo por ojo. Y ni mucho menos ser víctima del terrorismo es una «profesión» o una «lotería» (Sorrocloco, otro miserable del que no nos vamos a olvidar). Es una desgracia, que no entienden aquellos que creen que ETA nunca les va a matar a nadie o aquellos que, siendo víctimas, resulta que están bien protegidas por el aparato de su partido. Ninguna de esas personas a quienes les mataron un un hijo, un marido, un padre, hizo la cola en el INEM ni tuvo una conversación como ésta:

–¿Y usted de qué quiere trabajar?

–Yo, de víctima del terrorismo.

–¿Y eso? –preguntará, extrañado, el funcionario–.

–Hombre, porque podré salir a protestar todos los días contra el Gobierno, cualquiera que sea su color, y siempre tendré razón, aunque no me hagan ni caso…

Y el funcionario escribirá en la ficha: «Manifestante-agitador social fascista».

Y mi segunda (y última) palabra va para quienes ante un atentado terrorista se apresuran a mirar hacia otro lado y a ser equidistantes. A ésos que acusan de «ser ultras» a quienes piden justicia. A ésos que, mirando a otro lado, creen que están fuera de la quema, porque es mejor no significarse, no levantar la voz (signo inequívoco de que no estamos en democracia). A ésos bastaría con recordarles las palabras de Martin Niemöller. Pero quizá ya sea tarde para esas personas bienpensantes, envenenadas por la corrección política (de uno y otro partido), que en esos sitios consiste en pensar que quien no cree en la fantasmagórica entelequia de Euskal Herría simplemente no tiene derecho a vivir. Con la complicidad de muchos políticos de variado tamaño y pelaje, naturalmente: sin esa inestimable colaboración ETA (aunque ahora traten de encajarle un esmoquin y arreglarle la barba, fuera la txapela y las cananas) ya no seguiría siendo posible. Todos esos que no estarán hoy en Santa Pola a las 8 de la tarde acompañando a Toñi y a Joaquín. Los demás sí estaremos, como siempre, en persona o en espíritu.

Un abrazo, Toñi y Joaquín, y ojalá llegue algún día un Gobierno que os haga la justicia que merecéis. Aunque sepamos bien que «justicia que tarda no es justicia».

Chonispaña

Por si no tuviéramos bastantes disgustos con la prima de riesgo, de la que todo el mundo habla y sólo unos pocos tienen pajolera idea de qué va (parece que algunos la magrean mucho y nos sube que da gusto) o el magreo del Euribor, que ha llegado a interesar a la justicia, la noticia que colea desde hace algunas semanas viene referida a la equipación de nuestros olímpicos. Como ya sabemos de qué va la cosa (es una noticia para distraer después de los recortes), vamos al detalle.

Hete aquí la «gran obra» que los tovarishchi contratados para la cosa han ejecutado. Un diseño salido probablemente de una noche de Stolichnaya y kvas. Mi pregunta es: ¿quién COJONES ha autorizado este diseño con su firma? Porque una cosa es que un diseño no se salga de presupuesto. Estamos en crisis, ya se sabe, y bla-bla-bla. Pero hombre, una cosa es eso y otra que ese diseño te lo puedas encontrar en cualquier mercadillo de tres al cuarto. Segundo (o primero, si lo prefieren ustedes): ¿cómo es que habiendo en España diseñadores de primer orden en eso que los pedantes llaman haute couture, se encarga la equipación a unos extranjeros (que lo mismo me da que sean de Moscú, Yenisseisk o Burkina Faso, oigan). Pero, como digo, teniendo a modistos de la talla de Victorio & Lucchino, Balenciaga o Pedro del Hierro y otros de renombre internacional en casa, no hacía falta encargarle el asunto a nadie de fuera. Claro que igual hubiéramos obtenido un resultado parecido de habérselo encargado a Agatha Ruiz de la Prada, pero al menos hubiera sido de casa. Claro que ya tuvimos un primer aviso con la equipación para el Mundial: color azul celeste, de ninguna tradición en nuestra equipación. Pero al parecer nadie se dio por enterado.

Lo peor de todo es que el desaguisado llega poco después de haber nombrado un Alto Comisionado para la Marca España, que de esta manera ha recibido la primera en la frente. ¿Marca España, dice usted? Qué va, hombre. Estos deportistas representan a Chonispaña, que con esas pintas sólo les faltan el tupé, las patillas hasta la comisura de los labios, el tronkito y Los Chunguitos a todo taco, sin más…

Esto es parecido al percance sufrido por nuestros tenistas de Copa Davis en 2003 en Australia, cuando en vez de sonar el himno nacional, sonó el de Riego.

El cabreo ha sido monumental, naturalmente. Porque una cosa es ser una potencia olímpica de tamaño medio en conjunto, con las debidas excepciones del fúrbo (en que no nos tose nadie) y del baloncesto (sólo los USA y Croacia, salvo sorpresas), y otra cosa es aparecer en la ceremonia inaugural de London como «Los chonis y las jennys» con esa ridícula equipación. Por ello San Iker Casillas y Rafa Nadal, dos rutilantes estrellas de nuestro firmamento deportivo, se han negado –con razón– a ser abanderados vestidos de esa guisa.

Ahora bien: sepan ustedes que yo creo que toda crítica, aunque sea feroz, debe ser constructiva. Hay que proponer una solución alternativa. Y para que vean que no soy malote, sugiero que tal vez tendríamos que recuperar al personaje del Neng de Castefa y vestirlo para la inauguración con esa facha. Total, ya mandamos a Rodolfo Chikilicuatre a Rollovisión, así que de nuevas no nos iba a venir…

Me imagino que al actor Edu Soto le encantaría la propuesta y no sólo por lo crematístico. ¿Se lo imaginan desfilando por el Olympic Stadium de los Londones saludando y diciendo Què passa, nen? Porque en realidad, aplicado el corrector lingüístico, eso es lo que dice. El choni, además, sería declarado varietat lingüística del català oriental, quedando más o menos en la misma situación que el aranés. Y para acabar, El Neng recibiría la correspondiente subvención de la Generalitat por promoció del català arreu del món, aunque se nos caigan los hospitales a cachos y aunque haga relativamente poco que nos hayamos enterado de que algunos hicieron unas cuantas porcades con ellos (sigue aquí). Todo es una fiesta, oigan. Viva Chonispaña

Desacuerdo con el maestro Carrascal

Los españoles empezamos a enterarnos de nuestra verdadera situación. Y han tenido que mostrárnosla desde fuera, desde Bruselas y desde el FMI. «El desplome es el mayor de las grandes economías», titula la prensa de izquierdas. Lejos quedan los tiempos en que teníamos la mejor banca del mundo, en que habíamos sobrepasado a Italia y pronto sobrepasaríamos a Francia. Sí, en deuda, que nadie quería ver. Y digo «quería» porque bastaba tener ojos en la cara para darse cuenta que aquello era un espejismo a caballo del euro. Que no era posible de que los españoles encontrásemos barato Nueva York, que aquí se construyeran más pisos que en toda Europa junta, que cada ciudad tuviera su AVE, su aeropuerto y no sé cuántas televisiones, que los alcaldes ganasen más que los ministros, que importásemos inmigrantes mientras los españoles vivían del paro o haciendo cursos de capacitación que no capacitaban para nada, pues para arreglar un grifo teníamos que llamar a un fontanero polaco. Aquello fue el desmadre, la alucinación y la casa de tócame Roque o como te llames, convertido en Estado del Bienestar, que quienes lo trajeron se empeñan en mantener, mitad por ignorancia, mitad por cuquería. Que Rajoy estaba también un tanto deslumbrado lo demuestra que al tomar el poder no tomase inmediatamente medidas drásticas para devolvernos a la realidad, perdiendo con ello un tiempo precioso. Cuando al final ha tenido que tomarlas, forzado por esa realidad.

Y aquí estamos, con las vergüenzas al aire, echándonos la culpa unos a otros, según nuestra bendita costumbre. Todos son culpables –los mercados, Merkel, la banca, el anterior gobierno, éste, los empresarios, los sindicatos–, todos menos uno mismo. Sin querer darnos cuenta de que los culpables somos nosotros por haber permitido que nos llevasen a esta situación. Claro que ¡era tan cómoda!

Y los menos culpables, los mercados. Los mercados son, sencillamente, ahorradores de otros países que nos prestan su dinero con la intención de obtener un beneficio proporcional al riesgo de que se lo devolvamos o no. ¿Les parece a ustedes anormal? ¿O lo anormal es que nos lo gastemos en lujos que esos mismos prestamistas no pueden permitirse?

Ya sé que esto que digo no va a granjearme aplausos sino todo lo contrario, con la acusación de exagerado y alarmista como las más suaves de todas. Pero uno está para contar lo que ve y decir lo que piensa, y si se equivoca, al menos esta vez, mejor para todos. Pero también me lo llamaban cuando, hace ya cuatro años, en estas mismas columnas, decía que algo iba mal, que no se podía gastar más de lo que se producía. No sirvió de nada y es muy posible que esto que estoy diciendo tampoco sirva.

(ABC, 18 de julio de 2012)

Por una vez y sin que sirva de precedente, no estoy de acuerdo con el maestro Carrascal. Si bien es verdad que hubo mucha gente que creyó que aquí poco menos que se ataban los perros con longaniza (incluido el marido de la Paella y su inmobiliaria, ella que ahora tanto critica la burbuja de Aznar), no es menos cierto que hubo otra buena parte de gente que no se lió la manta a la cabeza y siguió viviendo más o menos dentro de un orden. No creo que a esas personas se las pueda llamar «culpables», máxime cuando a ellas también y en no pocos casos se las ha llevado por delante el tsunami de la crisis.

No obstante, en una cosa sí estoy de acuerdo. No van a hacerle puñetero caso, maestro, como no se lo hicieron hace cuatro años. Ni a usted, ni a los que hace cuatro años nos barruntábamos, con mayor o menor conocimiento, que pintaban bastos mientras los de siempre nos llamaban «antipatriotas» y otras sandeces al alimón.

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