Para celebrar este aniversario del nacimiento de Beethoven (a quien los proabortistas hubieran mandado al cubo de la basura por motivos ya conocidos), no se me ocurre mejor homenaje que rescatar esta pieza, escrita a mayor gloria de Sir Arthur Wellesley, primer duque de Wellington. La pieza describe la última batalla de Wellington contra las tropas napoleónicas en tierra española; pero me permitirán ustedes una cierta licencia poética al decir que la música se adapta perfectamente a otra batalla, la de los Arapiles, que tuvo lugar el año anterior y que D. Benito Pérez Galdós describe con un aliento épico verdaderamente emocionante. Les recomiendo la lectura del episodio final de la Primera serie de los Episodios Nacionales para que capten ustedes el ambiente de la batalla.
Sin entrar en el análisis de la obra, solamente decir dos cosas: la primera, que Beethoven no anduvo muy fino en la elección de los temas musicales, quizá porque la consideraba una obra «menor». El tema que representa al bando inglés es el conocido Rule, Britannia! y es una elección adecuada, así como el God save the King en la parte «victoriosa» o de «ascensión al Olimpo» del gran duque. Que déjenme decir que sería un gran estratega militar, pero un cabronazo en lo político: dado que la mejor tapicería del mundo debía ser la inglesa, dinamitó sin más la Real Fábrica de Tapices de Salamanca, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid.
Sin embargo, para representar al bando francés falló estrepitosamente: ningún francés, salvo el propio Beethoven, cantaría la marcha Marlborough (Mambrú se fue a la guerra, marcha que luego hemos conocido con el menos noble título de Es un muchacho excelente). Mucho mejor se desempeñó Tchaikovsky en ese sentido, que utilizó La Marsellesa en su «ruidosa» Obertura 1812 para representar a los franceses.
Y la segunda es que esta obra fue al parecer un encargo del inventor Johann Nepomuk Mälzel, que había construido una especie de autómata musical, el panarmónico, y pretendía que el compositor le cediera los derechos de la obra (o directamente intentó atribuirse su composición, esto no lo recuerdo muy bien). El caso es que el compositor montó en cólera, le llamó bribón y acabaron en los Tribunales. La sentencia fue favorable a Beethoven, pero ya para entonces éste había reescrito la obra para orquesta. En las grabaciones, como en ésta que les presento, se incluyen 193 cañonazos, tiro más, tiro menos. Aquí tienen la partitura, por si quieren leerla mientras la escuchan:
La «gran noticia» de hoy es que el separatismo cavernícola ya tiene fecha para la consulta. Han ¿pactado? entre ellos la fecha del 9 de noviembre. Que digo yo que hubiera sido mejor la fecha del 7, por aquello de la sovietización del Règim. Lástima que el 7 caiga en viernes. Quico Homs, el martillo de herejes xarnegos, salió ayer anunciando alborozado la fecha, además de decir que «España quiere liquidar a Cataluña» (que no falte una generosa ración de victimismo en la agit-prop). Hasta la hagiógrafa oficial del rei Artur, Pilar Rahola, escribía en Twitter que «están escribiendo la historia de Cataluña con mayúsculas», o algo así. Me quedé con las ganas de decirle que lo que están haciendo en mayúsculas es el ridículo, toda vez que la muy demócrata elimina los comentarios que no le gustan.
Y ahí está Mariano, viendo llover. Sus terminales mediáticas tildan de «radicales» a quienes sostenemos que es una ocasión muy buena para aplicar el art. 155 de la CE, que no está donde está para hacer bonito, precisamente. De hecho y en relación a Cataluña ha habido muchas ocasiones para aplicarlo; pero se han dejado pasar, en razón de no sé qué pacto secreto del estilo de Cataluña no se toca. Todos los presidentes de la «democracia» han abandonado a los catalanes que no tragamos con la catequesis secesionista. Así que ahora volver es complicado. Hacer que el Estado comparezca por fin después de 30 años es complicado. Ya no hay remedios pacíficos y aunque las argumentaciones jurídicas abundan en el hecho de que no es un artículo que se deba aplicar a la ligera, quizá haya llegado el momento de dejarse de tonterías y ponerse un poco en plan Pazos: «Vamos a llevarnos bien…»
Y ahí está Mariano, con su estrategia del pudridero. Recordémosla:
La actuación del presidente recordó una de las señas de identidad de Mariano Rajoy: dejar que los conflictos maduren sin hacer nada hasta que acaban pudriéndose.
«La elección entre Rato y Guindos es una demostración clara de que Rajoy sólo se ocupa de sí mismo. Su responsabilidad era haber impedido llegar al límite de tener que elegir entre uno y otro. El presidente es incapaz de acabar con los conflictos, que se acaban enquistado y poniendo a todos en una situación límite. Es una forma de liderar sin hacer nada, dejando que todo se pudra hasta que revienta y cuando revienta resulta que él nunca tiene la culpa, todo le viene dado, a todo le obligan los demás. Las cosas pasan solas, él nunca es responsable de cómo pasan las cosas». (Lucía Méndez, Morder la bala, pp. 529-530)
Desgraciadamente hemos de convenir que la estrategia es la misma en el caso catalán. Mariano prefiere que el caso se pudra por sí mismo antes que tomar una decisión. Decisión que podría calificarle como «dictador» o, peor aún, como «fascista», calificativo al que el actual ocupante de Moncloa profesa un horror orgánico. ¿El resultado? Que nunca habíamos visto a un presidente con mayoría absoluta estar más a merced de sus rivales políticos. Sigue vigente toda esa pamema del «diálogo» y el «talante», reconvertida hoy en «yo estoy en política para hacer amigos». Como si Mariano fuera un recién llegado a la política desde su Pontevedra de crianza.
Y no, señor Rajoy. Gobernar y hacerlo en bien de la nación no granjea muchos «amigos», especialmente en aquellos segmentos de la casta que han creído que España era su patio particular, su coto cerrado. Tampoco es que el pueblo español sea muy agradecido con aquellos gobernantes que lo tratan bien (ahí está la historia para demostrarlo); pero eso va en el cargo y ya debería usted saberlo. Actuar en consecuencia sería aplicar la ley y castigar su incumplimiento. Imagino que estará usted esperando a que «el Govern cometa un delito». Pues verá: el incumplimiento por parte de la Generalitat de las sentencias del TS en materia educativa por la cara ya lo es. Por no hablar del famoso simposi en que unos cuantos paniaguados del Règim aprovecharán para echar bilis contra Espanya y que ya ha sido denunciado a la Justicia por Ciudadanos y su propio partido en base al art. 510 CP. Por no hablar de que el art. 155 no exige específicamente que la Generalitat cometa un delito para actuar. Recordemos su texto:
1. Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general.
2. Para la ejecución de las medidas previstas en el apartado anterior, el Gobierno podrá dar instrucciones a todas las autoridades de las Comunidades Autónomas.
Si educar en el odio a dos generaciones de catalanes no es «atentar gravemente contra el interés general de España» díganme ustedes qué podría serlo. La ironía del asunto es que este artículo contiene la única facultad verdaderamente útil del Senado, ahora que tantos abogan por su supresión.
Y ahí está Mariano en la Moncloa. No oye nada. Se fuma un puro de la caja de habanos traída directamente de Cuba para ZP (que no fumaba pero le venía bien para las visitas). Mira por la ventana, ve lo que hay ahí fuera. Frunce el ceño y musita: «Eshtá lloviendo mucho».
Recupero para ustedes este artículo que cierto periodista (ahora no recuerdo muy bien si fue Joan Barril u otro columnista de El Periódico), que debe andar en la hemeroteca allá por el 2001 o 2002. Cosas de un servidor de ustedes, que no tomó nota del articulista y de la fecha del artículo. En cualquier caso, lo considero de interés por cuanto, en cierta forma, la enfermedad estatista ha avanzado mucho en estos diez años últimos y estas palabras resultan proféticas. En el bien entendido de que un profeta no es –o no sólo es– alguien que ve el futuro, sino alguien que recuerda la historia.
El Estado está para protegernos, dicen. Pero hay diversas formas de atender la protección. En tan sólo un siglo, el Estado moderno ha experimentado muchísimos cambios doctrinales. El Estado servía para crecer y administrar la metrópoli y para garantizar el buen negocio de los poderosos. Pero a primeros de siglo el Estado empezó a abusar de la gente. Se movilizó a las multitudes para mandarlas a morir a los campos de batalla y eso, tarde o temprano, se tenía que compensar. Apareció entonces un Estado paternal y protector. Un Estado que decidía cuándo se trabajaba y cuándo era fiesta. Un Estado que velaba por las pensiones y por la sanidad pública, por la instrucción de los niños y el retiro de los mayores.
Pero eso también se acaba pagando. Porque de tan agradecidos no nos dimos cuenta de que el Estado había entrado en casa y se atrevía con todo. Un Estado protector no lo es únicamente en la necesidad. También nos pretende proteger desde la arbitrariedad. Cuando damos al Estado la confianza de la seguridad social el Estado se toma atribuciones excesivas. ¿No queríamos ser atendidos en la enfermedad? Pues la mejor manera de evitar la enfermedad es la prohibición salutífera de todos los vicios. Es entonces cuando el Estado se dispone a atarnos corto y limita velocidades, prohíbe fumar y establece que a partir de ciertas horas ya no se puede beber.
España es un país tolerante y pactista que no resiste el corsé de reglamentos asfixiantes. Pero basta ir a Inglaterra para encontrar la paradoja de prohibiciones imposibles y de prevenciones absurdas. El turista llega a uno de sus famosos pubs. Es fin de semana y el establecimiento está lleno. El turista se acerca al mostrador donde se alinean espectaculares fuentes de cerveza y, con su mejor inglés, pide una pinta. Lo sienten, claro. Cualquier conversación en inglés suele incluir en algún momento esa referencia al sentimiento. Lo sienten de verdad, están desolados, darían su vida por satisfacer nuestras pequeñas demandas pero, ya lo ve usted, son más de las once y a las once no se puede servir cerveza. De nada sirve que sólo pase un minuto de las once. La ley establece que más allá de las once los grifos se cierran. Ni un minuto ni una hora: sólo más allá. El turista advierte entonces que, a su alrededor, los otros parroquianos continúan sus charlas, sus partidas de billar o de dardos, acompañados de grandes reservas de pintas de cerveza completamente llenas. ¿Y éstos?, pregunta el turista. ¿Por qué beben pasadas las once? La ley es exacta: las once es el límite de servir, pero no de beber. Sutiles bebedores estos británicos. Han acompasado el sorbo amargo de la cerveza al reloj implacable de la Administración.
Durante muchos años circuló el chiste anticomunista de aquel ciudadano búlgaro que se paseaba por Sofía con un paraguas y una gabardina bajo un sol abrasador. Preguntado por los motivos de su extraño atuendo el hombre respondía: «Es verdad que en Sofía hace sol. Pero en Moscú está lloviendo». La penetración del Estado en nuestros hábitos más personales parecía hasta ahora un signo de los totalitarismos. La China de Mao controlaba la natalidad, el Chile de Pinochet quemaba los libros incómodos, la España de Franco impedía la entrada en un hotel de las parejas sin libro de familia.
Y por lo visto a medida que el mercado sustituye al Estado y que los grandes ejecutivos de las corporaciones hacen y deshacen las estructuras del poder político, el Estado abandona su misión ancestral y se queda con las tonterías. Por un lado nos recuerdan que el sistema de pensiones va a la bancarrota, pero por el otro se encastillan en la limitación de los extraños horarios del ocio juvenil. Por un lado advierten que nos tendremos que pagar las medicinas; por el otro nos conminan a separar las basuras en bolsas discriminadas. Por una parte nos recortan las más mínimas facilidades para la natalidad, y por la otra dicen protegernos de nuestros amigos extranjeros no por amigos cuanto por extranjeros. El Estado ya no manda como antes. Pero ese Estado debilitado y quisquilloso se está especializando en hacernos la puñeta.
Hoy, supuestamente, es un gran día. Un día de celebración institucional, de fiesta, de recepción oficial… en fin, de todas esas cosas que ustedes se imaginan. Están allí los representantes del «primer poder» bien orondos y ufanos del papel que juegan ellos en la «fiesta de la democracia» –y también de haberse conocido–. Todos ellos posarán sonrientes. Hasta los de Amaiur, que quieren cargarse nuestro sistema por la brava, y la Minoria Catalana, que quiere cargárselo pero por lo finolis, pondrán sonrisa de pasta dentífrica mañana.
Habrá posado Posada, tan contento de ser él quien presida el magno evento. Y todos ponderarán lo estupendo de la efeméride. A un lado los diputados del PP, al otro los del PSOE (que no los vean juntos al menos en las manifestaciones públicas, que en privado ya sabemos que hacen manitas y confirmarían las sospechas del respetable). Todos bien contentos, brindando al sol con la copa de Veuve Clicquot (no hay recortes para sus señorías) y haciendo votos para poder seguir bebiendo de ese champán muchos años más, aunque ni por un momento se crean la comedia. Cent’anni! Prego!
El pueblo, esa entelequia que ya ni siquiera existe para muchos de ellos, ha ido a lo práctico: ha decidido que la semana laboral tiene cuatro días y se marchó ayer por la tarde. Para ellos –los que todavía tienen trabajo– es algo que celebrar. Para los demás da igual: todos los días son iguales, porque esos señores que brindan tan alegremente con Veuve Clicquot llevan años pasándose el artículo 35 de la Constitución por el forro del arco de triunfo con la excusa de que «no es un derecho fundamental». O el art. 41, por la misma razón (y porque no hay dinero para pagar tantas pensiones: hay muchos viejos y «no se dan prisa en morir, los muy perros»). Pero no le hacen ascos a nada: pretenden cargarse el art. 27, que sí es fundamental, para tener controlado ideológicamente al futuro de la nación (al presente ya lo controlan gracias a la televisión). Y el 20 va por el mismo camino.
Y ahí está ella: la muerta. De tantas puñaladas que le han asestado dejó un día de respirar. Hace mucho que ha muerto, pero todavía la sacan cada 6 de diciembre. Le ponen sus mejores galas, la maquillan bien… como una muñeca a tamaño natural. Hasta su sonrisa parece natural, aunque todos saben que no va a abrir los ojos. Su expresión es de placidez (los embalsamadores consiguieron que el rictus mortis no se congelara). Todos procuran quedar bien al lado de la muerta; pero sólo porque, como decíamos antes, no va a despertar. Nadie le hizo caso cuando estaba viva. Y ahora todos la prefieren así: bien vestida, bien maquillada… pero muerta.
Saltó ayer la noticia. Por lo visto, al llamado Consell Audiovisual de Catalunya se le ha ocurrido defender el «honor» y el «buen nombre» de la nació catalana, propiciando nuevas tardes de gloria a la caspa catalana con pedigrí.
Sepan ustedes que los miembros y miembras del CAC, por indicación o excitación especial del Govern a través del ínclito Quico Homs, martillo de herejes anticatalanistas, ha decidido sancionar a determinados periodistas y medios de comunicación. O, lo que es lo mismo, sacrificarlos en el altar de la pàtria catalana. Uno de ellos, Carlos Herrera, que hoy escribe una columna en el ABC sobre el tema. Pero en lo que me importa, sepan que el nuevo Torquemada catalán ha considerado que C’s incita al odio a Cataluña. Bueno, es normal. Concretamente, la diputada Inés Arrimadas, específicamente señalada como incitadora, saca las vergüenzas de este (des)Govern todos los días, al igual que sus compañeros en el Parlament y le insta a que gobierne de una vez. Ejerce su legítimo derecho a la crítica, protegido por el amenazado art. 20 CE. Evidentemente, el CAC (y por supuesto el Govern) no lo ven así.
Y a pesar de que los ejemplos acostumbrados caen habitualmente del lado del nacionalsocialismo alemán y su entartete Kunst, no está de más recordar que en la vieja URSS (y luego en su órbita de países conquistadosliberados) también había listas de autores que no debían ser leídos. Y censura, por supuesto. Viene a cuento la cita por algo de lo que «se me ha quedado la copla»: la sovietización del Règim Catalanista, denunciada por Javier Montilla en su libro Los muros de Cataluña.
Pero vamos a ver: ¿«odio a Cataluña»? ¿Cómo puede odiar a Cataluña alguien que, como Inés Arrimadas, se siente catalana hasta las trancas pese a su origen xarnego? Les voy a decir quiénes odian a Cataluña. Odian a Cataluña quienes creen que Cataluña es su cortijo particular, en el que sólo ellos pueden robar y sólo ellos pueden quedar impunes. Odian a Cataluña quienes se tragan y repiten acríticamente las consignas expedidas desde la Generalitat. Odian a Cataluña quienes desde los medios de comunicación públicos (aquí ya no quedan medios privados, es decir, no dependientes de subvención alguna) azuzan el odio contra el resto de España. Odian a Cataluña quienes implantan en el cerebro de los más pequeños las consignas y esa mitología llena de mentiras que algunos quieren hacer pasar por «historia».
¿Y Mariano? Se conoce que eshtá lloviendo mucho. Está de perfil, paraguas abierto. No se le mueve un pelo de la barba. Tampoco a Sánchez-Camacho, aunque ésta por un doble motivo: primero, porque hace lo que hace su jefe, siempre, después de mirar con el rabillo del ojo; y segundo, porque tienen a uno de los suyos colocado allí, calladito y cobrandito, Daniel Sirera, que ni siquiera ha emitido un voto discrepante o nada que se le parezca contra este ataque frontal a la libertad de expresión.
Van enseñando los dientes y nos van mostrando cómo va a ser la vida cotidiana en una hipotética Cataluña «independent». La última muestra, el ataque a la sede barcelonesa de UPyD por unos brètols, que fueron identificados por los Mossos pero no detenidos. Todo porque querían colgar en dicha sede una pancarta. ¿Y saben lo que me temo? Que acabemos como en la Alemania inmediatamente anterior a 1933. Todos los partidos de cierto tamaño tenían sus paramilitares, camorristas de todos los tamaños y pelajes acostumbrados a la pelea callejera, entre los cuales se alzaba la policía apenas como árbitro (es decir, imposibilitada de ejercer un mayor papel represivo). Con el consiguiente aumento de la inseguridad ciudadana. Allí aquello provocó 12 años de terror y una guerra mundial. Aquí, una guerra civil y 40 años sin democracia. Y volvemos a ir camino de ello.
Quizá recuerden ustedes un anuncio de hace algunos años, que comenzaba así: «Estamos rodeados de imperfecciones». No recuerdo muy bien qué era lo que anunciaba ese spot, que se dice ahora; pero esas primeras palabras sí las recuerdo, y el café de una taza vertiéndose. Uno convive con ellas a diario, y tiene dos opciones: o acostumbrarse, o ponerse histérico cada vez que detecta una.
El problema, naturalmente, surge cuando la imperfección aparece donde no debiera. Por poner un ejemplo, en la prensa escrita. Ya no hablamos de opiniones, enfoques y sesgos. Hay libertad de prensa, protegida por el hoy amenazado artículo 20 de la (todavía vigente) Constitución, así que ustedes pueden comprar un periódico de su elección y concordar con la línea editorial del mismo… aunque a veces, como ocurre en Cataluña, de pronto se ponga de manifiesto que no hay más que una línea editorial posible.
No me refería, pues, a esa clase de imperfecciones, en la medida en que son voluntarias. Usted compra un periódico y, con el acto de la compra, acepta un determinado ideario. Pero las imperfecciones a las que me refiero son aquellas que ustedes no tienen obligación de soportar. A lo mejor uno es muy tiquismiquis, pero a uno le molestan las faltas de ortografía que aparecen en los artículos y que empiezan a abundar como cucarachas en la prensa escrita.
De redactar, no pocas veces es «discutido y discutible» que sepan. A veces uno tiene suerte y encuentra una pregunta encerrada entre dos signos de interrogación. A veces, sin embargo, uno se la encuentra sin signos de interrogación y no detecta a la primera que no es una interrogación. Norma también: la coma vale para todo. Ni punto y coma, ni punto y aparte, ni leches. Justificación: se sacrifica la calidad de la escritura en «beneficio» de la velocidad. Si es por eso, quiten acentos también, que son un coñazo y un estorbo, oigan.
En cuanto a la prensa digital (escrita), se han hecho famosos los que podríamos llamar gazapos de plantilla: esos gazapos de los que uno se da cuenta porque el becario de turno ha subido a la web la plantilla sin rellenar, con el código al descubierto.
Les cuento que antes, en la prensa escrita, existía un señor llamado corrector de estilo. Era un señor que no se preocupaba de las faltas de ortografía (nadie, en aquellos llamados años, terminaba sus estudios obligatorios con faltas de ortografía), sino de que los artículos quedaran redactados en un estilo fino y elegante, cuando las palabras todavía tenían un valor al pronunciarse y no se hacía a la ligera. Hoy el corrector de estilo se llama Microsoft Word (eso si trabajan ustedes con el paquete Office para PC; en Mac no sé qué es lo que se usa) y es tonto, como todo el mundo sabe.
¿Quién tiene, pues, el poder? Sin duda, el poder lo tiene quien aprieta el botón: el becario. Sobre todo, el becario que trabaja en maquetación. El artículo, billete o suelto deben caber en el espacio que el maquetador jefe ha decidido. Y si no caben, se recortan letras o incluso líneas para que quepan. ¡Qué dura es la vida del becario maquetador! Otras veces, eso sí, invadiendo terrenos que no le corresponden, reforma el artículo que le llega sin encomendarse a Dios ni al diablo. Y claro, usted, periodista, que escribió con todo mimo el artículo, ve cómo el becario le toca las… negritas, las cursivas y los… latinajos, que también han de estar en cursiva… y se enfada. Se enfada mucho porque le están destrozando el trabajo.
Así, pues, para ser constructivos, voy a proponer una solución: no aceptar a ningún redactor o becario que cometa faltas de ortografía. Supongo que para la admisión no estaría de más incluir un examen de ortografía y redacción, que haría la selección más fácil. Quizá así, retomando un poco la tradición y consiguiendo que los redactores y becarios amen nuestra lengua en vez de lanzarle coces un día sí y otro también, volvamos a educar al lector en el respeto y la estima a las palabras. Pues las palabras son las herramientas del periodista. Y uno cuida sus herramientas, sin duda.
Menuda carta ha despachado Santiago Abascal a su hasta ayer presidente de partido. Es una enmienda a la totalidad a todas las posiciones que ha adoptado el PP desde que Mariano es presidente confirmado, es decir, desde 2008. Año en que todos advertimos un giro copernicano en su política. Que no sabemos si la excursión ultramarina a México tuvo que ver (sospechamos que sí); pero estamos seguros que desde entonces y según frase consagrada, ya nada volvió a ser como antes.
Abascal reparte palos para todos, y uno de ellos, en lo que a mí me importa, va para Cataluña. La incomprensible deriva del PP en tierras catalanas va a acabar con ese partido aquí, puesto que ya a nivel autonómico hay otras opciones suficientemente firmes y nada ambiguas que frenen la loca carrera hacia la nada de un Mas al que todo le da igual y aprovecha el dinero público para hartarse de viajar. El PP se ha bajado del tren no nacionalista y la factura va a ser crecida.
Pero está bien que sea él quien se mueva. De algún modo, él representa a los jóvenes de la política. Otros, probablemente por el apego a la mamandurria, se lo piensan mucho aún, tras años de amagar y no dar. Esta carta escocerá a los creyentes, a los clientes y a los deudores de Mariano (los que le deben el cargo o mamandurria que ocupen); pero tal vez ya era hora de que viésemos un poco de sinceridad en el aire enrarecido de la política nacional.
He aquí, pues, la carta entera, sin cortes ni entresacados como ha aparecido en algunos medios. Léanla y saquen sus conclusiones (cursiva mía).
Estimado presidente,
A través de la presente te comunico la dolorosa determinación de poner fin a mi militancia de casi dos décadas en el Partido Popular. Te traslado, en consecuencia, la que es, sin duda, una de las decisiones más duras de mi vida.
Me voy con tristeza del partido al que me afilié con 18 años, del partido de mi padre, del partido en el que aún permanece mi padre. Por eso, a pesar de mi marcha, que se produce con todas las consecuencias, siempre me sentiré vinculado emocionalmente a las gentes del Partido Popular. Y por ello, aunque profundamente decepcionado, archivo con cariño y respeto el carné que he llevado en el corazón desde el 31 de diciembre de 1994.
Hubo un tiempo en que el Partido Popular fue una herramienta extraordinaria en favor de la sociedad española. Siempre lo sentí así. Especialmente en los peores momentos; en los que nuestros compañeros caían asesinados, en los que los guardaespaldas eran parte de nuestra vida cotidiana, en los que entregamos nuestra juventud, nuestra libertad y, en algunos casos, hasta la vida al servicio de la unidad de España y de las libertades de todos los españoles.
Gregorio Ordóñez fue nuestro héroe y nuestro mártir; Jaime Mayor Oreja, nuestro padre político; Carlos Iturgaiz y María San Gil, nuestros mejores compañeros, y José María Aznar, quien tuvo la valentía para liderar la difícil tarea de gobierno que necesitábamos –y demandábamos– los vascos del Partido Popular. Pero eso, por desgracia, es ya historia. Historia pasada.
Hoy, el arrinconamiento de algunas de estas figuras, y el olvido de otras, pero sobre todo el abandono de sus ideas y políticas, de nuestros principios y valores, me han llevado a tomar esta decisión, como en su día ya la tomó José Antonio Ortega Lara. Hoy, fuera del Partido Popular, me siento más cerca de él y me siento mejor. Estoy seguro, presidente, de que esta decisión en la que muchos me han precedido, no te quepa duda, la tomarán muchos otros en el futuro próximo, motivados a partes iguales por tus decisiones e indecisiones como líder del partido.
No rompo un carné, no reniego de mi pasado, no pienso que todo el esfuerzo fue baldío. Eso sí, me voy con tristeza, abrazándome a tantos y tantos compañeros, a tantos y tantos españoles con los que he compartido colores y con los que aún comparto valores.
Me voy, presidente, con un sentimiento de desgarro interior. Son muchas, miles, las personas que aún permanecen en el Partido Popular con las que todavía me siento identificado; personas que representan una de las dos almas del Partido Popular, la de miles de afiliados, la de millones de votantes, la del PP de Madrid, la de José María Aznar, Esperanza Aguirre, Alejo Vidal-Quadras, Jaime Mayor Oreja o Santiago Abascal Escuza, mi propio padre.
Pero me voy porque, a diferencia de ellos, he llegado a la conclusión definitiva de que no hay ninguna posibilidad de cambiar las cosas desde dentro y de que el Partido Popular, su estructura, sus abnegados militantes y su generosa y patriota base social, a la que no os merecéis, están secuestrados por la inamovible cúpula dirigente a la que representas, cúpula que ha traicionado nuestros valores y nuestras ideas.
Una decisión así no se toma en dos días. Acumulo meses de penosas reflexiones, e incluso años, desde el Congreso de Valencia de 2008. Hoy, 24 de noviembre de 2013, traspasado el ecuador de la legislatura, ya no me reconozco en las políticas de Gobierno del PP, del Gobierno que lideras; y no me reconozco, precisamente, porque yo sí sigo creyendo en los mismos principios que inspiraron nuestros mejores días y los mejores días de la España contemporánea.
No ha sido el ímpetu, ni la reacción ante concretas traiciones, y mucho menos el maltrato personal, las que me han precipitado fuera de mi partido. Se trata de una decisión largamente meditada que obedece a estrictas razones morales y políticas.
La actitud de la cúpula del partido ante la suelta de terroristas ha sido la gota que ha colmado el vaso. La excarcelación de terribles criminales ha marcado, sin duda, un antes y un después en mis sentimientos y mi percepción de la dirección que representas, pero mentiría si adujera a esta única razón para explicar este distanciamiento que ha terminado en ruptura. Llueve, presidente. Llueve sobre mojado. La continuación de la política sobre terrorismo heredada del Gobierno anterior, el trato indigno dado a las víctimas del terrorismo y a sus manifestaciones, la actitud pasmada y pasmosa ante el desafío de los dirigentes separatistas, la torpe decisión de sumarse al desconcierto que trajo la ola de reformas estatutarias, la negativa radical a abordar una reforma profunda del modelo autonómico, el abandono de la defensa de la lengua común en la educación y en la administración en algunas regiones, la insólita y suicida posición política del partido en Cataluña y País Vasco, la consolidación por inacción de toda la legislación ideológica de Zapatero, el aumento de la presión fiscal en contra de nuestros principios sobre política económica, la pasividad ante la legislación que ataca la vida del no nacido, la actitud acrítica y la falta de medidas ante la corrupción que ha afectado al Partido Popular, la negativa a democratizar internamente nuestro partido o el pisoteo de nuestros propios estatutos internos. Todo constituye un incumplimiento flagrante de nuestro programa electoral, del contrato que firmamos con los ciudadanos que nos dieron la mayoría absoluta y, en definitiva, de la misión política histórica que correspondía al Partido Popular.
He intentado tan honesta como ilusamente, junto con otros, detener desde dentro esta deriva. No ha sido posible. No habéis querido. Me voy con la conciencia tranquila tras haber topado con el muro infranqueable de la realidad interna de un partido que habéis acartonado; los congresos siempre bien amañados, las ponencias políticas convertidas en papel mojado y la implacable maquinaria del partido convirtiéndonos en disidentes, cuando los verdaderos disidentes del PP sois vosotros. Hasta aquí hemos llegado, presidente.
A partir de esta fecha dejo de ser uno menos dentro del Partido Popular y paso a ser un español más, que buscará el modo más adecuado y eficaz para hacer oír su voz en favor de España. Y lo haré con las esperanzas intactas, con la ilusión inquebrantable, y con la confianza plena en la capacidad de reacción que históricamente ha demostrado nuestro pueblo.
Al final, la voz de la mayoría de los españoles se oirá entre las tinieblas a las que el sectarismo de Rodríguez Zapatero y tu fatalismo, presidente, nos han condenado; sectarismo y fatalismo que hoy nos impiden divisar el futuro prometedor que la España del presente merece, y que la España por venir, tendrá.
Adiós y buena suerte.
Lo que firmamos y rubricamos con esta vieja canción de José Luis Perales:
He esperado dos días para escribir sobre la magna efeméride: el paso del ecuador de la legislatura. Esas palabras me han devuelto a mis años universitarios. Hallábase un servidor de ustedes en tercero de carrera… un año fantástico ese 1991, en lo que a mí se refiere. Tanto, que aún recuerdo con cariño algunas asignaturas que estudié entonces. Recuerdo muy bien la fiesta con la que celebramos el ecuador del ecuador. Y recuerdo muy bien aquel estupendo ambiente porque aquello después ya no se volvió a repetir. Como dice la canción, those days are gone…
Retomo el hilo de lo que les quería contar y, situándonos en 2013, llevamos dos años y dos días de legislatura pepera. Ha habido triunfalismo en el Gobierno; moderado, eso sí, porque este presidente que tenemos es de perfil bajo. Todo mesurado y sin exceso, como siempre hace el Registrador. La oposición berrea, pero sólo porque Rubalcaba detesta estar donde cree que debería estar Marianoper saecula saeculorum.
Sea como sea y ante la magna efeméride, la pregunta es: ¿hay algo que celebrar? El discurso oficial nos habla de que efectivamente hay algo que celebrar. Celebramos que «ya no she habla de la crishish, ni del reshcate ni de la prima de rieshgo». Lo repiten todos los cargos peperos all’ zugleich como loros. Es la economía, estúpidos, que no os enteráis. Lo de menos son las mentiras que nos calzaron prácticamente sin calzador antes del 20-N, fecha malévolamente escogida por el ínclito contador de nubes. Que si «lo primero el empleo», que si «no vamos a subir los impuestos»… En fin, para qué recordárselo a ustedes. Y ahora nos dicen que la cosa «va mejor». Y para razonarlo se meten en magnitudes macroeconómicas que la mayoría de la gente no entiende y a la segunda frase comienza a bostezar.
Los profanos, los que estamos alejados de la verdadera fe marianista, entendemos que cuando un ministro del ramo alienta a los jóvenes a buscarse la vida fuera del país, la cosa no va tan bien como dicen. Entendemos que cuando un ministro del ramo sube los impuestos treinta y tantas veces, la cosa no va bien (y que no me vengan con el cuento de «no se podía hacer otra cosa», que no cuela). Tal vez los banqueros sí vean los brotes verdes; pero ni las familias ni las pymes han visto ni brotes verdes, ni dinero alguno para poder sobrevivir.
Entendemos que cuando un ministro del ramo se achanta y suelta a asesinos confesos y no arrepentidos basándose en informes falsificados o en algún tecnicismo legal, la cosa no va bien. Entendemos que si el presidente no quiere entrar al trapo de resolver la deslealtad congénita de una Comunidad (del partido que la gobierna en realidad) con el resto de los españoles, la cosa no va bien. En el mismo sentido, la cosa no va bien cuando el Presidente no es capaz de poner orden en este Estado federal de facto (no sea que los «barones» territoriales se enfaden y se arme la de San Quintín). Y sobre todo, entendemos que la cosa no va bien cuando después de dos años no se ha tocado ninguna de las leyes de ingeniería social que aprobó el infame gobierno anterior. Y cuando se recorta una reforma educativa «para no molestar» al nacionalismo-separatismo cavernícola que todos los españoles padecemos. La cosa no va bien, sobre todo, cuando es tabú hablar de las personas que se suicidan, ya sea por falsas acusaciones de malos tratos (hombres, que no aparecen en las «estadísticas oficiales» del feminazismo) o debido a la situación económica, que en su caso ha llegado al límite. «No hay que extender la psicosis», dicen, campanudos.
¿Y qué espera Mariano? Es difícil de decir, como gallego en ejercicio que es. Quizá espera a que en 2015 sus votantes hayan olvidado no sólo lo que hizo sino lo que dejó de hacer (esta segunda cuenta es más larga y menos pública). Quizá espere que el grueso del cuerpo votante –el que le votó en 2011 esperanzado en que podrían cambiar las cosas– mire hacia la izquierda, vea el caos y el abismo (verdad), y vote resignadamente al mal menor, que no consuela porque sigue siendo un mal. Esta estrategia, no obstante, tiene hoy un problema. Hoy, a diferencia de 2011, comienza a haber opciones. Más o menos buenas, más o menos en formación… pero opciones. Opciones que, con un poco de suerte, nos sacarán cuando menos de ese bucle melancólico en que «los dos grandes partidos» tienen atrapado al cuerpo electoral español a nivel nacional…
Quizá por eso en Moncloa están preocupados y tratan de lanzar mensajes positivos para que su electorado natural no se espante ante las calamidades que está viendo (especialmente en materia de paro y terrorismo, que es lo actual; en dos años habrá que hacer un balance mayor).
Por nuestra parte, nada que celebrar. Acaso, el hecho de que la marcha hacia el infierno se ha ralentizado (pero en modo alguno detenido y mucho menos cambiado su sentido). Quizá llegará un momento en que alguien romperá la baraja. Entonces será el llanto y el crujir de dientes, así como un momento de gran alegría para nuestros enemigos. Pero no adelantemos acontecimientos. Con el tiempo y una caña, si no se hace nada más, todo se andará…
Bueno, bueno, bueno, bueno. Que la conferencia se ha terminao y no ha aparecío la Lirio por ningún lao. Así, más o menos, parece haber terminado la llamada conferencia política, en que al parecer han arreglado el país, more suo, y no han hablado de sus propios problemas, que era lo realmente interesante del asunto. Todo por la falta de autocrítica, podríamos decir. La única que ha sido medianamente sincera ha sido la presidenta andaluza, Susana Díaz: «Hay que reconocer que no estamos bien». Dicho esto, vayamos por partes, que dijo Jack el Destripador.
El León de Solares, pletórico
Primero, los problemas, que pueden distribuirse en tres frentes: primero, el judicial, con el que Susana Díaz ha de enfrentarse todos los días, aunque no pueda competir en estilo y clase con S.Sª Mercedes Alaya. Las revelaciones del diario El Mundo van poniendo de manifiesto la catadura de los individuos que mandan hoy en UGT; y ello, a su vez, complica el enlace entre UGT y PSOE, al igual que ocurre con CC.OO. e IU (vulgo Partido Comunista de ¿España?). Total, que Susanita tiene un marrón de tamaño king size.
Segundo, y parafraseando al ínclito Pasqual Maragall, «vostès tenen un problema, i aquest problema es diu PSC». El PSC hace mucho que es una olla de grills, donde cada uno diu la seva: unos comulgan ahora más con las ideas de ERCiU, como Montserrat Tura; otros piden la fundación de un PSOE en Catalunya y Pere Navarro se apunta a una especie de tertia via, que no se sabe a dónde quiere ir a parar. ¿Resultado? Votante socialista catalán desorientado, votante español cabreado y desorientado.
El anterior problema nos lleva al tercer y frente: el del liderazgo. El brujo mayor, pese a que ya está mayor, no quiere soltar la vara de tejo. Rubalcaba ya tiene 62 tacos, pero ha abrasado (por ahora) a todos aquellos que querían moverle la silla. El León de Solares se siente como un chaval y ha conseguido (por ahora) que no se hable de su sucesión. Cree que tiene cuerda para rato y que es una especie de sacrilegio hablar de sustituirle por alguien que pudiera ser auténticamente renovador. Poco importa que el partido se hunda en las encuestas y que sea en realidad un contrasentido el que alguien que lleva 40 años en el partido pretenda dirigir la «renovación»: él se aferra a su silla de montar y ha desafiado a los jóvenes a que lo descabalguen. Ninguno de los que se postulaban ha podido moverle ni tanto así, y Susana Díaz, administradora de la mayor federación que hoy le queda al PSOE, ha medido muy bien sus palabras para que no la tachen de «postulante».
RbCb, lírico, explicando su «amor a España»
Nos quedan, pues, los temas de los que sí se ha hablado en la famosa conferencia política. Forman casi todos ellos parte del discurso tradicional del PSOE. Veámoslos brevemente:
a) El laicismo. Bueno, Pablo Iglesias hubiera pegado un respingo de haber oído ese vocablo, proveniente de la reserva ideológica de la masonería francesa; pero conecta bien con aquello del Fundador de «… aniquilar a la Burguesía, al Ejército y a la Iglesia», que dijera en aquel 7 de mayo de 1910 en el Congreso. Antigualla que hoy se traduce en «denunciar el Concordato»: que no hay tal, sino un Acuerdo sobre Asuntos Jurídicos de enero de 1979 (suponemos que usan el término «Concordato» porque suena más «nacionalcatólico» y para engañar a los bobos). Y que se traduce también en aplaudir a rabiar cada vez que un tarado pone un explosivo en una iglesia… si es que no lo mandaron ellos. Laicinismo a tope, vaya.
b) Cambios en la LOREG. Veamos. La LOREG es de 1985 y vino en el mismo pack que la LOPJ (dos fechorías por una en pleno verano: una ganga, oiga). Y en todos estos años no la han tocado ni una sola vez. Ni en los trece que gobernó Felipe, ni mucho menos en los ocho que mandó ZP (por supuesto que los otros tampoco). ¿Vamos a creerles ahora, que están en horas bajas y que son capaces de prometer la luna para volver al poder? Va a ser que no.
c) El diputado 351. Otra pamema de RbCb. De ésas que, como decía Tierno Galván, uno debe olvidarse cuando consigue su objetivo, a saber la consecución del poder. No hay más que tirar de hemeroteca para descubrir cuándo han escuchado ellos al «pueblo» (para ellos un ente abstracto, un arquetipo marxista, nunca personas de carne y hueso). Es decir: nunca.
d) La corrupción. Vaya, ahí le han dado. Si empezaran a eliminar cargos y carguitos simplemente imputados (no ya condenados por sentencia firme), lo mismo tenían que plantearse la refundación. De hecho, ahora ya deberían, pero esa limpieza sería una razón a fortiori. De su actuación anterior en estos casos no cabe esperar gran cosa de esta propuesta tampoco.
e) Cambios constitucionales… pero de derechos ya existentes. Lo que pone los pelos de punta es que quieren incluir el aborto y la eutanasia entre los derechos fundamentales, en contradicción directa con el art. 15 en su redacción actual. De los demás que proponen sólo puede deducirse una cosa: que, como estatistas que son, no admiten la preexistencia al Estado de las libertades individuales. Como en el mejor relato de «1984», creen que sólo el Estado concede y restringe derechos y libertades. De ahí su «construcción» acerca de los «nuevos derechos» (y de modificación de los ya reconocidos). Como las orwellianas correcciones a los Siete Mandamientos
f) Finalmente, sus risibles propuestas en materia de iguar-dá. Vuelve la burra al trigo con las cuotas vaginales y demás, justificando así a personas totalmente ineptas (pero muy zapateras) en la asunción de cargos y canonjías varias.
¿Lo mejor de la «conferencia»? La recuperación del discurso nacional, primero por Susana Díaz (increíblemente) y después (aún más increíblemente) por Rubalcaba, viniendo a decir que «ningún partido tiene tanta pasión por España como el PSOE». Este tío o es un cínico, o flota, o ambas cosas. ¿Ya hemos olvidado aquella frasecita de ZP según la cual «España es una nación discutida y discutible» y que, aprobando el Estatut dio paso a la primera fase de la voladura controlada de nuestro sistema político?
Bueno, y que aplaudieron a rabiar a ZP… y un poco menos a Felipe, cuya chaqueta de pana apestaba a naftalina de tan poco uso que le da. Total, lo que decíamos al principio: que el PSOE ha pasado del marxismo-leninismo abandonado en Suresnes 73… al con-su-mismo. Es decir, a la recuperación del ideario de toda la vida. Para que la ilusión del retorno sea completa, faltará que recuperen también ese marxismo-leninismo. Mientras terminan de volver de no se sabe dónde, que en vez de la Internacional vayan ensayando esto otro…
«¡Me desenfoco de dolor! ¡Me quedo para carta de ajuste!»
(Maese Cámara, de Los Electroduendes)
Pues nada, señores. Esto ya es una realidad, salvo los trámites administrativos que haya que realizar. Se cierra la TV autonómica de la Comunidad Valenciana. Lo anunciaba hoy Alberto Fabra, su presidente, sin paños calientes ni vaselina. «No hay dinero», ha dicho con voz campanuda. Y ha apelado a dos de las joyas de la corona del Estado del Bienestar para justificar el cierre: la Sanidad y la Educación. Y como es el primero en hacerlo, le han caído todos los rayos, truenos, sapos y culebras habidos y por haber. No obstante y como he dicho alguna vez, vayamos por partes, que dijera Jack el Destripador. Consideremos así este tema como una paella mixta: arroz, carne, marisco, langosta y algún que otro cacho de merluza.
De entrada, sorprende un poco que el presidente se quedara simplemente en el hecho: «No hay dinero». Sin más. Los ciudadanos valencianos, que han sido los paganos de la fiesta, no tienen derecho a saber por qué no hay dinero. Ahhh, el por qué, esa pregunta tan peligrosa, como decía Ray Bradbury en su Fahrenheit 451 (que debería ser lectura obligatoria en todas las asignaturas que tengan que ver con las Humanidades). Sospechan, porque no es la primera vez que ocurre, que en la TV valenciana ha habido muchos años de vino y rosas. Directivos con sueldos imposibles, plantillas sobredimensionadas para las necesidades reales y, sobre todo, falta absoluta de control. Fabra no ha dicho –debería– cuándo fue la última vez que se auditaron las cuentas de esa empresa pública. La LCSP establece unos controles bastante severos… que por lo visto en la capital del Turia se pasaron por el arco de triunfo. Y mientras tanto, vengan días y vengan ollas. ¿Por qué? Seguro que les suena. Porque como se trata de televisión pública (la kalidá es materia opinable), está sostenida con dinero público, el cual ostenta, para algunos, estas dos cualidades:
a) No es de nadie (lo dijo la ínclita Carmencita Calvo, pero parece que otros le han tomado la palabra).
b) No se acaba nunca. Es decir, «siempre que se cobren impuestos –pensarían algunos–, habrá una partida para nosotros».
Al parecer, durante los años de Camps nadie vigiló la marcha económica de la empresa. El champán corría a raudales y la fiesta era continua. Nadie, al parecer, se preocupó de que la actividad económica cuadrara con los números. Un servidor de ustedes no sabe cómo se puede medir la rentabilidad de una cadena de televisión o cómo hay que administrarla para que dé beneficios; pero seguro que los que sí sabían, «ni estaban ni se les esperaba». O tal vez es que ya se asumió desde el principio que era una actividad económicamente deficitaria, «compensada por su cualidad de servicio público» (esa cualidad es la que hace que una actividad económica deficitaria se mantenga a toda costa en un presunto Estado del Bienestar). El asunto se podría resumir en que se gastaba más de lo que se ingresaba. Con lo cual, la paella se ha quedado finalmente sin carne.
Desde la Generalitat valenciana se intentó la solución menos mala, a saber: despedir al 75% de la plantilla para poder seguir manteniendo el servicio. Solución que atacaba uno de los factores que mencionábamos al principio (sobredimensionamiento de plantilla), pero que hace pocos días fue tumbada por el TSJV, debido, al parecer, a un «mal planteamiento» del ERE. Así las cosas y con una agujero de 1.400 millones, la Generalitat decide que la readmisión de los trabajadores supondría retomar el incremento de la deuda. Fabra ha cortado por lo sano y ha cerrado la barraca.
En esta paella mixta hemos encontrado la carne. Vamos ahora por el marisco, que ya se imaginarán ustedes de quién se trata. Lo han adivinado ustedes: los sindicatos. Sindicatos que ahora parecen mover mucho el rabo, que protestan contra el cierre de la televisión… pero a los que nunca hemos oído protestar contra la mala gestión de la cadena en defensa de los intereses de los trabajadores. Y que seguramente se llevarían su mordida del 1% por la negociación del ERE. Y uno, nuevamente, vuelve a sospechar: ¿estarían también en la pomada, como lo estaba el ínclito sindibanquero José Ricardo Martínez en Bankia? ¿Habrían llegado los sindicatos y la empresa a un pacto de no agresión sindical a cambio de determinadas prebendas, gavelas y canonjías? Si fuera así, eso explicaría que mientras duraron los años de vino y rosas nadie que conociera el percal levantara la voz. Al igual que en Bankia… y en la CAM también.
Sorprendentes también –desde este lado del Ebro– las declaraciones de una trabajadora (o sindicalista, no me queda muy claro), apoyando la continuidad de la TVV porque (no cito literalmente) «siempre hemos defendido la lengua y la cultura valencianas». Esto podríamos oírlo también aquí, si se planteara el cierre de TV3.
Finalmente, vamos a por el trozo de merluza. O de merluzo, que ha resultado ser Ignacio Fernández Toxo. El sindicalista vertical de izquierdas ha declarado lo siguiente:
«Es un atropello de lesa democracia lo que está ocurriendo en Valencia» ha dicho Toxo al tiempo que ha recordado que «primero se vacía de contenidos la televisión pública y después se toman decisiones drásticas que afectan a la vida de las personas y a la calidad de la democracia»
Mellor tés a boca pechada, Nachiño. Con la porquería que están sacando de los tuyos en Andalucía, es simplemente una burla que hables de «atropellos de lesa democracia» y que simules interés por la «calidad de la democracia». Pero lo más divertido es que encima o sindicalista dos collons apunta a… Telemadrid. Una televisión que ha sufrido los sabotajes más salvajes por la chusma sindical, pero que ahora parece que van a rezar a San Marx o San Lenin para que Ignacio González no la cierre, a pesar de que también es deficitaria y que también ha habido años de vino y rosas, según cuentan algunos que saben. ¿Será que saben que si se cierra Telemadrid se les acaba el momio televisivo en la CAM?
Otra pregunta que se me ocurre: ¿en qué medios audiovisuales que hablen de su comunidad se informarán ahora los valencianos? ¿Presionará más la TV3 ahora para implantarse de forma definitiva en aquellas tierras, reforzando la idea del lebensraum nacional («… de Salses a Guardamaaaaaaaar!»), ahora que ya no tiene competencia y que además ya han dicho que ellos no pondrán la cuchilla a la CCRTV porque «es un valiosísimo instrumento para la construcció nacional»? Lo veremos en las próximas semanas?
Todo ello nos llevaría a una reflexión sobre el papel de las televisiones autonómicas (y locales) y su función, que quizá tratemos en una próxima entrada. Pero déjenme finalizar con dos mini-reflexiones. La primera, que podría llegar a entender una especie de cierre temporal de la RTVV, hasta tanto no se liquide la deuda, y que una vez liquidada esa deuda, se volviera a poner en pie la RTVV, pero dimensionada para las necesidades reales de la Comunidad Autónoma y con un control férreo de todo lo que se gana y se gasta. Y la segunda, que habiéndose demostrado que Camps ha sido un pésimo gestor de la cosa pública (porque el marrón que se está comiendo Fabra se lo legó Camps envuelto en papel de celofán), es lamentable que la oposición tratara de empapelarlo únicamente por tres tristes trajes. Lástima que la administración desleal no se aplique a los políticos y baste con su «asunción de responsabilidad política».
Ya que no podemos arreglar el mundo, hablaremos de lo que nos interesa: la política y los políticos, el fútbol, el cine, y todo lo que nos molesta, acompañados por unas jarras de cerveza. Bien fresquitas, por supuesto
"Engullimos de un sorbo la mentira que nos adula y bebemos gota a gota la verdad que nos amarga" Diderot. / "El que tiene la verdad en el corazón no debe temer jamás que a su lengua le falte fuerza de persuasión" Ruskin – (Bitácora-Biblioteca virtual y PERSONAL, recopilatória de aquellos artículos que despiertan mi interés)